Mamarracho

Nunca se sabrá qué pasó por la mente del presidente Tabaré Vázquez cuando durante su primera presidencia firmó el decreto por el que convirtió el 19 de junio, fecha del nacimiento de José Artigas, en el día del “Nunca más”, un lema difundido en casi toda América Latina para resumir la aspiración a que jamás se repitan los crímenes y abusos de las dictaduras de los 70 y 80. Sin embargo, nuestro presidente introdujo un matiz en ese lema. El “Nunca más” al que él se refería, y así lo dijo durante el discurso que precedió a la firma del decreto, era un nunca más “a los enfrentamientos entre uruguayos”.

De modo que el “Nunca más” del que hablaba Vázquez de forma tan calculadamente ambigua podría referirse a las dictaduras, pero también a casi cualquier otro fenómeno social (o doméstico) capaz de suscitar “enfrentamientos entre uruguayos”. El decreto sostiene que “a efectos de que el país pueda mirar al futuro y encontrar caminos de reconciliación nacional, fíjase el 19 de junio como fecha conmemorativa de que nunca más deberán ocurrir estos episodios entre uruguayos” (sic). Si mi comprensión lectora no se ha extraviado, todos los 19 de junio no conmemoraremos un episodio del pasado (que es lo único que se supone que se puede conmemorar) sino algo que deberá ocurrir en un futuro incierto, tan incierto como la retórica del mandatario. Desde luego, esto es un enredo indescifrable.

El día del “Nunca más”, según Vázquez, “nos permitirá conmemorar el natalicio de nuestro prócer como corresponde, y asumir ante él (¿nos estará viendo desde el cielo el divino don José?) y ante todos los uruguayos, los que ya pasaron (¿un compromiso con los muertos?), los que estamos y los que vendrán, que “nunca más a hechos de intolerancia y violencia entre los ciudadanos uruguayos”. Lo del principio: no se trata, pues, lisa y llanamente de un nunca más a una dictadura, o nunca más a las violaciones de los derechos humanos, a la censura, a los encarcelamientos arbitrarios y a las desapariciones forzadas, sino un nunca más a la intolerancia y a la violencia entre los ciudadanos. La retórica del decreto es tan ambigua, tan incapaz de llamar a las cosas por su nombre, que estamos autorizados a pensar que ese nunca más se refiere tanto a las riñas entre barrasbravas de Nacional y Peñarol como a las que ocurren en un matrimonio malavenido, pasando por una pelea entre bandas juveniles rivales (asimilar la aplicación de torturas en un cuartel del Ejército a un enfrentamiento entre uruguayos es un abuso del lenguaje).

Uno puede pensar que este mamarracho que pretende hermanar en una sola conmemoración a Artigas con un moralista y despolitizado Nunca más es tanto el resultado de la improvisación como de la infertilidad de la mente de Tabaré Vázquez. Pero también podemos ser malpensados y sospechar que este decreto pretende poner un “punto final” a una política sobre los desaparecidos durante la dictadura, que tuvo resultados más bien escuálidos. La frialdad con que fue acogida la iniciativa presidencial por parte de las organizaciones de derechos humanos permite suponer que no estoy solo en esa sospecha.

* * *

Además de su obvia condición de político, Tabaré resultó ser un historiador excepcional. Dijo al estampar su firma en el decreto: “Artigas nació el 19 de junio y en esa fecha celebramos, con el nacimiento de nuestro prócer, el nacimiento de nuestra patria”. ¡¡Con el nacimiento de Artigas se engendró la patria!! Tabaré no habrá leído a Hegel, pero por lo visto cree en la “astucia de la razón”, esa fuerza sobrehumana que guía a los hombres, al margen de su conciencia y voluntad, a cumplir un designio (¿la Razón Absoluta?, ¿la Idea?) abocado a abrirse paso, tarde o temprano, en la espesura de la historia patria. Siguiendo a nuestro presidente, podría decirse que habría habido una vocación, la de ser nación independiente, que habría precedido a los hechos que finalmente desembocaron en la constitución de la república independiente que somos. La astucia de la “razón oriental” habría empezado a abrirse camino antes, mucho antes, de la concatenación de acontecimientos que dieron lugar a la (y nunca se pondrá suficiente énfasis en esto) imprevisible e impensada independencia de esta provincia. Según nuestro presidente –y cierta historiografía vernácula– esa vocación de ser patria habría estado latente en estas tierras desde mucho antes de 1828, año en el que el imperio brasileño y la Confederación Argentina se resignaron a aceptar, gracias a las artes persuasivas de la diplomacia británica, la creación de un Estado independiente, que en esa época no estaba en la mente de nadie (y mucho menos, por cierto, 60 años antes, cuando nació José Gervasio). Sin embargo, gracias a Tabaré, ahora sabemos que el 19 de junio de 1764 no fue un día más, sino el primer capítulo de la andadura que desembocó en la creación de la República Oriental del Uruguay, porque ese día conseguimos que naciera quien supuestamente (muy supuestamente) estaba destinado a ser el héroe de la independencia. Más allá de las incognoscibles intenciones del recién nacido Pepito Artigas (¿acaso tendría intenciones esa criatura?) ahora sabemos que con su venida al mundo se inició la patria… cuando nadie pensaba siquiera remotamente en algo parecido a crear un Estado independiente. ¡Lo que puede la fuerza del destino!

Las intenciones y la voluntad de los hombres juegan un papel en la historia, pero lo hacen interactuando (a veces de muy mala manera) con las intenciones y voluntades de otros y el resultado de esas interacciones suele ser casi siempre uno no deseado por ninguno de los protagonistas de los hechos. La historia no tiene un sentido ni está abocada a cumplir un destino, como al parecer pretende Tabaré con su ejemplo del nacimiento de Artigas; está más indeterminada y abierta a la intervención de los hombres de lo que los manuales de materialismo histórico suelen sugerir: el significado y la coherencia que le atribuimos al pasado es una interpretación (siempre discutible y revocable) que hacen los historiadores a posteriori de los hechos y sólo una versión teleológica, ideologizada o religiosa de la historia puede sostener seriamente que ésta tiene un “sentido último” que guía los pasos de los protagonistas de los hechos y los lleva de las narices por los vericuetos de la historia. Que Uruguay (o cualquier otro país) terminara siendo un Estado independiente no estaba inscrito en ningún lado (mucho menos en el nacimiento de un individuo). Fue una carambola de la historia. Y no me parece una exageración afirmar que el mayor interés político del saber historiográfico reside en que nos permite tomar conciencia de que, justamente porque la historia no tiene un sentido –sino apenas explicaciones ex post facto–, el futuro es algo abierto y las posibilidades que se nos presentan están más indeterminadas de lo que suponemos.

Francamente, no creo que Tabaré Vázquez se haya puesto a pensar en el absurdo significado de las palabras que pronunció cuando firmó el decreto por el que creó una ensalada indigesta que incluye ingredientes tan difíciles de fusionar como el alumbramiento de una criatura que luego se convertiría en un caudillo decimonónico nada apegado a las maneras ilustradas y el moderno “Nunca más” que abomina de las dictaduras. Pero comparémoslas con lo que acabo de afirmar. Según Tabaré, con el nacimiento de ese individuo (don José Gervasio Artigas) en el siglo XVIII, ¡en plena colonia española!, arrancó una andadura nacional que ya nadie pudo detener y que 62 años después desembocaría inexorablemente en nuestra independencia (“¿nuestra?”, ¿quiénes éramos nosotros?), ya que aparentemente todos los acontecimientos que siguieron a aquel alumbramiento providencial sólo pudieron ser lo que fueron.

Tabaré nos viene a decir, con su verbo esclarecedor, que la patria tuvo su Año Cero, su voluntad primigenia de ser Estado independiente, que hasta ahora nadie había tenido la osadía de fechar: fue en 1763 cuando un espermatozoide de Artigas padre se encontró con un óvulo de la mamá del héroe y nueve meses después dieron a luz a quien estaba destinado a la gloria.

Con todo, nuestro presidente no puede evitar sospechar que algo no cierra en su pretensión (y la de una parte de nuestra historiografía) de que un empeño independentista anidaba desde tiempos inmemoriales en el alma de los habitantes analfabetos y ociosos de estas praderas casi vacías. Por eso se vio obligado a introducir el azar en su presentación del decreto del “Nunca más”. Lean bien el siguiente dislate: “El día del nacimiento de una persona, en este caso de nuestro prócer, José Artigas, es un hecho fortuito. Fue un óvulo, rodeado por millones de espermatozoides, el que permitió la entrada de un solo espermatozoide que creó a esa persona. Pudo haber entrado cualquier otro de aquellos que estaban próximos al óvulo y seguramente hubiera sido otra persona y no la que fue engendrada. Es el hecho del azar, pero después que se nace, ese día ya no es una casualidad. Es una realidad”. Caramba, nuestro presidente también tiene sus momentos de debilidad y su creencia en que necesariamente la patria terminó siendo lo que debía ser, parece haber sido inoculada con el virus de la duda. A él también se le ocurrió pensar que si don Artigas padre, inconsciente de los mandatos provenientes de la prehistoria de la patria, se hubiera ido la noche en la que ayudó a engendrar al prócer al lecho de una de las tantas chinas con las que despilfarraba insensatamente sus espermatozoides abocados a fundar la patria, José Gervasio hubiera nacido otro día, o directamente no hubiera nacido, y otro gallo habría cantado, y en lugar de la ROU hoy podríamos ser la POU (Provincia Oriental del Uruguay) o un territorio de ultramar de la monarquía española o una colonia británica. Pero por suerte (sí, parece que la suerte trabajó aquella noche en favor del nonato movimiento independentista) el padre de nuestro prócer se quedó en casa y Artigas nació cuando debió nacer, el 19 de junio de 1764, y fue quien debió ser y a partir de allí, sí, ya no hubo más azares ni caprichos y nos encaminamos a la creación de este bendito país.

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