Fidel

fidelsLos que alguna vez abrazamos con fervor propio de feligreses la causa de la revolución cubana no podemos evitar preguntarnos qué ha sido de aquel intento de cambiar el mundo y alumbrar al hombre nuevo, qué ha quedado de una revolución que iba a imponer la justicia y la libertad siguiendo el ejemplo de aquel experimento impuesto a sangre y fuego que fue el llamado “socialismo real”. No hay cómo eludir los interrogantes cuando, al parecer, de la salud del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, presidente del Consejo de Estado y del gobierno, primer secretario del Partido Comunista, primer rostro de la cartelería habanera y primer todo lo que imaginar se pueda depende el futuro del “primer territorio libre de América”. Hay algo que no cierra en la idílica imagen oficial de Cuba: una sociedad supuestamente emancipada de la opresión y la explotación, libre de todas las plagas del capitalismo, dirigida por ciudadanos cultos y responsables debería ser incompatible con la existencia de un líder máximo y el fomento del culto a la personalidad.

Si las cosas se ven desde otra perspectiva, la preocupación por la salud de Castro se comprende perfectamente. En regímenes personalistas, en los que se fomenta ese culto a la personalidad y el caudillo –siempre rodeado de una cohorte de fidelidad canina– lo decide prácticamente todo, desde el volumen de la zafra azucarera hasta la pedagogía revolucionaria, pasando por la vida de los opositores y la gloria del deporte nacional, no debería sorprender que su salud sea un asunto de Estado. Diríase que el cuerpo de Fidel es el cuerpo del “socialismo” cubano. Padecimos sus relatos en primera (y tercera) persona cuando el episodio del tropezón de hace dos años que le provocó la fractura de una rodilla, y vuelve a fastidiarnos ahora nada menos que con sus intestinos. No son pocos los que abrigan el sueño de un Fidel Castro eterno. Véase si no, lo que dijo no hace tantos años su médico personal, Eugenio Selman: “nos hemos propuesto que Fidel viva 120 años y, si lo conseguimos, trataremos de prolongarle la vida hasta los 140”. La veneración al líder es el rasero con el que se mide el compromiso de los cubanos con el régimen. Con la excepción de la república hereditaria norcoreana, ya no quedan dictaduras en el mundo cuyo destino esté tan atado al de su jefe máximo.

Con todo, no es únicamente la omnipresente centralidad de la figura del caudillo la que indefectiblemente provoca estupor. Sólo los hombres con fe, de los que se nutre una parte nada desdeñable de la izquierda latinoamericana, se empeñan en perpetuar el mito de que Cuba es lo más parecido a un edén poscapitalista del que han desaparecido los males que aquejan al resto del continente o, peor, en justificar en nombre de la necesidad o las condiciones exteriores los peores excesos del régimen cubano.

¿En qué ha quedado la aspiración a terminar con cualquier forma de opresión política e inaugurar el “primer territorio libre de América”? En un Estado policíaco que persigue a los opositores y los condena a décadas de cárcel por no comulgar con las autoridades (la pretensiòn de que todos los opositores están al servicio de la CIA es pura y canallesca propaganda oficial, pues los hay que son de izquierda e incluso algunos que fueron compañeros de la primera hora de Fidel caídos en desgracia), en un sistema totalitario de control y delación organizado a partir de los famosos Comités de Defensa de la Revolución (CDR), de participación casi obligatoria so pena de ostracismo, en la pena de muerte, en los obstáculos a la emigración, en la prohibición de pertenecer a otro partido político que no sea el comunista, en el monopolio del poder por una casta burocrática privilegiada (integrada básicamente por los miembros de los órganos de dirección del PCC), en la imposibilidad de leer diarios y revistas que no sean los oficialistas Granma y Juventud Rebelde, con su prosa soporífera y su incombustible retórica revolucionaria, en la censura de cualquier tipo de literatura o producción artística que ponga en duda las fantasiosas verdades oficiales, en el exilio de los escritores e intelectuales disidentes, en el confinamiento de los homosexuales en centros de “reeducación”, en la prohibición del derecho de huelga y de formar sindicatos independientes del Estado, innecesarios según el imaginario oficial, dado que el “socialismo” habría suprimido los conflictos de clase.

A quienes se afanan por encontrar las siete diferencias entre la Unión Soviética y Cuba cabe reconocerles una cosa y recordarles otra. Efectivamente, el Caribe no es Siberia, ni conviene confundir el ron con el vodka, pero la racionalidad de sus respectivos sistemas políticos sólo se diferenció en asuntos menores. Baste con recordar el emocionado apoyo de Fidel a la invasión soviética de Checoslovaquia y, si no quieren irse tan atrás, está el fusilamiento de uno de los generales más prestigiosos de la revolución, Arnaldo Ochoa, por supuesto contubernio con uno de los cárteles colombianos de la cocaína (en cuyo caso sólo a un crédulo impenitente se le puede ocurrir que el líder máximo no estaba al tanto de semejante acuerdo). No he conocido nada más parecido a los procesos de Moscú de 1937 contra la oposición de izquierda en la Unión Soviética que las actas del juicio al general Ochoa, con sus autoinculpaciones y patéticos arrepentimientos.

Buena parte de la feligresía castrista no da crédito a estas descripciones. Su impermeable monoteísmo le indica que se trata de inventos de la contrarrevolución. Otros, apenas un poco más sofisticados en su justificación del régimen cubano, alegan que tales evidencias en nada empañan sus grandes logros, básicamente en el terreno de la justicia y la igualdad sociales (en particular en el terreno de la educación y la salud). El primer reparo que se les puede formular a estos últimos es que, a primera vista, no se aprecia cuál podría ser la relación lógica entre esos logros y la inconmovible dictadura que impera en Cuba. El recurso es tan insistente –y tan ingenuo– que no queda más remedio que preguntarse si para mejorar la educación y la salud de los habitantes de un país acaso habrá que suprimir la libertad de reunión y manifestación o cualquier otro derecho democrático. El segundo, es que educar y adoctrinar son quehaceres diferentes, diríase que reñidos entre sí.

Pero incluso en este terreno el relato castrista ha alterado fantásticamente la realidad con su pretensión de que en Cuba asistimos a un igualitarismo sin parangón. En Cuba hay tantas diferencias sociales como en cualquier otra parte, aunque la naturaleza de esas diferencias sean específicas de un sistema en el que la propiedad de los grandes medios de producción, su gestión y la distribución de la riqueza social son ejercidas a título colectivo por una clase, que además monopoliza todos los resortes del poder político. Hay, pues, una gran diferencia de capacidad decisoria entre la jerarquía del régimen y el ciudadano común; hay asimismo enormes diferencias económicas  entre los miembros de la nomenclatura (dirigentes del Partido Comunista, directores de empresas estatales, jerarquía militar, artistas adictos al régimen, etc.) y el resto de la población, que no tiene acceso a los privilegios de los que goza la primera y que no son nada despreciables en una economía que sufre enormes penurias tras casi cincuenta años de “socialismo”: viviendas en barrios exclusivos, coches oficiales, bienes que deben adquirirse en dólares, acceso a Internet y fuentes de información internacionales vedadas al resto de la población, posibilidad de viajar al exterior, etc. Tampoco han desaparecido las diferencias de ingresos: el 80% de la población cubana gana menos de 300 pesos mensuales, lo que equivale a unos 24 dólares, mientras que 1,5% de los cubanos, mayoritariamente blanco, con acceso a remesas o altos funcionarios del gobierno y empleados de empresas extranjeras gana entre 1.000 y 6.000 pesos cubanos mensuales. Y las hay, finalmente, entre quienes tienen acceso a la llamada “área dólar” –nuevamente altos funcionarios, familiares de emigrantes y algunos trabajadores vinculados al sector turístico– y quienes no lo tienen.

La extendida aspiración de los cubanos a emigrar es acaso la mayor prueba de lo insatisfactorias que les resultan sus condiciones materiales de vida. Si de los cerca de 200.000 cubanos que emigraron en los años 60 se puede decir que se oponían al curso político de la revolución, muy diferente resulta el caso de los 125.000 que abandonaron la isla por el puerto de Mariel en 1980 y las decenas de miles de balseros que lo hicieron en los 90. No son “gusanos” ni agentes de la dictadura de Batista. Se trata de personas educadas bajo el orden revolucionario, miembros de una generación nacida en la Cuba de Fidel Castro convertidos en emigrantes económicos, ni más ni menos que como en cualquier otro país de Latinoamérica.

Conviene dedicarle dos palabras a la justificación favorita del castrismo a la hora de responder a estos señalamientos: el embargo estadounidense. Dicho embargo (un embargo muy perforado hay que decir, puesto que son cada vez más las empresas extranjeras que invierten en y comercian con Cuba, haciendo oídos sordos a la obsoleta cruzada de Washington) es un chivo expiatorio que puede explicar algunas penurias económicas pero no las desigualdades y, mucho menos, la ausencia de democracia en Cuba.

Si algo puede ayudar a arrojar luz sobre la irremediable decadencia a la que parece abocado el capitalismo de Estado cubano ese algo es su condición de país subdesarrollado en un mundo globalizado bajo la hegemonía del capital. Son demasiadas las evidencias de que no basta la mera voluntad de enterrar el capitalismo para que ello efectivamente sea posible en un país de escaso desarrollo como Cuba. Claro que no es ajena a esos problemas que enfrenta hoy el régimen cubano la convicción de que un grupo de revolucionarios decididos convertido luego en casta burocrática puede decretar desde arriba la transformación radical de la sociedad. Una convicción por cierto más tributaria de Stalin y Mao que de Marx. Está visto que no, que ese sueño voluntarista fue uno de los factores que contribuyó a engendrar estas pesadillas.

La obsecuencia casi teológica con la que una buena parte de la izquierda latinoamericana se empeña en adorar el mito de la revolución cubana es acaso uno de los mayores misterios de nuestro tiempo. Impide incluso el intercambio razonado de argumentos, reemplazados generalmente por el adjetivo y el anatema. Tal vez sólo pueda explicársela por esa inclinación tan humana a necesitar una referencia paternal, una luz que nos ilumine un camino que se presenta demasiado oscuro, aunque para ello haya que renunciar a pensar e incurrir en contradicciones monumentales. Ninguno de nuestros castristas dudaría, por ejemplo, en oponerse a un régimen con las características aquí descritas… salvo que ese régimen sea el de Fidel Castro, claro. Cuando se les recuerda que esas descripciones corresponden a Cuba, entonces empieza el desconcierto, y se reemplaza la crítica por el balbuceo de justificaciones.

La peor de ellas es la que pretende que criticar a Cuba supone darle argumentos a la derecha. Ninguno de ellos se ha puesto a pensar en que tal vez el mejor argumento que se le podría suministrar a la derecha (un argumento precioso, diríase que servido en bandeja de plata) es insistir en defender a un sistema como el cubano o sugerir que se está empeñado en una lucha por algo parecido, aunque sea remotamente parecido, al régimen que impera en Cuba.

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One Response to Fidel

  1. Daniel dice:

    Tenés razón, de cabo a rabo.
    Aunque duela, aunque duele.

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