Transición a la cubana

“No aspiraré a, ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe” de las Fuerzas Armadas, escribió Fidel Castro en la carta de renuncia publicada en el diario Granma el 18 de febrero. El anuncio bastó para que se dispararan las especulaciones sobre el inicio de una transición en Cuba. ¿Se retira realmente Fidel Castro a cuarteles de invierno? Y si lo hace, ¿en qué consistirá la eventual transición? Son preguntas nada fáciles de responder tratándose de un régimen que no se caracteriza por la transparencia informativa.

Ya lo había dicho el propio Fidel unos meses antes: “todos debemos comprender que no es conveniente ofrecer sistemáticamente información, ni brindar imágenes sobre mi proceso de salud”. Se trata del secretismo propio de todos los regímenes autoritarios y personalistas, cuya estabilidad depende en buena medida de la salud del líder máximo. (Basta recordar la información que se suministraba en el tramo final de la Unión Soviética, cuando unas plantas llamadas Breznev, Gromiko y Chernenko hicieron de la botánica una disciplina auxiliar de la ciencia política.)

Hay que comprender al líder máximo. A pesar de que la mayestática primera persona del singular que recorre toda la carta sugiera lo contrario, él siempre tuvo claro que “mi deber elemental no es aferrarme a cargos (sic), ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes”.

Si se tomó más de 40 años para desobstruir el camino de las nuevas generaciones, ello se debió a que su posición “era incómoda (…), frente a un adversario que hizo todo lo imaginable por deshacerse de mí y en nada me agradaba complacerlo”. El riesgo de terminar complaciendo al enemigo imperialista, sin embargo, no lo apartó de sus extenuantes labores de plomero. Claro que cumplir con ese deber exigía una minuciosa (y larga) preparación para “evitarle (al pueblo cubano) ilusiones que, en caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas”. “Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente”. Tal era el desvelo del líder máximo. ¿Será que el pueblo cubano se imaginaba que el comandante es inmortal? No lo sabemos. Lo que sí sabemos por la carta de renuncia de Fidel es que está convencido de que su presencia (o su ausencia) en la cúspide del poder en Cuba es determinante del curso de la revolución. Por eso dedicó hasta “el último aliento” a preparar a los cubanos para el inevitable desenlace.

Había mucho trabajo por hacer antes de anunciar el retiro. Por ejemplo “evitar las tendencias a copiar lo que venía de los países del antiguo campo socialista, entre ellas el retrato de un candidato único…”, y desconfiar “de las sendas aparentemente fáciles de la apologética”.

Pero el comandante se puede retirar ahora tranquilo. Una nueva generación de comunistas cubanos está aprendiendo “el complejo y casi inaccesible arte (para el comandante obviamente no es inaccesibe) de organizar una revolución”. Es que esos jóvenes “cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo”. No garantizar la pervivencia de la revolución –signifique lo que signifique esa gastada palabra–, sino el gran reemplazo. Su reemplazo.

Pero dejemos de lado el humor revolucionario y hablemos en serio, porque lo que está en juego es el futuro de más de once millones de cubanos.

Para empezar conviene no apresurarse
. “¡No me despido!”, advierte Fidel Castro en su carta de renuncia, y a continuación blande la amenaza de convertirse en un “soldado de las ideas” y castigarnos con más “Cartas del comandante”. Una advertencia que conviene no tomarse a la chacota. Fidel renuncia a los cargos en el gobierno cubano, pero mantiene todos los que ostenta en el Partido Comunista, una estructura clave en la ingeniería del poder en Cuba junto a las Fuerzas Armadas.

Por eso lo primero que hay que considerar es si Fidel seguirá o no detrás del trono. A corto plazo no es un dato insignificante. Aunque los líderes máximos no son tan omnipotentes como pretende la apologética (particularmente la apologética revolucionaria), y ni siquiera Fidel esté por encima de la historia, está claro que los individuos con más poder que sus contemporáneos tienen más capacidad de influir sobre el curso de los acontecimientos. Y en este sentido, parece haber acuerdo en que, dentro de la nomenclatura cubana, Fidel es uno de los más renuentes a que la revolución emprenda un camino diferente al que ha seguido hasta ahora. Tarde o temprano la figura de Fidel se extinguirá. Ya se está extinguiendo. Pero mientras no muera o ingrese en el reino vegetal, como sucedió en su momento con algunos de sus inspiradores soviéticos, no habrá lugartenientes que se animen a desafiar su tutela. En este contexto, la mentada transición no deja de ser una especulación o un pasatiempo de los analistas de la CNN.

Si a corto plazo no hay motivos para que los sufridos cubanos recuperen el optimismo, otro puede ser el escenario a mediano plazo. Viva o no Fidel unos años más, el régimen cubano se enfrenta a unos desafíos que difícilmente le permitirán seguir como hasta ahora. Con o sin Fidel Castro.

La penosa situación económica de los cubanos pide a gritos un cambio que, en las condiciones de una economía subdesarrollada, aislada, ineficiente, sin recursos naturales y poco competitiva, pasa necesariamente por su integración a la economía global. Sobre esto no hay siquiera dos opiniones. Incluso quienes atribuyen las penurias de los cubanos al embargo norteamericano y reclaman, con razón, su levantamiento, reconocen implícitamente que el fin de la relativa autarquía de Cuba es una condición del mejoramiento de las condiciones de vida de sus habitantes. De lo contrario, no se comprende por qué reclaman el fin del embargo. No es que Cuba esté totalmente fuera del circuito de la economía capitalista mundial: el desarrollo de su industria turística, gracias a las considerables inversiones extranjeras, demuestra palmariamente que sí forma parte de ella. Pero la dirigencia cubana aspira a que esa integración se intensifique y se acelere. Y para ello está dispuesta incluso a introducir reformas aperturistas de mercado, que amplíen la iniciativa privada, autoricen la contratación de trabajo asalariado y cuantas condiciones demande el capital (en este sentido los problemas de Cuba no son demasiado diferentes a los de cualquier otra economía emergente). Todo menos renunciar a la dictadura del partido único o asumir el riesgo de que alguno de sus dirigentes termine en el ostracismo, como muchos de sus antiguos pares del socialismo real en Europa.

La pregunta es si la gradual transición hacia una economía de mercado (o una combinación de economía estatizada y mercantil) es compatible con el monopolio del poder político por el PC. Los grandes capitales han aceptado, hasta ahora, invertir en sociedades con esas características. China es acaso el ejemplo más notable. Con su gigantesco mercado, sindicatos prohibidos, protestas reprimidas, abundante fuerza de trabajo y bajos salarios, China representa el ideal de los capitalistas. El pequeño detalle es que Cuba no es China. Los países occidentales no están en condiciones de ponerle a esta última demasiadas condiciones, cosa que perfectamente podrían hacer con Cuba. Sin embargo, ya conocemos el doble rasero y la hipocresía de EEUU y la Unión Europea en materia de libertades democráticas y respeto a los derechos humanos: se comportan de una manera con China y Arabia Saudita y de otra con Sudán, Bielorrusia o Zimbabwe. Hay, no obstante, un país que podría ilustrar el posible futuro de Cuba: Vietnam, con su economía abierta a las inversiones extranjeras y el monopolio del poder político por el PC. He aquí un escenario posible para Cuba a mediano plazo.

En otro piensan la derecha de toda América y el exilio cubano: transición sin escalas hacia una democracia representativa y restauración de todas las reglas de una economía de mercado clásica. La actitud de la sociedad y el régimen cubanos son claves para determinar si es plausible un escenario como ese. Pero a la hora de hacer conjeturas en este sentido conviene no fiarse demasiado de los expertos que aparecen estos días en las pantallas ni en las versiones idílicas sobre la fidelidad de los cubanos a su gobierno que siempre difundieron los castristas. En rigor, la reacción de los cubanos bajo el pos-fidelismo es todo un misterio. Otro tanto ocurre con los dirigentes del PC.

A la mayoría de los ciudadanos de Europa del Este que padecieron el llamado socialismo real parecieron no importarles un rábano las libertades democráticas. Daba la impresión de que su malestar y sus protestas se alimentaban de la imposibilidad de acceder al consumo del que disfrutaban sus semejantes del otro lado del muro. La resignación con la que los rusos aceptan hoy a un gobierno como el de Putin, que no reúne los requisitos más elementales para ser considerado democrático, confirmaría estas presunciones. ¿Puede decirse lo mismo actualmente de los cubanos? No lo sabemos. Lo que sí podemos conjeturar es que sin una demanda activa de los cubanos no habrá democracia en Cuba, porque en lo que concierne al partido, no existe la menor señal de que vaya a dejar de ser el pilar del régimen ni que esté dispuesto a terminar con su monopolio del poder.

En este contexto es difícil que a corto o mediano plazo el régimen se vaya a desmoronar como ocurrió en los países de Europa del Este, ya que la mutación de los partidos comunistas únicos en partidos de izquierda que aceptaron el pluralismo o en versiones eslavas de la socialdemocracia fue allí un factor decisivo de la transición. De una transición que de otro modo hubiera resultado mucho más violenta de lo que resultó. Y terminada la Guerra Fría, nadie en América, salvo el exilio cubano –-no por cierto los gobiernos de izquierda ni el de Estados Unidos–- quieren algo que desestabilice a la región. De modo que no parece que la mentada transición vaya a asumir la forma de una democracia representativa. Lo que no impide que se alcance algún pacto que tolere alguna forma de oposición. Eventualidad que no habrá que descartar después de que Barack Obama anunciara que en caso de ser presidente estaría dispuesto a conversar con los dirigentes cubanos e incluso terminar con un embargo que todos consideran obsoleto.

La alternativa de que todo siga como está, en el marco de una economía y una cultura globales demasiado poderosas como para que Cuba se sustraiga a su influjo, no parecen contemplarla siquiera los burócratas de La Habana. El problema que tienen es que no están dispuestos a correr el riesgo de perder la ropa para salir del laberinto en el que se encuentran.

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