Miedo e inseguridad

Era previsible que la preocupación por la seguridad iba a continuar. Pero podía suponerse que remitiría la intensidad con que se manifiesta, que una vez convertida en rutina terminaría adaptándose a la real magnitud del problema. Sin embargo, nada de eso ha ocurrido. Buena parte del espacio público está hoy ocupada por el miedo generalizado, en apariencia causado por las amenazas a la seguridad personal.

El asalto del quiosco de la esquina, la violación de una adolescente por el padrastro, el asesinato de un policía, el empujón a la señora en la calle para quitarle la cartera forman parte de nuestras conversaciones y ansiedades diarias. No parece sencillo, sin embargo, demostrar que la generalizada sensación de inseguridad obedezca a un incremento significativo (y estadísticamente demostrable) de las amenazas a la persona o a su patrimonio. A pesar de las discrepancias que existen entre los numerosos contadores de hurtos y rapiñas, hay consenso en que al menos en los últimos 15 años éstos se han mantenido constantes, con pequeñas variaciones de un año a otro. No es serio, pues, sostener que las 600 rapiñas más que ha habido en el último año (dos más por día), según datos oficiales, son el motivo de la inseguridad y la incertidumbre reinantes. Si las amenazas a la seguridad personal no se “universalizaran” a través de su difusión pública, la gran mayoría de las personas no tendría siquiera conciencia de su existencia.

Los medios han jerarquizado hasta tal punto la llamada información policial, que cualquier observador no muy atento podría concluir que la rapiña al chofer de un ómnibus, el asalto a la panadería o el trágico (pero excepcional) asesinato de un comerciante son tan importantes para el futuro (y la seguridad) de los habitantes de este país como las reglas de la OMC, el precio del petróleo, los consejos de salarios o el futuro del MERCOSUR. Una constatación que no pretende sugerir la facilísima explicación de que la inseguridad y el miedo son percepciones inducidas por los medios. Digámoslo de entrada para evitar equívocos: las personas tienen miedo, se sienten amenazadas. Justificada o injustificadamente, pero se sienten amenazadas, vulnerables, desamparadas. Y los medios lo saben. Su prédica, su apenas velada acusación a las autoridades por la supuesta ineficacia a la hora de cazar a los bribones conecta con esa angustia imperante, no la crea.

Vivimos aterrados, somos criaturas miedosas. Tenemos una sensibilidad finísima para percibir amenazas casi por todas partes y nunca andamos escasos de ocasiones para sentirnos inseguros o desprotegidos. No deja de haber algo paradójico y misterioso en esta facilidad contemporánea para entrar en pánico. Un inventario de los principales rasgos de esos miedos puede ayudar a pensar el fenómeno. No para desterrarlo definitivamente, una empresa que parece del todo imposible, pero al menos para evitar que el miedo nos domine y nos haga reaccionar como animales ante él, es decir reduciendo el espectro de posibles respuestas al ataque o la huida.

La sensación de inseguridad recorre a todo el planeta, con independencia de la sociedad en que se viva. Si el fenómeno se extendiera únicamente por los países donde la inseguridad personal campea por sus fueros, se entendería perfectamente, pero ello no ocurre. Desde México a Caracas, pasando por Moscú, Zurich y Johannesburgo, los ciudadanos padecen la angustia que provocan la inseguridad y el desamparo. Incluso en aquellos países donde la pobreza se ha reducido a su mínima expresión, el ciudadano se siente inseguro. También el temor se ha globalizado. No parece que haya un lugar, un muro o un ejército en condiciones de protegernos de las amenazas, tan móviles como el capital.

Otro rasgo de los miedos contemporáneos es que están obsesivamente enfocados en las amenazas que acechan a la persona (en el sentido físico más inmediato) y a su patrimonio, menos abarcadoras que las mucho más extendidas amenazas a nuestra seguridad existencial, a nuestro lugar en la sociedad, a nuestro empleo, a nuestra fuente de ingresos y, por ende, a nuestra autoestima e identidad como individuos. Amenazas de las que nadie está a salvo y que convierten a nuestro futuro en algo plagado de incertidumbres e inseguridades. Si de lo que se habla es de la inseguridad imperante, no deja de ser llamativa la muy diferente atención que reciben de los políticos (y de los ciudadanos) la preocupación por una seguridad concebida casi exclusivamente como seguridad física y patrimonial, que se expresa a los gritos e histéricamente en el espacio público, y las amenazas e incertidumbres que regularmente produce la sociedad globalizada, que resultan inaudibles en medio del ruido que genera la primera.

Otra paradoja reside en que el miedo y la sensación de desprotección que describo son sentimientos que padece un individuo que vive en sociedades más protegidas que cualquier otra en el pasado. En lo que respecta a las fuentes de miedo tradicionales en el hombre, la era moderna ha traído avances notables en al menos dos de ellas: las “iras” de la naturaleza y la fragilidad del cuerpo humano están más controladas que nunca antes. Y sin embargo parece que estuviéramos a merced de ellas. Se puede alegar, con razón, que estamos lejos de vivir en un mundo que garantice la seguridad personal total y absoluta, que perviven las amenazas provenientes de las fuerzas de la naturaleza y de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos. Sí, están el Katrina y numerosas enfermedades epidémicas para atestiguarlo. Pero esa constatación no puede negar la evidencia de que hace cien años (o menos incluso) millones de personas morían como moscas por causas equivalentes. Hay, sin embargo, algunas pistas que pueden ayudar a comprender por qué los miembros de la sociedad tecnológicamente más avanzada de la historia se sienten tan vulnerables y tienen tanto miedo. Por un lado, somos modernos y la modernidad vino con la promesa de que la razón y la ciencia controlarían a la naturaleza y desterrarían sus amenazas y harían a nuestros cuerpos menos vulnerables. Es obvio que algo de eso ha ocurrido, pero, como era de prever, aquella promesa imposible no se ha cumplido cabalmente. Quizás esa constatación nos decepciona… y nos empuja a buscar un responsable de unos temores que supuestamente deberían haber quedado atrás. Por otro, puede sospecharse que precisamente por haber experimentado un creciente bienestar, en nuestras sociedades no dejan de aumentar las expectativas de que ese bienestar siga incrementándose, lo que es perfectamente comprensible (aunque no siempre razonable). Una protección personal que a los humanos de otras épocas les hubiera resultado el no va más de la seguridad, les resulta insuficiente a los actuales. Lo mismo puede decirse de unas expectativas de vida que se han disparado y que sin embargo no evitan que estemos buscando como locos a los responsables de que no vivamos 100 años. Estamos convencidos de que las autoridades deben protegernos de todos los peligros que amenacen nuestros cuerpos, es decir, no sólo de un potencial asesino, sino de los alimentos insanos, del aire contaminado, del humo del cigarrillo, de los accidentes de tránsito, etc.

El inventario de los miedos contemporáneos quedaría incompleto si no mencionamos las inseguridades e incertidumbres que provienen de la propia sociedad, de la forma en que está (des) organizado el mundo actual. Acaso las ansías de seguridad personal han ocupado todo el escenario e impedido que se expresen en el espacio público esas otras amenazas imposibles de atribuir a la impericia de las autoridades o a la naturaleza (salvo que se ‘naturalice’ el actual ‘orden’ del mundo, cosa harto frecuente por cierto). Mientras las demandas de protección personal ingresaron de lleno, y ruidosamente, en el ámbito de la política, el desamparo, la desprotección, la angustia y el miedo que suscita la llamada globalización se cocinan en la intimidad, en el consultorio de un psicoanalista o en la inacabable búsqueda de una formación profesional siempre incompleta.

La globalización (la actual forma que asumió la globalización habría que decir con más propiedad) es una fuente permanente de incertidumbre/inseguridad. Nuestros mayores temores se gestan en la inseguridad presente y la incertidumbre sobre el futuro, cuya compañera inseparable es la sensación de impotencia: no tenemos control sobre nuestras propias vidas, entendidas como el lugar que ocupamos en la sociedad, nuestros empleos, nuestros ingresos y aquellas certezas mínimas sin las cuales la promesa moderna de libertad y autonomía individual es sencillamente inconcebible.

Hace cincuenta años, quien ingresaba a la Ford tenía grandes posibilidades de terminar su vida laboral en la Ford. Hoy, quien entra en Microsoft sabe que no la terminará allí. Lo que no sabe es dónde y cómo la concluirá

Cuando la extraterritorialidad del capital le permite desentenderse de cualquier compromiso local que haya podido asumir, cuando un colapso bursátil en un país puede generar una crisis en la otra punta del planeta, cuando una corrida bancaria puede arruinar la vida de miles de personas, cuando los costos salariales empujan a una empresa a trasladarse a otro continente y dejar en el mayor de los desamparos a sus trabajadores, cuando ya no tenemos certeza de que los estudios profesionales en los que invertimos tanta energía ayer nos servirán de algo pasado mañana, cuando la política, local y atada al territorio, es impotente para evitar los estragos de un capital nómada y para el que la geografía no es un obstáculo, cuando el Estado sencillamente ya no está en condiciones de garantizarle a sus ciudadanos una mínima estabilidad de sus condiciones de existencia, porque en buena medida sus decisiones deben contemplar las siempre crecientes exigencias del capital, en ese contexto, ya nadie puede sentirse seguro.

Se expande el miedo a la degradación y a la exclusión social. Se trata de un miedo y unas angustias menos visibles y audibles que los provocados por la sensación de inseguridad personal, aunque sus raíces sean menos dudosas. Nuestras perspectivas vitales pisan terreno resbaladizo, como ocurre con nuestros empleos y nuestro lugar en la sociedad. La imagen que mejor ilustra esta atmósfera es la de “perder el tren”. Todos los compromisos y acuerdos –desde los laborales hasta los personales– son en este tiempo “hasta nuevo aviso”.

La precariedad de los vínculos humanos es un rasgo distintivo de esta era. No estamos en condiciones de conocer por anticipado de dónde vendrán los golpes, ni quién será el primero en recibirlos. No sabemos, en suma, quién va a perder y quién a ganar. De lo poco de lo que sí estamos seguros es de que la dinámica de la sociedad actual crea y creará perdedores y ganadores. Y, desprovistos de cualquier perspectiva política (global) como estamos, sólo atinamos a aferrarnos a la esperanza de no terminar entre los primeros.

La angustia y el miedo suscitados por la incertidumbre existencial no pueden, a diferencia del pánico provocado por la inseguridad personal, identificar a un culpable: sus fuentes son opacas, impersonales y en muchos casos tan lejanas y anónimas que nos cuesta creer que puedan tener algo que ver con nuestros infortunios o vulnerabilidad. Las hemos ‘naturalizado’. Nos sentimos impotentes frente a ellas. Sobre todo cuando se nos dice que el combate a las amenazas provenientes de la sociedad actual debe emprenderse con las armas que cada individuo tenga a su disposición.

Los miedos tienen, pues, otra cosa en común: deben ser combatidos individualmente. Como ocurre con todos los demás desafíos a los que deben enfrentarse los humanos en esta época, la de la sociedad individualizada. Las estrategias que sigue cada uno pueden variar, pero casi todas comparten la premisa de que en la carrera contra nuestros semejantes –percibidos como competidores por un lugar en el mundo– sólo contamos con nuestros propios (y desiguales) recursos. La cooperación aparece como una quimera y sólo atinamos a dotarnos de un mayor equipamiento educativo para evitar caer en la categoría de los excluidos. La indiscutible libertad de elección y la no tan indiscutible igualdad de oportunidades de estos tiempos posmodernos constituyen una cara de la moneda. La otra es la exclusión. En una carrera, aunque esté regida por las leyes más justas, no todos pueden ganar. El individuo puede conformarse con la esperanza de que, si se prepara como debe, tal vez caiga del lado de los ganadores, pero vistas las cosas desde una perspectiva social no hay forma de hacer el elogio de un mundo que produce vencedores y vencidos.

La individualización de las respuestas a esos desafíos abre la posibilidad de la culpa. Si todo depende únicamente de mí, y fracaso, entonces soy culpable. Algo debo de haber hecho mal.

La seguridad personal y patrimonial también ha empezado a ser privatizada. Aunque no renunciamos a exigirle al Estado que nos proteja en ese terreno, empezamos a sospechar que su impotencia para reducir la incertidumbre existencial se está extendiendo al ámbito de la seguridad personal. Y también aquí hay un arsenal a disposición de la libertad de elección del individuo, tan variada como los variados recursos de que dispone cada cual: desde guardias de seguridad hasta alarmas, pasando por perros y alambres electrificados.

Queda en pie el desafío de explicar las inocultables paradojas de la cultura del pánico en la que vivimos. Si las estadísticas no indican que se hayan incrementado en este país las amenazas a la seguridad personal (al menos no tanto como para explicar la angustia imperante), si vivimos en sociedades más protegidas que nunca antes, si la mayor y más generalizada amenaza, fuente de nuestra sensación de desamparo y ansiedad, es la que proviene del orden del mundo actual, ¿cómo explicar que todos nuestros miedos se resuman obsesivamente en los peligros que acechan a nuestros cuerpos y bienes?, ¿cómo explicar que esas amenazas, acaso más visibles pero en todo caso menos generalizadas que otras, ocupen regularmente el centro de la deliberación pública?, ¿cómo explicar, en fin, que en lo que concierne a la seguridad personal esperemos del Estado y de los ministros del Interior lo que en ningún caso esperaríamos de ninguna autoridad política respecto de otras seguridades y certezas que acaso necesitemos tanto como aquélla?

No dispongo de respuestas propias a semejantes preguntas (y a otras miles, por supuesto), pero conozco las tentativas respuestas de otros, como Robert Castel, Zygmunt Bauman y José Antonio Marina. Voy a tratar de resumirlas para que esto se prolongue sólo lo indispensable.

Los tres sostienen que el miedo, por decirlo de alguna manera, está depositado en el lugar equivocado, que existe un desacople entre el objeto inmediato del miedo y las fuentes más profundas del desasosiego que alimentan el miedo. La posibilidad de que las causas enunciadas del sentimiento de inseguridad no coincidan con las causas reales se debe, según ellos, a que, los seres humanos son capaces de padecer temores que llaman de “segundo grado”, “derivativos” y que los hace capaces de reaccionar defensivamente no sólo ante una amenaza inmediata, directa (que es lo que les ocurre a los animales) si no ante amenazas hipotéticas, inverificables incluso. En el hombre el miedo puede disociarse del peligro que lo causa. El hombre es, como se dice con propiedad, el único ser que puede sentir miedos “injustificados”.

Siguiendo a estos autores, lo que distingue al miedo de hoy es el desplazamiento de los temores “desde las grietas y las fisuras en las defensas sociales (…) hacia ámbitos de la vida que aún siendo irrelevantes para la auténtica fuente de ansiedad, se hallan –consoladoramente- a plena vista y a nuestro alcance. Obviamente, el problema es que por mucho esfuerzo que invirtamos en esos ámbitos es improbable que logremos neutralizar o bloquear sus fuentes auténticas”. La explicación de ese desplazamiento residiría en que tememos sobre todo a los peligros inmediatos y queremos que los remedios también lo sean. Queremos soluciones rápidas, que traigan alivio instantáneo y que no nos compliquen. Nos irritan las soluciones complejas y de largo plazo.

Poner el énfasis en la protección personal obedece a esa lógica que trata de encontrar culpables con rostro, identificables, cercanos, “a la mano”, no anónimos, lejanos e inidentificables como son los responsables de la incertidumbre existencial. Las amenazas a la seguridad personal son simples y evidentes, el enemigo es claro. Las otras son complejas y nada claras y sus soluciones sólo pueden pensarse e implementarse colectivamente. Un incordio para los que quieren soluciones ya.

El foco en los malhechores que amenazan nuestra seguridad personal, nuestros hogares y nuestros bienes se adapta perfectamente a ese hábito. Al Estado no le podemos pedir que nos dé certezas sobre el futuro (ya sabemos que con el mercado no hay quien pueda), pero sí podemos exigirle que nos proteja. Atado, como está, al territorio, puede o se supone que puede (y así se lo reclamamos) protegernos de las amenazas inmediatas que acechan a la vuelta de la esquina. Nadie discute que conserva el monopolio de la fuerza y de la cada vez más difícil tarea de brindar seguridad a los ciudadanos. Y si no lo hace bien, se lo considerará responsable por ello. Pero nadie es tan ingenuo como para esperar en estas épocas que el Estado controle las otras fuentes remotas de inseguridad.

Así las cosas, los políticos en el gobierno deben prometer seguridad a los ciudadanos. Saben que no se les perdonará la menor flaqueza en ese terreno. Y los opositores intentarán una y otra vez sacar partido de un problema que no tiene las soluciones inmediatas, simples y represivas que demanda la tribuna. Precisamente, una de las cosas que más complica el debate sobre la inseguridad es que ningún político tiene el coraje de decirle a los ciudadanos que los miedos y angustias debidos a su sentimiento de inseguridad personal no tienen la solución inmediata que están aguardando, que su superación reside en factores que, en parte, escapan por completo a su control.

No se trata de abrirle un proceso al miedo. Es posible que muchas de sus figuras deriven de una más primaria, el miedo atávico a la muerte y que, por ende, no sean fácilmente extirpables. Si así fuera, no parece que la batalla contra el miedo sea una batalla que se pueda ganar definitivamente, como pretende cierta mentalidad moderna y prometen muchos políticos.

Pero sí podemos evitar que el miedo nos domine y nos impida pensar. El individuo que no puede controlar el miedo, o cualquier otro sentimiento, es fácilmente manipulable, dominable por otros. Quienquiera que le suministre una protección pasajera o un sosiego a sus ansiedades obtendrá su sumisión, porque la obediencia actúa como analgésico de la angustia y la incertidumbre… como se ha encargado y se encarga de demostrar la historia política y nuestra propia experiencia. Cuando una sociedad siente miedo está dispuesta a cambiar libertad por seguridad.

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Una respuesta a Miedo e inseguridad

  1. Armando Sin dice:

    Buen día,

    vivo en Suiza, me llamo Armando Sin, no encuentro ninguna direccion e-mail que me permita, escribir directamente al autor de varios articulos Jorge Barreiro.Es posible hacerlo.?

    Mis saludos

    Armando Sin

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