Patria

Sé que escribo indignado (también preocupado) y la indignación no suele ser una buena consejera para pensar y argumentar. Pero no puedo evitarlo. El asunto de las plantas de celulosa ha desatado en este país un demencial movimiento patriótico, que a los auténticos anti-patriotas no nos puede dejar indiferentes.

En realidad todos los movimientos patrióticos son demenciales, pero éste repugna, tal vez porque no viví nada parecido en este país. La prensa, los partidos políticos sin excepción, los sindicatos, las cámaras empresariales se han entregado a un chauvinismo sin fisuras. La indignación me llegó después de leer declaraciones de quienes se supone que deberían aportar sosiego y razones al debate público, los llamados intelectuales. Mauricio Rosencof, para colmo director de Cultura del municipio de Montevideo, termina sus diatribas anti-argentinas en una entrevista con un “vamo’ arriba la Celeste” (¿habrá pensado que estamos asistiendo a un partido de fútbol?), un senador, en el colmo del desvarío, propone que los adolescentes reciban entrenamiento militar (¿al estilo de los pioneros en Cuba?) y el mundialmente famoso Mario Benedetti, que de todo este asunto debe de saber lo mismo que yo de física cuántica, tiene el desparpajo de acusar públicamente de coimero –sin aportar la menor prueba– al gobernador de Entre Ríos. Por no hablar de la patética comparación que hizo nuestro presidente del gobierno argentino con un marido golpeador.

Dejemos de lado por esta vez el asunto central –el que debería ocupar realmente nuestras energías–, es decir la conveniencia o no de las benditas plantas de celulosa, dejemos también de lado la actitud del gobierno argentino (de acuerdo, son terribles estos argentinos, siempre nos quieren patotear) y a todos los malos de la película que ustedes quieran y concentrémonos por un instante en esta campaña patriótica que debería avergonzarnos. Con independencia de la opinión que cada uno tenga acerca de las inversiones hispano-finlandesas, ¿no deberíamos sospechar de una cruzada nacional que no admite fisuras, que convierte en sospechosos de alta traición a los que no nos sumamos al coro patriótico, que apela, como todos los coros patrióticos, a las emociones, que no admite razones sino únicamente adhesiones incondicionales?

Cuando en una sociedad se mira de reojo al que disiente y los himnos suenan por todos los altavoces, hay que empezar a temblar. Yo temo, lo confieso. Me da terror la atmósfera contaminada de apelaciones a defender “lo nuestro” independientemente de argumentos –que no tienen nacionalidad, sino solidez o fragilidad–, me da escalofríos la fobia anti-argentina, me asusta que lo único que nos traiga consuelo y nos dé seguridad sea el calor de la tribu, me agobia que el individuo quede sumergido en la masa amorfa e indiferenciada, que el argumento sea prisionero del número, que la abstracción de lo nacional se imponga a los ciudadanos de carne y hueso, que el griterío de los que defienden “la gran causa” impida escuchar razones y explicaciones. En fin, entro en pánico cuando oigo el llamado a defender la soberanía nacional, porque las peores felonías de la historia se han cometido y se cometen en nombre de algún dios o de alguna patria.

No pretendo descifrar ahora los mecanismos que desataron esta fiebre nacionalista. Sospecho que son miserables, como todo lo que rodea a la palabra patria. Lo que sí me afecta es el aire irrespirable que hay hoy en este país. Ya lo he dicho: la unanimidad ahoga la diversidad, el espíritu crítico y, de última, nada más y nada menos que la libertad. Los anti-patriotas desconfiamos de las causas abstractas sacralizadas de antemano que exigen como tributo silenciar las voces disonantes.

Me importan los mitos que alimentan la enfermedad del patriotismo. Todo relato sobre la historia de la patria está fundado en un mito. Uno común a todas ellas es el que “naturaliza” la existencia de las patrias y por ende ignora que las mismas no preexistían a la voluntad política de crearlas (en destacado lugar en el caso de esta provincia, la voluntad de la monarquía británica y de nuestros dos grandes vecinos). Por ejemplo, en este país para mantener el mito fundacional se oculta descaradamente a los escolares el artículo segundo de la declaración de la independencia, que afirma que la Provincia Oriental jamás renunciará a ser parte de Argentina. La identidad nacional (esa entelequia que ciertos profesores de este país anduvieron buscando como alma en pena en mesas redondas y foros allá por los años 80… sin éxito a la vista) es una patraña, un pasatiempos para académicos financiados por fundaciones extranjeras.

La naturalización de las patrias ignora que la historia humana –incluida la de las naciones– es una historia de mestizaje, de mixturas, de mezclas de personas de carne y hueso y de culturas; la pretensión de que existen esencias nacionales puras resulta irrisoria para cualquiera que conozca algo de historia. No son nacionales las etnias, ni las costumbres, ni los idiomas ni la historia (siempre compartida y más que cualquier otra la de Argentina y Uruguay).

Pero el mito de la patria no puede afirmarse sin la existencia del Otro. ¿Cómo afirmar mi propio ser si no tengo al Otro como reverso, como negatividad? Si no hubiera enemigos no podría haber patrias, eso está claro. Pero como las hay, tenemos que inventarlos.

Otro mito, en cuyos brazos parece haberse abandonado la izquierda, es que el nacionalismo es progresista. Asistimos así al penoso espectáculo de una izquierda compitiendo con la derecha para ver cuál de las dos es más nacionalista, una carrera en la que la izquierda lleva todas las de perder. La nación, el Estado nacional son inventos de la burguesía y pretender ser más nacionalista que la derecha es como pretender ser más católico que el papa. Ser nacionalista en tiempos del colonialismo, vaya y pase, pero serlo en plena globalización es patético. En lugar de aprovechar las posibilidades que abre la globalización e intentar asociarse con los cosmopolitas del mundo entero para enfrentar las potenciales amenazas de esa globalización (que también las tiene, claro) y tratar de darle un curso diferente a la misma (no de intentar detenerla en vano), nuestros izquierdistas gritan: “¡a defender el rancho que nos quieren invadir con música foránea y hamburguesas!” (y ahora con piqueteros…). No puede haber nada más reaccionario frente a la “amenazante” diversidad del mundo, que convocar a los “nuestros” a un gran encierro nacional, como pretenden los nacionalistas y quienes claman ahora estúpidamente por abandonar el MERCOSUR (la única esperanza razonable que tiene un uruguayo del siglo XXI de no terminar siendo un corcho a merced del océano global).

No sigo. La indignación, pero sobre todo la preocupación, apenas me dejan citar a Schopenhauer: “Cada nación se burla de las otras y todas tienen razón”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: