Mercosur y después…

No es fácil saber qué planes tienen el gobierno y el presidente Tabaré Vázquez en particular acerca de un asunto tan importante como la permanencia de este país en el MERCOSUR. Vázquez se ha acostumbrado a afirmar una cosa un día, la contraria al siguiente y desdecirse de ambas a la semana, sin que nadie tenga la osadía de señalarle sus contradicciones.

Es más, sus adláteres suelen entregarse a la agotadora tarea de interpretar, y justificar, sus palabras. Sabíamos que muchos políticos suelen tener estas costumbres que desconciertan a los ciudadanos, pero esperábamos otra cosa de un líder de izquierda que había hecho de la transparencia un principio innegociable y convertido al programa de su partido en una de sus Biblias. El modus operandi parece ser el siguiente: echemos a rodar determinada idea, veamos cómo reaccionan los involucrados en el tema y luego vamos viendo qué hacemos. Además de ser poco respetuoso con los ciudadanos que lo votaron, este procedimiento pone de manifiesto que el gobierno de izquierda se mueve más por tanteos que siguiendo una estrategia con objetivos claros.

Hace un mes, en ocasión de un viaje a Venezuela, dijo que un eventual Tratado de Libre Comercio con EEUU no estaba en la agenda del gobierno, y todo lo contrario ahora en Washington. Y lo mismo volvió a ocurrir hace dos semanas, cuando le dijo a un periodista del canal 10 de televisión que Uruguay iniciaría su andadura para abandonar el MERCOSUR. A las pocas horas de que el canal y el diario La Nación de Buenos Aires anunciaran la primicia, Tabaré Vázquez hizo el desmentido de rigor.

Sea como fuere, el objetivo se logró: el dilema de si Uruguay debe permanecer o no en el MERCOSUR está instalado en la “agenda”, como quería el presidente. Y ya que lo está, digamos algunas cosas al respecto.

La primera es que la inserción internacional de este y de cualquier otro país no debería depender de coyunturas siempre cambiantes ni del malhumor de sus gobernantes. Un enojo con Kirchner o con Lula no debería llevarnos a dar un portazo e irnos con la pelota debajo del brazo. Supongo que la pertenencia o la salida del MERCOSUR, particularmente cuando la prioridad a la alianza regional sigue incluida en el programa electoral del partido que llevó a esos mismos gobernantes al poder, debería ser un asunto meditado, consultado con toda la sociedad y decidido (democráticamente) de acuerdo con prioridades estratégicas. Nada de esto parece estar ocurriendo.

Sería necio no reconocer que el MERCOSUR pasa por sus horas más bajas, pero otro tanto ha ocurrido en varios momentos con el largo proceso de gestación de la Unión Europea, a la que le llevó cuarenta años llegar a donde llegó, con conflictos comerciales que reducen a la insignificancia las quejas por los obstáculos al ingreso del arroz uruguayo al mercado brasileño. Frente a las obvias dificultades por las que atraviesa el MERCOSUR, Uruguay puede despedirse del bloque o bien tener una diplomacia más activa tendiente a fortalecerlo.

Se trata de una política de Estado que no puede decidirse a golpe de carne exportada, bicicletas varadas en las aduanas o litros de leche fluyendo a través de las fronteras. Es cierto que Estados Unidos es hoy el principal destino de las exportaciones uruguayas, pero la decisión de seguir o no en el MERCOSUR, al menos desde una perspectiva que no sea pura y exclusivamente economicista, no puede tomarse sólo con estadísticas sobre exportaciones en la mano. Incluso si aumentar la venta de productos con la leyenda “made in Uruguay” fuera el único motivo de los desvelos del gobierno de izquierda (Pablo Mieres, por ejemplo, sugiere en una columna de El Observador que está bien que así sea), habría que pedir más cautela. Ya deberíamos saber que la fidelidad y la estabilidad no son la principal característica de eso que llaman “los mercados”. El 30% de las exportaciones uruguayas (1.000 millones de dólares) fue a parar en 2005 a los países del Nafta (no sólo a EEUU), contra 23% a los países del MERCOSUR (26% en 2004). No parece ser una diferencia concluyente, sobre todo si se tiene en cuenta que un solo rubro, la carne vacuna, representó un porcentaje elevadísimo de ese comercio con Estados Unidos. Brasil, a pesar de todos los pesares, siguió siendo el segundo país más importante como destino de las exportaciones uruguayas. ¿Y si en un par de años estuviéramos nuevamente en el mismo escenario que a principios de los 90, cuando el MERCOSUR absorbía la mitad de las exportaciones uruguayas? ¿Volveríamos a golpear las puertas de nuestros vecinos?

Ninguna de las dudas que expongo tiene que ver con el rechazo, por razones ideológicas, a un Tratado de Libre Comercio con EEUU. Cuando se trata de vender bienes y servicios hasta Hugo Chávez y Fidel Castro guardan sus discursos anti-imperialistas en el cajón y no encuentro ningún argumento convincente para limitar el comercio entre Estados o subordinarlo a afinidades ideológicas. Aunque ver a nuestro primer presidente de izquierda a las sonrisitas con George W. Bush no resulte particularmente estimulante. No porque se trate del presidente de Estados Unidos, sino porque se ha reído de los más elementales derechos democráticos, mantiene y tortura en Guantánamo a centenares de presos sin proceso, se mofó de las Naciones Unidas e invadió por su cuenta y riesgo a otro país con excusas mentirosas y se ufana de espiar a sus propios ciudadanos sin intervención de la justicia, por mencionar apenas algunas de sus hazañas más recientes. En mi opinión, el único reparo que se le puede poner a la firma de un tratado de ese tipo sería que una de sus condiciones fuera que Uruguay abandonara el MERCOSUR. Porque −como intentaré demostrar a continuación−, la importancia del MERCOSUR para Uruguay no debería depender únicamente de cuántas colitas de cuadril o sacos de arroz se vendan aquí o allá.

Si hablamos nada más que de comercio, se puede aceptar que el pragmatismo guíe los pasos de los Estados. Pero si de lo que se trata es de que éste, o cualquier otro país pequeño, no quede a merced de los imprevisibles “mercados globales” y de los caprichos del capital, que un día viene y otro se va –ni se vea obligado a hacer todas las concesiones que diariamente se nos dice que debemos hacer porque “la-realidad-del-mundo-contemporáneo” indica que si no mimamos a los inversores, éstos se van con sus petates a otra parte–, no habrá más remedio que pensar en una integración en serio. Y cuando digo integración en serio me refiero a una que trascienda el “libre comercio”, que incluya alguna forma de legalidad e institucionalidad supranacionales, es decir una integración política, que no se limite a crear un mercado más grande para tentar a los inversores, sino que internacionalice también todos los derechos democráticos  (laborales, ambientales, etc.) que a veces se pide flexibilizar para “favorecer el clima de inversión”. Esa integración también debería contemplar una política macroeconómica común para evitar que los Estados miembro se saquen mutuamente ventajas manipulando sus respectivas monedas y, por supuesto, extender la libertad de movimientos de capitales y mercancías a los ciudadanos (un brasileño que quiera vivir en Uruguay tiene hoy las mismas posibilidades legales de hacerlo que un tunecino). Sería una forma de equilibrar en parte las desiguales condiciones de que hoy gozan el capital y el trabajo en el proceso de integración.

Obviamente que para pensar en esta perspectiva, es necesario terminar con el palabrerío vacío de la soberanía nacional, pues esa integración política supone precisamente estar dispuestos a sacrificar soberanía “nacional” en aras de una institucionalidad supranacional (un derecho supranacional, por ejemplo). Después de todo, la abstracta soberanía nacional podrá llevar algún consuelo a los que andan a la búsqueda de la identidad perdida, pero no parece que sea de gran ayuda para hacernos ciudadanos más libres.

Esa utopía cosmopolita está lejos, pero más lo estará si ante el primer o segundo contratiempo comercial, abandonamos el empeño y buscamos “soluciones” inmediatas a problemas que no la tienen.

Hasta hace poco la izquierda de este país parecía encantada con la idea de crear un Parlamento del MERCOSUR. La iniciativa era algo apresurada, dadas las circunstancias, pero ahora parece huir de la misma como de la peste. Grave error. Aunque un Parlamento regional parecía entonces, y ahora, condenado a una labor decorativa, son muy significativas las reacciones que provocó su sola mención. Significativas por lo que revelan acerca de las concepciones de unos y otros sobre la integración. Lacalle puso el grito en el cielo: ¡jamás entregaremos nuestra soberanía!, ¡el Mercosur es una Unión Aduanera y nada más, no nos vengan con política! Y sabe muy bien de qué habla, claro. Por poner apenas un ejemplo, ¿se imaginan si en toda la región hubiera una única legislación protectora de los derechos de los trabajadores, igualada “hacia arriba”, es decir tomando como referencia las leyes más favorables de los cuatro países, y libre circulación de la fuerza de trabajo? ¿Cómo creen ustedes que estarían mejor protegidos esos derechos?, ¿con una tal legislación supranacional o como lo están ahora?

Frente al escuálido MERCOSUR de la libertad económica que quieren los liberales, la izquierda debería plantear un MERCOSUR de los ciudadanos. Una apuesta como ésta sólo puede ir de la mano de una vocación universalista, opuesta a la paranoia provinciana que sólo ve amenazas a la propia “identidad” (?) detrás de cualquier avance de la internacionalización económica, cultural y política (en la que de todos modos estamos). Cuando la derecha dice que hay que abrirse al mundo está pensando en negocios. Para una cultura de izquierda debería consistir en universalizar los derechos democráticos y sociales de todos los ciudadanos, una aspiración que tiene más posibilidades de alcanzarse en un ámbito global que en los estrechos límites de la aldea.

Estamos lejos, sí. ¿Pero la política puede hacer algo para reducir esa distancia?, ¿o debemos seguir ufanándonos de nuestro “ser uruguayos” mientras estamos a merced de los vaivenes globales sin la menor posibilidad de incidir en ellos? Y por ende, de ampliar los espacios del ejercicio de nuestra ciudadanía.

No veo por dónde se puede empezar a acortar, desde estas latitudes, la distancia entre una posible política ciudadana global y la desnuda competencia actual por acceder a los mercados si no es a través de alguna forma de integración con Argentina y Brasil. Si se miran las cosas desde esa perspectiva cosmopolita y democrática –y no desde la abstracta defensa de nuestra identidad nacional– tal integración sólo puede deparar beneficios al puñado de ciudadanos que vivimos en esta provincia.

Por eso, y no por otro motivo, sería imperdonable que se apostara a enterrar al castigado MERCOSUR en lugar de intentar reanimarlo.

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