Sobre la obligación de estar en forma

No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero percibo que cada año que pasa aumentan los imperativos de llevar una vida sana. Entiéndase bien, no una vida plena, intensa o virtuosa, sino sana en su acepción más básica. Tanto en mi entorno más inmediato como en la sociedad se multiplican las advertencias sobre las calamidades que nos aguardan si renunciamos a mantenernos en forma.

Incluso en según qué ambientes hay quienes le miran a uno de reojo, con desconfianza, como si aquellos que no mostramos el debido respeto por el decálogo de una vida sana fuéramos dementes o farsantes. Ahora que está de moda denunciar el acoso y la discriminación, no está demás llamar la atención sobre una de sus formas más extendidas, la que sufren quienes no cuidan lo suficiente su cuerpo. No habría nada que decir si se tratara de una simple recomendación que respeta la autonomía del sujeto que la recibe, pero el asunto se parece a un mandato, a una obligación. Ignoro si los propagandistas de un estilo de vida sano sienten que deben velar por el cumplimiento del artículo 44 de la Constitución (que dice que “todos los habitantes tienen el deber (sic) de cuidar su salud, así como el de asistirse en caso de enfermedad”), pero lo cierto es que la indiferencia ante el mandato de ser sano tiene cada vez peor prensa.

Empezando por el superior gobierno de la República, cuyas iniciativas para reglamentar algunos hábitos privados que considera dañinos para la salud son bien conocidas. El hecho de que esas iniciativas presidenciales susciten más entusiasmo que resistencias en la sociedad (incluso entre quienes se encuentran en las antípodas de sus posturas políticas), demuestra lo arraigada que está la creencia en que se puede obligar a alguien a llevar una vida sana (o eso que llaman vida sana).

Les propongo un ejercicio (nada sano, por cierto) al que me he entregado durante una media hora: contemplar un par de pausas publicitarias en un canal de televisión. Mi rigor estadístico deja mucho que desear, pero no exagero si digo que más de la mitad de los avisos están directamente referidos a la salud: servicios médicos, consumo de hierbas, ungüentos, medicamentos, vitaminas, bebidas, alimentos, formas de vida que de una u otra forma contribuyen a cuidar el cuerpo, combatir el estrés, mejorar los intestinos, dormir en paz, evitar la caída del cabello, mejorar el rendimiento sexual, la memoria, combatir los hongos y la acidez estomacal y todos los interminables detalles que se puedan imaginar que puede necesitar un cuerpo como se debe. Una buena parte de la otra mitad no está directamente vinculada con la salud, pero los “creativos” publicitarios, sabedores de aquello que deleita o preocupa al público, se las ingenian para introducir el tópico de la salud a través de las imágenes: los avisos publicitarios de un jabón para lavarropas o de un agua mineral suelen incluir a una mujer con buena figura o a un hombre haciendo jogging en un escenario de montañas.

Todo remite ahora al estado de salud (o enfermedad) individual. El individuo es responsable de sus malestares. Dicho está: tiene el deber de cuidar su salud y recurrir a un médico en caso de enfermedad. Y dado que, además, el gobierno terapéutico que votamos normaliza y regula los hábitos que considera nocivos para la salud y el mercado suministra una nutrida batería de bienes y servicios con el mismo propósito (desde el body building hasta el personal trainer, pasando por “la alta tecnología médica”, los alimentos sin calorías y un larguísimo etcétera), sólo un necio o un irresponsable puede elegir no estar en forma. No estar en forma es ahora síntoma de decadencia personal.

Esa prédica y el alarmismo han llegado tan lejos que el British Medical Journal advertía ya en 2002 sobre las campañas dirigidas a sembrar la duda sobre el estado de salud individual. El artículo llamaba la atención sobre la manipulación por parte de la industria farmacéutica de la percepción de cada uno sobre su propio estado de salud. No debería extrañar, pues, que ahora pensemos que desde el cansancio a la pérdida de memoria, pasando por el estado de ánimo pueden “curarse” con una píldora.

La obsesión por la salud tiende a ver todo como un problema médico. Empiezan a pertenecer al campo terapéutico lo que antes era del ámbito del saber vivir: rituales y placeres colectivos se convierten en causa de inquietud, valorados en función de su utilidad o nocividad. Los alimentos ya no se dividen en sabrosos o desagradables, sino en sanos o insanos. Comer ya no es una oportunidad para el goce y estar con otros, sino una actividad calculada en función de cómo mejora la circulación o mantiene en forma el aparato digestivo. Tal vez porque tampoco se trata ya de vivir lo más plenamente el tiempo que nos toca, sino de aguantar lo más posible. Hacer ejercicio físico tampoco es un esparcimiento o un placer, sino un imperativo para mantener las articulaciones en forma o vaya uno a saber qué. Y hasta la propia biografía empieza a recordarse, no en función de nuestras “hazañas”, conquistas, creaciones o alegrías, sino de nuestras enfermedades o de nuestra previsible decadencia física. Pasada determinada edad, nuestros quebrantos de salud, nuestras arrugas, calvicies o próstatas ocupan el centro de nuestros recuerdos y relatos.

Lo paradójico es que las obligaciones que se le prescriben al sujeto moderno para estar en forma terminan pareciéndose demasiado a las mortificaciones a las que se sometían los feligreses de antaño para ganarse el cielo. Al menos yo viviría como una mortificación tener que conciliar cada paso que doy, cada placer que experimento, cada vicio en el que incurro y cada costumbre que sigo con el bienestar de mi sistema vascular, digestivo o nervioso. Además, se trata de una preocupación inútil. En esta carrera por la salud, nunca estaremos suficientemente sanos; algún órgano trabajará mal, algún tubo estará obturado o alguna uña, encarnada. No hay más que ir a la consulta de un médico, como dice un amigo mío, para que el galeno le encuentre a uno una falla, algún desperfecto en la maquinaria corporal.

El asunto está un poco mezclado con la aspiración a mantenerse en un estado de eterna juventud. Ser sano vendría a ser algo muy parecido a mantenerse joven. Al paso que vamos, pronto se nos dirá que uno es el culpable de morirse; que si no fuma, no bebe, no come grasas, hace ejercicio, duerme el número exacto de horas y tiene sexo en las dosis recomendables, tal vez se convierta en inmortal. No hay que descartar que la fe laica en que los buenos hábitos sanitarios e higiénicos alargarán indefinidamente nuestras vidas tenga alguna relación con el hecho de que las promesas en el más allá ya no seducen tanto como antes. Se trata del irresoluble problema de la relación de los humanos con la muerte. “Está prohibido envejecer”, dijo Christian Dior cuando presentó su nueva crema anti-age. Cuando no hay más allá, es probable que la conciencia de nuestra mortalidad se experimente de otra forma, acaso más inquietante, más ansiosamente inclinada a buscar la imposible inmortalidad. Y gracias a Dios tenemos a nuestra disposición una panoplia de píldoras, hierbas, hábitos, deportes, recursos espirituales y recomendaciones médicas para salvarnos. Se nos viene a decir, pues, con un tonito algo acusatorio, que somos responsables de nuestra propia vida y nuestra propia muerte. ¿Pero es acaso tan terrible semejante responsabilidad? ¿Acaso es posible que sea de otro modo? Para la sociedad medicalizada en la que vivimos, sí lo es. Después de todo, la medicina se ha apropiado del nacimiento y de la muerte. Ha expropiado el primero a las mujeres y la segunda a todos. En Occidente sólo se puede nacer y morir de una forma: en la clínica y de acuerdo con las prescripciones (y la comodidad) del sistema de salud y morir lo más tarde posible, no cuando a uno se le antoja.

El imperativo de estar sano y en forma no es un asunto que atañe únicamente al cuerpo. También concierne al alma. La gente huye de la depresión como de la peste. Y sin embargo hay cada vez más deprimidos. En Occidente la probabilidad de que un joven padezca un estado depresivo es el doble que la de sus padres y el triple que la de sus abuelos. Hoy hay 700 millones de deprimidos.

Cuando la religión era el cemento que cohesionaba a la sociedad, el sufrimiento era el salvoconducto para la salvación. En cambio ahora es imperdonable no pasársela bien. Es un auténtico pecado. Cuando a alguien le resultan insoportables sus condiciones de trabajo, no se pregunta qué anda mal en la sociedad, sino que recurre a los tranquilizantes y se pregunta qué estará haciendo mal. Se culpabiliza. No va al sindicato, sino al médico, al psicólogo o al psiquiatra. La tristeza, lo mismo que el desasosiego o la insatisfacción, es hoy improductiva, un estado propio de fracasados (una persona en baja forma anímica no puede ser exitosa) o un “plomazo” para los semejantes. Los deprimidos son gente molesta para quienes están a su alrededor.

La ‘muerte de Dios’, el desencantamiento del mundo que trajo la modernidad desembocan en la soledad del individuo en el sentido que le atribuía Kant. A la pregunta de qué es la Ilustración, éste respondía: es la pérdida de la minoría de edad. Y agregaba que el individuo sería de ahí en más el culpable de su minoría de edad por no atreverse a pensar y vivir sin someterse a una autoridad (divina o terrenal) que está por encima suyo. Si el fin de la religión arrojó al hombre en el desasosiego que produce saberse solo en el mundo, ¿por qué no volver a ella, aunque no sea en la forma ortodoxa que conocimos alguna vez? Esta pregunta puede contribuir a explicar por qué el imperativo de ser feliz y estar en forma suele ir de la mano de vagas apelaciones religiosas. En el catálogo de sugerencias para alcanzar el buen estado físico y espiritual tenemos ahora el buceo en el budismo y el zen. U otras formas berretas, como la astrología. Carente de coartadas religiosas, el dolor, el sufrimiento sobran, hay que espantarlos como a las moscas (aunque se trate, recordémoslo, de experiencias inherentes a nuestra condición humana). También aquí el individuo se culpabiliza si no consigue ser feliz y apartar la melancolía o la tristeza que en algún momento de nuestras vidas todos experimentamos. Pero como nos convencimos de que estamos en este mundo para ser felices, algo tiene que andar mal si no estamos en estado de euforia perpetua.

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2 respuestas a Sobre la obligación de estar en forma

  1. Jorge dice:

    Me pareció genial el artículo. La medicalización hasta el absurdo de todos los aspectos de la vida es una de las cosas contra la que tenemos que luchar culturalmente.
    Saludos!

  2. Ariadna Correa dice:

    Estoy totalmente de acuerdo contigo.
    Como decía Hector Lavoe
    “Oye te voy a decir una cosa
    no trabajes por la noche,
    no duermas por el día,
    te vas a sentir bien,
    no tomes cafeína porque
    mira te da cáncer,
    todo, todo ahora da cáncer”
    Te mando un beso.

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