La triste y atormentada historia del pasajero que quería leer en el ómnibus

Algo de por sí deplorable, como tener que ganarse el pan con el sudor de la frente, puede convertirse en algo más deplorable aun cuando ese bíblico mandato ha de cumplirse en pleno verano. Y más deplorable todavía, si el camino que conduce de casa al sudario debe realizarse en alguno de los vehículos de transporte público que surcan las arterias capitalinas.

El asunto puede llegar a ser un auténtico tormento si además a uno se le ocurre dedicar esa tediosa travesía a la lectura. Las empresas de transporte público, sépanlo, harán todo lo posible por estropear vuestros propósitos lectores.

Si tiene usted la mala fortuna de tener que ganarse el pan a la misma hora que la mayoría de los montevideanos, deberá aprender a adivinar cuántos asientos libres tiene el mastodonte que debe abordar no bien lo divisa en el horizonte. Una tarea nada sencilla para gentes mal dotadas de la vista como es mi caso. Si, como suele ocurrir, los asientos libres escasean, tiene usted dos alternativas: comportarse como un oriental ilustrado –figura tan omnipresente en la mitología patria como ausente en la vida diaria– y dejar subir primero a las damas, menores y ancianos, o bien comportarse como un oriental hecho y derecho y tratar de subir antes que cualquiera y –una vez en el vientre del mastodonte– abalanzarse sin escrúpulos sobre una de las pocas plazas que no estén ocupadas por viajeros de mirada absorta y gesto bovino.

Si optan por la primera alternativa, lasciate ogni speranza de poner el culo en un asiento y ojear siquiera el libro que llevan. He intentado tomar el volumen con una mano y sujetarme a alguna de las vértebras del metálico paquidermo con la otra. Pero se los desaconsejo. La experiencia es francamente frustrante: no pasarán de la primera frase de la primera página. Un frenazo dará por tierra con vuestros ilustrados empeños, una mochila se incrustará en vuestra nuca o algún infeliz desesperado por llegar 15 segundos antes al trabajo y complacer al jefe os atropellará sin miramientos.

Pero no hay mal que por bien no venga: el inevitable sentimiento de derrota se disipa en cuanto uno se da cuenta de que no podrá leer pero al menos tiene un interesantísimo y didáctico muestrario de la cultura contemporánea desplegado ante sus ojos. Un primer avistamiento indica que una parte significativa de los viajantes se encuentra con las orejas atenazadas por auriculares que dejan escapar unos sonidos inciertos pero atronadores; otros con ojos desorbitados clavados sobre teléfonos celulares mientras mueven los dedos con singular destreza; otros narrando a viva voz por teléfono pormenores de sus vidas domésticas, cláusulas de escrituras, iras acumuladas, amores improbables, sueños de grandeza, anuncios de días felices que sobrevendrán siempre en otro tiempo y en otro lugar. Miserias de la vida cotidiana, tan parecidas, tan iguales a las de todos que hasta le parece a uno estar escuchándose. Apestan; no por su inevitable banalidad, sino por su innecesaria exposición pública. Esta inútil tentativa de combatir el sinsentido de nuestra cotidianeidad que se atisba en la fiebre por estar-en-contacto se ha hecho tan universal que me digo que no estoy asistiendo a una expresión de la mismísima identidad nacional que tantos andan buscando en el seno de un chinchulín o en una foto de Maracaná.

Pero no eran estas perturbadoras constataciones las que me empujaron a escribir, sino la necesidad de compartir las vicisitudes del viajero que apenas quiere leer.

Hay días en los que no es necesario comportarse como un rufián para disponer de un asiento y leer tres páginas. La providencia, el azar, Dios, o lo que fuere, se ponen a veces de acuerdo y uno sube al ómnibus y contempla el milagro de seis o siete asientos vacíos. En estos días de estío y hastío empiezo a sospechar que ese privilegio no se debe a las previsiones tomadas por nuestras empresas de transporte colectivo para que los viajeros estén más cómodos, sino a que sencillamente hay menos gente que toma ómnibus. Una rápida mirada a los volúmenes de los posibles compañeros de asiento (no me refiero a volúmenes impresos, claro) basta para decidirse por uno. Cuando se tienen propósitos tan extravagantes e inauditos como leer en un ómnibus, puede uno prescindir perfectamente de las demás diferencias entre viajeros. Si las hubiere o hubiese, ya que a simple vista diríase que el lema de todo buen montevideano es ‘Parécete lo más que puedas a tu prójimo’.

Como sea, lo cierto es que a veces encuentro un asiento y otras incluso en las que el ómnibus está casi vacío. Esta vez voy a leer, me digo. Pero en un ómnibus de Montevideo la esperanza es lo primero que se pierde. Presten atención porque aquí está el núcleo de mi exposición, la hipótesis del naufragio de todas mis ilusiones, el objeto de mis iras: la radio, o mejor dicho el volumen al que al parecer los conductores de ómnibus necesitan escucharla. No contentos con deleitar sus oídos con zafiedades abominables, estos conductores se empeñan en compartirlas con el resto de la comitiva. Mi pésima costumbre de leer ensayos resulta decididamente incompatible con semejante nivel de decibeles reproduciéndose como un virus por todo el organismo del paquidermo. Es lo que tienen los ensayos: su lectura no puede ser una actividad subsidiaria. No se puede leer a Hannah Arendt, por ejemplo, mientras una cumbia te taladra el cerebro o una voz al límite del grito te advierte que no te pierdas “las ofertas de La Pasiva de General Flores”. Más de una vez he leído hasta ocho veces la misma frase como gesto de resistencia, para verificar si un pensamiento era más poderoso que una imagen; por ejemplo, que la imagen de una perla de la gastronomía nacional como es el chivito de La Pasiva. Pero casi siempre termino doblegándome y cerrando el libro. Ni qué hablar cuando la radio ofrece dos perlas por el precio de una.

Los mayores responsables de esta auténtica conspiración contra la lectura son los conductores, que cuentan, sin embargo, con la inestimable colaboración de unos sujetos capaces de multiplicar el daño. O al revés, no lo sé. Uno particularmente popular entre los chóferes es un tal Petinatti. Omnipresente a las seis de la tarde en cualquier ómnibus, Petinatti es una viva representación de la estupidez humana, de la degradación del espíritu, una prueba de que la banalidad del mal y la infantilización del mundo de los adultos no son meras conjeturas. Abotargados tras una jornada de trabajo, los viajantes deben resignarse a escuchar cómo Petinatti se dedica a mortificar vía telefónica a los adolescentes escudriñando en su sexualidad o pidiéndoles que expongan sus limitadas estrategias de seducción. No recuerdo a cuento de qué, pero una vez pronunció la palabra fellatio (con tono de ‘qué listo que soy’) y la señora que estaba a mi lado ya no pudo encontrar acomodo en el asiento. Se pasó el resto del viaje mirando para afuera, tosiendo y acomodándose el cabello. Habría que denunciar a Petinatti ante el Tribunal Penal Internacional y a los chóferes de ómnibus cómo cómplices necesarios de su vesanía.

Otro igualmente popular es un oráculo del fútbol denominado Toto Da Silveira, cuyas reflexiones salen impunemente y a todo volumen de los parlantes de los ómnibus a media mañana. Da Silveira habla de fútbol con el mismo tono circunspecto con que los filósofos hablan sobre el ser y la nada. Sus inciertas elucubraciones tienen una injustificada pretensión de trascendencia y por lo general desembocan en trivialidades.

Esta asociación delictiva enteramente dedicada a perturbar cualquier tentativa de lectura cuenta a veces con colaboradores inimaginables. Cierto día especialmente caluroso estaba al volante un sindicalista muy revolucionario que escuchaba una radio de la misma familia, de modo que tuve que padecer durante media hora y a todo volumen la lectura de las resoluciones de la asamblea provincial del Partido Comunista de Camagüey (o de Cienfuegos, que deben ser idénticas). Una experiencia que bien podría tipificarse de inhumana, cruel y degradante.

Más de una vez me he dirigido al obrero del volante y le he preguntado de buenas maneras si era capaz de sobrevivir escuchando la radio a un volumen compatible con la vida civilizada, la vida con otros digamos, entre los cuales nos contamos quienes preferimos la lectura a la cumbia. Me miran con desprecio, como diciendo ‘me querés arruinar la existencia’. Pero bajan el volumen de la radio, motivo por el cual sospecho que me ampara algún decreto o edicto municipal. Los orientales no serán ilustrados ni valientes pero son obedientes, particularmente cuando de disposiciones legales se trata. Vuelvo satisfecho a mi asiento, mientras percibo la mirada de borregos del resto de los pasajeros, la mitad perpleja ante mi osadía, la otra mitad agobiada por la intrascendencia de las horas y los días.

Pero ni siquiera cuando se conjugan estas felices circunstancias (asientos disponibles y radio silenciada) logro leer más de dos párrafos. Ya nada es como antes, cuando tenía las ilusiones intactas. Me envuelve una sensación de intranquilidad, me siento amenazado por fuerzas anónimas dispuestas a atacarme en cuanto me disponga a abrir el libro nuevamente.

Ahí es cuando me digo: mañana lo voy a lograr.

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2 Responses to La triste y atormentada historia del pasajero que quería leer en el ómnibus

  1. […] sin resultarlo después de veinticinco años de planes, reformas y reestructuras del transporte. La experiencia de usar el transporte colectivo en las horas críticas sigue siendo penosa: los viajes son lentos, las frecuencias son pocas, no se […]

  2. Lucía dice:

    Totalmente de acuerdo. Y el asunto no es nada trivial. Hay más. Por ejemplo, la reticencia de las personas a esforzarse por ir corriéndose al fondo (sobre todo después de 100 años de escuchar a un señor pidiéndoselo) cuando ellas mismas estuvieron hace pocos minutos enlatadas como sardinas en el primer metro cuadrado del vehículo. A este fenómeno lo he bautizado “amnesia súbita del bondi”. Y lo de la música a todo trapo, y los Petinattis, que abundan… En fin.

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