La ciudad de los niños

Montevideo tendrá dentro de pocos meses una nueva obra de grandes proporciones, la llamada Ciudad de los Niños, que se erigirá junto al Montevideo Shopping, uno de los cuatro grandes templos al consumo con que cuenta la ciudad. Sus promotores sugieren que será un territorio en el que nuestros infantes aprenderán a ser adultos, a interrelacionarse con sus semejantes, a ser ciudadanos, en suma.

Como ejemplo de educación ciudadana, los entusiastas del proyecto alegan que allí los menores podrán jugar a trabajar, comprar o vender, aprender cómo funciona una fábrica de pastas, sacar la licencia de conducir, hacerse un chequeo médico, desentrañar los inquietantes misterios de una máquina que escupe botellas de refrescos y utilizar su propio dinero virtual o real. Los que dispongan de él, por supuesto, con lo que el número de “niños ciudadanos” no coincidirá con el de niños reales que viven en la ciudad. Llevan razón, pues, los promotores del invento cuando afirman que la ciudad-shopping de los niños será una versión en miniatura de la otra, la de los adultos.

El proyecto de Shopping de los Niños, obviamente, no inaugurará una nueva era urbana. Será un capítulo más de una evolución que ya tiene sus años y a la que asistimos con inconsciente algarabía como si frente a nosotros se abriera un horizonte prometedor. No resulta un misterio que casi nadie haya dicho esta boca es mía sobre el emprendimiento (las autoridades municipales, por cierto, no están entre esos pocos que sí lo han hecho). En el fondo, tal indiferencia es el corolario lógico de la naturalidad con la que los ciudadanos asumen dos fenómenos propios de la contemporaneidad: por un lado, la generalizada aceptación de que el hombre es en primerísimo lugar homo economicus y la idea de que una de sus creaciones civilizatorias más antiguas, la ciudad, es nada más que un territorio en el que se desenvuelven las actividades productivas y de consumo. Cualquier iniciativa que contribuya a que las actividades económicas sean más eficientes y veloces merece ser recibida con bombos y platillos, sean las que fueren las consecuencias que tengan sobre las relaciones extraeconómicas (Un ejemplo típico de esa mentalidad es la irresponsable bienvenida que suele darse a cualquier intervención urbana que contribuya a facilitar la circulación del automóvil particular, independientemente de las alteraciones que produzca en el barrio y en las relaciones no económicas entre sus residentes.). El otro fenómeno es la sostenida mutación del ciudadano en consumidor, que permite que unos vulgares inversores disfracen un negocio como cualquier otro de educación cívica.

Hubo una época en la que la idea de democracia estaba íntimamente asociada a la polis –la ciudad–, sinónimo de espacio público, donde tenía lugar la política, es decir el diálogo entre los habitantes de la ciudad, que no otra cosa eran los ciudadanos. Era el espacio común, en el que se interrelacionaban los individuos, esto es un espacio anónimo al que se tenía derecho a acceder con independencia de la particular inserción que se tuviera en la sociedad. De alguna manera, en el espacio público quedaba “suspendida” la condición de rico, pobre, trabajador o propietario. Aunque ahora se la haya reducido a buenos modales, la urbanidad consistía precisamente en la capacidad de vivir con los diferentes, de que éstos no aparecieran como amenazas. “Más que otros asentamientos humanos, la ciudad es el lugar de los descubrimientos y las sorpresas, sean agradables o desagradables”, dice el ensayista sueco Ulf Hannerz.

Con la multiplicación de las iniciativas privatizadoras sobre el espacio público a las que asistimos en la actualidad (centros comerciales, barrios privados, clubes y espacios de esparcimiento exclusivos, servidumbre al automóvil, que de alguna manera no deja de ser un asunto privado si se tiene en cuenta que aún hoy la mayoría de los montevideanos no tiene coche) se reduce ese espacio común, ciudadano, y con su encogimiento disminuye la riqueza y la diversidad que aportaba en términos culturales y políticos. Las nuevas intervenciones urbanas (que se pueden apreciar tanto en Montevideo como en infinidad de ciudades latinoamericanas y europeas) no tienden a ensanchar ese espacio público, sino a reducirlo. Esas tendencias urbanísticas, determinadas en su mayor parte por voraces apetitos empresariales (entre las cuales se encuentra el “Shopping de los Niños”), crean espacios homogéneos, específicos de cada sector social, en los que no hay lugar para los ‘sapos de otro pozo’, reproduciéndose así la misma estructura imperante en la sociedad. El centro comercial es el paradigma de esa segregación, allí consumen (de forma eficiente y productiva, tranquila y al abrigo de miradas extrañas) los que son “como nosotros”. No hace falta decir que la multiplicación de estos emprendimientos urbanísticos equivale a socavar los cimientos del espacio público en general. De llevarse esta lógica hasta las últimas consecuencias, no habría más territorios para vincularse con extraños y desconocidos, para los que no son “como nosotros”. Así, lo urbano será cada vez menos el territorio de los que pertenecen a una misma comunidad política, es decir todos en las democracias contemporáneas. La actual ciudad segregada en compartimentos estancos, especializada según las demandas del mercado, dejará de ser un lugar inquietante pero prometedor para convertirse en la fiel expresión en términos territoriales de la división social imperante.

Con los nuevos medios de transporte y comunicación y la desterritorialización del mundo globalizado, tal vez no sea buena cosa reducir lo público a un determinado espacio físico de la ciudad ni pensar nostálgicamente en que la vida ciudadana tenga que depender únicamente de la plaza pública. Esa vida ciudadana transcurre también en otros espacios. Por poner un ejemplo, los medios masivos de comunicación se han convertido, para bien y para mal, en un espacio público privilegiado (aunque la forma en que habilitan la deliberación deje mucho que desear). Pero desde luego que una sociedad que se encamina alegremente a la privatización de su espacio urbano no está haciendo un gran aporte al ejercicio de la ciudadanía.

* * *

En el folleto de presentación del proyecto que divulgó la empresa que erigirá el Shopping de los Niños se dice nada más y nada menos que además de centro de entretenimiento será un ámbito de “educación infantil. Aquí los niños serán los únicos protagonistas, van a trabajar (…) y reforzarán los conocimientos adquiridos en la escuela y en el hogar”. Y como tendrán “personal capacitado” quedará garantizado que “la experiencia de toda la familia será preciosa y que todos serán tratados con respeto y amabilidad”. Más allá de la idílica retórica de la empresa, que pretende que este centro comercial infantil es “algo más” que un lugar cerrado y seguro para que los hijos de aquellos segmentos de la sociedad con ingresos suficientes aprendan a ser buenos consumidores, lo cierto es que la iniciativa casa perfectamente con un fenómeno propio de los tiempos presentes: el desplazamiento del centro de gravedad de la vida social de la ciudadanía al consumo. El centro de atención del ciudadano es el “bien común”; el del consumidor, su interés particular. La pretensión de que un centro comercial, con su target específico de consumidores, sea una escuela de aprendizaje ciudadano para los niños puede ser interpretada como una tomadura de pelo, pero no por eso deja de ser también un ejemplo preocupante de que muchas personas han empezado a confundir su condición de consumidores con la de ciudadanos. O más exactamente, que aplican los criterios con que se mueven como consumidores a su conducta ciudadana. El consumo es una actividad solitaria encaminada a realizar mi interés; la política, se supone, está más atenta a la justicia y a las necesidades del conjunto y sólo se la puede emprender con los demás, incluidos los diferentes o sobre todo con los diferentes. La aspiración simplista a estar con mis iguales que revela la fascinación por los centros comerciales, los clubes privados, los barrios privados se opone al ideal de la modernidad política que había inventado mecanismos para convivir con personas y pueblos diversos. La idea de universalidad permitió precisamente pasar de la confianza en el otro por ser parecido (o igual) a instituciones que permitían convivir con los diferentes. En el alma de este ciudadano/consumidor late la convicción de que el espacio público es apenas un ámbito al que se va a reclamar, a defender derechos… como consumidor (y es significativa la preeminencia de los derechos del consumidor sobre los derechos ciudadanos a la que asistimos), como puntual pagador de impuestos o como lo que sea, pero siempre relativos a nuestra particular y específica condición. Lo público no sería nunca un lugar en el que se descubren nuestros reales intereses con los demás.

Conviene reparar además en la ansiosa inmediatez con la que el consumidor aislado realiza su específica actividad y que está en las antípodas de una política centrada en el bien común y para la cual la dimensión temporal es completamente diferente, ya que mientras los involucrados en operaciones mercantiles sólo están preocupados por la satisfacción o el beneficio a corto plazo, la mayoría de los problemas políticos no admiten un abordaje de esa naturaleza (a pesar de que los políticos y en particular los políticos en tiempos electorales prometan lo contrario). Los consumidores de la ciudad encuentran aburrida y fatigosa cualquier actividad que dure más de un instante o que haya perdido el efímero encanto de la novedad.

El nuevo ciudadano/consumidor, como todos los consumidores, se caracteriza por la ausencia absoluta de compromiso estable con un partido o con una idea de bien común. Supone que él no tiene la menor responsabilidad en el actual estado de cosas, que éste no es asunto suyo. Su único “compromiso” sería optar entre las diferentes “ofertas del mercado político”, como hace cuando tiene que optar entre licuadoras o relojes según su interés más inmediato. Lo realmente importante ocurriría fuera de la esfera pública. O más precisamente, lo relevante y deseable para él sería que se consumara definitivamente la transformación del ámbito público en uno limitado a resolver las preocupaciones y problemas privados. Lo peligroso, como sostiene Zygmunt Bauman, es que una vez que se reconoce la prioridad de las leyes del mercado sobre las leyes de la polis, el ciudadano se transmuta en consumidor y un consumidor exige cada vez más protección y acepta cada vez menos la necesidad de participar.

De modo que no se termina de entender la pretensión del Bruno de Zabala de la Ciudad de los Niños de que la misma será una suerte de escuela, salvo que esté pensando en una escuela de consumidores. Y eso es lo que nos cuenta sin excesivos pudores: “el objetivo es que los niños interactúen con cada una de las marcas, recorriéndolas, experimentando y conociendo su espíritu. Este espacio multifacético se podrá utilizar incluso para el lanzamiento de productos y promociones dentro de una ciudad que ha reunido a su público objetivo. Un público que ya está inserto en un clima a su gusto, abierto a recibir diferentes propuestas y disfrutando todo lo que su empresa y nosotros hemos decidido ofrecerle”. Lo único que nos faltaría es que la ANEP se decidiera a auspiciar la feliz iniciativa.

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