Política a la plancha

Que un colectivo como el ‘plancha’ reivindique un espacio propio en la política de este país es toda una sorpresa. Pero si además lo hace para pedir (exigir más bien) su ingreso al alicaído Partido Colorado uno queda sumido en la perplejidad. Porque quienes ahora se muestran interesados en participar de los asuntos políticos son un grupo de jóvenes de barrios pobres cuya identidad compartida no tiene absolutamente nada de política.

Al margen de la reivindicación de algunos valores inciertos y una retórica tribal, la “plataforma política” del Movimiento Plancha luce completamente vacía y sus propuestas parecen más infértiles que el desierto de Namibia. De modo que no estamos asistiendo a los primeros pasos de una confluencia de proyectos políticos (algo así como los cimientos de un frente batllista-plancha). ¿Qué es entonces esta insólita movida?

Lo primero que a uno se le ocurre es que detrás de la alegre disposición con que la mayoría de las figuras señeras del coloradismo le dio la bienvenida a sus pares ‘planchas’ hay un simple oportunismo. Como su credibilidad está algo machucada y no saben de dónde extraer clientela, están dispuestos a hurgar en cualquier parte. La sagacidad sociológica de un dirigente le permitió explicar que las puertas del partido de Batlle y Ordóñez se abrirían a los ‘planchas’ para recuperar a una parte del lumpenizado electorado del pachequismo, que en los últimos años terminó migrando a la izquierda. Según la simplista idea de los colorados, los planchas serían marginados, excluidos y habitantes de los barrios pobres a los que el mundo político ha ignorando cruelmente. Y en ese mar revuelto se pueden tirar algunas redes para pescar votantes. El escándalo con el que “amenazó” el Movimiento Plancha si no era admitido en el Partido Colorado tiene todos los ingredientes de un montaje previamente organizado por Washington Abdala y sus operadores en los barrios con más planchas por metro cuadrado, de uno de los cuales por cierto su líder, “El Peluca” Valdez, es edil.

A pesar de los riesgos políticos que supone darle cabida en sus filas a un grupo cuyo líder máximo ha dicho que no está tan mal robar siempre y cuando se lo haga fuera del barrio y sin violencia, varios dirigentes colorados se mostraron dispuestos a recibirlos con los brazos abiertos. Llama la atención que un partido político siempre inclinado a poner el grito en el cielo cada vez que un “ultraizquierdista” hace una mueca ante el sacrosanto derecho de propiedad o denuncia las rutinas y vicios de la democracia representativa, se muestre tan tolerante con quienes apenas pretenden moralizar la milenaria práctica del robo. A la posterior aclaración de “El Peluca” Valdez de que no quiso decir lo que a todas luces dijo, se le podría aplicar aquello de que “no aclares que oscurece”. El líder del Movimiento Plancha tuvo así su bautismo político: aprendió con la velocidad de un rayo que cuando la política es mera lucha por ocupar espacios de poder la sinceridad puede ser una torpeza fatal. Si el pedido de ingreso del Movimiento Plancha al Partido Colorado es o no una mera operación cosmética de políticos desesperados, se verá más pronto que tarde. En cualquier caso no hay que temer a semejantes escaramuzas. A lo sumo podremos asistir a algún discurso mitinero de Hierro López adornado con un gorro plancha y con la concurrencia gritándole ‘Pelao, dame una chapa para comprarme unas bases’. Y Hierro podrá “rescatarse” o no, pero en cualquier caso provocará más hilaridad que preocupación.

Lo que en verdad debería preocuparnos es que esto vaya en serio, es decir que los ‘planchas’ y el Partido Colorado se crean su propio cuento. Dediquémosle unos párrafos a esa eventualidad. Después de todo, la imperativa celebración de la diversidad que caracteriza a la actual corrección política indica que tal eventualidad no es nada descabellada. “Es una expresión cultural novedosa”, comentó el ex presidente Julio Sanguinetti, como preguntando ‘¿quién puede poner reparos a una expresión cultural novedosa?’.

La esencia ‘plancha’ consiste en un escuálido lenguaje compartido, una determinada forma de vestirse, el gusto por determinado género musical y su odio a otras tribus urbanas –los ‘chetos’ y los ‘viejos’, según su limitada visión del mundo–, es decir una identidad “cultural” (si se me tolera este uso vulgar del concepto de cultura). El recién estrenado Movimiento Plancha representa la anti-política. Si hay algo que brilla por su ausencia en el Movimiento Plancha son las consideraciones y planteamientos políticos. Su mayor desvelo parece consistir en ser reconocidos como tales, como ‘planchas’. No como miembros de una clase de desheredados o parias, ni siquiera como pobres o marginados, porque no todos los son, y porque esa condición también es la de otros miles de jóvenes pobres de este país que nada tienen de ‘planchas’ y con los cuales podrían compartir la aspiración (ahora sí política) a la igualdad social, a ejercer unos derechos que hoy les están vedados de hecho a los de su condición. En suma, una aspiración a suprimir las desigualdades de origen, que, de más está decirlo, supone tener alguna propuesta de cómo alcanzar ese objetivo, que en eso consiste la política.

Pero no, los planchas desean reivindicar su identidad cultural, el orgullo de ser ‘planchas’, es decir no la moderna aspiración a la igualdad por encima de la “identidad” cultural, sexual, étnica o religiosa de cada cual (propia del republicanismo y continuada luego por el socialismo), sino su ‘derecho a la diferencia’, como ocurre cada vez más a menudo con la política identitaria. De más está decir que si tendencias como éstas llegaran a generalizarse, asistiríamos a la ruina de la política. No otra cosa ocurre cuando la identidad comunitaria tiene preminencia sobre la ciudadanía común.

El “Peluca” Valdez dice que “ojalá haya un Movimiento Plancha”, pero también un “Movimiento Cheto”. Y para que no quedaran dudas, agregó: “¿Por qué tiene que ser todo el mundo igual? El burgués que tiene su terrible carro lleva su vida y el otro, el que tiene su carro de caballos, también”. Algo así como una federación de comunidades en lugar de una política ciudadana.

Esa diferencia que reclama el Movimiento Plancha ya existe, y no hace falta política alguna para conservarla. Es más, uno hubiera supuesto que un movimiento semejante estaría más preocupado por alcanzar cierta igualdad que por conservar las diferencias. Ninguno de los que ostentan posiciones de privilegio en este país perderá el sueño por el hecho de que el ‘plancha’ aspire a seguir siendo ‘plancha’. Podrá incluso suspirar con alivio y preguntarse: ‘¿y esto era todo?’. Es que la actual sociedad posmoderna ya no se escandaliza ni condena (diríase incluso que celebra) la diversidad de “identidades” culturales, sexuales, etarias, nacionales, étnicas, al punto de que esos particularismos identitarios parecen ser más importantes que nuestra universal condición de ciudadanos.

Las injusticias y la discriminación que padecen los ‘planchas’ no se deben a su “ser planchas” ni a su “ser jóvenes”, sino a que (en su mayoría) nutren las huestes de las clases más desposeídas. Y de lo que debería ocuparse la política es de suprimir las circunstancias que provocan la desigualdad social en lugar de ufanarse de la propia “identidad”, que es vivida casi como un destino natural e irrevocable. La idea de que la propia identidad no se puede elegir, sino que es una suerte de condena, congela la actual división social y clausura definitivamente la potencialidad transformadora de la política, que lleva implícita la posibilidad de emanciparnos de aquellas determinaciones que nos condenan a ser quienes somos y sólo quienes somos. “Plancha no se hace, se nace”, sentenció uno de los nuevos dirigentes. Para quienes hacen de la propia identidad algo esencial, conviene recordarles que en los tiempos modernos nuestras identidades cambian y se solapan a lo largo de nuestras existencias y, más importante aún, que si estuviéramos abocados a vivir nuestra identidad y nuestra condición social como un destino inmodificable la política estaría de más. A lo sumo, asistiríamos a una guerra para ver quién se impone a quién.

Pero el grito que profieren “El Peluca” Valdez y sus lugartenientes es: “aquí estamos, somos los planchas y también queremos un espacio político para nosotros”. Y podrían haber agregado: “no tenemos demasiado para aportar ni para decir pero les convendría darnos ese espacio que pedimos porque también votamos”. Lo que los ‘planchas’ reclaman es su propio nicho en la política para emprender la “recuperación de ciertos valores”. Referencia tan huérfana de contenido que nos autoriza a pensar que dicho reclamo se refiere –¡nuevamente!– a unos escurridizos valores ‘planchas’. Dado que el legislador Abdala incurrió en la desmesura de alegar que no satisfacer el pedido del Movimiento Plancha de ingresar en la arena política sería propio de “fascistas”, lo lógico sería esperar que el Partido Colorado abra a la brevedad listas gay, feminista, rockera, peñarolense, negra, obrera, estudiantil, numismática, turfista, musulmana, ruralista y de cualquier otro colectivo con el número suficiente de “identificados” como para hacer ruido.

Anticipándome a posibles reparos, aclaro que nada tengo en contra de la diversidad de identidades. Es más, yo mismo tengo unas cuantas: soy ateo, montevideano, de izquierda, padre, heterosexual, aficionado al fútbol, asalariado (y hasta comparto algunas manías con otras personas, que no sé si hacen a nuestra identidad, pero al paso que vamos pronto nos podremos considerar minoría estigmatizada). Pero lo que está en juego aquí no es el derecho de cada cual a tener “su propia identidad”, sino la relación de esas identidades grupales con la política. La pregunta ineludible es si la política debe ser una esfera en la que esas particulares identidades, sensibilidades que existen en la sociedad deben estar representadas como tales para defender “lo suyo” o si debe ser un ámbito en el que esas diferencias deben estar totalmente subordinadas a nuestra universal condición de ciudadanos (y a la postre de seres humanos). No se trata de negar esas diferencias, sino de reivindicar, como hizo en una época la izquierda, la igualdad fundamental de los individuos por encima de sus diferencias de sexo, costumbres, razas, y de cualesquiera otras “identidades”. Y para eso está la política (en particular una política de izquierda), para “despreciar” esas diferencias en el sentido de que ninguna de ellas puede estar por encima de la universal condición de ciudadanos.

El imperativo de terminar con la desigualdad entre hombres y mujeres, por ejemplo, no se alcanzará con el expeditivo trámite de que las mujeres estén más representadas en la esfera política, sino con unas propuestas y unas leyes cuya principal preocupación sea suprimir las injusticias y las desigualdades que pretenden ampararse en las diferencias de género. Un asunto, por tanto, que concierne a todos los ciudadanos.

De tales propuestas sobre lo que debería ser una “sociedad justa e igualitaria” se han ocupado hasta ahora (no del todo bien, hay que decirlo) los partidos políticos. Desde los liberales a los socialistas, lo propio de los partidos es la política, es decir el diálogo (o la deliberación argumentada) sobre las alternativas a los conflictos y problemas comunes. A pesar de que los partidos se han convertido en engranajes burocráticos que demandan a sus miembros más adhesión ciega que participación y deliberación (razón por la cual algunos nos resistimos a volver a ellos) no deberíamos caer en la tentación de intentar reemplazarlos por unas organizaciones estructuradas en torno a sus particularismos y cuya razón de ser es la defensa de lo propio. Los partidos políticos nacieron para ocuparse de lo general, los movimientos identitarios de lo particular.

Si la política fuera una traducción exacta de la sociedad civil, como pretenden quienes reclaman que cada “comunidad”, grupo o clase tenga su propio nicho en ella, si se la concibiera como un edificio dividido en habitaciones en las que cada parte es soberana, se la convertiría en una tarea imposible.

Dicho de otro modo: a los ‘planchas’ no les asiste ningún derecho por ser planchas, sino a pesar de serlo. Antes que nada son ciudadanos como todos los demás. Y por eso, más les hubiera valido exigir sus derechos (con los carritos tirados por caballos si así lo querían) en nombre de esa condición, porque ninguno de ellos les es debido a sus peculiaridades y todos les son debidos a su universal condición de seres humanos.

La política no es posible cuando no hay espacio público, dice el filósofo Daniel Innerarity, ese lugar donde se ponen en juego los diferentes intereses y deseos, donde se consideran las distintas reivindicaciones, y cuyas síntesis y decisiones casi siempre implican ignorar algunos de esos intereses particulares en aras de lo que algunos llaman “bien común” y otros justicia. Sin ese poner en juego los propios intereses y convicciones no hay política. Y eso es lo que también ocurre cuando el reclamo identitario pasa al primer plano o cuando se incursiona en el espacio público sólo para hacer valer “lo propio”.

Cuando a eso se reducen mis inquietudes, es lógico y racional que sólo confíe en los de mi “tribu” y exija que como tal tribu estemos representados. Antes se pensaba que la legitimidad de un interés o un reclamo dependían del contexto de ese reclamo y de su contribución al “bien común”. Ahora, agrega Innerarity,  cualquier exigencia de representación (sobre todo si se hace en nombre de una identidad minoritaria, de un particularismo real o supuestamente discriminado) se considera en sí misma legítima y no necesita demostrar la justicia del reclamo ni su contribución al bien colectivo. Resulta casi ocioso señalar lo mucho que se parece esta forma de entender la política a la relación que tiene el consumidor con el mercado: concurre a él para maximizar sus ventajas desentendiéndose de cualquier otra consideración respecto del bien común.

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3 respuestas a Política a la plancha

  1. Maruja dice:

    Qué palo bien pegado a la política identitaria. Enhorabuena, Jorge

    • Javier Barreiro dice:

      Si entre las bondades del artículo está la crítica política del mitificado tema de la identidad (lo idéntico a uno; ergo, la negación de la diferencia o de lo otro), habría que reivindicar como alternativa el “sentido de pertenencia”, porque a la par que reafirma una instancia comunitaria no competitiva con el de las identidades, está abierta al diálogo político. La pertenencia también permite definir instancias culturales y antropológicas de cara a entender quiénes somos, más allá de si nos parecemos o somos mejores/peores que los de enfrente (la reivindicación de lo “propio” como antesala de la discriminación). Aunque hoy subsista como nunca la pregunta: ¿de quién hablamos cuándo decimos “nosotros”?

  2. Jorge Barreiro dice:

    Sospecho, Javier, que la idea de pertenencia a la que aludís refiere al ámbito de la experiencia vital compartida. Si es así, todos tenemos algún sentido de pertenencia. La identidad usualmente entendida, en cambio, tiene algo de imaginario, que suele dejar de lado los matices, los cambios, lo que está en permanente movimiento (sobre todo en este tiempo) para convertir en seña de identidad (valga la redundancia) UN solo y único rasgo de la propia vida. Para eso la política identitaria tiene que reducir todo a caricatura (la lengua catalana es la lengua propia de los catalanes, por ejemplo, lo que es falso de toda falsedad). La idea usual de identidad es, además, empobrecedora, porque, como dice Amartya Sen, por lo general refiere a UN asunto maniáticamente monotemático (soy mi profesión, mi sexualidad, mi nacionalidad, mi lengua, cuando en realidad somos muchas cosas a la vez y en constante mutación).

    Por supuesto que a la pregunta de “quiénes somos nosotros” se puede responder “nosotros somos los de Peñarol”, “los uruguayos, que no ni no”, “los blancos”, “los gays”, “los suníes”, “los católicos”. Cuando yo me refiero a “nosotros”, hablo de los miembros de una determinada comunidad política, dotada de un pacto, voluntariamente consentido, con independencia de cualquier rasgo identitario. Los ciudadanos en suma. Dada la entidad y naturaleza de los problemas que enfrentamos, es de esperar que más pronto que tarde, ese “nosotros” empiece a concernir a todos los ciudadanos del mundo.

    Un abrazo y no te olvides de las mollejas.

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