Apuntes de campaña/3

Independencia o muerte

Acabo de leer una columna de opinión de Luis Alberto Lacalle en la que afirma que la seguridad, el empleo y la independencia son los principales pilares de su propuesta política. Dejemos de lado ahora los dos primeros y concentrémonos en el último. ¿De qué habla Lacalle cuando habla de independencia? Más allá de cautivar los oídos con una palabra que suele evocar la idea de libertad, ¿qué diablos puede suponer la independencia en estos tiempos globales?

Lo característico de este tiempo es precisamente la creciente interdependencia de nuestras sociedades. Por tanto, podemos tener la certeza de que ningún país podrá enfrentar aislado los desafíos que plantea el actual desorden del mundo. Salvo en lo que atañe a la cada vez menos significativa soberanía política, es decir a la jurisdicción de un Estado nacional sobre un determinado territorio (e incluso referida a ésta), la idea de una economía, una cultura o una sociedad independientes suena a auténtica reliquia.

Los grandes riesgos contemporáneos son globales: desde los riesgos ambientales –el cambio climático, la desertificación, la deforestación, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de los recursos naturales y la contaminación–, hasta la pobreza, las enfermedades epidémicas, la proliferación nuclear y la carrera armamentista, pasando por los movimientos migratorios, las inciertas consecuencias de la aplicación de algunas tecnologías y la desterritorialización de la actividad económica, en particular la dinámica de los mercados financieros cuyos imprevisibles espasmos cíclicos pueden arruinar la economía de cualquier país. Ni siquiera la estabilidad democrática de muchos países puede ser garantizada por fuerzas estrictamente nacionales, tal como está quedando ahora mismo en evidencia en Honduras y hace unos meses en Bolivia y antes en Haití.

Ninguno de los riesgos y desafíos mencionados es susceptible de ser enfrentado autónomamente por un solo país. Ni siquiera por el más poderoso del planeta, como acaba de reconocer el propio presidente Barack Obama en la última asamblea general de las Naciones Unidas. En un mundo de crecientes interdependencias siempre habrá que contar con lo que hagan los demás. En ese contexto, ni siquiera la hegemonía militar garantiza nada.

Los riesgos, incertidumbres e inseguridades inherentes al mundo actual sólo pueden gestionarse sobre la base de reglas globales consensuadas, lo que, dicho en español básico, supone asumir nuestras crecientes interdependencias y resignar la soberanía de los Estados nacionales sobre un buen número de asuntos que atañen a nuestro futuro. En este contexto, convertir la independencia en el pilar de una propuesta política es pura retórica vacía, un salvoconducto hacia la impotencia. La única forma de que los habitantes de las naciones más insignificantes (entre los cuales debemos contarnos, mal que nos pese) no sigan siendo meros corchos en el océano global y encuentren alguna forma de incidir en la configuración del futuro es asumiéndolo con los demás. Habrá quienes sugieran que a lo sumo podremos estar atentos a la dirección de las corrientes marinas o eventualmente aferrarnos a una tabla que prometa llegar a un puerto seguro (provisoriamente seguro hay que decir) y habrá quienes nos propongan anticiparnos a las tormentas (una anticipación siempre incierta) y compartir la nave con otros, que es la única forma, si es que la hay, de asumir algún control sobre el futuro. La diferencia entre una y otra propuesta es la que existe entre la mera adaptación a las cambiantes circunstancias y la apuesta por la política, es decir por la creencia de que los hombres pueden, dentro de los límites de su tiempo, determinar el rumbo. He aquí los aparentes dilemas de la política internacional de un país como éste.

Sin embargo, lo que Lacalle nos propone no es discutir cómo vamos a lidiar con problemas que ya no pueden ser pensados –mucho menos superados– localmente, sino salvar los restos raídos de una independencia puramente nominal.

Una de las cosas que más alarma de la actual campaña electoral (y no sólo en el discurso del patriota Luis Alberto Lacalle) es precisamente la escasa atención que se presta a las tendencias que le dan forma al mundo en el que vivimos y que sin embargo determinan en buena medida los problemas locales que los políticos pretenden abordar.

Entre las frases favoritas de nuestros políticos hay una que comienza por “el mundo va por…” o “todos los países del mundo…”. Pero la aldeana autocomplacencia de la que hacen gala suele llevarlos a ignorar olímpicamente las tendencias clave de ese mundo que tanto invocan y a concentrarse en asuntos domésticos que, sin embargo, no son ajenos a la dinámica de ese mundo. En esta campaña electoral brillan pos su ausencia los temas que trascienden nuestras fronteras, con excepción de vagas referencias a la integración regional y a la diversificación de los mercados para la producción nacional (un empeño, este último, abocado a una extenuante e incesante adaptación, dada la dinámica de la economía global). Es innecesario recordar que semejante omisión es mucho más preocupante en un país que por sus dimensiones económicas y demográficas suele resfriarse ante el menor estornudo del mundo.

Basta con cruzar el arroyo de la Invernada o la línea divisoria, tomarse un avión o mirar cualquier canal de televisión internacional para constatar que ni el mundo repara en Uruguay ni Uruguay (al menos el Uruguay político) repara en los temas que desvelan al mundo.

¡Y Lacalle convirtiendo a la independencia en un pilar de su propuesta! ¡Un auténtico visionario! Lo que se dice una mirada de estadista que se adelanta a su tiempo. Si ese empeño se refiere a la conservación de una mitificada independencia, hay que decir que Lacalle no se enteró de en qué mundo vivimos, porque no se puede conservar aquello de lo que no se dispone. Y si se refiere a recuperar la independencia perdida, habría que advertirle que tal cosa es no sólo imposible, sino quizá también indeseable.

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