La visita de mister Bush

Es sabido que en política tenemos que vérnoslas a menudo con gente sobre la que no tenemos la mejor impresión. Aceptar discutir y dirimir los problemas colectivos en el ámbito de la política supone tratar con personas con las que discrepamos, a veces radicalmente, acerca del juicio que nos merece el mundo en el que vivimos y sobre qué respuestas darle a los problemas que enfrentamos. La visita del presidente de Estados Unidos a Uruguay es un buen ejemplo de los dilemas que nos presenta la relación con sujetos que están en nuestras antípodas en materia política.

En estos días he vuelto a escuchar el eterno argumento de que los países sólo tienen intereses y que la “ideología” no tiene que meter sus sucias narices en las relaciones entre Estados. Con ese principio rector pretende justificarse la invitación de Tabaré Vázquez a George W. Bush para que visite Uruguay. Puede que la “ideología” (una palabra comodín que cada cual usa a su gusto) no tenga nada que hacer en las relaciones internacionales, pero eso no quiere decir que la política no tenga arte ni parte en esas relaciones. Si la política no tiene nada que hacer en las relaciones entre Estados, nuestro horizonte no pasará de ser un gran mercado global del que habrán desaparecido las reglas de convivencia, el derecho internacional y las perspectivas de paz y justicia sobre el planeta. De modo que de acuerdo con lo de la ideología siempre y cuando ese término no sea un sustituto de la palabra “maldita”, la política, que no es posible (ni deseable) suprimir de las relaciones entre Estados.

Comparto la idea de que no viene a cuento si las autoridades de un país que va a comprarle papas, papel higiénico o bulones a otro son neoliberales o están de acuerdo en privatizar los servicios públicos. Pero plantear la discusión en esos términos es una trampa. Es una controversia inventada, porque no conozco a nadie en su sano juicio que se oponga a vender y comprar a otro país que esté dispuesto a lo mismo. El detalle que se deja interesadamente de lado en esta discusión es que las visitas de jefes de Estado a otros países (y las de un presidente de EEUU más que ninguna otra) tienen una significación política que sólo alguien muy distraído puede ignorar.

El comercio internacional se ha multiplicado en las dos últimas décadas más como consecuencia de la imparable globalización económica y financiera que por visitas de presidentes. No todos los países que mantienen relaciones comerciales con EEUU invitan a George Bush a una jornada de pesca como hará Tabaré Vazquez.

Lo que realmente debería interesar discutir son otras cosas. Por ejemplo, si el afán de comerciar es el único criterio que debe tener en cuenta un gobierno cuando tiene que definir la naturaleza y la intensidad de las relaciones con otros países. O si, por el contrario, también debe tener en cuenta “detalles” como la contribución de cada gobierno a la paz mundial, su apego a la legislación internacional, el respeto de los derechos humanos, su contribución a la carrera armamentista, el carácter más o menos democrático de sus sistemas políticos, la preservación ambiental y algunos pocos más que ustedes quieran. Si se acepta que toda la política internacional de un gobierno debe estar pura y exclusivamente al servicio de un sacralizado interés comercial, nadie debería escandalizarse si a nuestro presidente se le ocurre en el futuro recibir al primer tiranuelo dispuesto a importar celulosa o escarbadientes uruguayos, aunque se trate de Gadafi, Kim Il Jong, uno de esos emires de nutridos harenes o cualquier émulo de Pinochet.

Me imagino que muchos estarán poniendo el grito en el cielo. ¡Comparar a Bush con un dictador es un abuso! Por cierto que en Estados Unidos el presidente tiene las mismas limitaciones (o algunas más incluso) para ejercer su poder que las que tiene cualquier otro gobernante de una democracia del siglo XXI, pero de fronteras para afuera sus iniciativas políticas no tienen nada que envidiarle al más célebre de los dictadores. Con lo cual ya estamos instalados en otro aspecto de la cuestión que debería importar discutir: cuáles serían esos otros criterios que debería atender un gobierno interesado en un orden internacional más justo, equilibrado y democrático (si es que esas preocupaciones le incumben, claro, porque si se piensa que hoy se puede ser de ‘izquierda’ sólo de fronteras para adentro, no hay mucho para discutir).

Algunos de esos criterios son los que acabo de mencionar unas líneas más arriba. Si a alguien le resultan demasiado vagos, habrá que recordar entonces que nuestro próximo huésped violó todas las leyes internacionales que le importunaron, invadió un país sin la autorización de las Naciones Unidas, es responsable de guerras y masacres de poblaciones civiles enteras, viola los derechos humanos en su propio territorio (Guantánamo es el caso más paradigmático), interviene descaradamente en los asuntos internos de otros Estados, autoriza el secuestro y la tortura de personas en cárceles secretas, apoya a regímenes que no pasarían ni los exámenes menos exigentes en materia democrática y ahora construye un muro a lo largo de la frontera con México para que no se cuelen los americanos indeseables. Se convendrá que las virtudes mencionadas no son propias de un gobernante democrático. Y me pregunto si no se podrá convenir también en que ese carácter democrático fuera el mínimo exigible a cualquier aspirante a tener el privilegio de ser recibido en las alcobas de la estancia de Anchorena.

Aun a riesgo de caer en el didactismo, quiero poner énfasis en que no se alude aquí a diferencias de punto de vista inherentes a la lucha política en un marco democrático. No estamos hablando de meras “discrepancias”, como se podría discrepar con Chávez o Chirac. No, lo de Bush ya es algo más complicado: en el actual contexto internacional cualquiera que hubiera hecho la mitad de lo que ha hecho Bush se habría autoexcluido de la lista de gobernantes presentables en sociedad y es probable que hasta el Consejo de Seguridad de la ONU estuviera contemplando imponerle sanciones.

Por tener los “méritos” que tiene, George W. Bush merece ser repudiado y por eso mismo tengo el firme propósito de ir a la manifestación de protesta contra su visita, que espero sea masiva. Insisto: no por que se trate del presidente de Estados Unidos, tal como recomendaría cierto instinto anti-yanqui que parece haberse convertido en seña de identidad de la izquierda, sino por tratarse de este presidente.

* * *

A juzgar por lo que dice el gobierno, el asunto no merece que se le dediquen tantas energías. El problema se solventaría, como en cualquier feria vecinal, con una oferta para cada necesidad: una posición política para cuando se está en la oposición, otra para cuando se está en el gobierno y, por lo que parece, otra para cuando se es miembro del partido oficialista pero no se tiene ninguna responsabilidad gubernamental.

En estos días hemos escuchado declaraciones de personajes de primera y segunda línea del gobierno que merecerían figurar en algún tratado sobre esquizofrenia. El vicepresidente, Nin Novoa, el canciller, Reinaldo Gargano, y el director nacional de Salud, Daniel Olesker, nos cuentan que cuando se tienen relaciones diplomáticas y comerciales con un país, no hay más remedio que apechugar con todas las consecuencias que de ellas se derivan. Cuando se les preguntó a Gargano y a Olesker qué pensaban de la política de George W. Bush pidieron, casi en tono de súplica, que no se los sometiera a semejante tormento… y se salieron por la tangente. El primero profirió un misterioso “los que me conocen ya saben lo que pienso” y el segundo se despachó con un “yo soy parte del Poder Ejecutivo” tan oscuro como el anterior.

Según este singular punto de vista, se puede denunciar a Bush y pedir que se lo arroje a los fuegos del averno cuando se está en la oposición, se lo puede recibir con los brazos abiertos cuando se llega al gobierno y acaso autorizar una pataleta testimonial a los militantes del Frente Amplio que no son funcionarios de alto rango.

¿Pero acaso es creíble tal escisión? Si mi opinión sobre el actual presidente de Estados Unidos depende de que esté en la oposición, en el gobierno o en ese limbo político en el que al parecer se halla el “partido” Frente Amplio –que finalmente no adhirió a la manifestación de protesta pero se permitió emitir una declaración muy crítica con la política de Bush–, entonces mis posiciones políticas son un auténtico cambalache. Afirmar que en el gobierno hay que lidiar con los problemas reales inherentes a un mundo complejo y se tienen que asumir las consiguientes responsabilidades no mejora demasiado las cosas. Porque en ese caso la constatación también tiene que ser de recibo para el partido que está en el gobierno. Cuando Gargano y Nin Novoa sostienen que les parece bien recibir a Bush porque son ministro y vicepresidente y dan a entender que si no lo fueran estarían en las barricadas significa que sus “ideas” dependen del cargo que ocupen, lo que equivale a decir que no tienen ideas.

Resulta inaceptable el doble discurso con el que la mayoría de la izquierda de este país aborda (y justifica) la bienvenida y la jornada de pesca que Tabaré Vázquez le tiene preparadas a George W. Bush, por un lado, y la guiñada que se le hace a los militantes del Frente Amplio para que ventilen su indignación, por otro. A la mayoría de la izquierda ese doble discurso le parece perfectamente coherente. Pero hay un par de cuestiones que suelen ignorar quienes aceptan ese doble discurso y que son fundamentales en esta discusión.

Una es que cuando se argumenta que una vez en el gobierno hay que someterse a los imperativos de la realpolitik por la que necesariamente debería regirse un país insignificante como Uruguay, se ignora que la política (incluida la política internacional) no es un ámbito determinado de una vez y para siempre, que el futuro es algo abierto a la intervención de los seres humanos y que (con todos los constreñimientos y limitaciones propios de esa insignificancia y los ínfimos márgenes de maniobra que se quiera) siempre habrá, no infinitas alternativas, pero sí más de una por la que optar. Por el contrario, el gobierno tiene un retórica que nos viene a decir, palabras más palabras menos, que no hay ‘más remedio’ que recibir a Bush. No estoy proponiendo, por cierto, que Uruguay rompa relaciones diplomáticas con EEUU, ¿pero era necesario recibirlo acaso?

Tampoco me parece nada gloriosa la aparente tolerancia que se le dispensa a la protesta cuando no-se-está-en-el-gobierno (ya sea en la oposición propiamente dicha o en el partido oficialista). Porque ¿qué sentido tiene defender una postura política (la de repudiar la visita de Bush o cualquier otra) si no se la puede sostener cuando se está en el gobierno?, ¿no se legitima en ese caso una pura irresponsabilidad?, o ¿no estaremos asistiendo a uno de esos ejercicios de buena conciencia a los que es tan afecta una parte de la izquierda? Porque, una de dos, o se defiende con argumentos el recibimiento a George W. o se lo denuncia, como hace el comunicado del Frente Amplio emitido esta semana, en tanto que belicista y violador de los derechos humanos. Pero ambas cosas al mismo tiempo no casan.

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