La personificación de la política

Durante los últimos meses la política de este país giró en buena medida en torno a la reelección de Tabaré Vázquez, como si en ello le fuera la vida al gobierno, al Frente Amplio y a la propia oposición. El misterio se desvaneció hace un par de semanas, cuando Vázquez terminó con las ilusiones de sus incondicionales seguidores. No habrá, pues, reelección presidencial, pero vale la pena hablar del tema, porque volvió a poner en evidencia un fenómeno que parece no tener fronteras nacionales ni ideológicas: la personificación de la política.

La convicción de que la política se reduce a elegir a la persona adecuada –no a las ideas o a las políticas adecuadas– es parte esencial del imaginario de los ciudadanos contemporáneos. Nótese que toda la discusión acerca de la reelección no se basó en la conveniencia de reformar la Constitución para terminar con un tabú de la cultura política de este país como es la reelección presidencial, sino en si era conveniente o no allanarle el camino a un determinado candidato, lo que da cuenta del lugar privilegiado, casi excluyente, que ocupan las personalidades en la vida política.

Es sintomático que un importantísimo sector de la izquierda apueste más al carisma, el talento, la capacidad de seducción o la honestidad de un candidato que a sus propias ideas, proyectos o a las políticas que aplicó durante tres años en el gobierno. No discuto si esa apuesta es razonable a la hora de hacer cálculos electorales (a la vista de la sensibilidad anti-política imperante probablemente lo sea), sino que trato de exponer el fenómeno mismo de la personificación de la política, de comprender sus raíces y, sobre todo, señalar las devastadoras consecuencias que puede tener (que ya está teniendo) sobre la política entendida como espacio público de deliberación y toma de las mejores decisiones.

La frustrada cruzada a favor de la permanencia de Tabaré Vázquez en el poder no es la única, ni la más trascendente, manifestación de la personificación de la política a la que asistimos en estos días. Ayer mismo recibí propaganda electoral del PSOE para que en las próximas elecciones españolas vote por la “mirada positiva” de Rodríguez Zapatero, que, es de suponer, contrasta con la “negativa” de Mariano Rajoy. La política francesa gira hoy en torno a la condena o defensa de las aventuras, turísticas o amorosas, pero siempre personales, de Nicolas Sarkozy. Hillary Clinton y Barack Obama se disputan los favores del electorado demócrata en la contienda “más apasionante de los últimos tiempos”, según los medios, sin que hasta ahora nos hayamos enterado de sus diferencias estrictamente políticas.

Hoy el espacio público no es un ámbito en el que se exponen argumentos que sustenten propuestas para resolver los problemas o para dirimir los conflictos de la sociedad –mucho menos idearios sobre la mejor forma de extender la libertad humana y la justicia social –, sino aquel en el que se selecciona a determinados hombres y mujeres según la confianza o el resquemor que susciten, el carácter más o menos optimista que tengan, la seguridad o la incertidumbre que transmitan sus rostros, o cuánto nos identifiquemos con sus biografías.

No deja de haber algo paradójico, y sin embargo explicable, creo yo, en esta reducción de la política a una mera elección de personas para que se hagan cargo de los asuntos políticos. La paradoja reside en la generalizada desafección por unos asuntos, los de la polis, que por definición nos conciernen a todos. Y la posible explicación de tal paradoja es que, como la política ya no suscita demasiadas esperanzas en quienes deberían ocuparse de ella –los ciudadanos todos– pero no hay más remedio que ocuparse de las tareas inherentes al hecho de vivir juntos (que hoy son más de mera coordinación que de proyección), elegimos a unos tipos, y les pagamos, para que lo hagan.

Los ciudadanos sospechan que el curso de los acontecimientos depende de una dinámica económica que no es controlable por los políticos y que el margen de maniobra del que éstos disponen es más bien estrecho (motivo por el cual todos empiezan a parecerse, más allá de matices retóricos). Por eso el ciudadano se retira, escéptico, a su parcela privada y se comporta frente a la política de una manera no muy diferente a como lo hace el consumidor frente al mercado: lo único que espera de su “participación política” es maximizar las ventajas individuales que pueda extraer de ese ámbito. Se limita, pues, a elegir entre las mejores ofertas disponibles. Unos pocos eligen entre los discursos que se le ofrecen; la mayoría lo hace entre personas. Las ideas y propuestas son demasiado complicadas, y nadie confía en cosas abstractas. Elegir entre personas simplifica cualquier dilema.

El ciudadano posmoderno vive la participación política como un “costo” no del todo racional, porque, participe o no participe, no quedará excluido de ningún beneficio colectivo. Las instituciones de la democracia representativa no estimulan precisamente la virtud cívica. Para él, lo más racional es elegir a alguien que se ocupe de los “incordios” que supone la vida en común. Para eso se le paga al elegido y, en su momento, se le pide que rinda cuentas. He empleado a sabiendas una fórmula que ha empezado a popularizarse entre los políticos liberales (y no sólo): el presidente de la República es un gerente al que se le pedirán cuentas al cabo de su gestión. Conforme a esa racionalidad, a la hora de establecer ese contrato tácito entre los ciudadanos y el político, los primeros se esmeran en elegir al más confiable, como haría cualquier junta de accionistas a la hora de elegir al presidente de la compañía. Y la honestidad será el primer criterio a tener en cuenta a la hora de hacer esa elección. No por azar, una de las manifestaciones de la despolitización en curso es la importancia que ha adquirido el tema de la corrupción en la mayoría de las democracias contemporáneas. Hoy importan menos las ideas políticas de un candidato que su honestidad o su personalidad.

No se me escapa que individuos con otras disposiciones cívicas –por ejemplo, que no se limiten a elegir lo que se les ofrece, sino que examinen, discutan y propongan– no crecen espontáneamente como las plantas en el trópico. Librado al movimiento espontáneo de la sociedad seguirá atado a la figura del consumidor. Para que esas disposiciones cambien tiene que haber una preocupación específica de la sociedad y de sus instituciones, de las educativas entre otras… pero esto ya nos llevaría por otros senderos (y temo extraviarme).

Lo propio de la personificación de la política es que los atributos personales de los candidatos son el factor determinante de las preferencias de los votantes. El fenómeno da cuenta de una profunda alteración de las fronteras entre el espacio público y el privado. Ese cambio se expresa, por un lado, en que todos (incluidos los líderes políticos y el ciudadano de a pie) exponen ahora sus intimidades al escrutinio público y, por otro, en la politización de asuntos que atañen a la propia identidad y que antes estaban acotados al ámbito privado, como las preferencias sexuales o las convicciones religiosas. La condición de gay, negro o protestante de un candidato, es decir rasgos de su identidad personal, pueden otorgarle ahora más votos que la más justa, razonable y practicable de sus propuestas políticas… motivo por el cual tal vez los políticos han empezado a despreocuparse de estas últimas. Interpelada sobre las lágrimas que derramó después de una derrota en las primarias de Estados Unidos, Hillary Clinton respondió que no le disgustaba que los ciudadanos conocieran cómo es íntimamente, “como ser humano”. La emoción es hoy uno de los instrumentos de que se valen los políticos para seducir al votante. Hoy día, por ejemplo, en este país se atribuye (apropiadamente) la popularidad de un líder como Pepe Mujica a lo que Mujica es (humilde, popular, transparente), no a lo que piensa, que casi todos desconocemos.

Hay una especie de explosión de lo privado, de lo personal, como si los proyectos compartidos fueran imposibles. Apenas un síntoma: la religión, un asunto que a medida que se asentaban los valores democráticos modernos parecía encaminado a confinarse al ámbito privado, irrumpe en la política en buena parte del mundo.

Hoy tenemos la impresión de que sin la personificación de la política seríamos incapaces de entender nada. Hasta el apoyo del ministro de Economía de este país a un funcionario procesado por la justicia por corrupción es interpretado a menudo, sin que a nadie se le mueva un cabello, en clave de lealtad personal a un amigo caído en desgracia, como si esa lealtad personal pudiera legitimar algo en política.

A la personificación de la política también ha contribuido la mediatización de la vida social. Las ideas son demasiado abstractas y complejas como para servir de materia prima de ese espacio público privilegiado en el que se han convertido los medios de comunicación. Los grandes medios se basan principalmente en imágenes y las ideas no se dejan reducir a imágenes… por más que algunos (los que andan pidiendo ‘redondear’ una idea, por ejemplo) supongan lo contrario. Para obtener imágenes hay que tener objetos o personas de carne y hueso. La propia complejidad de lo político y el hecho de que los medios giren en torno a las imágenes han aumentado la demanda de simplificación de la política, que ha terminado traduciéndose en su personificación. Los medios piden a gritos “historias humanas”, como la del tornero brasileño que llegó a la presidencia, la del ex guerrillero que llegó al Parlamento uruguayo o la del primer negro con posibilidades de acceder al poder en Estados Unidos.

No sé si la decadencia de los partidos
como organizaciones de ideas, proyectos institucionales y programas económicos y sociales está antes o después de la personificación de la política, pero es evidente que la acompaña como a su propia sombra. Hay quienes no se cansan de repetir que izquierda y derecha son nociones perimidas, pero no nos explican qué será entonces de los partidos políticos, para qué habríamos de necesitarlos. Aún no lo dicen, pero la sugerencia implícita es que bien podríamos convertirlos en clubes a los que pueden concurrir todos los que quieran apuntarse, ya que la laxitud de ideas y proyectos será su principal característica. Luego, los atributos personales del líder, el principal activo “político” de un partido, se encargará de realizar una síntesis en apariencia imposible.

Pero los partidos no son (o no deberían ser) resumideros de la sensibilidad popular. En los partidos no caben todos (la etimología de la palabra remite justamente a parte en oposición al todo), porque no son una feria en la que se exponen todas las voces de la sociedad, sino que, se supone, dotan de coherencia a los diferentes puntos de vista. Los miembros de un partido pueden no compartir una concepción del mundo, pero al menos comparten un ideario y unas propuestas políticas e institucionales. Casi nadie cree que esos idearios y propuestas puedan salir indemnes del paso del tiempo ni duda de la necesidad de inspirarse también en tradiciones políticas ajenas a la propia, pero si los partidos terminan en una piñata donde hay recuerdos para todos, tenemos asegurada su inoperancia y esterilidad.

Ciertamente los partidos políticos no han desaparecido en la era de la personificación de la política, pero se encaminan a convertirse en una comisión de fomento de la imagen del líder máximo. Tal vez por eso Oscar Wilde llegó a definir a los partidos como esos lugares donde ya no se habla de política.

* * * *

En el caso de Uruguay, la izquierda ha creído y sigue creyendo que su triunfo en las elecciones de 2004 se debió principalmente a que Tabaré Vázquez era su candidato. Imbuida de las mismas creencias que el espectador más despolitizado, se explica que la izquierda haya insistido hasta último momento en volver a apostarlo todo al líder máximo. El problema con los líderes máximos es que suelen ser los primeros en convencerse de que la política pasa por su protagonismo personal. Y nadie debería sorprenderse si, como en este caso, anteponen la preservación de su imagen de cara al futuro (¿para volver con escenografía napoleónica en 2014?) a las eventuales necesidades electorales de su partido a corto plazo.

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