La fama al alcance de todos

Hace algunos años un presidente de este país afirmó que lo que no sale en televisión no existe. Se refería a los asuntos políticos, obviamente, y tal vez con esa sentencia los políticos terminaron de convencerse de que es preferible que los medios hablen mal de ellos a que no hablen en absoluto.

En las complejas sociedades modernas la plaza pública ha dejado de ser el lugar de encuentro de todos. En comparación con el vínculo casi universal que permiten los medios, la calle resulta un espacio limitado para la difusión de mensajes y argumentos políticos, al menos en las grandes ciudades, donde el número de habitantes sencillamente ha dejado de ser abarcable. Por eso la visibilidad que otorgan los medios resulta particularmente importante para los políticos. Para los políticos en sentido amplio, puesto que incluso quienes protestan y reclaman buscan a cualquier precio la visibilidad total que sólo los medios permiten. Son de los pocos ámbitos que van quedando sin acceso vedado a nadie.

En oposición a la clásica interpretación panóptica, que sostiene que el poder emana de la capacidad de vigilar y controlar sin ser visto, cabría preguntarse si acaso en la era de la comunicación generalizada no ocurre, por el contrario, que el poder y la influencia que ejercen los individuos están en relación directa con cuánto se los ve y se los escucha. La peor desgracia del individuo contemporáneo residiría ahora en no ser visto ni conocido. A diferencia de los antiguos monarcas, cuyos rostros y personalidades eran completamente desconocidos para sus súbditos y cuyo poder emanaba en parte del misterio que rodeaba a su figura, el político moderno estaría condenado al ostracismo si no fuera visible.

Debería abandonarse, pues, esa creencia en que los políticos son esas figuras esquivas que conspiran desde la oscuridad, ya que no tienen más remedio que salir a plena luz del día para enfrentar a unos competidores feroces en la guerra por la visibilidad y la atención públicas que somos todos y cada uno de nosotros, ya que los ciudadanos de a pie han sido los primeros en tomar nota de la advertencia presidencial y han terminado por convencerse de que ellos también tienen derecho a participar de la competencia por la visibilidad. Y los políticos no han tenido más remedio que someterse a las reglas de esa competencia y aceptar mansamente convertirse en estrellas mediáticas, hablar de la propia historia familiar, besar niños, hablar de fútbol y exponer sus emociones ante cámaras.

Gracias a la universalización del derecho a ser visto y escuchado, cada vez que encendemos el televisor asistimos, pues, a la exposición de un amplio, variado e impune muestrario de banalidades: damas que exponen sus atributos físicos en vivo y en directo, señores que se quejan del ruido del vecino, jugadores de fútbol que prometen “seguir trabajando” para ganar el próximo partido, almaceneros que relatan el enésimo robo, jóvenes que concursan para cumplir el sueño de convertirse en una celebridad, políticos que hablan de su vida familiar y sus gustos personales, pseudoperiodistas que exponen sus prejuicios y manías. Cada uno hace públicos sus dramas y alegrías, tan comunes y corrientes y, sin embargo, tan particulares e intransferibles.

Es como si todas y cada una de las personas se agruparan frente al campo visual de las cámaras para decir: “aquí estoy, yo también existo”. La televisión (me refiero a la televisión abierta, a esa que llega hasta el último hogar de este país y que se puede considerar con propiedad espacio público) ha perdido definitivamente su aura. Ya no hace falta poseer un mérito, un arte, una destreza o al menos una idea para reclamar el derecho a que la propia imagen y la propia palabra sean divulgadas por todo el país. La materia prima de la televisión somos todos y cualquiera.

Pero ese todos no remite a lo que tenemos en común, a nuestra condición de ciudadanos con sus problemas y conflictos compartidos, que sería lo que propiamente debería ventilarse y discutirse en el espacio público privilegiado en el que, para bien o para mal, se han convertido los medios de comunicación. Porque cuando los hombres y mujeres hablan frente a las cámaras de sus problemas individuales no están ocupándose de asuntos públicos, sino que están convirtiendo en públicos sus dramas y alegrías particulares, lo que es radicalmente distinto. Ese todos es apenas una suma de individualidades que aspiran a hacerse oír y ver para proclamar su “derecho a existir” como diría nuestro expresidente.

Tampoco es de recibo parangonar esta feria de banalidades en la que se ha convertido buena parte de la programación televisiva –y en la que para colmo algunos perciben una dudosa democratización de los medios– con los notables ejemplos de cine testimonial o documentales de televisión que narran historias individuales de seres anónimos. Después de todo, cualquier historia o experiencia, incluidas las susceptibles de tener alguna significación para quienes no las viven en su propia piel, es en primer lugar la experiencia de alguien. Pero los tediosos programas a los que me refiero no son un ejemplo de ese género irremplazable, pues su “materia prima” son meras anécdotas, chismes triviales, tragedias o hazañas personales sin causa ni contexto, cuya insoportable levedad se disuelve en el aire y en las que no hay el menor atisbo de explicación, historias de vida (así se las llama) capaces de emocionar pero nunca de hacer pensar o ayudar a comprender. Una tendencia íntimamente vinculada a otra inclinación propia de estos tiempos: el voyeurismo, que vendría a ser la versión bastarda de una legítima demanda de transparencia en un mundo opaco, plagado de incertidumbres y que los ciudadanos perciben como dominado por fuerzas cuya esencia no se deja ver de buenas a primeras.

No faltará quien perciba en este enfoque una inclinación “elitista” que ignora el derecho del pueblo a ser tan visible y audible como los que hasta hace un par de décadas monopolizaban las pantallas. Pero no se cuestiona aquí derecho alguno ni se pretende que envíen a un juzgado penal a quienes suspiran por un minuto de fama alegando que tienen los mismos derechos que todos los demás. El asunto es que si convenimos en que la televisión abierta es un espacio público, como creo que es, cabe preguntarse si ese espacio debe dedicarse a exponer intimidades o, si por el contrario, se lo aprovecha para establecer un diálogo que sólo es posible cuando tengo para decir algo que me trasciende, que tengo en común con mis interlocutores, que interesa a los demás y que puede ser objeto de deliberación.

La popularización de los grandes medios obedece a una nueva dinámica de la fama y la celebridad. Se han invertido los términos de la relación entre los méritos de una persona y su público reconocimiento. Ya no hace falta tener mérito alguno para ser famoso; ahora el reconocimiento resulta de la fama. ¿De qué gracia dispone, por ejemplo, Paris Hilton como para que nos hayan bombardeado durante semanas con sus correrías al volante y sus excesos etílicos? Además de tener cantidades navegables de dinero, ¿de qué otro mérito puede ufanarse esta chica? Se lo piense del derecho o del revés, la respuesta es que este y otros personajes similares deben su celebridad a que los medios los han hecho famosos. Así de sencillo. Se les presta atención porque, gracias a los medios, todos les prestamos atención, aunque ignoremos los motivos originarios de una celebridad que no tiene más causas que ella misma. Es como un animal que se muerde el rabo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: