Desafío al corazón

El lamento por la pérdida de valores como la solidaridad, el altruismo y la tolerancia, así como la denuncia del individualismo y la desenfrenada búsqueda del éxito se han convertido ya en lugares comunes. No por extendida la queja deja de ser llamativa, ya que no hay causa humanitaria que no concite masivos fervores solidarios: desde las víctimas de desastres naturales como el tsunami y los huracanes del Caribe hasta los genocidios en países remotos pasando por causas domésticas como la construcción de hospitales o escuelas. Miles, millones de personas en el mundo donan abrigos, alimentos, concurren a conciertos de rock, apoyan campañas de solidaridad, se asocian a una ONG o simplemente entregan un cheque para llevar consuelo o ayuda.

Hay en apariencia una contradicción entre la denuncia del egoísmo contemporáneo y la desinteresada disposición a ayudar a los semejantes. Estas constataciones se me hicieron evidentes tras la muerte de ochos personas en Young (Uruguay) precisamente durante una jornada para conseguir fondos para el hospital público de la ciudad. Un canal de televisión organizó el evento (un “desafío al corazón” se llamó), que consistió en que un número suficiente de voluntarios moviera unos metros con sus brazos una locomotora de varias toneladas. La solidaria diversión terminó en tragedia.

Entendámonos: no pretendo establecer ninguna relación causal entre ese fervor solidario y la tragedia, que un sacerdote local atribuyó al “exceso de amor”. Mucho menos, entregarme a la extendida costumbre de señalar a un culpable o descubrir conspiraciones. Las tragedias a veces ocurren; no necesariamente son provocadas por operaciones de marketing como la que había detrás de este “Desafío al corazón”. No tengo nada importante que agregar sobre esas terribles muertes, pero sí algo sobre la naturaleza del extendido humanismo filantrópico, que tal vez pueda contribuir a desentrañar esa aparente contradicción, no demasiado diferente a la que existe entre el elogio de la democracia y la generalizada apatía política.

A pesar de los dolientes anuncios sobre la definitiva “pérdida de valores”, no es fácil que el ser humano se desembarace totalmente de cualquier consideración moral, de toda idea de bien y de mal. La amoralidad total y absoluta no es para cualquiera. La cultura hedonista en la que vivimos no logró expulsar todo sentido moral de los actos de los individuos, aunque la preocupación por los otros se ha modificado sustancialmente. La nueva ética de la solidaridad debe llevarse bien con la individualización de la sociedad y la despolitización de los problemas. Como corresponde a la sensibilidad de estos tiempos, está despojada de cualquier idea de justicia e igualdad (aspiraciones que remiten ineludiblemente a la política), purgada de imperativos categóricos, pues, en primer lugar, no debe incordiar la vida de ninguno de los “solidarios”, debe estar hecha a la medida del altruista. Se trata de una ética indolora, propia de la era del crepúsculo del deber, como la llama el pensador Gilles Lipovetsky.

El motor que pone en marcha esas solidaridades particulares no es la razón (demasiado densa para una época líquida, casi gaseosa), sino la emoción, siempre volátil y cambiante, como la vida posmoderna, su impulso no proviene de la persecución de un propósito, sino de la mera incomodidad que provoca la evocación del sufrimiento en vivo y en directo. Digámoslo simplificadamente, a pesar de los riesgos que conlleva: se trata de una solidaridad antipolítica. No es hipocresía ni impostura. A diferencia de una percepción muy extendida, no creo en absoluto que hoy haya menos personas generosas o conmovidas por las desgracias ajenas . Tampoco puede demostrarse que hoy haya más egoísmo que hace treinta años, por ejemplo; lo que ha aumentado es el número de los que creen que no hay que buscar las soluciones en la política, sino en la disposición personal de cada cual. No es casual, creo yo, que hoy oigamos hablar más de solidaridad que de justicia. La solidaridad es voluntaria. Una persona, una ONG pueden ser solidarias. La justicia, en cambio, es un imperativo. Las sociedades deben ser justas.

Salta a la vista el contraste con el deber absoluto propio de tiempos no tan lejanos, en los que se exigían comportamientos heroicos y compromisos indubitables. Que no haya que lamentar la decadencia de ese deber casi monacal –que de tan estricto que era invitaba a ignorarlo a cada paso– no significa alimentar la creencia de que siempre es posible tener un comportamiento ético sin la menor renuncia al propio deseo o al propio interés, como a menudo se imaginan los niños.

No deja de ser paradójica esta moralidad sin desprendimientos, ya que si los dilemas éticos a los que nos vemos enfrentados cada día no implicaran la eventualidad de tener que renunciar al propio interés, o de poner al otro antes que a uno mismo, todos seríamos santos. Si sólo decido reaccionar frente a una injusticia cuando estoy seguro de que mi reacción no comportará el menor inconveniente o riesgo para mi persona, entonces me sitúo fuera de la ética, como ocurre cuando antes de tomar una decisión me pregunto “¿y yo con esto qué gano?”.

Pero la ética en esta época en la que la autolimitación y la renuncia son malas palabras se las ingenia para resultar divertida y adaptable a nuestros deseos. No soportaría que fuera de otra manera. El humanitarismo políticamente correcto hace lo indecible por no resultar aburrido y exigente. ¿Cuánta gente hubiera estado dispuesta a concurrir a una manifestación para exigir los recursos necesarios para dotar de calefacción al hospital de Young o a involucrarse políticamente para discutir cómo mejorar el sistema de salud pública? No tengo dudas de que muchísima menos que la que concurrió a la “fiesta” organizada por el canal de televisión para jalar de la locomotora. Es lo que tiene la política: no puede eludir el conflicto y destruye la ilusión de que algo se puede conquistar sin costos ni riesgos, en total armonía.

A esta ética indolora, a esta moral sin inconvenientes le caen, pues, como anillo al dedo la colaboración mensual con Greenpeace para que proteja el medio ambiente, la moneda para el Iname cuando vamos a pagar en la caja del supermercado, el consumo responsable, la colaboración con causas humanitarias, el arrastre de la locomotora en Young para conseguir el dinero para el hospital público, la compra de hamburguesas para ayudar a los niños con cáncer, el envío de mantas y alimentos para los afectados por inundaciones, la asistencia a un concierto de rock para ayudar a los seropositivos de Africa. Cualquier causa es susceptible de sedar la indignación, porque la indignación se aplaca con analgésicos livianos. La única condición es que la solidaridad sea libre, ocasional y a la medida de mis necesidades particulares, que no implique un involucramiento, que no me comprometa a nada más. Después de la intervención humanitaria todo sigue “en su lugar”, lo que además de tranquilizarnos, “confirma” las sospechas de que nada puede modificarse.

Apelar a la mera indignación, desafiar al corazón, eso es lo que funciona con el nuevo individualismo. Las hambrunas, el sida, los desastres naturales antes que nada emocionan, apuntan a lo epidérmico. “Es una identificación superficial con el otro, debido a la repugnancia del espectáculo del sufrimiento; es un compromiso nómada y parcial, moderado y distanciado”, afirma el filósofo Daniel Innerarity. Y los medios de comunicación ayudan mucho, “porque exponen la infelicidad humana pero desdramatizan el sentido de culpa; la velocidad propia de los medios emociona pero al mismo tiempo diluye esos sentimientos”.

Cuando se huye de la política como de la peste, sólo quedan individuos aislados, que ayudan, se solidarizan, ponen el corazón, el dinero o lo que sea, pero siempre a su leal saber y entender, en los tiempos y formas que consideran adecuados a sus necesidades y comodidad. No hay derechos ni deberes, no hay imperativos categóricos. Cuando las injusticias y los derechos humanos no son asuntos de los ciudadanos, es decir de la política, sólo queda la buena voluntad de los individuos, la corrección, las buenas maneras y la buena voluntad de cada cual. El corazón, en suma.

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