La izquierda, Astori y el Frente Amplio

De un tiempo a esta parte asistimos a la multiplicación de los frenteamplistas que han descubierto que la izquierda de este país ha gestado en sus propias entrañas un nuevo enemigo, una suerte de quintacolumnista llamado Danilo Astori. El Congreso del Frente Amplio avala esta presunción. Se ha instalado entre ellos la idea de que el MPP (con Mujica a la cabeza) representa a la izquierda y Astori a la derecha del Frente Amplio, un imaginario que parece dar nueva vida a las teorías conspirativas tan caras a la izquierda del mundo entero.

El primero de los incontables problemas que presenta esta visión simplificadora del debate en el seno de la izquierda es que no resulta nada fácil ponerse de acuerdo en qué sería ser de izquierda en el siglo XXI. Un asunto que ciertamente no puede dirimirse apelando a lo que algunos llaman “principios”, entre otras cosas porque tampoco hay acuerdo sobre su caducidad y vigencia y, no menos importante, porque incluso algunos de los más venerados han sido piadosamente ignorados cuando la lucha por el poder así lo demandó. De modo que no hay ningún tribunal del Santa Oficio revolucionario que pueda laudar fuera de toda duda quién protege mejor esos “principios” ni, por ende, el espíritu inmarcesible de la izquierda.

Dos observaciones sobre los sacralizados “principios”: 1) si éstos son dogmas intocables que vienen desde el origen de los tiempos y que no pueden someterse a crítica ni actualización, entonces se parecen más a la Biblia que a un ideario que debe traducirse en políticas; si los principios son además un compendio de sobreentendidos y basta con mentar la palabra “principios”, sin aclarar en qué consisten, para que todo el mundo se arrodille y jure que los respetará hasta el día de su muerte, habría que dejarlos en manos de alguna cofradía religiosa y no en las de un partido de izquierda; 2) sólo con principios (aunque yo prefiero la palabra ideario) no se hace política, sobre todo cuando la mayoría de la sociedad carece de idearios o tiene varios diferentes.

Definir inequívocamente de una vez y para siempre qué es ser de izquierda se ha puesto complicado. Hasta hace algo más de 20 años significaba tomar el poder para terminar con el capitalismo e instaurar el socialismo, sea lo que fuere ese concepto (y fue muchas cosas al mismo tiempo y opuestas entre sí). Ese paradigma ha sido abandonado por la inmensa mayoría de la izquierda en silencio y sin alharacas, de la misma forma que se arroja por la noche una bolsa de basura que huele mal. No ha sido un abandono reflexivo, sino una respuesta adaptativa a un mundo en el que “tomar el poder” ya no garantiza casi nada; mucho menos la posibilidad de instaurar un orden regido por criterios no mercantiles. La insignificante minoría de la izquierda que aún venera ese paradigma es inofensiva e impotente. Y aunque suele consolarse con el dudoso mérito de mantener en alto unos principios que raramente se aviene a discutir, jamás contribuye a modificar, para mejor, nuestras circunstancias.

Después de la caída del llamado socialismo real, puesto en evidencia el carácter dictatorial del régimen castrista, por no hablar de Corea del Norte o China, empujados sin consulta previa a un mundo globalizado en el que no es posible terminar con el capitalismo en un solo país, y mucho menos si ese país es una comarca insignificante como el nuestro, ya no es posible hacer de cuenta que nada ha pasado. No me niego a discutir en qué consistiría el socialismo en estos tiempos… siempre y cuando en esa discusión se aclare si ese nuevo socialismo tiene algo que ver con el “socialismo” caído en desgracia y, sobre todo, cómo accederíamos a él, inmersos, como estamos, en un mundo en el que impera la razón mercantil. Va de suyo que esto es precisamente lo que no hicieron quienes se consideran parte de la izquierda impoluta. Lo que hicieron fue mirar para el costado y silbar mientras arrojaban al muerto por la borda. Peor aún: unos cuantos pretenden que hay continuidad entre aquella y esta izquierda, lo que resulta patético.

Conscientes tal vez de lo difíciles que se han puesto las cosas, la mayoría de “la izquierda de la izquierda” ya no habla del socialismo. Prefiere hablar de “principios” sacrosantos, cada vez más vagos conforme pasa el tiempo. Como nadie le pone nombre y apellido a esos principios, nadamos en sobreentendidos, en guiñadas cómplices, gestos que nos ponen al abrigo de cualquier interpelación. Cuanto más se expande esa pura gestualidad mitinera más huérfana de contenido aparece. No hace falta demasiado para pertenecer a “la izquierda de la izquierda”, basta con ponerse una etiqueta en el pecho con las palabras soberanía, solidaridad, dignidad, lucha, memoria, justicia y algunas más.

Me anticipo a eventuales reparos: a diferencia de cierta prédica contemporánea yo creo que los conceptos de izquierda y derecha todavía tienen mucho sentido. El asunto es que ser de izquierda ya no pasa por adherir a los principios de los años 70, al paradigma socialista o al programa de fantasía del Frente Amplio (que sirve para una cosa y para todo lo contrario). Desde la socialdemocracia hasta el anarquismo, pasando por los partidos comunistas, las FARC (!!), el castrismo, algunas corrientes cristianas, el Frente Amplio, el PT brasileño, Chávez, Daniel Ortega y unos cuantos más, todos se consideran de izquierda. ¿Se puede laudar de una vez y para siempre quién de ellos encarna a la “auténtica” izquierda? ¿Es difícil, verdad? De todos ellos podríamos asegurar que han defendido posiciones políticas o tomado iniciativas que de izquierda tenían tanto como la Texaco tiene de ecologista. Todos ellos son la izquierda realmente existente, aunque a algunos se nos revuelva el estómago cuando escuchamos que se consideran parte de la izquierda.

Ser de izquierda es un asunto abierto, discutible, pues no es una condición que se compre en una farmacia y luego se conserve independientemente de lo que uno haga o deje de hacer en POLITICA. Los fracasos de la llamada izquierda, los crímenes cometidos al amparo de sus buenos propósitos (repito: los crímenes, no los errores), han sido tan numerosos e incuestionables que convendría asumir esta controversia con más cautela y modestia de las que acostumbra tener la “izquierda de la izquierda”.

Dicho con la cautela que reclamo a los demás, pienso que ser de izquierda hoy implica defender un ideario en el que la libertad de cada uno de los ciudadanos, la igualdad, la justicia y la fraternidad, por mencionar cuatro aspectos de la tradición republicana, de la que el socialismo es heredero, estén en el centro de las preocupaciones públicas y marquen el rumbo de las iniciativas políticas. Dicho sea de paso, hoy podemos aspirar a acercarnos a la realización de ese ideario pero no considerarlo innegociable en una sociedad en la que la mayoría de sus miembros no lo comparte, salvo que se piense que quienes votaron al Frente Amplio lo asumen como propio. Tampoco conviene creerse que existe algo como LA libertad, LA justicia o LA igualdad. Si sólo pueden considerarse de izquierdas quienes aseguren esas mayúsculas ahora mismo y de una vez y para siempre, haríamos bien en bajar la cortina y marcharnos a casa. A veces parece que no sólo a Fukuyama hay que recordarle que el fin de la historia es una quimera.

Si un proyecto político es tributario de un ideario, éste por lo general es tributario de una concepción (o una idea, por decirlo también con más modestia) de lo que es el individuo contemporáneo y el mundo en el que vivimos. Si se piensa, por ejemplo, que el hombre es un ser egoísta, no tiene demasiado sentido hacer política sobre la base del principio de la fraternidad o la solidaridad. Si se piensa que los hombres son “naturalmente” desiguales, también será problemático poner a la igualdad (y me refiero a la igualdad en el sentido de lo justo, no de lo idéntico) en el centro de las preocupaciones políticas. Por eso puede afirmarse que no hay políticas mejores o peores con independencia del ideario que se tenga. Y es en este terreno en el que hay que dar la batalla político-cultural con la derecha, no en el de las consignas y mucho menos en el de la moral, como si pudiera demostrarse que las personas de izquierda son moralmente más virtuosas que las de derecha.

Para un ideario de izquierda la igualdad, por ejemplo, no consiste en que los hombres y mujeres sean igualitos y uniformes. Pero lo que sí afirma es que no debería aceptarse ninguna desigualdad que sea el resultado del azar social o natural. La cuna en que se nació, el talento natural o la fuerza no pueden legitimar ningún privilegio ni la obtención de una mayor parte de la riqueza social. La igualdad es importante además porque la desigualdad económica-social también limita o aumenta las opciones para elegir la propia vida (por tanto, acota o amplía la libertad de cada uno). La única desigualdad que se puede justificar es la que emana de las decisiones y las acciones de las personas. Es decir aquella que emana de las responsabilidades (o irresponsabilidades) de los individuos.

La libertad para el pensamiento conservador es ausencia de intromisión en nuestras vidas, libertad negativa, aquello que no se me puede prohibir. Pero a la libertad también se la puede ver desde otra perspectiva: los individuos tienen que tener condiciones para ejercer esa libertad (es decir libertad positiva). Para un ideario de izquierda, por tanto, la asignación de los recursos es también una forma de modificar (y redistribuir) los espacios de libertad de cada cual. A mí nadie me prohíbe viajar, pero para poder hacerlo necesito determinadas condiciones De modo que la distribución de la riqueza también supone una distribución de la libertad. Vistas así las cosas, libertad e igualdad no son tan contradictorias como a primera vista podría pensarse. Conviene recordar, pues, que la libertad negativa no es un asunto de la derecha y la positiva de la izquierda. La izquierda debería intentar trascender las libertades negativas, pero no desentenderse de ellas con el argumento de que son puramente formales.

Para un ideario de izquierda (a diferencia del de los conservadores), la libertad no es libertad ante los demás, sino con los demás. Se trata de una libertad asegurada entre todos y para todos; no de que los demás no estén autorizados a decir nada acerca de mis elecciones, sino de asegurar socialmente que todos tengan las mismas posibilidades de elegir (por eso solemos decir que la libertad de cada uno es la condición de la libertad de los demás). Pero recordemos: se trata de la libertad de cada uno. No se entiende cómo puede hablarse de “libertad colectiva” si cada uno de los miembros de una sociedad no tiene las mismas posibilidades de elección para orientar su propia vida

Garantizar esa igualdad y esa libertad es de estricta justicia. Así lo entiende un ideario de izquierda. Pero el principio de justicia también es una exigencia de la manifiesta imposibilidad de conservar (crisis ambiental mediante) la ingenua creencia en una sociedad de la abundancia, donde cada uno tendría lo que deseara (incluida la satisfacción de cualquier capricho) o la de que tras la realización del comunismo iba a desaparecer el conflicto. Si siempre habrá de haber lucha por los recursos y, por ende, conflicto, hay que plantearse alguna forma de distribuir lo que hay (de eso trata la justicia y entre otras cosas de eso se ocupa la política). Si no hay de todo para todos, si los recursos nunca terminan de ser suficientes, habrá que terminar con la idea de que ser de izquierda supone avalar cualquier reclamo. La justicia de un reclamo dependerá de los recursos de los que disponga una sociedad y no hay “principio” que pueda sacralizar una demanda. Que una demanda sea justa o no, dependerá también de cuáles sean las que quedarán sin satisfacerse. Una decisión que no puede laudarse por anticipado, sino que debe tomarse en una deliberación política, en la cada uno debe exponer argumentos.

Precisamente por eso me parece más apropiado que la izquierda hable en nombre de un ideario de justicia (de libertad, igualdad y fraternidad) y no de los intereses del proletariado (o de los pobres como se lleva decir ahora, una vez que el proletariado dejó de ser lo que era). Porque defender una iniciativa política en nombre de los intereses de la clase obrera, por ejemplo, supone poner a esa clase por encima de cualquier consideración política, casi por encima del bien y el mal, supone renunciar a demostrar que lo que propongo es más justo que lo que propone mi vecino. El hacer política en nombre de una clase implica que cualquier reclamo de esa clase se transforme ipso facto en sagrado e innegociable y no necesite ulteriores justificaciones, lo que es propio de un ciudadano que confunde a la política con el mercado, del que se espera que satisfaga “sus” expectativas y demandas. Yo también creo, en principio (y hablo de un principio que no debe confundirse con los “principios” de la izquierda de la izquierda) que es justo sacarle a los ricos para darle a los pobres, pero esa creencia debe validarse en la discusión política concreta. En una sociedad con recursos limitados, ningún reclamo o aspiración debería convertirse en indiscutible.

Ahora bien, con idearios no se hace política. Mucho menos si fuera el caso de idearios vapuleados por la historia. Los idearios subyacen (o deberían subyacer) a nuestras políticas… salvo para quienes se han entregado al puro pragmatismo, que son legión. Los idearios no se negocian, se los tiene o no se los tiene. En cualquier caso hay que decir que no percibo ideario alguno en ninguna de las dos izquierdas involucradas en esta discusión.

En política, sin embargo, sí hay que negociar, salvo que se siga pensando en que es posible imponer “soluciones” por las bravas a la mayoría. Una izquierda del siglo XXI apenas puede aspirar a aplicar políticas que nos acerquen a la realización de ese ideario, consciente de las poderosas tendencias que van en sentido opuesto a esa búsqueda y que no se dejan controlar por el Estado, aun en caso de que esté gestionado por la más radical de las izquierdas. Entre esos obstáculos hay que señalar no solamente al nomadismo del capital, capaz de arruinar una sociedad, siempre dispuesto, como está, a levantar vuelo a la menor contrariedad y cuyo poder parece rivalizar con (o estar por encima de) los Estados nacionales, sino también a la cultura que impregna al ciudadano contemporáneo, cuyas motivaciones no parecen estar en sintonía con el ideario que menciono y cuya inocencia la izquierda siempre se ha visto tentada a decretar sin mayor examen. No comprendo cómo se puede hacer política de izquierda (o de lo que sea) ignorando las motivaciones del individuo posmoderno (que se comporta más como consumidor que como ciudadano).

Sí, lo que propongo luce modesto, hasta aburrido (como decía Tocqueville de la política en tiempos de normalidad democrática), carente de los ingredientes épicos de la política revolucionaria que nos proponía “cambiar la historia” en unos pocos años. Está claro que no hay nada menos heroico que los tiempos que corren.

Por todo esto no considero más de izquierda a quienes dicen “He aquí mis principios innegociables, antes muerto que dar un paso atrás”. Esa sentencia puede tranquilizar la conciencia de quien la pronuncia, pero raramente modifica algo en política.

Es en el campo de la política que debe juzgarse si tal o cual iniciativa amplía los espacios de libertad de los individuos, reduce la desigualdad en la sociedad y es razonablemente justa según los recursos de que dispone esa sociedad. La dificultad reside en que las políticas de izquierda no sólo deben tener al ideario como referencia para no encallar en el pragmatismo más vil, sino que además deben ser posibles, adecuadas a las condiciones económicas, políticas y sociales de nuestro tiempo. Y para eso hay que conocer el asunto del que se trate. No basta con decir “yo tengo unos principios bellísimos”. Está claro que el hecho de que no todo sea posible en política (como creen por cierto los que reducen la solución de cualquier problema a un asunto de voluntad política), no debería llevarnos a concluir que el espectro de posibilidades se reduce a lo que nos proponen los políticos una vez instalados en el poder. Se lo podría decir de otra forma: la política no es una ciencia natural, sometida a leyes de hierro que no pueden alterarse so pena de sufrir las peores calamidades pero tampoco un territorio que puede ser diseñado a voluntad por una parte de la sociedad.

Creo que es a la luz de estas reflexiones que debe considerarse el supuesto derechismo de Astori y el también supuesto izquierdismo de sus detractores.

Digámoslo ya para evitar malos entendidos: la política económica dirigida por Astori no ha supuesto transformaciones sustanciales respecto a la que aplicaron todos los gobiernos posteriores a la dictadura. Acaso introdujo algunos matices a la ortodoxia que imperó en los años 80 y 90. La cautela y el temor, creo yo (y no una inclinación genética por la traición), lo llevaron a priorizar el famoso “clima de inversión”. Pero hasta lo que alcanzo a recordar, quienes ahora se rasgan las vestiduras a causa de esa política económica fueron incapaces de plantear una política alternativa, salvo que se considere tal a la acumulación de consignas y eslóganes. Lo que intento decir es que, o bien la “izquierda de la izquierda” compartió esa política económica o bien fue incapaz de traducir en propuestas alternativas sus misteriosos “principios”, lo que en política equivale a lo mismo.

Hay que recordar que quien hoy se presenta como la alternativa al “derechismo” de Astori (José Mujica) sólo levantó la voz contra la política económica del gobierno para defender, cual Nardone posmoderno, los intereses corporativos de la Federación Rural.

Las contradicciones en que incurren quienes ahora levantan a la figura de Mujica como el gran rescatista de las esencias de izquierda y sugieren la incierta teoría de que el gobierno del Frente Amplio estuvo cautivo de un Astori transformado ahora en la bestia negra del izquierdista con principios, son tan monumentales y numerosas que me pregunto si vale la pena insistir en ellas. Decididamente, no todo lo que brilla es oro ni toda la mímica izquierdista es política de izquierda.

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