La vida te da sorpresas

Hay quienes se dicen sorprendidos por el llamado del senador tupamaro Eleuterio Fernández Huidobro a armarse para hacer frente al crimen y la inseguridad y la propuesta del no menos tupamaro José Mújica de encerrar “a prepo” a los menores que consumen pasta base.

Las peligrosas ocurrencias de ambos no constituyen exactamente una novedad. Ya nos las vienen recomendando desde hace muchísimos años los políticos conservadores: el orden y la seguridad, nos dicen, deben estar al tope de las prioridades de una sociedad y si el Estado, y la justicia en particular, son incapaces de garantizar ese orden y esa seguridad, entonces habrá que ponerse por encima de ambos, olvidarnos de las garantías constitucionales, del derecho a un proceso justo y recurrir a esa dudosa forma de justicia que es la que se hace por mano propia. Son iniciativas por las que vienen clamando desde hace tiempo líderes de casi todas las tiendas políticas.

Frivolidades irresponsables como las de los ex guerrilleros son demasiado habituales cuando se acercan las elecciones como para sorprender a nadie. En una era en la que los políticos sacralizan las aspiraciones inmediatas de la opinión pública en lugar de atreverse a proponer soluciones siempre complejas y a largo plazo a los nada simples problemas que enfrenta, no debería asombrar la pleitesía que los líderes tupamaros le rinden al prejuicio y los instintos más anti-políticos del pueblo llano.

Sin embargo, hay un extendido estupor entre las huestes de izquierda que no es provocado por la creciente semejanza, al menos en este terreno, del discurso tupamaro con el de Lacalle, pongamos por caso. Ya sabemos que cuando se acercan las elecciones todos los gatos son pardos y la necesidad (de mantenerse en el poder) tiene cara de hereje y justifica pagar el tributo de integrarse a la cruzada en favor de la seguridad. La sorpresa que alegan estos sobrevivientes de un tiempo en el que la derecha era derecha y la izquierda, izquierda es de otro tipo y obedecería a la supuesta incoherencia de estos planteos de Mujica y Fernández Huidobro con su trayectoria política pasada. La sorpresa, se nos viene a decir, responde a lo mucho que supuestamente han cambiando estos muchachos. Una explicación que no deja de llamar la atención, porque la inclinación de los dirigentes tupamaros a recurrir a las armas o a la fuerza para resolver cualquier problema social parece inscribirse en sus tradiciones más auténticas. No percibo ninguna incoherencia entre la mentalidad castrense de Fernández Huidobro, que entre otras cosas lo llevó a elogiar el coraje y la consecuencia del torturador Tróccoli, y su actual llamado a tomar las armas para defender nuestras parcelas privadas. Todo lo vinculado a las armas siempre se le dio muy bien a Fernández Huidobro. Antes y ahora, que parece el vocero de la corporación militar. Tampoco veo contradicción alguna entre el desprecio por los procedimientos de la justicia que están implícitos en la original propuesta de Mujica de encerrar “a prepo” a los menores supuestamente esclavizados por la pasta base y los modelos de sociedad que más lo deslumbraron en el pasado (sí, estoy hablando de Cuba)

Digámoslo de una vez: lo que me parece que debe ser criticado de nuestros “renovados” tupamaros no es que no sigan pensando y haciendo lo mismo que hace 40 años, sino los despropósitos que ahora divulgan en nombre de las preocupaciones de un incierto ciudadano de a pie, al que siempre se le puede atribuir casi cualquier aspiración.

A quienes se sienten ultrajados por el supuesto cambio de actitud de los líderes tupamaros (¿esperan acaso que sigan gritando “Patria para todos o para nadie”?) habría que decirles que, como ámbito privilegiado de la vida estrictamente humana, que es siempre vida con los otros (incluidos los que son y piensan diferente a nosotros), la política está sujeta al cambio, a las sorpresas si se prefiere esa palabra, a lo imprevisible, a aquello con lo que no contábamos. De otro modo, estaríamos condenados a la eterna repetición de lo mismo.

Tanto en la vida privada como en la pública, la acción (y la palabra es acción) altera lo dado, produce un nuevo escenario, unas nuevas condiciones, un “imposible” en el escenario precedente. Sin esa capacidad propia de la acción humana de producir “milagros” (por decirlo con Hanna Arendt), de sorprender, en suma, la política sería algo muy parecido a cualquier otro metabolismo sujeto al ciclo de la naturaleza y se le hurtaría todo el potencial emancipador que le es propio. De alguna manera, lo imprevisto lleva la marca de la libertad.

Claro que cuando lo nuevo sólo puede ser de un signo ya no le podemos llamar sorpresa. Si la modificación del actual estado de cosas sólo puede discurrir en un sentido, no corresponde hablar de auténticas sorpresas, ni de libertad, sino más bien de necesidad, que es lo opuesto a la libertad. Esta última queda clausurada cuando pensamos que estamos irrevocablemente determinados a actuar como venimos actuando. Sin la posibilidad de elegir, sin la obligación de elegir, no podríamos hablar de auténtica libertad. Esa capacidad de actuar ─nunca ilimitada y siempre sujeta a los constreñimientos del tiempo que nos ha tocado vivir─ , de producir lo imprevisto y sorprendente, incluye la capacidad de equivocarnos, de elegir el mal incluso.

Nada debería escandalizarnos menos, pues, que asistir al milagro de unos ex guerrilleros revolucionarios actuando en un sentido totalmente inesperado. Esa sorpresa forma parte de las mejores posibilidades de la política: que sorpresas como ésta se produzcan es el testimonio de que no todo está abocado a cumplir un destino, que una mujer, un obrero, un pobre, un católico no están obligados a ser esclavos eternos de su condición… y que un revolucionario no está irremediablemente condenado a repetir los lugares comunes que se esperan de él. Lo que acaso se eche en falta en el caso de hombres que han asumido altas responsabilidades públicas, como Mujica y Huidobro, es una explicación también pública de cómo pasaron de aquella épica revolucionaria a esta vulgaridad represiva.

Lo que me produce asombro no es que Mujica y Fernández Huidobro se pronuncien en un sentido totalmente opuesto al que habitualmente se espera de ellos. (Aunque, a decir verdad, ya no sé muy bien qué deberíamos esperar de cualquiera de los dos.) Lo que me suscita perplejidad es aquello que dicen y hacen como senadores, lo que ubica mi crítica en el terreno de la política, no en el de la indignación moral, que estoy dispuesto a ceder a quienes consideran un mérito pensar siempre lo mismo o a los vocacionales de la “coherencia” entendida como tediosa repetición de principios tan sagrados como incapaces de confrontarse con lo real. No me produce el menor desasosiego que Fernández Huidobro y Mujica no sean fieles (palabra horripilante si las hay) a su pasado político, sino las bárbaras políticas que nos proponen hoy.

Armarnos para defender nuestro patrimonio o para hacer justicia por mano propia nos devolvería a la jungla o a regirnos por la ley del Talión, es un paso atrás civilizatorio de enormes proporciones y es un despropósito en lo que se refiere a los derechos democráticos de los ciudadanos, entre ellos el de tener un juicio justo e imparcial en caso de ser acusado de un delito. Tan cavernícolas lucen las propuestas de los líderes tupamaros que hasta nuestra nada posmoderna ministra del Interior se sintió obligada a tomar profiláctica distancia de las mismas.

No me escandaliza el (supuesto) abismo que separa la propuesta de Mujica de encerrar compulsivamente a los menores que consumen drogas de sus (también supuestas) inclinaciones libertarias del pasado. El reparo que pongo a la sugerencia de nuestro precandidato presidencial es, de nuevo, estrictamente político. La represión (porque la iniciativa de Mujica es represiva) no resuelve las conductas anti-sociales de los menores, el encierro no rehabilita y el encierro “a prepo” para colmo ignora los derechos y garantías constitucionales. Mujica y Fernández Huidobro ignoran las causas del fenómeno de la inseguridad y, por ende, sus propuestas elaboradas al grito de la tribuna no podían ser políticamente más infelices. Su mayor defecto no es que estén alejadas de un incierto espíritu revolucionario, sino que están demasiado cerca del ideario de los políticos conservadores. Un ideario que no contempla la eventualidad de una auténtica sorpresa, como la de que los menores pobres dejen de serlo algún día y no estén destinados al encierro.

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