Che Guevara que estás en los cielos*

Cada aniversario del asesinato del Che Guevara es una ocasión para que se le rinda culto y devoción, incluso para que algunos lo eleven a la categoría de santo. A cuarenta y un años de su muerte puede decirse que la figura del Che Guevara ha sido deshumanizada e instalada fuera de la historia, como ocurre con todos los próceres.

Por razones fácilmente comprensibles, la ritual celebración de los últimos años ha sido ocasión para que proliferen artículos y ensayos sobre un fenómeno particular: la trivialización y mercantilización de la figura del “guerrillero heroico”. La indignada denuncia de este uso espurio de un líder revolucionario, cuya preocupación primordial habría sido enterrar el capitalismo, lleva implícita la idea de que hay un Guevara de escaparate, de consumo masivo –el impreso en llaveros, postales y camisetas, que habría sido domesticado y convertido en políticamente correcto– y un Guevara “auténtico”, el de las esencias revolucionarias, que el puro negocio se habría propuesto ignorar. Estas líneas pretenden ocuparse, pues, del auténtico Guevara.

Los escandalizados por la versión soft del Che que propaga la industria no se cansan de destacar un aspecto que consideran central en su biografía: la coherencia entre pensamiento y acción, la insobornable fidelidad a sus ideas, el heroísmo con el que se entregó a la causa revolucionaria, que le llevó incluso a sacrificar su propia vida. Puede entenderse este enfático señalamiento en medio de cierta frivolidad imperante, pero nada excepcional hay en esos caracteres del Che Guevara. Desde tiempos inmemoriales ha habido hombres y mujeres que fueron capaces de defender sus convicciones aun en las circunstancias más adversas. Cada día asistimos a actos de heroísmo, incluso al martirio, en nombre de las causas más diversas y estrafalarias, reaccionarias incluso. Se lo puede formular así: la inmolación por una causa nada nos dice de los méritos (ni de los deméritos) de esa causa. Militares fascistas, sacerdotes de todos los credos, políticos liberales, fanáticos de todas las ideologías y miembros de todas las sectas han sido y siguen siendo capaces de dar la vida por los dogmas que abrazaron. De modo que por muy auténtico que haya sido, nada de excepcional hay en este aspecto de la vida del Che Guevara.

Pero mucho más importante que la falta de originalidad de tales rasgos es que no merecen que se los convierta en virtudes. El valor, la bravura y las agallas suelen ser virtuosos para quien cree que no hay nada que pensar, discutir ni pactar –que es lo propio de la política–, porque está persuadido de que la senda está trazada y sólo hay que recorrerla. Pero como ya dijera Juan Carlos Onetti, un hombre valiente y con fe es tan peligroso como una fiera herida. Es que los profetas convencidos de que están en el mundo para cumplir la misión de anunciarnos el advenimiento de una nueva era (sea en versión laica o religiosa) suelen subordinarlo todo, incluida la vida propia y las ajenas, a la realización de sus profecías.

No estoy sugiriendo que el doble rostro de un Che romántico y austero y un Che fanático y despiadado que ponen en evidencia numerosos episodios de su vida esté revelando una impostura. Todo lo contrario: hay una coherencia absoluta entre la austeridad del Che, su entrega, su disciplina espartana, su culto del sacrificio, su desprecio de los privilegios que tenían los miembros de la nomenclatura cubana, su implacable determinación de inmolarse si fuera necesario y su convicción de que cualquiera que fuese el tributo que demandara la causa revolucionaria estaba justificado. Los apóstoles de todos los credos están convencidos de que el fin justifica los medios. El Che es apenas uno de los tantos ejemplos disponibles de individuos que creyeron que sus semejantes eran “combustible de la historia”, que la revolución no puede andarse con remilgos humanistas. Lo preocupante de los que están dispuestos a morir por un ideal, y nunca se insistirá lo suficiente en esto, es que también suelen estar dispuestos a matar. Y el Che también fue un ejemplo de ello. Y no a su pesar, como pretende la leyenda del revolucionario idealista. En un mensaje de 1967 a la Tricontinental hace el elogio de “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar“.

La paradoja de quienes se indignan con la perversa amputación que habrían hecho los mercaderes de la figura del Che es que, salvo una ínfima minoría, tampoco ellos defienden explícitamente la vigencia de su incierto pensamiento, y a su manera también se quedan con el Che de las “buenas intenciones”. Pero no se puede divorciar el dudoso idealismo del Che, que según muchos seguiría vigente, de sus ideas políticas, que pocos se atreven a reivindicar en público.

Su actividad e ideas políticas marcaron una época, dividieron las aguas de la izquierda y condujeron a miles de jóvenes latinoamericanos a empuñar las armas en selvas y montañas, donde encontraron la muerte o padecieron la indiferencia de quienes en el imaginario guevarista estaban llamados a sumarse a su rebelión. Quienes aún hoy se ufanan de ser sus herederos deberían, pues, ser los primeros en negarse a confinar sus primitivas ideas políticas a los archivos del departamento de historia de alguna Facultad o a conservar únicamente al Che impoluto, el de las buenas intenciones. Deberían defender su ideario en la arena pública.

Cuando me refiero a sus ideas, no estoy pensando únicamente en su aspiración a una sociedad más justa y libre, sino también a las formas de acceder a ella. Ambas cuestiones son inseparables en cualquier estrategia y teoría del cambio social. Dado que entre los muchos que aspiran a desterrar la injusticia y la opresión de este mundo hay más desacuerdos que acuerdos (como ocurre incluso entre los que descreemos que tan loable propósito pueda alcanzarse cabalmente bajo el capitalismo), las ideas acerca de cómo lograrlo son acaso tan o más importantes que el mítico lugar de arribo, en el que al parecer nos instalaríamos por los siglos de los siglos. Afirmar que se comparte el ideal del Che Guevara de una sociedad justa e igualitaria (una afirmación nada sencilla de sostenerse por cierto) y al mismo tiempo desentenderse de la discusión sobre cómo acceder a ella es afirmar una perfecta banalidad, que todo el mundo podría suscribir. Proclamar que se está en contra del estado actual de cosas y apelar a la mera voluntad para superarlo se parece más a una ensoñación que a un posicionamiento político. Aquí reside precisamente la diferencia entre las buenas intenciones y una política fundada en argumentos que expliquen quiénes, por qué y cómo emprenderían ese cambio radical de la sociedad. En el caso del Che se echa en falta la segundo o, más precisamente, cuando intentó ponerse a la altura de ese desafío desembocó en un delirio teórico y en una tragedia práctica.

¿Qué queda, pues, del Che si se lo despoja de su aura romántica y heroica?, ¿hay algo que rescatar de su legado para la acción política en los tiempos presentes? Después de haber leído buena parte de sus escritos y mucho de lo que otros han escrito sobre su “pensamiento”, creo que nada. Quienes pretenden lo contrario, dirán que su idea del socialismo (“hombre nuevo” incluido) y su teoría de la guerra revolucionaria han sido aportes originales al desarrollo del ideario socialista. Ninguna de las dos son inventos del Che Guevara, hay que decirlo.

El Che Guevara, al igual que Stalin y Mao, tenía una idea completamente mistificada del socialismo; estaba convencido de que en Cuba se estaba construyendo una sociedad sobre bases enteramente diferentes a la capitalista. (No voy a repetir aquí mis argumentos de por qué pienso que Cuba no es una sociedad socialista, porque ya lo he hecho en otro texto en este mismo blog, al que remito a quienes estén interesados en el tema.) Creer, como creían el Che, Mao y Stalin, que era posible un archipiélago socialista en un océano capitalista hubiera hecho sonrojar a su supuesto mentor ideológico, el señor Karl Marx. Precisamente esa ilusión fue la que condujo a erigir los opresivos regímenes que imperaron e imperan en el llamado socialismo real, porque sólo por la fuerza puede fundarse (intentar fundarse más bien) un régimen para el cual no están dadas las condiciones económicas, sociales y culturales. Pretender instaurar un orden que no esté regido por las determinaciones de la producción mercantil en un país atrasado desde el punto de vista del desarrollo capitalista, sometido a la tiranía de la necesidad, y en particular cuando en los países más desarrollados impera una economía de mercado, es una gigantesca quimera. Y a ella se aplicaron tanto los revolucionarios cubanos como rusos y chinos. Al menos al principio, puesto que una vez consolidadas sus respectivas dictaduras sospecho que tenían plena conciencia de que aquello no era el “paraíso socialista” que evocaban.

De más está decir que el Che jamás despertó de ese sueño. Ni siquiera cuando el mismo ya se parecía a una pesadilla. De ello dan cuenta su fracasada pretensión de que los intercambios comerciales entre países “socialistas” no estuvieran regidos por estrictos cálculos de costos de los bienes intercambiados y su famosa teoría de los estímulos morales para aumentar la productividad de los trabajadores cubanos, que era una de sus obsesiones. (“hay que aprovechar hasta la última partícula de trabajo que se pierde del hombre. El socialismo es la racionalización del trabajo. No se trata de la explotación, de exprimir al obrero, sino de que el obrero consciente de sus deberes (…) vaya haciendo más racional su trabajo”, escribió en febrero de 1964). El “hombre nuevo”, al que el Che Guevara quería dar forma como se le da forma a una figura de plasticina, faltó con aviso. Y no podía ocurrir otra cosa en una isla monoproductora de caña de azúcar en la que el trabajo suministrado por cada uno siguió siendo la medida de lo poco que se podía adquirir en el mercado.

Eso no lo empujó a revisar sus consideraciones sobre la Unión Soviética y Cuba, a las que siguió considerando sociedades socialistas, lo que da cuenta de forma más que elocuente del tipo de sociedad justa y libre que tenía en la cabeza el “romántico” guerrillero. En su desvarío, Guevara llegó a sugerir en un artículo que en Cuba se podía comenzar a caminar hacia el comunismo.

El Che jamás se apartó de la ortodoxia, a pesar de que algunos quisieron creer que detrás de sus tímidas críticas al burocratismo soviético se ocultaba un trotskista tropical. Otro tanto puede decirse de la supuesta oposición entre un Che libertario y un Fidel prosoviético, de la cual no hay más que especulaciones y conjeturas, pero ningún documento, dato o testimonio que la confirme.

La idea de revolución como acto fundante de una nueva era, que buena parte de la izquierda latinoamericana consideró una seña de identidad del castrismo/guevarismo tampoco es demasiado original. En verdad, se la debemos a los revolucionarios franceses del siglo XVIII. De allí nació la creencia de que existe una relación necesaria entre una revolución política y un nuevo orden social. Pero ni la revolución francesa creó el capitalismo en Francia ni las revoluciones rusa y cubana crearon el socialismo. En verdad la descomposición del orden feudal, que la hizo posible, comenzó mucho antes de la revolución francesa y el despliegue definitivo del “orden burgués” insumió la mayor parte del siglo XIX y bajo gobiernos no siempre “revolucionarios”. Los revolucionarios rusos y cubanos derrocaron tiranías más o menos arcaicas pero sucumbieron ante el desafío de crear una sociedad nueva.

La confusión tal vez provenga de ese dogma guevarista consistente en que las aguas que separan a los que quieren cambiar el mundo de los que supuestamente se habrían resignado a mejorarlo pasan por esos conceptos clave: revolución, toma violenta del poder. De esto sabemos mucho en América Latina y en particular en este país, donde una guerrilla urbana consideraba que su carácter revolucionario y el reformista del Partido Comunista, con el que después de todo compartían las mismas ideas, residía en la actitud de unos y otros frente a la lucha armada. “Cambiar el mundo”… he aquí una consigna seductora propia del pensamiento revolucionario que merecería unas cuantas precisiones. No las voy a hacer ahora, pero al menos permítanme impugnar la creencia de que esa hercúlea tarea es posible si un grupo de ‘cambiadores del mundo’ se apodera del aparato administrativo del Estado y empieza a diseñar una nueva sociedad a golpe de decretos y encarcelamientos de contrarrevolucionarios.

La toma del poder –una obsesión casi excluyente en la vida y la obra del Che– puede terminar con una dictadura, con una casta burocrática e instaurar un régimen político diferente, pero no puede ponerse por encima de la historia y crear abundancia donde reina la necesidad, no puede inventarse un sujeto revolucionario ni imponerle motivaciones y deseos a los individuos para que luchen por lo que a todas luces no quieren luchar, ni puede, en fin, crear por decreto la cultura social de la que tal vez algún día podrán (o no) emerger individuos interesados en relacionarse entre sí como seres autónomos y no como piezas de un engranaje abocado a producir y consumir. Claro que esta segunda perspectiva la pueden asumir únicamente quienes saben que las grandes transformaciones culturales, sociales y económicas son el resultado de lentas mutaciones históricas, a las que suelen ser indiferentes los héroes con mayúsculas como el Che. No es que la política no tenga nada que hacer para estimularlas, o incluso acelerarlas, pero las iniciativas en esa esfera deben estar ancladas en lo real, de lo contrario son puras ensoñaciones de la voluntad.

Si estas consideraciones no fueran suficientes para refutar la vigencia del pensamiento del Che, queda la evidencia de que apoderarse del aparato administrativo de un Estado nacional (si en eso consistiera la sacralizada toma del poder) nada garantizaría. Es que vivimos en una época en la que esos mismos Estados nacionales, atados al territorio como los siervos a la gleba, se han revelado impotentes para sustraerse a los imperativos de una economía globalizada para la que las fronteras no constituyen obstáculos.

El corolario de sus intuiciones revolucionarias (que no otra cosa era el llamado pensamiento del Che) fueron los manuales de guerra de guerrillas y sus aventuras en el Congo y Bolivia, alimentadas por la fantasiosa esperanza de que la carambola de la historia que fue la revolución cubana podía repetirse. Curiosamente, esos episodios de su biografía son los que más perduran y los que han hecho del Che el ícono que sigue siendo en nuestros días. Resulta curioso no porque desembocaran en monumentales y trágicos fracasos, sino porque incluso en su momento quienes no tenían la arrogante omnipotencia del Che ya sospechaban que los fundamentos políticos de esos proyectos eran de una pavorosa fragilidad y que ignoraban casi todo acerca de las sociedades que pretendían transformar.

La idea inherente a su teoría foquista de que un grupo decidido de luchadores podía convertirse en la chispa que encendería la mecha de la revolución es una de las teorías más disparatadas que ha concebido la izquierda en el mundo (y ha concebido unas cuantas). En América Latina llevó a la muerte a miles de militantes cuyas energías hubieran sido mucho más fecundas en otros quehaceres. De su andadura por el Congo quedan algunos relatos de la indiferencia y el pasmo que suscitó su presencia. Y en Bolivia experimentó más la delación que el fervor revolucionario que, contra cualquier consideración razonable, esperaba de los campesinos de ese país. En el resumen del mes de abril de 1967 de su diario boliviano puede leerse: “… la base campesina sigue sin desarrollarse, aunque parece que mediante el terror planificado lograremos la neutralidad de los más, el apoyo vendrá después”.

Después de este sumario recorrido por los dos grandes aportes teóricos del Che, queda en pie la pregunta de si acaso el Che canonizado por sus apologistas de izquierda no estará tan alejado del auténtico como lo está el ícono que se usa para vender camisetas.

* Este texto también fue publicado (y amputado) en el semanario Brecha de Uruguay.

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6 Responses to Che Guevara que estás en los cielos*

  1. María José Santacreu dice:

    ¿Hasta siempre, comandante?

    Seguramente Jorge Berreiro piensa que los lectores de Brecha no difieren mucho de los que portan la bandera del Che Guevara en los estadios de fútbol, los que no dejan ni a sol ni sombra su camiseta estampada con el rostro del guerrillero, los que, como Maradona, llevan tatuada la imagen del argentino en alguna parte de su anatomía. Sólo así se entiende su artículo “Che Guevara que estás en los cielos”, es decir si pensamos que Barreiro se dirige a unos lectores que poco o nada saben del Che y a los que supone engañados por esa mistificación a la que alude. Así, estas líneas no se dirigen tanto a Barreiro sino a preguntarnos si un artículo como el citado arroja alguna luz sobre lo que fue el Che Guevara, si aporta alguna reflexión relevante sobre su figura o su legado.
    Los argumentos de Barreiro y la manera como los presenta son de una llaneza y esplendidez sorprendente.
    Básicamente:

    a) estar dispuesto a dar la vida por un ideal no es un valor en sí (hasta hace bien pocos años, cuando la posmodernidad decidió imponer su relato de que los grandes relatos habían muerto, sobreponerse al interés individual en aras de uno que nos excede era la base del altruismo, la solidaridad, la generosidad, etcétera, valores todos ellos muy caros para aquellos que, a diferencia de Barreiro, no creen que el individualismo y el relativismo sean sinónimos de suprema inteligencia, sino todo lo contrario. Creo ocioso señalar –aunque en el fondo ya no estoy tan segura– que, por ejemplo, “Peñarol” no es un ideal);
    b) quienes apelan al valor, la bravura y las agallas es porque no quieren o no pueden pensar, discutir o pactar (algo así como afirmar que el que es pobre lo es porque no quiere trabajar);
    c) quienes están dispuestos a morir por una causa suelen estar dispuestos a matar por ella (podría decirse que es mucho más frecuente que quienes tienen suficiente poder para no tener que morir por una causa, suelen estar dispuestos a mandar matar por ella);

    d) las ideas políticas de Guevara eran “primitivas” y para nada originales (lo que habilitaría a una desmitificación de Marx en base a su patética performance como guerrillero);
    e) el orden que quisieron implantar era una quimera para el cual no estaban dadas las condiciones materiales, culturales, económicas y sociales (con el “condicionómetro” seteado en 2008 es facilísimo de sentenciar)
    Pero poner a la figura de Guevara en toda su dimensión histórica no parece ser asunto de Barreiro. Harto de romantizaciones, opone una desromantización de signo opuesto: la del fanático iluminado, obnubilado por una misión que nadie quería ni necesitaba, alegre asesino a sangre fría y feroz capataz tras la última gota de plusvalía de los obreros si de construir la patria socialista se trataba. Escamoteado el contexto, el cronista se sitúa en un siglo XXI en el que cualquier atropello es tolerado, siempre y cuando venga blanqueado con las palabras “libertad” y “democracia”, dando por sentado que los avances en las libertades y los derechos de que disfruta son inherentes a ésta y no producto de una lucha que hizo eclosión en los sesenta, inspirada en gran medida por el ejemplo de posibilidad que fue la revolución cubana. El escriba, sin embargo, no cree dirigirse a los guevaristas de camiseta –porque no hay problema en que Guevara habite el lugar que le pertenece, es decir, el pecho de los que no piensan– sino a iluminar a los que “creen que piensan” pero que en el fondo no se distinguen demasiado de los primeros. Así, Barreiro acomete el penoso recorrido de sus argumentos destinados a demostrar que no hay diferencia entre unos y otros.
    Sin embargo esto no sería más que un detalle, algo parecido a lo que sucede cuando preso del efecto de algun alucinógeno uno cree, por un momento, haber visto claro –y, cuando se le pasa el efecto, sucede algo parecido a lo de la novela Guía del viajero intergaláctico, en el que se descubre el sentido de la vida y resulta ser… 42.
    Y es que lo que está en el fondo de la nota de Barreiro es la perogrullada del que no puede creer que –en pleno siglo XXI– alguien que se considere racional no esté convencido de que la democracia ha sido siempre el único camino y que los buenos –si buenos– ni odian ni matan, porque están obligados a convencer sólo con sus ideas (y aquí es Barreiro el que le exige al Che ser un santo y en el fondo uno lee la nota con un poco de piedad, percibiendo en Barreiro todas las señales del tardío y violento despertar de un ex guevarista de camiseta). No puede concebir que, hoy día, alguien medianamente razonable (y aquí el modelo es Cioran) no prefiera a aquellos que no defienden mucho sus ideales porque tienen la virtud de ser inofensivos (lo cual para Barreiro es el valor que se contrapone al no-valor de estar dispuestos a dar la vida por un ideal). Para el escriba es inaudito que alguien en sus cabales no crea que la teoría es dominio de los inteligentes y la práctica de los brutos, ni que no sea la cima de la sensatez que los que por definición no tienen poder se sienten a esperar a que los responsables de que nunca estén dadas las condiciones para los oprimidos se decidan a facilitarlas. En consecuencia, Barreiro parece plantear que cualquiera que no piense de esta manera es un peligro para la humanidad, un irracional, simplemente porque es propenso al entusiasmo.
    Sin embargo, el problema con la nota de Barreiro, publicada en un semanario como Brecha, no es que sus argumentos sean, en el mejor de los casos, inauditamente ingenuos y poco originales (y, en el peor, o bien cínicos o bien francamente reaccionarios). Esto, a lo sumo, logrará que los lectores del semanario se enojen un poco y, tal vez, contesten. Digamos, por ejemplo, que alguno señale que una nota como esa niega la legitimidad de alzarse contra la opresión, de resistir la injusticia, de levantarse contra el orden establecido. Tal vez, entre los menos irascibles, logre que apenas se le dedique alguna ironía (¡Pensemos, pactemos, discutamos con el simpático señor de los cañones!). No. El problema con la nota de marras es que en Brecha hayamos creído que cumplía con los estándares argumentativos básicos para sostener su propuesta de terminar de una vez por todas con el mito del Che y merecer una página y media del semanario (mientras la otra página y media se dedicaba a las dificultades de un cuadro de fútbol para llamarse El Che y, en un recuadro se daba cuenta del malestar de los periodistas de El País de Madrid ante un editorial que esgrimía similares argumentos a los de Barreiro).
    Yo entiendo que en Brecha abramos las puertas a opiniones divergentes, a la reflexión, incluso al revisionismo histórico. Sin embargo, la extraña configuración elegida tiene el efecto de jerarquizar una nota que –apropiándose del aura de un racionalismo nihilista que ya era viejo antes de que Guevara naciera– replica la retórica más conservadora de los tiempos actuales, en los que la unión guerrillero-terrorista está a la orden del día y en los que se agita el fantasma de los “iluminados que matan” como recurso efectivo para espantar a las personas que no suelen prestarle mucha atención a los no tan iluminados que matan sistemáticamente, una nota sostenida con argumentos asusta-viejecillas, un chasquibúm de efecto –cuarenta años y millones de neuronas– retardado. Si, por el contrario, la intención fue dar cuenta de las chicanas del pensamiento por medio de las cuales cierta izquierda hace propias las más ramplonas acusaciones de la derecha (ser apólogos de la violencia y enemigos de la democracia, por ejemplo) la nota de Barreiro brilla en todo su esplendor y revela que, todavía hoy, declaraciones como las de los periodistas de El País de Madrid distan mucho de ser innecesarias.

    María José Santacreu (periodista de Brecha)

    La fecha con la que figuran estos comentarios no se corresponde con la fecha en la que efectivamente tuvo lugar esta polémica, en octubre de 2008.

  2. Jorge Barreiro dice:

    Voy a tratar de responder a los anatemas, adjetivos y acusaciones que me dedica María José Santacreu a raíz de mi artículo sobre el Che Guevara. Al parecer soy “inauditamente ingenuo”, repito “la retórica más conservadora”, recurro a “argumentos asusta-viejitas”, hago propias “las más ramplonas acusaciones de la derecha”, comulgo con los que creen que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar” (¿¿??) e incurro en el crimen de “legitimar los atropellos siempre y cuando vengan blanqueados con las palabras libertad y democracia”. No voy a defenderme de semejantes acusaciones, ni de otras que atraviesan toda su carta, porque se trata de un recurso canallesco utilizado largamente por (una parte de) la izquierda cada vez que alguien osó dudar de sus certezas. Es grave afirmar alegremente y sin pruebas que legitimo atropellos siempre y cuando se hagan en nombre de la libertad y la democracia. Jamás dije ni escribí semejante barbaridad. No lo hago en nombre de la democracia y la libertad, pero tampoco en nombre del socialismo, el hombre nuevo, la revolución, los abstractos imperativos de la historia ni de ninguna de las bellas palabras con las que los dictadores de derecha e izquierda pretendieron justificar sus atropellos… y crímenes.

    Sólo voy a referirme a las escasísimas líneas de MJS en las que asoma un argumento. La mayor parte de su texto es un compendio de agresiones, frases ingeniosas e ironías del tipo “¡pasen y vean lo que dice este monstruo derechista!”, pero se cuida muy bien de decir qué piensa ella, lo que no deja de resultar paradójico en una crítica tan severa del relativismo posmoderno. Hasta donde alcanzo a ver, los delitos que me imputa son los siguientes:

    1. Haber hecho una lectura ahistórica de la figura del Che basada en los resultados del fin de semana aparecidos en el diario del lunes. La sugerencia de que los críticos del foquismo opinan con los resultados a la vista, revela una enorme ignorancia sobre las virulentas polémicas que provocaron las iniciativas del Che y sus herederos en la propia izquierda. Ya en aquellos años (no en 2008) no faltaban los partidos ni los militantes (de izquierda) que creían que la lucha armada era un disparate mayúsculo en la mayoría de los países de América Latina.

    Creo por cierto que no tiene sentido moralizar la historia. Estoy de acuerdo en que no se puede juzgar el pasado con los valores contemporáneos. No tendría sentido, por ejemplo, indignarse porque Nerón no respetara la Declaración Universal de los Derechos Humanos o acusar a Colón de no haber percibido la discriminación de género. Sería un ejercicio inútil. Los juicios morales y políticos son pertinentes cuando una persona hizo lo que hizo pero pudo haber hecho una cosa diferente.

    Ahora bien, no creo que todo esto sea aplicable al Che. El Che era un hijo de la modernidad, actuó bajó los valores morales y políticos de este tiempo, a tal punto que muchos sugieren que sus ideas siguen vigentes. De modo que no estoy analizando críticamente a un personaje de otra época con herramientas de la actual. Mientras alguien diga que podemos inspirarnos en Guevara, la controversia no será historiográfica, sino política.

    De todas formas, estoy de acuerdo en que el Che Guevara no cayó del cielo (aunque algunos lo creyeran un ángel), pero eso no nos inhabilita a tener un acercamiento crítico respecto de su vida y su obra. Si así fuera, tampoco podríamos ocuparnos críticamente de Hitler o de Stalin, porque claro, ahora es muy fácil…

    MJS sugiere (nunca afirma) que si hubiera puesto a la figura del Che “en toda su dimensión histórica” podría entender cosas que no lucen demasiado bien a primera vista, que el fango del que está hecha la historia obliga a los verdaderos revolucionarios de acción (no a los espíritus contemplativos) a ensuciarse las manos y dejar de lado remilgos humanistas y pruritos democráticos. Pues bien, después de leer su carta no encontré el menor rastro de esas especiales circunstancias históricas que yo habría ignorado y que absolverían al Che de cualquier pecado. Me pregunto si el sambenito de “relativismo posmoderno” que me colgó no le caerá mejor a MJS que a mí, porque sembrar el terror para neutralizar a los indiferentes a la causa, convertir a los revolucionarios en máquinas de matar y racionalizar el trabajo de los obreros cubanos parecen ser a sus ojos afirmaciones que hay que relativizar, demasiado complicadas, sobre las cuales no podemos pronunciarnos categóricamente. De modo que ¡aguardemos el juicio de los historiadores y santas pascuas!

    2. Ser un ingenuo que queda perplejo ante la presencia de la violencia en la historia. No tengo la menor duda de que la historia moderna es una historia plagada de carnicerías… en nombre de dioses, patrias, razas, revoluciones, principios inmaculados y cuantas grandes causas se han inventado los humanos para justificar el exterminio de los apóstatas, los enemigos o los desviados. Sí, ha corrido mucha sangre. Y esa violencia me espanta (puede agregar MJS a la lista de mis pecados el de moralismo pacifista) porque creo que una perspectiva emancipatoria sólo puede serlo si se propone desterrar la violencia de las relaciones entre los humanos. Con Camus, quedo perplejo cuando “escucho decir que se necesitan unos muertos para llegar a un mundo donde no se mate”. También me escandaliza la frívola facilidad con que muchos revolucionarios traspasan las responsabilidades propias a la cuenta de “la historia”.

    Claro que hay violencias y violencias. No tengo la menor duda acerca del derecho a resistir la opresión ni, por poner el primer ejemplo que se me ocurre ahora, de haber recurrido a las armas para defender a la República española frente a las hordas franquistas que avasallaron la democracia. Pero ¿qué tiene que ver eso con la violencia emprendida por sectas de guerrilleros iluminados a las que los oprimidos y explotados, en cuyo nombre empezaron a pegar tiros, no les pidieron que fueran a salvarlos de las miserias que padecían? ¿Qué tiene que ver el derecho a resistir la opresión con la creación de un foco guerrillero en Bolivia o en el Congo por un argentino-cubano que creía que estaba llamado a redimir a los oprimidos inconscientes de sus “verdaderos intereses”? ¿Qué tiene que ver la resistencia a la opresión con el tiro en la nuca y los tribunales revolucionarios que cientos o miles de guerrilleros llevaron a cabo por sí y ante sí y sin derecho a la menor defensa del acusado, simplemente porque se sentían amparados en la gran causa?

    Lo que sucede, me parece, es que a la cadena expositiva de mi enojadísima crítica se le perdió un eslabón (de pura lógica formal). Ese eslabón perdido es el que nos permitiría entender cuál es el vínculo entre la eterna aspiración humana a la justicia y la libertad y la estrategia guevarista. ¿Acaso la segunda se desprende necesariamente de la primera? MJS no lo explica.

    Mi nota no niega el derecho a alzarse contra el orden establecido, sino que critica el simplismo (implícito en la carta de MJS) de que una vez constatada la iniquidad del orden del mundo y teniendo a disposición una “teoría” acerca de los remedios a tantas calamidades, se comprende perfectamente que se eche uno el fusil al hombro y vaya a pelear en nombre de los desheredados. Con total independencia de lo que quieran esos desheredados. ¡Y resulta que el ingenuo soy yo!

    3. En el fondo lo que viene a sugerir MJS (aunque no lo diga) con su acusación de que ignoro el contexto histórico es que el Che fue la personificación de una “necesidad histórica”, que resulta tan claro como la luz que fue el vehículo de un imperativo del devenir, que fue a través suyo que la hegeliana astucia de la razón se abrió paso en la espesura de la historia, aunque los sujetos de la misma no fueran conscientes del favor que les estaba haciendo. No, el gran análisis histórico de la época cuya ausencia MJS reprocha a mi artículo, no explica automáticamente las decisiones que tomó Guevara. Afirmar semejante cosa sería como decir que “por algo” habrá sido que existió el Che (aunque ella se cuide bien de explicarnos en qué consistió ese algo). De la misma forma podría decirse, “por algo” apareció el nazismo. El contexto histórico no “determinó” que el Che hiciera lo que hizo, porque salvo para los manuales de materialismo histórico, la historia es algo indeterminado, abierto a la intervención de los hombres. Estos también pueden elegir. Dentro de las condiciones de su tiempo, pero pueden elegir. Y el Che eligió ir a salvar campesinos ignorantes del papel que estaban abocados a cumplir.

  3. Daniel dice:

    Coco, totalmente de acuerdo.
    Claro y simple. Valiente, y de una actualidad, que queda demostrada por la respuesta que recibiste -y bien contestaste- que parece una caricatura de los esquemas que congelan el pensamiento de nuestra izquierda.

  4. Maruja dice:

    Si hubiera descubierto antes este post!! Además de la valentía de expresar estas ideas, creo que el articulo es buenísimo. Es la primera vez que leo un tratamiento tan desmitificador de la figura del Che. Mientras la izquierda no deje de adorar a figuras mesiánicas y fantasiosas como el “guerrillero heroico”, seguirá en problemas.

    Por lo visto, sigue habiendo gente (como la que critica este artículo) que cree que siempre vale la pena dar la vida por una idea, independientemente de cual sea esa idea. ¡Qué peligro! Sobre todo si se tiene en cuenta que el Che estaba además de dar la suya, dispuesto a cobrarse la de otros por esa idea.

    El Che pensaba que su condición de iluminado y defensor de una “causa justa” lo autorizaba a matar soldaditos bolivianos. Como se dice en el articulo, la teoría es de un simplismo que asusta: si hay que corregir injusticias, estamos autorizados a tomar las armas y “hacer una revolución” y arrasar con quien se ponga delante.

    Muy interesante, tu blog, lo voy descubriendo a poco.

  5. Francis dice:

    Muy, muy, muy bueno. Gracias por estas reflexiones

  6. Lechuga Sazonada dice:

    Es bueno que ya nadie considere muy lírico y revolucionario matar soldaditos bolivianos en nombre de “la liberación” y que nadie crea que ser de izquierda consiste en irse a una selva (o a una ciudad) a organizar un foco guerrillero. La mayoría de los que se entusiasmaron con esos sueños no dicen porqué los abandonaron. Largaron el muerto por la borda y se hacen los distraídos y silban bajito como diciendo “pero si toda la vida pensamos lo mismo que ahora”. Es el procedimiento de siempre en cierta izquierda: cambiamos cada vez que conviene pero siempre en nombre de las sagradas tradiciones.

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