El 68 no fue una fiesta

Este mes es el turno de la llamada rebelión estudiantil de los años 60. En la ritual celebración de aniversarios puede percibirse cierta nostalgia de tiempos heroicos pero también cierta necesidad de sentirnos depositarios de alguna herencia inmaculada o continuadores de un episodio fundacional. Por ejemplo, la gesta artiguista, en el caso de la nación, el 68 en el caso de una buena parte de la izquierda contemporánea. Hubo una época en este país en la que todo había empezado en el 68: el proceso de fascistización, la politización de las masas, la liberalización de las costumbres, la latinoamericanización del país, el compromiso de los intelectuales, la crisis final del sistema.

El movimiento estudiantil del 68 (porque fue más un movimiento estudiantil que juvenil) es un buen ejemplo de cómo cada cinco o diez años se puede reescribir (y se reescribe) la historia. No sólo el Gran Hermano abusa del pasado para hacerle decir casi cualquier cosa. Después de todo, son los hombres los que le dan sentido y coherencia a los hechos del pasado, ya que éstos, aunque no lo crea cierta visión mistificada, no llevan impresos en la frente ese sentido y esa coherencia.

Tal vez por eso no debería llamar la atención que hasta el día de hoy siga habiendo tantos relatos e interpretaciones diferentes sobre el 68. Conforme pasan los años, aparecen unas y desaparecen otras: revuelta juvenil en un mundo autoritario y patriarcal, expresión del hedonismo de una sociedad opulenta, impugnación de la izquierda tradicional prosoviética y nacimiento de una nueva izquierda que pretendió subvertir el orden capitalista en el mundo, reivindicación de la subjetividad frente a la moral uniformizadora pero también frente a los imperativos del realismo político, movimiento acotado a EEUU y a algunos países de Europa Occidental, movimiento planetario, a las que últimamente se ha sumado la idea de que las raíces de los caprichos y la irresponsabilidad de los jóvenes actuales se hallan en las desmedidas demandas de hace cuarenta años. Hay para todos los gustos.

Esta diversidad interpretativa es perfectamente comprensible. Después de todo, la historia no es una ciencia exacta. Pero que no lo sea, de ninguna manera supone que cada cual tenga derecho a decir sobre el pasado lo que se le cruce por la punta de la nariz. Los inventarios serios y rigurosos del pasado están sujetos a determinadas metodologías, a la consulta de determinadas fuentes documentales y/o personales que avalen lo que se afirma. En suma, que hay que justificar los relatos y las interpretaciones que se defienden.

Es posible que el movimiento del 68 haya tenido un poco de todos los ingredientes descritos más arriba, aunque los fundamentalistas (o los que creen que todo tiempo pasado fue mejor) se resistan a reconocer esa contradictoria diversidad.

Digámoslo de una vez y sin pretensiones sacralizadoras: a pesar de algunas compañías nada libertarias, sigo sintiendo simpatía por aquel movimiento estudiantil de fines de los 60, que fue una de las tantas expresiones de las luchas por ampliar los espacios de libertad. Se dirá, con razón, que el mundo no es el mismo de hace cuarenta años y, por tanto, que las condiciones de esa lucha son muy diferentes. La política ya no discurre por los derroteros de aquel tiempo, y puede que hasta algunos de los presupuestos y demandas de aquel movimiento puedan parecernos hoy ingenuas, ya integradas a la cultura de nuestro tiempo o incluso aberrantes, pero eso no supone desconocer el mérito de haber interpelado el modo en que discurrían las cosas en ámbitos tan diversos como el político, el laboral, el de las costumbres y la moral sociales. Desde París a Praga, pasando por Estados Unidos, México, Berlín y Montevideo, los estudiantes alzaron la voz para decir que no estaban dispuestos a conformarse con cómo estaban viviendo. Y semejante espíritu no puede dejar de echarse en falta en tiempos tan sometidos al realismo y la utilidad.

Dicho esto, conviene estar precavidos frente a la tentación de la idealización, tan común entre los incapaces de percibir los grises en un movimiento tan amplio, diverso y contradictorio y ciertamente también entre quienes no recuerdan ningún momento de plenitud que no haya ocurrido en su beatificada juventud.

Se me ocurre que una de las necesarias desmitificaciones consiste en recordar que, más allá de algunas similitudes formales y de cierta disposición a involucrarse en los asuntos políticos, el 68 parisino (o más en general en los países desarrollados) tuvo poco que ver con el 68 uruguayo.

Con el paso de los años se ha ido consolidando la idea (la incierta y poco fundada idea) de que la revuelta estudiantil –banalizada, despolitizada, demonizada o convertida en una fiesta juvenil– fue la misma cosa en todo el mundo, como si los estudiantes montevideanos, parisinos, berlineses o checos hubieran estado hermanados por la misma sensibilidad política o fueran hijos de la misma cultura social. Puede que la globalización nos esté jugando una mala pasada. Porque ahora resulta más o menos obvio el común sustrato cultural y político de muchos movimientos de contestación, pero hace cuarenta años el fenómeno estaba lejos de resultar evidente.

Lo que la revuelta parisina puso en cuestión fue, en primer lugar, las fronteras entre el ámbito de lo privado y lo político, cierta sacralización de la intimidad y la esquizofrénica escisión entre un militantismo radical y una vida “privada” convencional que abundaba en la izquierda. La propia subjetividad estaba en el centro de sus preocupaciones. Asfixiados por una moral puritana y el conservadurismo familiar, que tanto contrastaban con la destradicionalizada sociedad moderna y opulenta en la que vivían, los estudiantes reclamaban vivir de otra manera y no estaban dispuestos a subordinar esas aspiraciones a consideraciones de estrategia política o postergarlas hasta la toma del poder y la realización de una incierta revolución que, vistas las experiencias que tenían a la vuelta de la esquina, prometía más opresión que libertad. Por eso no debe extrañar el auge del psicoanálisis, de las lecturas de Wilhelm Reich, de la experimentación con drogas, la ruptura de los tabúes sexuales, el cuestionamiento de las jerarquías en el trabajo y el saber de los expertos, la crítica del consumismo y cierto ecologismo larvado, la interrogación sobre las relaciones entre tiempo de trabajo y tiempo libre y la realización del propio deseo, emblemas todos de aquel movimiento.

Pero también el comienzo del fin del mito del comunismo soviético y de buena parte de la izquierda ortodoxa. A pesar de las numerosas hoces y martillos, de los retratos de Mao que podían apreciarse en las manifestaciones parisinas y la apología de la Revolución Cultural china, el mayo francés impugnó a la izquierda tradicional. Los estudiantes no querían tomar el poder político, querían asumir el poder sobre sus propias existencias (que, según se lo vea, resulta bastante más subversivo). No se debió a una casualidad, o a un descuido, que los estudiantes franceses jamás ocuparan la sede de los numerosos ministerios y edificios públicos que estaban vacíos a causa de la huelga general. Gilles Deleuze decía que lo que puso contra las cuerdas al general De Gaulle no fue un programa de toma del poder, sino un estado de conciencia que se extendía por las calles como un virus.

El mayo francés también tuvo una impronta cosmopolita: la solidaridad con los pueblos oprimidos de todos los rincones del planeta, incluidos los europeos del Este, sometidos a una brutal tiranía, fue una preocupación permanente de sus protagonistas. El intento del gobierno de poner a su servicio las miserias nacionalistas y xenófobas (cuya manifestación más conocida fue la satanización del “extranjero” Daniel Cohn Bendit y su expulsión de Francia) fue respondida con una de las consignas más exquisitas que se puedan concebir en parecidas circunstancias: “¡Todos somos judíos alemanes!”.

Tanto en las consignas emblemáticas del mayo francés como en el inicio de la ruptura con esa concepción de izquierda que, a pesar de las diferencias y particularidades, resultó hegemónica en buena parte del mundo (sin duda en América Latina) hasta la caída del muro, puede percibirse, me parece, un común denominador: la idea de que los individuos tienen una condición, o una dignidad si se prefiere, que está por encima de las exigencias del orden social, del progreso, de la nación o de la revolución.

Llegados a este punto, tal vez no esté demás insistir en algo que puede no resultar obvio. Las líneas precedentes no pretenden ser un elogio laudatorio de mayo del 68 ni una imposible pretensión de ponerlo por encima de su tiempo. Algunas de sus reivindicaciones han sido incorporadas a la cultura social de nuestro tiempo, lo que no les quita su carácter problemático (el tan reverenciado ‘prohibido prohibir’, que bien podría ser el lema del actual ciudadano consumidor que cree que todo le es debido y nada le puede ser impedido, ¿no resulta acaso problemático?). El propósito de la sumaria descripción de lo que ocurrió en mayo de 1968 en Francia y otros países desarrollados es compararla con el movimiento estudiantil uruguayo de fines de los 60.

En rigor no hubo un 68 uruguayo. Semejante pretensión fue una construcción tardía. Diría que de los años ochenta, cuando el vigésimo aniversario del mayo francés. Fue entonces que empezaron a pulular en este país los simposios, encuentros y publicaciones que pretendían convertir la lucha de los estudiantes uruguayos en una parte de aquella revuelta. Pero fueron fenómenos incomparables. No sólo diferían en sus características, sino que además en Montevideo sus protagonistas no se sentían identificados con un movimiento al que consideraban propio de sociedades que debían su riqueza a la explotación del Tercer Mundo.

Lo que tardíamente se ha dado en llamar el 68 uruguayo es indistinguible del 69 o del 70 (o incluso del 71) uruguayos. La chispa que encendió la mecha de la masiva protesta de los estudiantes secundarios (hay que recordarlo) fue el aumento del pasaje de transporte público. La universalización de la educación media en Uruguay en los años 60 llevó a las aulas de los liceos a los hijos de los trabajadores y de la clase media empobrecida y el aumento del precio del transporte público pasó a ser una carga demasiado onerosa para los presupuestos de esas familias. Si los estudiantes parisinos pretendían tomar el cielo por asalto y subvertir el orden de la vida cotidiana, los uruguayos querían, más modestamente, conservar los beneficios de aquel Uruguay de las “vacas gordas” que permitía vivir dignamente, aunque estuviera condimentada con retórica izquierdista. La distancia entre unas reivindicaciones y otras no eran ajenas al abismo que separaba a una sociedad que tenía satisfechas sus necesidades materiales más elementales de otra que empezaba a caerse a pedazos. No debería seguirse de esta constatación el descrédito de unos u otros. Después de todo, cierta emancipación de la necesidad fue una de las condiciones de la preocupación de los estudiantes parisinos por asuntos que resultaban abstrusos de este lado del Atlántico.

Si en las barricadas del barrio Latino se convocaba a hacer el amor y no la guerra, aquí el pacifismo era un asunto de reformistas (o cobardes). Si en París o Berlín se llamaba a “gozar sin trabas” (aunque aún esté por verse cuánto de leyenda y cuánto de realidad había en ello), aquí éramos más tributarios de una moral espartana, mezcla de carmelitas descalzos y Comisariado del Pueblo para la Moral Revolucionaria, que podía llegar a excomulgar a quien osara meterse con la compañera de un compañero. No hablemos de la experimentación con drogas. Si del otro lado del océano circulaba el cannabis, aquí corrían litros de grappa o vino tinto. Me refiero al universo militante, claro, pues había jóvenes que sí las consumían y que no escuchaban a Numa Moraes ni a Viglietti, sino a los rockeros que cantaban en inglés. Pero esos dos mundos vivían de espaldas (acaso los ya para entonces minoritarios anarquistas tenían un pie en cada planeta). Fumarse un porro comportaba el riesgo de ser acusado del delito de “evasión” pequeñoburguesa. Si en París se gritaba “cambiad la vida o sea transformad sus instrucciones de uso”, aquí se pensaba que hasta que no se tomara el poder casi nada se podía cambiar. Confesar que se había ido a un baile era motivo de mofa y sospecha. No había espacio ni tiempo para revolucionar nuestros cotidianos. El movimiento estaba imbuido aquí de una seriedad absoluta, que contrasta con el libertinaje y el desenfreno que ahora se le atribuyen. La revolución siempre fue cosa seria.

Si en Europa, y de forma contradictoria, el movimiento supuso el inicio de una ruptura con la izquierda neostalinista, aquí comenzó a gestarse la hegemonía político-cultural de esa izquierda, que hasta esos años no pasaba de ser un conjunto de grupúsculos. Un fenómeno que no ocurrió estrictamente en el año 68, sino que se extendió a los siguientes y que posiblemente encontrara sus raíces en los precedentes. Incluso habría que remontarse a la revolución cubana para explicar una parte de la seductora influencia de esa izquierda. Se podrá acotar o extender el período de esa mutación clave de la cultura política de este país, pero lo cierto es que no fue un rayo que estalló y se disipó ese año. Una constatación que autoriza, me parece, a cuestionar la existencia de un 68 uruguayo parangonable al mayo francés, que tuvo algo de acontecimiento. Del movimiento de ese trienio (o de ese lustro si se prefiere), que se extendió a la Universidad y al movimiento obrero, comenzó a nutrirse esa izquierda. Una izquierda que, más allá de matices y dicho de forma sumaria, compartía la misma visión clásica de la toma del poder por una vanguardia revolucionaria y la construcción de un “socialismo” a la uruguaya pero inspirado en el soviético y cubano. Porque en el fondo, las dos grandes corrientes de la izquierda uruguaya (el PC y los Tupamaros) que a partir de aquellas huelgas obreras y barricadas estudiantiles comenzaron a hacerse hegemónicas, eran hijas de la misma familia ideológica, aunque, como en todas las familias, también hubiera reproches y trifulcas.

Si la revuelta estudiantil europea se sentía solidaria con los perseguidos de Europa del Este, aquí nadie, salvo el semanario Marcha y un puñado de anarquistas, condenó la invasión de Checoslovaquia en 1968 por las tropas soviéticas (Fidel Castro incluso la apoyó explícitamente).

Si el mayo francés introdujo la sospecha hacia quienes se autoerigían en representantes de una clase obrera “ignorante de sus verdaderos intereses”, aquí el movimiento estudiantil terminó engullido por esos representantes. Si la palabra se convirtió en París en el arma privilegiada para cuestionar la ideología y la moral en la que se fundaba el orden establecido, aquí se la despreciaba (“la palabra nos divide, la acción nos une”) y se ensalzaba el anti-intelectualismo. “Se buscaba la profecía autorrealizada, una ruptura de la que nacería una sociedad justa. De ahí la importancia de la acción directa y la violencia, así como el desprecio de la palabra, como instrumento de negociación y mediación. Aceptar hablar era volver al laberinto de mediaciones en que la sociedad había quedado atrapada”.* A diferencia del mayo francés, tampoco había aquí un discurso específicamente juvenil o estudiantil. Los estudiantes pensaban lisa y llanamente en la revolución, de la que tomarían parte como cualquier adulto. El cuestionamiento de las instituciones educativas era bastante primitivo por cierto y estaba subordinado al proyecto revolucionario: entre otras cosas, el imperativo era crear “cuadros” para la organización o el futuro gobierno revolucionario.

No se trata, parece una obviedad señalarlo, de quedarnos con un 68 u otro. Ambos han sido hijos de sociedades muy diferentes, posiblemente mucho más diferentes de lo que son ahora. Pero aun suscribiendo la hipótesis opuesta a la que aquí se sostiene, es decir que el movimiento estudiantil de fines de los 60 fue un todo indivisible aunque con rostros diferentes en París, Berlín, México, Praga, Estados Unidos y Uruguay, parece atinada la recomendación de uno de los líderes más conocidos del mayo francés, Daniel Cohn-Bendit, en el sentido de dejar de mentar al 68, porque ya no puede iluminar el futuro. Si el propósito de los vocacionales de la celebración fuera, cosa que no es nada segura, poner el acento en el rechazo de los sesentayochistas a aceptar las fronteras vigentes de lo posible, habrá que decir que la historia de la modernidad registra tantos ejemplos de ese empeño que viviríamos de evocación en evocación.

Una última constatación: aunque sólo sea en un sentido, sí que somos herederos del 68. No en el de ser portadores de banderas momentáneamente caídas, sino en uno posiblemente menos evidente. Muchos de los reclamos del 68, continuados por vías menos heroicas en los años que siguieron, han sido incorporados paulatinamente a nuestra normal cotidianeidad. Que hoy pensemos en la condición de las mujeres, la igualdad entre los sexos, la discriminación de los homosexuales, en el militarismo, que nos preguntemos acerca del sentido del llamado progreso o que el socialismo real haya perdido su capacidad de seducir, no puede explicarse sin el 68. No sin el 68 como acontecimiento, sino sin la cultura política que sostenía a aquel movimiento. Por eso mismo no deja de resultar curioso que hoy no se aprecien algunas conquistas resultantes de aquellas luchas, como si las aspiraciones de ayer hubieran perdido su encanto por el mero hecho de haber sido “asimiladas”.

* Gonzalo Varela, De la República liberal al Estado militar. Uruguay 1968-73, Ediciones del Nuevo Mundo, 1988.

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