Apuntes de campaña/1

Péguele a Argentina y gane un voto

El ataque a Argentina y los argentinos parece haberse convertido en uno de los recursos favoritos de los candidatos en esta campaña electoral. Cualquiera diría que hacer alguna referencia a la escasa vocación republicana de los argentinos es el peaje a pagar por subir un punto en los sondeos. Manifestar cierta arrogante compasión por las malas maneras cívicas de los vecinos, ufanarse de la propia honestidad en contraste con la indecencia que reinaría en Argentina o simplemente recordar nuestra incierta singularidad son platos infaltables en el menú que ofrecen los presidenciables.

La suposición de que este penoso recurso deleita al electorado pone en evidencia el arraigado anti-argentinismo existente en esta provincia, pero también la infertilidad de la campaña electoral, en la que los gestos impactantes, el guiño de complicidad al votante, la estocada fácil o el ‘ustedes son peores’ apenas disimulan la ausencia de reflexiones sobre los ineludibles problemas que debe enfrentar este país.

Uno de ellos es la relación con Argentina. Y no parecía mal encaminada la iniciativa de José ‘Pepe’ Mujica de reunirse con Cristina Kirchner para tender algún puente que, tarde o temprano, deberá tenderse con el gobierno de ese país, salvo que se piense que Uruguay y Argentina pueden seguir ladrándose eternamente. Pero la fórmula del Frente Amplio pareció más inclinada a hacerse perdonar semejante “traición” que pasar a la ofensiva y exigirle a sus rivales que expusieran una mejor idea sobre cómo superar el impasse con Argentina.

Luego, todo se desmadró. La cortedad de miras y las urgencias de la carrera electoral (sí, al parecer se trata de una carrera) alimentaron el más rancio chauvinismo. Para Mujica los argentinos son “burros”. El gobierno es burro, los gremios agropecuarias son burros, los radicales son “nabos”, los peronistas son “patoteros”, la sociedad argentina es “histérica” y el comportamiento de ese país, “incomprensible” para el autocomplaciente republicanismo uruguayo. Ya nos dirá Mujica, si llega a ser presidente, cómo piensa “recomponer” la relación con Argentina después de este elogio de la argentinidad. Cuando alguien le preguntó al presidente Tabaré Vázquez si le preocupaba el costo político que podían tener para el Frente Amplio las declaraciones de Mujica, respondió como el estadista que es: “lo único que me preocupa es lo que pueda salirse de la costumbre, del modo de vida de los uruguayos”. ¡Vaya preocupación para un presidente de izquierda!

El candidato blanco, Luis Alberto Lacalle, no desaprovechó la ocasión para reprocharle a Mujica su visita a la presidenta argentina, al parecer una traición a las esencias patrias ni para hacer todo lo contrario dos semanas más tarde, es decir pedir disculpas a los argentinos por los exabruptos de Mujica. Pero su genio nacionalista o los resultados de la última encuesta, da igual, pudieron más y sus elegantes maneras diplomáticas duraron lo que un lirio. Cuando un periodista hizo referencia a la inseguridad pública a uno y otro lado del Río de la Plata, Lacalle lo cortó en seco: “No nos compare con lo peor”. Lo peor, se sabe, es siempre Argentina.

Alguien definió al nacionalismo como el narcisismo de la diferencia (“nosotros somos únicos”). Y yo agregaría que el nacionalismo uruguayo es el arte de exorcizar nuestro complejo de enanos. Todo lo cual es una pena, porque ese nacionalismo es totalmente anti-político. Cuando se convoca a la patria desaparece la política.

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