Apuntes de campaña/2

El candidato que dice lo que piensa

En uno de sus habituales brotes de locuacidad, el candidato del Frente Amplio, José Mujica, se despachó en estos días sobre innumerables asuntos políticos. Con su proverbial retórica gauchesca, pontificó sobre el ser y la nada, el espíritu y la materia, el infinito y el bife. Así fue desgranando en varias entrevistas sus puntos de vista sobre el capitalismo, el socialismo, las ONGs, la Universidad, los consumidores de drogas, los sindicatos, los partidos que integran el Frente Amplio, el ser argentino. Y no dejó títere con cabeza. Se pueden suscribir algunas de sus diatribas, pero después de leerlas uno se queda con la sensación de que, salvo él, casi todos hemos extraviado el rumbo.

Mujica ha terminado por confundir su saludable reconocimiento de la complejidad del mundo actual y de que los políticos no pueden prometer certezas en este mundo incierto con decir cualquier cosa. Se ha imbuido tanto de su papel de viejo sabio que se ha terminado creyendo que es la última versión del oráculo de Delfos. Con sus aforismos vernáculos y su filosofía de mostrador termina diciendo trivialidades. Porque un buen número de las ideas de Mujica son lugares comunes vestidos con frases ingeniosas extraídas del refranero de la patria. Si lo que buscaba era interpelar a la política tal cual es en estos tiempos, más le hubiera valido quedarse con su modesto ‘sólo sé que no sé nada’.

Mujica ha respondido a las críticas que recibió por sus impiadosos ataques a aliados y enemigos políticos con un “yo sólo digo lo que pienso”, de escaso valor semántico. No defendió ni rectificó lo que dijo. Incluso sugirió, como está de moda sugerir ahora, que sus declaraciones fueron “sacadas de contexto” o que su entrevistador lo traicionó por publicar dichos que no estaban destinados a ser publicados. Traicionado o no, Mujica dijo lo que dijo y eso no lo puede borrar nadie.

Pero falla el candidato del Frente Amplio cuando invoca su derecho a expresar sus ideas, porque las críticas que recibió estaban dirgidas a sus ideas, no a cuestionar sus derechos. He aquí la verdadera controversia. Pretender otra cosa es entreverar la baraja, como diría él mismo.

Con su invocación del derecho a decir lo que piensa y la condena del mensajero, Mujica pretende poner un piadoso manto de silencio sobre el contenido de su pensamiento pendular y sugiere que lo que realmente cuenta es su franqueza, el coraje de decir lo que piensa, su transparencia y sus atributos personales, que se opondrían a la impostura y la opacidad de la política tradicional. Este es el mayor peligro que atisbo en Mujica: sus inclinaciones anti-políticas. Porque Mujica no nos convoca a discutir sus ideas y propuestas (por modestas que sean… y no pueden ser de otra manera en la era de la impotencia de la política), sino a valorar al Pepe tal cual es, sus atributos de hombre de pueblo, su estilo campechano, su simplicidad. En suma, a que confiemos en él porque él es de los nuestros.

Hay que decir, con todo, que no se trata del ardid de un candidato que ha descubierto una veta inagotable de votos. El mérito que Mujica atribuye a su franqueza y su transparencia no es ajeno a las tendencias más anti-políticas que fluyen en la sociedad contemporánea. De alguna manera, Mujica ofrece lo que una parte de la sociedad está pidiendo a gritos. En un mundo plagado de incertidumbres, en el que nadie (ni siquiera los políticos) pueden dar seguridades, es decir en la era de la desconfianza generalizada, un buen número de ciudadanos lo que reclama es el derecho a confiar. Y dado que las ideas y proyectos son demasiado complicados y abstractos como para suscitar confianza, muchos ciudadanos están inclinados a buscarla en las personas, en primerísimo lugar en aquellas con las que se identifican al nivel más elemental y epidérmico. No hace falta ser un analista sagaz para darse cuenta de que, por una cuestión puramente cuantitativa, es más probable que esa aspiración termine favoreciendo a un candidato salido de las entrañas del pueblo y no a un profesor universitario o a un ricachón con maneras aristocráticas. Pero nunca se sabe. Porque cuando el voto se ha despolitizado y depende de una cuestión de gustos, como a la hora de elegir el postre, o de algo tan difuso e inaprensible como la confianza, todo es posible.

Esto explica, a mi juicio, la aparentemente imparable personificación de la política en todas partes del mundo, que se conjuga a la perfección con la lógica de los medios, para los que las “historias de vida” son mucho más atractivas que las abstractas y aburridas ideas, que no interesan a nadie. Así, lo que ocupa el centro del escenario son las historias del tornero que llegó a la presidencia de Brasil, el negro que llegó a la Casa Blanca, el indígena que llegó al Palacio Quemado, la madre divorciada que llegó a la Moneda y tal vez el chacarero y ex guerrillero que llegará a la presidencia de Uruguay. El “detalle” en el que no siempre se repara es que este fenómeno contribuye a socavar los cimientos de la política.

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