Rituales

En la retórica de los políticos uruguayos nunca falta una muestra de su recurrente inclinación a visitar el pasado. Están convencidos de que mentando dudosas glorias pretéritas deleitan al pueblo llano. Nuestro presidente es el primero en entregarse a esos rituales cada vez que tiene la oportunidad. Esta vez le tocó el turno a la gesta de Maracaná, un hito en la historia de la patria.

En su última intervención pública durante el consejo de ministros de la semana pasada en la ciudad de Vergara, Tabaré Vázquez amonestó a quienes detestamos ese rutinario hábito de evocar las “hazañas” de los orientales, como si las mismas pudieran constituir un ejemplo fecundo en el presente. La reunión de gabinete coincidió con el aniversario del triunfo de la selección de fútbol en Maracaná, de modo que Tabaré Vázquez extrajo lo más previsible de su limitado arsenal discursivo: “No se puede dejar pasar que 57 años atrás se escribió una de las hazañas del fútbol uruguayo”. Y para que no quedaran dudas, sentenció: “Tenemos que seguir pensando en Maracaná”. ¡Seguir pensando en Maracaná! Vaya consejo. Esta vez no hubo evocaciones al caudillo y contrabandista José Artigas, convertido, a falta de mejores alternativas, en héroe de la patria. Es que el asunto iba de metáforas deportivas. Y dado que la modernidad futbolística no registra ninguna epopeya celeste (más bien patéticas y humillantes derrotas), el presidente de los uruguayos no hesitó en poner como ejemplo un lance de la baja “Edad Media”. Pero ¿ejemplo de qué? ¿Qué interés podría tener seguir pensando en Maracaná? Me refiero a qué interés político, pues Vázquez es el presidente de este país y supongo que cuando pronunció semejante veredicto no estaba haciendo recomendaciones a los entrenadores de fútbol (incluso en esa eventualidad el consejo no podría ser más infeliz).

El pasado, las tradiciones, son asuntos con los que los humanos tenemos una relación complicada. Y más en los países latinoamericanos y más particularmente en este país, que siempre anduvo (contra toda evidencia) proclamando a cada paso su originalidad. Es como si temiéramos que con el reconocimiento de que las grandes proezas humanas en el terreno de las artes, la ciencia, el pensamiento y la política son –antes que propias de una nación– patrimonio de la humanidad, quedara en evidencia la insignificancia de nuestra condición nacional. Es un temor justificado, por cierto. Tal vez por eso aquí discutimos con fervor si Gardel era uruguayo o argentino, en lugar de celebrar que haya existido.

Esta permanente recurrencia al pasado, sobre todo cuando se nos cuenta que ese pasado ha sido glorioso, bien podría estar cumpliendo la función de un bálsamo para el malestar que provocan las incertidumbres y perplejidades del presente, un refugio de certezas en un mundo plagado de incertidumbres, que vivimos como amenazas. Y, como efecto terapéutico añadido, un consuelo frente a la evidencia de nuestra insignificancia como “nación” en tiempos de globalización. Tal vez por eso, el discurso político de este país se ufana de supuestas singularidades que nos distinguirían de nuestro entorno regional e ignora las vergüenzas nacionales. Después de todo, ya sabemos que el nacionalismo, esa ideología que cohesiona a los aborígenes frente a los de afuera, incluye un relato consensuado acerca de qué recordar y qué olvidar (sobre todo qué olvidar) del pasado compartido. Pues bien, ni en las vergüenzas y horrores que convenimos en ignorar ni en las virtudes que acordamos ensalzar hay nada singularmente uruguayo: en el siglo XIX aquí también se exterminó a los indígenas, también hubo caudillos sanguinarios que degollaban enemigos políticos, y Batlle y Ordoñez no inventó las leyes sociales ni la democracia.

Pero hay quienes no se dan por vencidos e insisten en hurgar en los rincones más recónditos para encontrar esa cuadratura del círculo que es la originalidad nacional. Tengo una sospecha científicamente indemostrable: que los políticos andan haciendo gárgaras con las dudosas gestas del pasado porque creen que su evocación hace las delicias de su auditorio. Sospecho que están totalmente equivocados. No hay un solo voto que dependa de tal idolatría. Es más, me parece que la gente asiste con pasmo y resignación al ritual de recordar a Artigas, Aparicio Saravia, Maracaná, José Pedro Varela o los Treinta y Tres Orientales (¿eran 33?) como quien cumple con un trámite. Para la mayoría de los ciudadanos, el ritual patriótico es lo más parecido a un incordiante peaje que hay que pagar para ser parte de la comunidad política. Lo único que se nos exige es un respeto pasivo de los héroes y símbolos patrios (bueno, también hay leyes que contemplan castigos para quienes los vilipendian). La clase política, sospecho, es la única que parece creerse el discurso patriótico y mantener con vida la parafernalia artiguista.

El ejemplo más patético que conocí del abismo que separa a ese discurso de vitrina de la sensibilidad del ciudadano posmoderno fue la ceremonia por el centenario de la muerte de Aparicio Saravia en el mismísimo paraje de Masoller. Media docena de líderes nacionalistas evocando al caudillo literalmente disfrazados de peones rurales, con sus chambergos de ala ancha, rebenques, botas de potro y demás bijouterie de época frente a un auditorio escaso, dividido entre los que tenían la mirada extraviada y cara de ‘¿cuándo se termina esta majadería?’ y los que hablaban por celulares o cuidaban sus 4×4. Es decir, el cuadro menos saravista que uno pueda imaginar.

Si con la coartada (o la constatación) de lo complejas que se han puesto las cosas en el presente, nos entregamos a celebrar un pasado de fantasía, o de mármol, nos condenamos irrevocablemente a la esterilidad. Cuando se transforma en emblema algún episodio del pasado (y de esto saben mucho tanto los conservadores como los progresistas uruguayos) se corre el riesgo de convertirlo en el rasero con el que se comparará cualquier iniciativa del presente. Y ya se sabe que a la sombra de un pasado glorificado todo es pálido e insignificante.

Nada tengo en contra de las tradiciones, siempre y cuando no sean un mero consuelo frente a la impotencia para intervenir en el presente o se  las convierta en sagradas e inmunes a la crítica, como si fueran venerables por el mero hecho de ser “nuestras”.

Pensándolo bien, las tradiciones tienen su merecido lugar en la sociedad. Quién puede desconocer que los hombres no viven en un eterno presente o que lo que somos, la cultura que producimos y las instituciones que creamos no caen cada mañana del cielo como cree cierta novelería contemporánea. Inventamos pero también conservamos/modificamos lo que heredamos. Tan cierto es que aún viviríamos en la superstición o la esclavitud si creyéramos que las tradiciones son sagradas o venerables como que algo de nuestra condición humana se perdería si cada nueva generación pretendiera reinventar el mundo.

Es más, a cierta sensibilidad actual que ha devaluado la duración y revalorizado la transitoriedad y los permanentes ‘nuevos inicios’, hay que recordarle que las instituciones que inventamos, las normas que acordamos, y en general ese artificio humano que es la cultura, están abocadas a durar (no eternamente pero sí más que nuestras vidas individuales), porque si, como ocurre ahora, nadie puede estar seguro de qué pasará mañana por la mañana, no hay proyecto individual o colectivo que germine. La cultura es una prótesis de inmortalidad, un invento que nos permite convivir con la conciencia de nuestra fragilidad y nuestra trágica condición de mortales. Al durar en el tiempo, al trascendernos, la cultura nos consuela de la brevedad de nuestras existencias individuales.

Claro que hay tradiciones y tradiciones. Puestos a evocarlas, en lugar de la más facilonga y supuestamente más popular que eligió el presidente, yo hubiera destacado las mejores tradiciones republicanas y democráticas de este país, que las tiene. En lugar de evocar un triunfo contra la selección de fútbol de otro país (con todo el pestilente tufillo nacionalista que segrega) hubiera destacado unas tradiciones igualitaristas (hoy algo maltrechas, hay que reconocerlo) para las que la raza, la religión o la nacionalidad siempre fueron asuntos menores frente a la condición de ciudadanos. La primera Constitución uruguaya se aprobó un 18 de julio. De modo que nuestro presidente, tan inclinado al festejo y a la celebración de las tradiciones, tenía una fecha muy a mano a la que recurrir cuando pronunció su último discurso. No porque aquella primera constitución sea un modelo a aplicarse. Entre otros defectos que tenía, las mujeres carecían de derecho a voto. Pero aquella carta fue el primer pacto político entre los ciudadanos de este país (extranjeros la inmensa mayoría), la primera ley por la que quienes aquí vivían y trabajaban se reconocían mutuamente como sujetos de derechos. En todo caso, me hubiera sentido más identificado con la reivindicación de esa tradición que con la “hazaña” de ganar un partido de fútbol. Y si no ocultara las raíces de izquierda del partido al que pertenece, podría haber recurrido a otras tradiciones herederas de ese republicanismo, como son el socialismo y el anarquismo, que allí hay mucho para olvidar pero también mucho para reivindicar. Claro que todas ellas tienen el “inconveniente” de no ser uruguayísimas y, por tanto, indignas de citarse en un discurso presidencial pronunciado en las entrañas de la patria.

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