La jueza y la bandera

Es una suerte que en este país haya jueces con ojos avizores, atentos a cualquier violación del derecho, a toda trasgresión de las normas, al menor vilipendio de símbolos sagrados, a la más insignificante alteración del orden. Saberse cuidado por la autoridad tranquiliza. No en todas las latitudes se encuentran magistrados insobornables, capaces de detener a quien comete la imperdonable ofensa de prender fuego a la bandera de un país.

Que los encargados de impartir justicia estén imbuidos de semejante celo nos permite aguardar el futuro con optimismo. De aquí en más podemos esperar que todos los derechos solemnemente consagrados en la Constitución de la República sean ejercidos de hecho. La jueza Aída Vera Barreto es la punta de lanza de una cruzada que impondrá la tolerancia cero en todos los rincones del país y en todos los ámbitos de la vida social. Ninguna ley será violada, ningún derecho será pisoteado, todos los niños recibirán educación, el derecho a tener una vivienda digna será cumplido a rajatabla, los presos recibirán un trato digno y se reinsertarán en la sociedad, los trabajadores tendrán un ingreso decoroso y sus derechos serán escrupulosamente respetados. He aquí el inequívoco mensaje de la jueza Vera Barreto cuando ordenó la detención de un ciudadano por quemar una imitación (en papel) de la bandera de Estados Unidos.

La señora se tomó muy en serio su misión de guardiana del derecho a no ser ofendido de millones de ciudadanos potencialmente vilipendiados por la quema de su bandera en una calle perdida del hemisferio sur. Deberíamos apreciar como se debe esta vocación por hacer respetar la ley. A simple vista, su disposición a escudriñar con lupa las grabaciones de los episodios callejeros que concluyeron con la quema (de una imitación en papel) de la bandera de Estados Unidos y su orden de detener al pirómano pueden parecer un exceso. Pero no nos engañemos: si hubiera más magistrados de su estirpe no asistiríamos a tanto caos y libertinaje. No importa que sean anacrónicas o injustas, ¡las leyes están para cumplirse!

Gracias a la magistrada Vera Barreto –y al artículo de una ley vetusta que ha rescatado del olvido– sabemos ahora que podría incurrirse en delito aunque no haya habido daño a propiedades o personas. Algún día se le reconocerá su labor pionera en la tarea de proteger, no los derechos, sino el alma de los patriotas estadounidenses… y del mundo entero, puesto que es de esperar que la señora jueza reaccionará con igual prontitud si los pabellones pasto de las llamas son los de Burkina Faso o Uzbekistán. Tanto celo ha puesto la señora jueza en esa tarea que la ha emprendido sin que antes apareciera quien alegara daño; alguien que dijera, por ejemplo, “yo me he sentido ultrajado por la quema de esa bandera”.

Es que para la señora Vera Barreto el sentimiento patriótico y el respeto por los fetiches adheridos a él no necesitan probarse, son eternos y universales, sagrados. Será por eso que están por encima de cualquier otro derecho, especialmente del derecho a la libre expresión. ¿En nombre de qué principio jurídico, si no, puede “imputarse” a quien no atentó contra ninguna persona ni propiedad? Quemar un papel que imita la bandera de un país (quemar incluso la propia bandera de ese país) sólo puede ser un indicio de delito para quien cree que el buen nombre de la patria (de cualquier patria) es un bien absoluto.

Para la doctora Aída Barreto la ley no está para proteger derechos, sino para evitar las críticas, las ironías y los sarcasmos a creencias, tradiciones, ideas. ¡Cuántos problemas nos hubiéramos ahorrado a raíz de la publicación de las caricaturas sobre Mahoma si nuestra magistrada hubiera tomado cartas en el asunto! Hubiera citado a indagación a todos los editores que las publicaron por la presunción de estar ofendiendo a algunos musulmanes.

Me pregunto qué haría la jueza para proteger a cualquiera de los muchos que en estos tiempos podrían alegar un supuesto “derecho” a que no se vilipendien sus convicciones morales, ni se desprecien sus tradiciones ni se critique su fe (y al paso que vamos, a que nadie se burle del estilo de su vestimenta). O qué haría con quien, abominando de las patrias, decide ejercer el derecho a expresar su desacuerdo con la existencia de Estados nacionales quemando las banderas de todos los países del mundo, porque esos fetiches “agreden y vilipendian” su convicción de que la condición humana debe estar por encima (muy por encima) de la condición de uruguayos, marroquíes o mexicanos. ¿Lo enviaría a la cárcel por ese gesto? ¿O decretaría el fin de las patrias para evitar que se ofenda la sensibilidad cosmopolita y universalista de los anti-patriotas? (que también tienen derechos, caramba) ¡Qué duda hamletiana!

Los impacientes de siempre se quejarán de que en muchos casos en los que se violan auténticos derechos no se emplea el mismo rigor punitivo que empleó la jueza Vera Barreto con quien no ha cometido un delito, sino una ofensa incierta. Pero por algo se empieza, señores.

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