Apuntes de campaña/5

¿Qué fue de los partidos políticos?

Si uno no estuviera al tanto de que en estos días asistimos a una campaña electoral para elegir presidente y vicepresidente de la República, podría pensar que estamos en vísperas de alguna conmemoración patria o en medio de unas carnestolendas que convocan a las masas sin distinción de preferencias políticas.

El paisaje callejero y las pantallas de televisión están monopolizados por banderas nacionales. Y como la nación somos todos, es de suponer que quienes sacuden esos trapos nos sugieren que detrás de ellos también cabemos todos. Cuando se habla en nombre del país o se invoca a la patria, todos los gatos son pardos, las diferencias desaparecen y sus componentes se disuelven en un caldo insípido. Preferir a un uruguayo en lugar de a otro uruguayo termina siendo un asunto de gustos: el estilo, la sobriedad o la desfachatez, la confianza o las dudas que nos merezcan los candidatos terminan convirtiéndose en el criterio que nos hace decidir por uno u otro.

Hay que decir que, por razones de conveniencia electoral, los candidatos del Partido Nacional son los que más energías han puesto en destacar el carácter uruguayo, así a secas, de su cruzada política (su presidenciable llegó a decir que se despojaba de su condición de jefe de un partido y pasaba a ser un uruguayo más), pero no es menos cierto que el candidato de la izquierda también se ha preocupado de limar cuantas aristas de su discurso pudieran poner en evidencia que es el líder de otro partido (etimológicamente, de parte, en oposición al todo) con ideario propio y propuestas acerca de los asuntos que más desvelan a los ciudadanos, para no correr el riesgo de enajenarse el apoyo de quienes piensan distinto. Convendrán conmigo en que erigir la consigna de “un gobierno honesto, un país de primera” en el lema de una campaña no es precisamente un síntoma de distinción. ¿O habrá alguien que prefiera un gobierno deshonesto y un país de cuarta?

En un brote de totalitarismo nacionalista (y con un ojo puesto en los votantes de los partidos que no pasaron a la segunda vuelta), el candidato a vicepresidente Jorge Larrañaga dijo la semana pasada en una entrevista televisada que la respuesta a los problemas de la educación, la inseguridad, el sistema de salud, las relaciones exteriores y la pobreza no tenían color político, no eran asuntos que admitieran un enfoque político partidario, sino –¡adivínese!— nacional. Ya nos dirán Larrañaga y quienes así hablan qué motivos tendríamos entonces para votar por él y no por sus rivales. Parecidos “argumentos” expusieron estos dirigentes en un mitin reciente: en su defensa de la nada más desnuda, proclamaron que era mala cosa discutir sobre la despenalización del aborto durante la campaña electoral, porque semejante fiebre polémica (confrontación es el vocablo más denostado por los líderes de la oposición) no contribuiría a unir a los uruguayos, sino a dividirlos, que al parecer es la peor peste que podría caer sobre una campaña electoral.

De modo que si nos sometemos a la retórica de estos políticos y a la sensibilidad anti-política que se ha apoderado de buena parte de la sociedad, no nos correspondería elegir entre programas de partidos políticos, sino entre los candidatos que nos susciten más confianza, con la crédula esperanza de que luego harán lo más conveniente para todos según su leal saber y entender.

Si los partidos políticos no son portadores de ideas diferentes (y enfrentadas en muchos casos) acerca de las soluciones más justas sobre el estatuto legal que debería tener el aborto, por ejemplo, o el sistema impositivo, o la legislación laboral, o la forma en que se podría terminar con la pobreza, no se entiende para qué los necesitaríamos. Bastaría con hacer desfilar a los candidatos por una pasarela y que un panel de expertos los interrogara acerca de sus preferencias… sin certeza por cierto de que las llevarán a la práctica en el futuro. Y no porque sean unos impostores, sino porque en las sociedades actuales la buena voluntad de un líder, o incluso la de un gobierno, no bastan para garantizar que se seguirá el curso que se anuncia.

Cuando el propósito de una campaña es cautivar al mayor número de votantes posible, como viene ocurriendo desde hace décadas, lo más recomendable es no contradecir el inescrutable imaginario del ciudadano medio, posicionarse siempre a mitad de camino entre los extremos, ventilar la menor cantidad posible de afirmaciones fuertes, de esas que no son susceptibles de ser interpretadas al antojo de cada cual. La nada, en suma. Hay que limitarse a repetir palabras-fuerza que cautiven con su perfume embriagador, que puedan ser llenadas por la imaginación del interlocutor: justicia, paz, libertad, honestidad, bienestar, seguridad.

El problema ciertamente no es nada sencillo de resolver, porque quienes deberían estar llamados a contrarrestar esta dinámica, los partidos políticos, son los primeros en estar sometidos a la misma. No conozco excepciones en este país. Los partidos políticos se han convertido en engranajes al servicio de ganar elecciones. Con esa disposición terminan completando un círculo perverso.

Va de suyo que un partido político no debería tener, como antaño, la omnipotente pretensión de ser portador de un proyecto capaz de diseñar a voluntad y hasta en sus menores detalles todos los ámbitos de la vida social. Entre otras cosas, el carácter fluido, imprevisible y no anticipable de la sociedad actual expondría semejante vocación a la constante revisión, cuando no al ridículo. Pero una cosa es la prudencia y otra muy diferente es creer que es posible hacer política sin valorar, sin tomar partido, sin sopesar argumentos, sin comparar o contrastar ideas o haciendo de cuenta que no hay propuestas y decisiones más justas y valiosas que otras. O que todas pueden converger en el justo medio de los “intereses de la patria”. Cuando se tiene la convicción de que todas las preferencias son respetables y que apenas se trata de elegir al candidato más confiable para que lleve las suyas a la práctica, asistimos a la ruina de la política.

Sería una desmesura que aguardáramos de una campaña electoral que los partidos políticos expusieran, por ejemplo, el contenido de los programas educativos que pretenden implementar o qué horarios cumplirán los escolares, pero no lo parece tanto que lo hicieran respecto de los fines de la educación, o de qué entienden por laicidad, o qué debe quedar reservado al libre albedrío de la familia en materia educativa y qué debe ser incumbencia de la sociedad. Se supone que los partidos son portadores de las diferentes ideas, sensibilidades y proyectos sobre la buena sociedad, que deberían enfrentarse en la deliberación pública. Hurtar este enfrentamiento (ineludible en una sociedad pluralista) en nombre de la unidad del país o condenar el espíritu de discordia que supuestamente animaría a los partidos políticos, supone condenarlos a la insignificancia o a la mera defensa de intereses particulares. En eso estamos.

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