Que alguien explique esto, por favor

El actual desbarajuste financiero que se abate sobre el mundo resulta incomprensible para las mentes poco dotadas. Los misterios de la economía son inaccesibles a los legos. Al parecer sólo a los entendidos les es dado conocer la ingobernable dinámica de los mercados. Los demás debemos resignarnos a padecerla, dado que los que sí han desentrañado la naturaleza de los caprichos de la economía nos explican que todo iría mucho peor si se nos ocurriera desconocer sus leyes de acero.

Lo curioso es que desde hace no menos de veinte años venimos escuchando que si no hacemos bien “los deberes” (lo que en español corriente quiere decir otorgarle a los inversores las condiciones que reclaman) mil plagas se abatirán sobre nosotros. Pues bien, hechos los deberes con mayor o menor aplicación, la catástrofe provocada por esos mismos inversores ha llegado una vez más. No lo entiendo

Los defensores de la libertad económica no se han cansado de repetir estos últimos años que el mercado es el dispositivo que mejor asigna los recursos, que premia al eficiente y castiga al vago y al menos emprendedor, que el apetito de ganancias evita el despilfarro y conduce al progreso de todos y que, si la desprestigiada política no perturba la paz de los negocios, la riqueza resultante terminará derramándose por toda la sociedad. Pues bien, resulta que después de haber asistido a un largo período de libertad económica y sin que nadie se atreviera a sugerir que esas actividades, como cualquier otra actividad humana, podrían ser objeto de la planificación consciente de los involucrados en ella (es decir todos), nos encontramos con que la promesa del derrame ha sido reemplazada por una amenazadora advertencia: si no aceptamos lo inevitable ─es decir entregar los recursos de todos para reparar el desaguisado─, deberemos prepararnos para lo peor. No lo entiendo.

Ahora escuchamos palabras como blindaje, rescate, responsabilidad, intervención estatal, para darnos a entender que hay alguien que está al mando de una nave sin rumbo. Que la política se abstuviera de contaminar el inmaculado universo de la economía era, así se nos dijo, el requisito de la buena salud de esta última. En flagrante oposición a cuanto se nos decía hasta ayer, ahora se pide a los gritos que la política aplique tantas inyecciones de dinero como sean necesarias para salvar al moribundo. No lo entiendo.

¿Por qué no reconocen que en verdad no están en condiciones de manejar un metabolismo económico fundado precisamente en decisiones individuales cuyos resultados escapan a cualquier previsión, cálculo o anticipación? El capitalismo financiero, de cuya suerte al parecer dependen en estos días nuestras vidas, es por eso mismo una fuente permanente de incertidumbre. La actual crisis financiera demuestra justamente que no es posible anticiparse a los resultados y consecuencias que traerá aparejada una actividad emprendida por agentes totalmente autónomos que sólo buscan maximizar sus beneficios, desentendiéndose de las consecuencias que no los afectan directamente o que no tienen un impacto a corto plazo. No podría ser de otra manera cuando el acicate de la artificiosa actividad que hoy está en el banquillo de los acusados no es la creación de riqueza material auténtica (apenas un resultado aleatorio de sus actividades), sino incrementar el precio de unos títulos de fantasía que no valen lo que dicen o ganar con hipotecas que nadie está en condiciones de pagar. Bajo el reino del mercado, el resultado de las voluntades individuales autónomas, espontáneas, que se desentienden de cualquier consideración social, no es necesariamente la suma de esas voluntades. Puede llegar a ser incluso su opuesto, un resultado no buscado por ninguno de los agentes económicos, incluida una crisis monumental como ésta, por ejemplo. El capitalismo tiene un cuerpo vigoroso, pero carga con demasiados cerebros, que piensan por su cuenta y sin consultar al de al lado. En esas condiciones, los colapsos cíclicos son inevitables

Si no caemos en la simplificadora tentación de atribuir una crisis como ésta a la maldad, la torpeza o la avaricia de algunos individuos, habrá que concluir que las crisis son inherentes al capitalismo. Hasta tenemos una experiencia acumulada de varios siglos en la materia (lo que no quiere decir que todas las crisis hayan sido idénticas). Sin embargo, los políticos, expertos y mandarines bursátiles están estos días a la búsqueda de una “anomalía” que explique lo que aparentemente no debió haber ocurrido. Los gurúes de las finanzas están estupefactos: piensan que alguien debió de hacer algo mal para que la fiesta se esté echando a perder. No se les ocurre pensar que incluso cuando las cosas van bien (sobre todo cuando van tan “extraordinariamente bien” que parece que el dinero se multiplica mágicamente como los panes y los peces) puede sobrevenir una crisis. Tampoco entiendo semejante sorpresa.

Hasta antes de ayer la mayoría de los gobiernos de América Latina aseguraban, razonablemente, que nuestro destino estaba atado al resto del mundo, sobre todo al mundo desarrollado; que en una economía globalizada, de crecientes interdependencias, era inconcebible el sueño de un destino independiente. Pero ahora parece que estamos “blindados” frente a cualquier contratiempo financiero que ocurra en el mundo desarrollado. Curioso, ¿no? No comprendo semejante optimismo. Y si los Estados disponen de tantos recursos como para aguantar cualquier cimbronazo, tampoco alcanzo a comprender por qué hasta el mes pasado “no había” dinero para aumentar el presupuesto de la educación, la salud o la construcción de viviendas.

Sí me explicaron esta aparente contradicción y la comprendí, creo, perfectamente bien. Con excepción del “ignorante” que dijo que era inmoral que un Estado tenga superávit fiscal cuando abundan los ciudadanos con necesidades básicas insatisfechas, cualquiera la puede entender. El Estado debe dedicar sus recursos a salvar al sistema financiero (como se hizo en Uruguay en 2002), porque si no le da a los bancos el dinero que perdieron al amparo de la sacralizada libertad económica, si queda en evidencia que algunos títulos de deuda son incobrables porque no valen ni el papel que les sirve de soporte, todo se puede ir al garete. Ya nadie le prestaría dinero a nadie, se colapsaría el flujo de créditos, la entera actividad económica se paralizaría. Y adivinen qué: el pato lo pagarían los trabajadores y los pobres… habrá menos empleo, nos embargarían las viviendas hipotecadas y toda lo que ya se sabe. Cualquiera podría decir que se trata de un chantaje. Pero no, la amenaza es totalmente real: siempre ha sido así, los platos rotos de las crisis los han pagado siempre los trabajadores y los pobres. Esto sí que lo entiendo.

En buen romance, lo que se nos viene a decir es que no se puede hacer otra cosa que seguir alimentando a la misma bestia que cíclicamente causa los mismos desmanes, porque si no lo hacemos destruirá todo el ecosistema en el que vive (y vivimos). Suena convincente, pero sigo sin entenderlo: lo que nos proponen es que sigamos echando combustible a un vehículo que está condenado a sufrir nuevas averías, que demandará más reparaciones y combustible para no detenerse (porque de lo contrario sobrevendrá lo peor) y así hasta el infinito.

Tampoco entiendo, o entiendo a medias, la aversión contemporánea a que los humanos planifiquen la vida económica –como hacen con tantas otras actividades–, se anticipen a los problemas, piensen en lo que necesitan producir y consumir y se pongan de acuerdo en cómo hacerlo y qué recursos y energías deben dedicar a cada una de las actividades, en lugar de dejarlo todo al libre albedrío de unas voluntades individuales, cuyas motivaciones son el lucro, incluido el lucro irresponsable que provoca catástrofes como la que nos ocupa en estos días. Digo que lo comprendo a medias, porque con toda seguridad esa aversión guarda relación con los fracasados experimentos del socialismo real.

Ya se escucha el coro: “no hay alternativas, lo real es el capitalismo, lo demás son fantasías de la voluntad”. Muy bien, no las habrá, pero una cosa no quita la otra. Que no haya alternativas políticamente viables, porque las mismas están fuera del horizonte cultural de nuestro tiempo, que la idea misma de alternativa al actual curso de la historia resulte ininteligible para la mayoría, no significa que debamos hacer el elogio de lo real. Aunque mañana se demuestre que el capitalismo es inherente a la naturaleza humana, y que por lo tanto nos acompañará hasta el final de los tiempos, no significa que debamos negar su carácter intrínsecamente injusto y despilfarrador.

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