Pasta base

Parece que los hombres siempre necesitarán inventar algún chivo expiatorio para calmar sus miedos y ansiedades. Las brujas y herejes, los disidentes políticos, los extranjeros fueron en algún momento de la historia objeto de la ira popular cada vez que la tragedia o lo simplemente inexplicable hizo acto de presencia. Acorde con el pluralismo imperante, en los últimos tiempos, esos analgésicos para el alma han sido objetos y costumbres de lo más variados: desde la televisión hasta el sexo pasando por las drogas. Todo indica que aquí y ahora, hemos incorporado un nuevo chivo expiatorio: la pasta base.

Siguiendo la tradición del sumo sacerdote que sacrificaba un macho cabrío para redimir a los israelitas de sus pecados, los creyentes modernos pretenden que enviando a la hoguera una sustancia inanimada a la que le endilgan los males de este mundo pondrán fin a su desasosiego e inseguridad.

A juzgar por lo que se lee y escucha en esta comarca la mayor parte de los robos, crímenes y abusos sexuales es causada por el consumo de pasta base. El padre que mata al hijo porque está harto de que le robe dinero para comprar esa droga, la abuela que ventila en vivo y en directo cómo su nieto le remató hasta las tacitas de porcelana para hacerse con una dosis de pasta base, la niña que se prostituye por lo mismo y así hasta el infinito. Hacía tiempo que no veía tanta señora escandalizada, tantas páginas en los diarios y tantas horas de conversación dedicadas al mismo tema. La pasta base, la pasta base, la pasta base… Sépanlo de una vez, la pasta base es la fuente de la que manan todos los males de nuestra sociedad. Pronto nos enteraremos de que la compulsión de los apostadores, la infidelidad de los cónyuges, los hurtos de cables de electricidad y la pasmosa decadencia del fútbol patrio se deben a la pasta base.

A pesar de su ridiculez, el fetiche de la pasta base tiene algunos beneficios. Permite que nos conformemos con el lugar común, con la mera apariencia de las cosas, justifica nuestra pereza para pensar más allá de lo que ocurre frente a nuestras narices y nos desresponsabiliza de cuantas calamidades sociales conducen al consumo de pasta base, que finalmente es el punto de llegada de problemas que preceden a ese consumo y no la causa de éstos (como ocurre siempre con el consumo abusivo de cualquier droga). Pero ya tenemos una aspirina para nuestro desasosiego existencial y una explicación a todos los problemas sociales. Se llama pasta base. No importa que eso nos convierta en unos siervos de consignas en boga, en seres automatizados que se conforman con explicaciones facilongas que en el fondo nada explican.

Discúlpenme que lo diga sin anestesia, pero la pasta base es un chivo expiatorio de pies de barro. Sólo puede ejercer alguna atracción sobre los moralistas siempre dispuestos a indignarse con el primer mal disponible en el mercado de las culpas.

La idea de que existen sustancias inanimadas capaces de apoderarse de la voluntad de quienes las consumen ignora la constitución psíquica del sujeto (anterior al consumo). Es verdad que algunos llegan a autodestruirse con tal de modificar su estado de ánimo, pero eso ocurre porque no se soportan como son… o como están. Ese no soportar como se está en el mundo es el que conduce a la pasta base (y al alcohol, y a los psicofármacos y a cuanta sustancia disponible capaz de modificar el estado de ánimo). Una incomodidad que puede ser existencial o responder a las condiciones sociales en las que debemos vivir. Atribuir a una droga lo debido a un usuario de la misma implica dotar de vida a lo inerte y despojar a lo animado de vitalidad. Por eso el discurso satanizador de “las drogas” es puro fetichismo. Ninguna droga (ni siquiera la heroína) convierte a un puntual pagador de impuestos y buen padre de familia en un asesino o un simple delincuente. Los primeros que han tomado debida nota de esta versión satánica de la pasta base son aquellos consumidores que internalizaron su condición de “víctimas” de una sustancia supuestamente diabólica y que de paso les permite justificar cualquier tropelía (“sí, le robé la jubilación a esa viejita, pero es que estaba bajo los efectos de la pasta base, ¿sabe?”).

Pero el universo de los consumidores de drogas no se parece en nada a una masa de esclavos sometidos a una tentación irresistible que les impide hacerse cargo de sí mismos (y si eso ocurriera con algunos, es porque la vocación de esclavo ya anidaba en ellos). Entre los usuarios de drogas, un gran número de personas, mayoritario sin duda, no acata la ley, consume drogas ilícitas y no por eso se siente víctima ni mucho menos justificado a cometer cualquier desmán por haber consumido sustancias supuestamente ingobernables. La eventual inclinación a cometer un asesinato, insisto, es previa, está en la constitución psíquica del individuo y, si se prefiere, en las condiciones en las que se socializó esa persona. Es ridículo creer –como alguna vez se sugirió en ese reality show con pretensiones que es “Zona Urbana”– que después de consumir pasta base uno sale a matar al primero que le niega un vintén para comprarla.

La idea de la adicción irresistible a un fármaco supone excluir definitivamente la posibilidad de usos recreativos, introspectivos o terapéuticos de las drogas. Todo el discurso hegemónico sobre las drogas está basado en esta gigantesca distorsión. Refiere a la enfermedad, a la adicción y ahora a la delincuencia; en suma, a la imposibilidad de un uso moderado y beneficioso de las mismas. Es que si se demuestra que esta alegada imposibilidad es una falsedad, se derrumba toda la mitología acerca del carácter satánico de ésta y todas las drogas. Sospecho, por ejemplo, que ninguno de los que lean estas líneas saldría a robar o a matar después de consumir una, dos o diez dosis de pasta base.

Sin ir más lejos, el asesinato del adolescente supuestamente adicto por parte de su padre ¿también debe ser atribuido a la pasta base? ¿No está acaso esa muerte hablando a gritos de las condiciones familiares y sociales en las que vivía ese joven vaya uno a saber desde cuándo, pero seguramente mucho antes de saber lo que era la pasta base?

¿No será acaso que el hábito de encomendarse a una cosa para calmar los dolores del cuerpo o del alma es propio de las personas y no un atributo de las cosas? Habrá que buscar, pues, qué les pasa a esas personas, qué les lleva a hacer un uso autodestructivo de esa sustancia. No para justificar piadosamente cualquier fechoría que cometan, sino simplemente para entender. Digámoslo de otra manera: explicar ese hábito que tienen algunas personas de encomendarse al consumo de determinados objetos, incluso al punto de autodestruirse, es en primer lugar un asunto de las personas involucradas en el problema (aunque algunas prefieren declararse víctimas o infantes a los que una autoridad le debe resolver el problema) y tal vez de sociólogos y psicólogos. Pero nunca de farmacólogos o químicos (salvo para evitar que nos vendan gato por liebre). Mucho menos de jueces y policías.

Pero no, el 90% de las personas prefiere conformarse con depositar todos los males en este talismán. ¿A quién le clamarán esas Madres de la Plaza para que saque a sus polluelos del berenjenal al que los condujo la marginación y sobre todo la idea de que nada pueden esperar del futuro? (si sintiera lo mismo no descarto que yo también desayunara pasta base) ¿De qué cielo esperarán que caigan las soluciones a la nada en la que naufragan sus hijos? ¿Pensarán los escribas de la prensa que el problema de esos jóvenes se resuelve con encerrar en alguna mazmorra a los responsables de las “bocas” de venta de pasta base? ¡Si fuera tan sencillo…! Las patéticas Madres de la Plaza quieren que la Policía resuelva un problema que no es policial, porque piensan que las autoridades deben protegernos de todos los males, como esperan las mentes infantilizadas.

Si una sustancia fuera dañina –y no hay ninguna que lo sea por naturaleza, sino por el uso que de ella hagan las personas, como ya sabían los antiguos griegos–, el Estado no tiene que prohibírmela, como suponen quienes creen que una autoridad, o el código penal, están para protegernos de cuantos “peligros” nos acechan en la vida, sino informarme de sus eventuales daños para que yo decida si quiero correr los riesgos del caso. Se trate del cigarrillo, del coche, de la bebida, del sexo callejero, la glotonería o del vicio que se quiera.

El resto es puro fetichismo. Asunto de gentes con fe, que creen que el sacrificio de un macho cabrío las protegerá de todos los males y peligros.

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