¿De qué hablamos cuando hablamos de política?

Que asistamos al predominio de una política negativa, es decir a la costumbre de “defender” los propios presupuestos sobre la base de poner en evidencia las debilidades, errores y fracasos de los otros, es un síntoma de los serios problemas a los que se enfrenta la política entendida como hasta antes de ayer, es decir aquella cuyo horizonte era desafiar el curso espontáneo de los acontecimientos, configurar un mundo deseable en oposición a la pura gestión, a la mera adaptación al mundo no político.

¿Y si esa política negativa, que se limita a subrayar los fracasos ajenos, estuviera poniendo en evidencia que en el fondo los políticos no saben muy bien qué hacer con un “mundo común” cada vez menos previsible y controlable, que es el requisito de una política que aspire a configurar el mundo y no sólo a adaptarse a él? ¿Y si los políticos no fueran, como suponemos, ignorantes o poco imaginativos, sino que estarían perplejos ante el descontrol del mundo, enfermos de nostalgia de una época en la que desde el Estado se podía diseñar la vida social? ¿Y si la pobreza de ideas que ponen de relieve las campañas electorales y la vida politica en general fuera sólo una señal más de que la política ya no puede prometer ni dar certezas con tanta ligereza como antes y que todos sin excepción están expuestos a los límites provenientes de fuera de la política? Si estas conjeturas fueran ciertas, explicarían la artificiosa inflación de las diferencias entre partidos. Porque, seamos francos, no es que unos propongan el día y los otros la noche ni que un eventual triunfo del Partido Nacional vaya a implicar una contrarrevolución conservadora, entre otras cosas porque el Frente Amplio en el gobierno no emprendió revolución alguna. No es que no haya diferencias entre unos y otros; las hay, pero ya no revisten el dramatismo que tenían antaño y se inscriben en el mismo campo de controversias que hoy pueden separar a los conservadores y los socialdemócratas en los países europeos. Es que la impotencia de la política para vérselas con la incertidumbre y la liquidez reinantes rige para unos y otros. En ese sentido al menos, los iguala.

La sospecha de que los políticos tienen poco para decir (y menos para prometer) acerca de la configuración del futuro común, que es a lo que se supone que aspira la actividad política, ya ha hecho un largo camino en la sociedad. Será una sospecha poco elaborada y pensada, pero forma parte del sentido común popular. De modo que resulta entendible cierta desconfianza de los ciudadanos ante unas campañas electorales que se degradan en un torneo de promesas a la carta, esto es, un menú diferente para cada interlocutor (las mejores condiciones para los inversores, trabajo para los desempleados, subsidios para los pobres, seguridad para todos). Para colmo, ofertas que a veces son contradictorias entre sí. Un fenómeno que no debería atribuirse únicamente a la impotencia y perplejidad de los políticos, porque también revela, valga la paradoja, la forma anti-política en la que el ciudadano se involucra en política, es decir aguardando de ésta satisfacción a sus necesidades personales como haría un consumidor en el mercado (La afirmación “yo de la política ya no espero nada” es en este sentido reveladora de las motivaciones que mueven a muchos ciudadanos.). De más está decir que la política no tiene una solución para cada tragedia personal, aunque la servil disposición de los políticos a colmar las expectativas de un público cada vez más exigente y decepcionado sugiera lo contrario.

Si lo dicho hasta aquí fuera verdad, explicaría la creciente irrelevancia de las campañas electorales y de la discusión política ordinaria. Porque los votantes intuyen que la realización de las promesas de los candidatos no depende ya de un ámbito cada vez más desprestigiado, como es el de la política, y que además ha perdido la centralidad que llegó a tener en la vida social. Al menos no de la política tal como está concebida hoy, un asunto de expertos en gestión de asuntos públicos que están detrás de la ventanilla de reclamos. El problema es que no nos tomamos en serio la posibilidad de que la política sea algo más que un evento en el que se legitima cada tantos años a los gobernantes, que no debe confundirse por cierto con la legitimación de las iniciativas que luego tomen.

La democracia representativa está sometida a los tiempos electorales y las estrategias políticas están centradas en ganar o conservar el poder y, por ende, subordinadas a las expectativas cortoplacistas de los votantes, que casi nunca se llevan bien con los tiempos lentos de la deliberación, los proyectos y las reformas. El ciudadano contemporáneo no está interesado en la planificación, quiere respuestas inmediatas o a corto plazo. Conducta que alimentan los propios políticos con su retórica de servidores del votante. Frente a la demanda de seguridad y certezas, los políticos se comportan como bomberos que corren de un lugar a otro a apagar los fuegos encendidos por la cólera y la insatisfacción de los votantes. Unos y otros reaccionan sin visión de conjunto, de forma anti-política.

La dificultad de la política para brindar certezas y dar respuesta a las urgencias no se debe a la falta de imaginación o al cinismo de los políticos, sino a la dinámica de nuestra sociedad, en la que la política ha perdido su función de configurar y asumido la de reparar daños. La fluidez y opacidad de la sociedad contemporánea, en la que el futuro está abierto e indeterminado (lo que, ciertamente, no supone un anuncio de lo peor como piensan los apocalípticos), resultan sencillamente ingobernables para una política entendida como hasta ahora, es decir como ámbito soberano, atado al territorio, capaz de instaurar un orden futuro diseñado por expertos. Según el filósofo Daniel Innerarity*, la política, como se la entiende hoy, tiene cada vez menos posibilidades de imponer o de diseñar el futuro. Afirma asimismo que también ha perdido en parte (y no sólo la política) la capacidad de anticipar lo que va a suceder: en los sistemas complejos e interdependientes en los que vivimos, los riesgos, amenazas y conflictos no son enteramente previsibles. En ellos ya no hay lugar, si no se quiere incurrir en el ridículo, para fórmulas del tipo ‘lo que ocurrirá es lo siguiente y nosotros vamos a intervenir de tal o cual manera’. La política no puede suprimir el riesgo y la incertidumbre, que suscitan aversión en quienes conciben el futuro como destino inexorable pero que son asumidos como inevitables compañeros de ruta por quienes lo entienden como algo indeterminado. ¿No podría ser acaso el reconocimiento de José Mujica del carácter contingente de la política actual la causa de la masiva identificación con su figura? ¿No es posible que la seducción que ejerce se deba a que es percibido como el primero y único que a su manera reconoce que no tiene la más pálida idea de lo que se puede hacer desde la política? ¿No reconocerán los votantes alguna verdad en esas famosas palabras de que “así como te digo una cosa te digo la otra”? Si así fuera, el cualquiercosismo de Mujica sería la metáfora de una época, una expresión de la fase terminal de una forma de entender la política.

Hay quienes creen que no necesitamos a la desprestigiada política o que debemos resignarnos a que siga siendo el quehacer de un grupo de profesionales al que cada cinco años legitimamos y pagamos para que se ocupen de apagar incendios. Pero los problemas que enfrentamos no son superables sin una acción colectiva. A pesar de algunos empeños en boga, no hay soluciones individuales a problemas sistémicos, por decirlo con palabras de Zygmunt Bauman.

Las posibilidades configuradoras de la política se han reducido y hasta entre los ciudadanos más despolitizados aumenta la conciencia de sus límites. Y sin embargo, el futuro no está determinado por las leyes de la historia, la naturaleza o la voluntad divina. Está indeterminado y abierto a la intervención de los hombres, a pesar de que cierto izquierdismo pretenda que la historia (incluida la por venir) tiene algo de inexorable y cierta derecha sólo haya conservado de la modernidad el impulso modernizador, es decir la idea de que más es mejor que menos, que ir más rápido es mejor que ir más lento. A ella le debemos la percepción de que vivimos en un mundo que se mueve a toda velocidad, pero en el que no se modifica nada esencial. Porque para ese espíritu modernizador las posibilidades de la política se reducen a apuntalar la última versión de lo mismo. Denuncia, apropiadamente a mi juicio, que buena parte de la izquierda está enferma de nostalgia, pero el gran cambio que nos propone es instalar la última versión de Windows. A su manera, también ella ha clausurado las posibilidades de la política al degradar la idea de cambio a mera novedad.

Claro que las posibilidades de configurar el futuro no están al alcance de una política que, como la actual, simula ser omnipotente frente a los límites que le vienen impuestos por otras esferas de la vida social, en primer lugar la económica, y que conserva todos los rituales y rutinas de las épocas previas a la globalización.

A título provisorio y de mero inventario, hay que decir que una política que no quiera condenarse a la impotencia o a una mera gestualidad heroica, debería reconocer en primer lugar su carácter contingente, revocable, tentativo. La política debería asumir su quehacer con más modestia de lo que lo hacía en las épocas de los grandes proyectos finalistas, cuando los actores políticos se dividían en héroes y villanos y nuestras acciones pretendían basarse en la certeza de un saber “científico”. Ahora la brecha existente entre unas acciones que tienen un impacto en países y personas que ni siquiera conocen quienes las emprenden (debido a la también creciente interdependencia de nuestras sociedades) y la mucho menor capacidad de anticipar ese impacto, invita a la cautela (piénsese apenas en las aún inciertas consecuencias del uso de algunas tecnologías o en el resultado que los caprichos de los movimientos financieros tienen en países enteros).

También debería aspirar a algo más que a la mera adaptación a la dinámica del mundo no político. Si sigue sometida al discurso modernizador que pretende que su función es someterse a la dinámica del mundo, en lugar de reflexionar sobre el curso deseable de las cosas, la política estará condenada a la insignificancia.

Otro conflicto, aparentemente irresoluble, que deberá enfrentar la política es el que opone la creciente aceleración del tiempo en las sociedades contemporáneas y las urgencias de los ciudadanos a la lentitud inherente a la deliberación y las decisiones políticas. Si no desistir de, al menos atenuar, una forma de hacer política totalmente subordinada a los tiempos electorales, con su mirada cortoplacista que se desentiende de aquello que no da réditos inmediatos y, sobre todo, que confina al ciudadano al papel de espectador.

Otra marca registrada de la política actual que debería ser objeto de reflexión y crítica es su asimilación a la democracia puramente electoral-representativa, que olvida que para los ciudadanos las elecciones de gobernantes sólo legitiman su institución como tales, pero no lo que hagan luego con el poder que les ha sido delegado. La impugnación que hacen los propios electores de las iniciativas de los gobernantes que ellos mismos han elegido es fuente de perversiones, en particular cuando es puramente reactiva u obstructiva, carece de un enfoque de conjunto más o menos coherente o se basa exclusivamente en el interés de los particulares, pero al menos debería servir para tomar conciencia de lo problemática y precaria que empieza a ser la legitimidad puramente electoral.

Si el escaso margen de maniobra de la política frente a las constricciones que le vienen impuestas por otros ámbitos tiene alguna posibilidad de hacerse efectivo no será con toda seguridad, como ahora, con unos políticos en el papel de héroes de los que todo podemos esperar y con unos ciudadanos irascibles, siempre decepcionados, lanzándole injurias por las promesas incumplidas.

Finalmente, la política debería asumir alguna forma transnacional para compensar el brutal desequilibrio que existe entre su condición sedentaria y atada a la soberanía territorial y una economía y sociedades cada vez más globalizadas, fluidas, nómades y desterritorializadas, que condenan a la primera a la impotencia. Los Estados nacionales ya no pueden someter a su lógica a poderes a los que la soberanía territorial les tiene sin cuidado. Va de suyo que esta perspectiva es impensable mientras la política siga sometida al palabrerío vacío de la soberanía nacional. Nadie debería sorprenderse que un ciudadano medianamente informado contemple con estupefacción e incredulidad a unos candidatos que, sin excepción, nos ofrecen un “proyecto nacional”.

* “El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política“, Editorial Paidós, 2009.

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