Neo ruralismo

El ministro de Ganadería y Agricultura, José Mujica, volvió estos días a la carga con su pedido/exigencia (incluida la amenaza de renuncia) de que se perdone una buena parte de las deudas que desde hace años mantienen los llamados “productores rurales” con los bancos del Estado. Me pregunto si mañana, en el caso de quedar desocupado o mis ingresos se vayan al garete, mis plegarias serán atendidas por algún secretario de Estado.

Hace muchos años ya, gran parte de la izquierda despotricaba contra los latifundistas, ganaderos y todas las subespecies de propietarios de tierras. No era únicamente su condición de oligarcas −y su insaciable apetito de lucro− lo que los convertía en objeto de tales diatribas. Los estancieros, a los que se les prometía una reforma agraria que les expropiaría hasta las botas que calzaban, eran además, según el punto de vista de la izquierda, un grupo enquistado en el Estado, capaz de someter la política económica a sus planes e intereses. Una especie de clase parasitaria, del tipo de la tenia sanginata o algo así.

Trataban a sus peones como bestias de carga. Eran, en fin, una casta de privilegiados que pretendía disfrazar la defensa de sus intereses particulares en el ámbito político con la mitológica idea de que los propietarios de tierra representan a la nación o que sus campos son el hábitat de la identidad nacional, esa joya aún extraviada a pesar de las energías invertidas en encontrarla.

Las denuncias de la afición de los estancieros por los préstamos baratos de los bancos estatales y el hábito de posponer hasta la eternidad su devolución eran un lugar común en la prensa de izquierda de la época, una prueba irrefutable de sus ardides y falta de escrúpulos. Los empresarios supuestamente no devolvían los préstamos que habían recibido porque, en lugar de invertir las sumas recibidas en emprendimientos productivos, las despilfarraban en caprichos suntuosos. La terapia que se recomendaba para terminar con tales vicios era el rigor de las autoridades ante los pillos.

No es cuestión ahora de establecer qué había de falso y qué de verdadero en aquellas descripciones, sino de intentar comprender qué ha ocurrido para que, una vez en el gobierno, una parte de la izquierda −la más entusiasta de la reforma agraria, la que había jurado desalambrar hasta los gallineros− haya mutado en un nacional-ruralismo digno del mejor Nardone. Sólo falta que desde las oficinas del ministerio de Ganadería y Agricultura se difundan las grabaciones de las famosas peroratas del clerical, golpista y, por supuesto, ruralista doctor Eduardo Corso. (Nota para los que no habían nacido antes de la dictadura o eran niños: el doctor Corso tenía una audición en Radio Rural en la que despotricaba contra los bajos precios de la carne y la lana, el comunismo internacional, la subversión, el pelo largo, el rock, la modernidad y todas las novedades que atentaran contra la tradición).

El actual ministro de Agricultura y Ganadería propuso hace ya unos meses que no era una mala idea aprobar una ley que contemplase los particulares problemas económicos y financieros de un muy particular grupo de ciudadanos, que por poseer ese atributo se merecían también una solución particular, y que si no fuera porque él era muy disciplinado y respetuoso de las decisiones de su gobierno, habría impulsando una ley en el Parlamento para suspender las ejecuciones de los “productores rurales” que deben dinero pero no lo pagan. Eso no le impidió animar a los dirigentes de la Federación Rural a que lo hicieran. Ahora propone que se reduzcan sus deudas en un 50% y hasta en dos tercios y se apliquen intereses amables a las sumas que deben los agrociudadanos.

Los bienes de cualquiera que no sea un “productor rural” son inmisericordemente expropiados si no paga sus deudas. Así son las reglas del juego y nadie parece haberlas puesto en cuestión. Pero resulta que ahora los “productores rurales” son los únicos empresarios de este mundo (junto a los banqueros de este país tal vez) que deben ser contemplados cada vez que la fiesta del mercado no asigna los recursos tan adecuadamente como se presumía y algunos se quedan con las manos vacías después de rota la piñata.

Sería interesante, pues, conocer alguna explicación de por qué ahora es “progresista” que los “productores rurales” no devuelvan los créditos que recibieron de los bancos estatales o que lo hagan en unas condiciones a las que no accede el resto de los deudores (¿por qué, si no, la exigencia de que se los trate de una forma especial, diferente a la del resto de los deudores?), por qué es “progresista” evitar a cualquier costa, incluyendo los perdonazos a cuenta del presupuesto del Estado, que un “productor rural” se arruine, como ocurre con todos los demás “económicamente inviables”, sobre todo en una sociedad que no se caracteriza por la piedad con los “inviables” en general, y por qué a los “productores rurales” se les eximió (junto a otros empresarios, es cierto) de pagar impuestos y contribuciones a la seguridad social cuando estuvieron en dificultades, cuando el Estado sostiene que no hay recursos suficientes para hacer todo lo que debería hacerse en materia de políticas sociales, o por qué sería “neoliberal” el presidente de un banco del Estado que afirmase que se pueden contemplar todas las situaciones particulares (esas que se desdibujan en el abstracto concepto de “productor rural”), pero que el Estado no va a tolerar que alguien especule con la eventual aprobación de una ley para no pagar sus deudas. ¿Por qué? ¿Por qué cuando entra en quiebra a un producto rural no se le ocurre vender su campo, como sí se le ocurre, o está obligado a hacer, con sus medios de producción cualquier otro empresario?

Por supuesto que el lobby de los ganaderos no osa decir su nombre. Sus demandas, creo yo, pretenden fundarse en que la tierra es algo “especial”, diferente a esas anónimas usinas e hipermercados, que pueden estar en cualquier parte y daría lo mismo, como ocurre también con esos recursos descartables que son los trabajadores. Pero según las tradiciones conservadoras de este país, la tierra no sería un medio de producción más; en ella estarían afincadas las esencias de la patria. La sugerencia parece extraída del romanticismo europeo de la primera mitad del siglo XIX, pero se sabe que los ganaderos uruguayos abrevan en fuentes más locales y simplotas.

Se nos dice que no se puede poner en la misma bolsa a todos los “productores rurales”. Pues exactamente eso es lo que hace el concepto de “productor rural”: ocultar las diferencias. Su abarcadora aspiración todo lo confunde: en el universo de los “productores rurales” hay desde poderosos ganaderos que están colmando sus bolsillos a manos llenas gracias a las exportaciones de carne hasta pequeños agricultores familiares que acaso viven tan mal como un asalariado de la ciudad. Tal vez el Estado debería contemplar a estos últimos −no a un empresario que decide jugar al juego de la inversión y cuando pierde pide ayuda al Estado para que socialice las pérdidas y cuando gana argumenta que el botín ha sido producto de su personal esfuerzo− pero es difícil discriminar porque cuando se trata de orarle a la Virgen del Perdón todos ellos se mezclan, bailan y se dan la mano.

Se me ocurren algunas ideas nada originales para lidiar con el problema. La primera es recordarle al ministro de Agricultura y Ganadería que él no es el representante de los “productores rurales” en la administración (a veces lo parece), sino el responsable de la política agraria del gobierno (que para eso los ciudadanos votaron a quienes votaron), tal como el ministro de Trabajo no es el representante de los trabajadores en la administración, sino el responsable de que se respete la legislación laboral o de modificarla si a eso se comprometió la izquierda.

La segunda es que se aumenten los impuestos a los empresarios rurales cuyas cuentas bancarias no han hecho más que engordar en los últimos años, gracias a la patriótica tarea de exportar carne y granos. La emergencia social así lo demanda. Que los florecientes exportadores agropecuarios contribuyan con una parte de su riqueza a financiar programas sociales o de empleo. Es lo menos que se les puede pedir después de las contemplaciones que tuvo el Estado con ellos.

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Una respuesta a Neo ruralismo

  1. Ricky dice:

    Muy bueno el parangón entre el romanticismo y nuestros rurallistas blancos como hueso de bagual. Nunca había pensado hasta ahora en esa pretensión de que los empresarios agropecuarios (y del mujiquismo y de muchos uruguayos, de que la tierra es algo más que un medio de producción, que vendría a ser la depositaria de las esencias nacionales.

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