Libros

A pesar de lo mucho que se ha dicho y escrito sobre los crímenes cometidos por los dictadores que gobernaron este país durante más de una década, podemos tener la certeza de que el inventario de los mismos jamás terminará de completarse. Cada cierto tiempo recordamos una humillación transitoriamente olvidada por los caprichos de la memoria, un abuso rescatado de las tenazas del miedo, una arbitrariedad que sale a la luz por obra de la culpa o el arrepentimiento.

En estos días hemos vuelto a recordar a otra víctima de la brutalidad y la ignorancia de los tiranos: el libro. Ya sabíamos que el libro era una compañía indeseable para los dictadores y que sus poseedores eran tratados como acopiadores de armas de destrucción masiva (quién no se vio alguna vez en la necesidad de tener que ocultar un libro como se oculta una desvergüenza). Pero ahora sabemos más: los ministerios de Defensa e Interior acaban de anunciar que en sus depósitos y sótanos se acumulan miles de libros secuestrados durante los allanamientos de aquellos años. Son los ejemplares que sobrevivieron al paso del tiempo, la humedad y el odio. A ellos hay que agregar otros miles devorados por las llamas. La magnitud del despojo indica que no se trató de torpezas de soldados ignorantes de los tesoros que se pueden encontrar en las páginas de un libro ni de un involuntario daño colateral del saqueo de los hogares de las víctimas, sino de una operación masiva y deliberada.

Verse despojado de un libro puede parecer una nimiedad al lado de verse despojado de la vida, de la libertad o de la dignidad, como ha ocurrido en este país. No hay objeto (ni siquiera el último ejemplar del libro más valioso) que resista la comparación con una vida humana. Pero eso no quiere decir que el secuestro y la destrucción de libros no deban figurar en la lista de atrocidades por las que deben responder los dictadores.

Destacar este desprecio por los libros no obedece únicamente a la obsesión de un lector empedernido, sino a que la relación con los libros revela algo del carácter de las personas, tanto de las que sienten aversión como amor por ellos.

Si es cierto que uno es lo que ha leído, como dijo alguna vez Jorge Luis Borges, la confiscación de libros delata que los usurpadores pretendían atacar algo esencial en cada uno de nosotros, reducirnos a meros engranajes de sus delirantes propósitos.

La lectura constituyó en cierta medida una isla de libertad en un mar de opresión, una ocasión para estar con otros cuando se nos quiso recluir, aislar e incomunicar. Fue una aliada contra esos designios porque en el fondo hasta los censores más severos sospechan que quien tiene una buena biblioteca jamás estará solo, ya que los libros permiten hacernos contemporáneos de todas las épocas y coterráneos de todos los hombres y mujeres.

Thomas Jefferson fue quien aseguró que la vida humana sin libros es imposible y el poeta Heinrich Heine, quien nos advirtió que “allí donde se queman libros se termina por quemar a los hombres”. No debería sorprender, pues, que también aquí el espanto de los dictadores ante la libertad de los hombres fuera inseparable del que les suscitaban los libros. Pero acaso la terquedad con la que miles de ejemplares lograron sobrevivir en las peores condiciones también demuestra que a la larga (a veces muy a la larga, es cierto) no hay llamas ni tijeras que puedan suprimir la libertad a la que el hombre está irrevocablemente condenado.

Aunque tardía, la iniciativa de ambos ministerios de ofrecer devolver los libros a los propietarios expropiados (increíblemente algunos conservan los nombres de sus dueños) constituye un acto de justicia. En algunos renglones subrayados y en ciertas páginas ajadas están las huellas del propio itinerario intelectual o de una experiencia personal irrepetible. Da igual que se trate de algún libro de citas de Mao (de ese Mao que dijo que “leer demasiados libros es peligroso”) y que uno recuerda sin ninguna nostalgia o de un poema que ya no nos provoca lo que a los 21 años. Los libros nos recuerdan lo que fuimos y tal vez por eso no arrojamos a la basura ni siquiera aquellos que ya no nos interpelan ni nos producen inquietud, que es lo que hacen los buenos libros. Si una casa sin libros es un cuerpo sin alma, como señaló Cicerón, recuperarlos constituye, además de un derecho, una forma de restituirle el alma al cuerpo, una victoria retroactiva frente a los bárbaros.

Muchos optarán por cederlos al Estado para que otros puedan emprender los viajes que ellos emprendieron, porque, como ya se ha dicho, para viajar lejos no hay mejor nave que un libro. Son los que están dispuestos a compartir la nave. Pero algunos harán uso del derecho a recuperarlos para sí. Y habrá que comprender ese gesto de egoísmo de quienes desean volver a tenerlos a mano porque creen, con Francisco de Quevedo, que para entender algunos libros se necesita toda una vida.

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