Únicos e irrepetibles

Hace años que se nos recuerda con machacona insistencia que escasean las oportunidades de apreciar los talentos artísticos locales, pero nadie parece reparar en un fenómeno en cierto sentido opuesto y al menos tan extendido como el anterior: el de quienes están más atentos a la calidad de la producción artística que al lugar de nacimiento de sus autores. Para enmendar lo primero y corregir a los segundos, el gobierno ha preparado un proyecto de ley que obliga a que el 50% de la programación de los canales de televisión esté ocupado por películas y programas uruguayos –70% en el caso del canal estatal–, que un tercio de la música que emiten las radios sea aborigen y que los cines pasen un determinado porcentaje de películas producidas en el recinto de la patria.

Si de lo que se trata es de que artistas y profesionales uruguayos tengan la oportunidad de dar a conocer una producción a la que supuestamente el público no termina de acceder debido a su inclinación congénita por la televisión chatarra o de fomentar el empleo en un gremio ninguneado por la codicia de los propietarios de los canales, que prefieren las series enlatadas de bajo costo, hay que decir que las autoridades tienen unos cuantos candidatos más a recibir su protección. Porque no son sólo compositores, músicos y directores de cine quienes se encuentran sometidos a la supuestamente uniformizadora competencia foránea. Siguiendo la actual iniciativa, se podría, por ejemplo, obligar a los supermercados a ocupar el 50% de sus góndolas con vino, miel, mermelada o conservas elaboradas en nuestras praderas. Uno de los inconvenientes inherentes a este patriótico empeño es que tal vez los consumidores terminen pagando más por bienes que no necesariamente serán de mejor calidad que los importados y que en el caso de los bienes culturales el público se vea obligado a padecer bodrios genuinamente nacionales.

Claro que quienes han pergeñado este proyecto de ley suelen alegar que no se puede comparar a la miel con la música o el cine. ¿Por qué no? Porque en un tarro de miel, nos vienen a decir, no está en juego la identidad nacional. Ni la cultura uruguaya, en una botella de vino. La controversia que suscitó el proyecto de ley remite, pues, a estos inciertos conceptos –cultura nacional, identidad nacional–. Lo que late en el cuerpo de este proyecto es precisamente la defensa de la cultura y la identidad nacionales. Una obra artística, una obra artística nacional se entiende, tendría algo de venerable y sagrado del que carecería un vulgar tarro de miel. Vean si no: el gobierno considera que “frente a las poderosas influencias transnacionales, es necesario que las culturas nacionales procuren y reclamen cierta protección, promoción y estímulo para poder seguir desarrollando sus potencialidades espontáneas, que surgen de claves identitarias reales de cada nación”, así como “fortalecer la creación cultural nacional en el escenario global dentro de una estrategia de promoción” de los productos culturales uruguayos. Los redactores del proyecto tienen “el pleno convencimiento” de que Uruguay “tiene valores únicos e irrepetibles, que forman parte de la diversidad cultural universal, y que merecen ser preservados y divulgados”. Para los redactores del proyecto “el acceso a la diversidad cultural es un derecho humano esencial”. De modo que si se aprueba este proyecto de ley, podremos recurrir a la comisión de derechos humanos de la ONU si en las disquerías de Montevideo no encontramos música instrumental de Borneo meridional y si en el mercado faltan los ingredientes de un platillo yucateco o la sagrada hoja de coca de los pueblos originarios.

En el proyecto de ley asoma la cabeza, si no el cuerpo entero, una idea de cultura entendida como exclusivamente nacional, es decir la cultura en un sentido antropológico, como “formas de vida”, que incluyen la sexualidad, los modos de vestirse, alimentarse, habitar, de divertirse y por supuesto algunas expresiones del arte popular, como la música, la danza y las artesanías. Esta definición tan aceptada de la cultura tiene, sin embargo, algunos problemas. El primero de ellos es que de tan abarcadora puede resultar inoperante. Porque si en la cultura nacional se incluyen todos los hábitos compartidos por los miembros de una comunidad, cultura y sociedad terminan siendo casi lo mismo. Sin forzar demasiado las cosas podría decirse que esta idea de cultura es lo más parecido al conjunto de las tradiciones de un grupo; y su defensa, por tanto, sinónimo de defensa de las propias tradiciones. Un asunto bastante problemático de asumir para una sensibilidad de izquierda.

El pomposo y fatuo lenguaje empleado en el texto es una amalgama propia de la era de la política de las identidades, para la cual las culturas son en sí mismas venerables y no pueden ser objeto de interrogación o crítica. Según esta idea, los hombres no podrían escapar a las determinaciones culturales bajo las que nacieron. De ahí a la naturalización de la cultura hay apenas un paso. Se cargaría con la propia cultura como se carga con el propio hígado.

A su vez, la veneración de la cultura nacional lleva implícita, no puede no llevarla, la idea de que existen culturas nacionales más o menos puras, cuando en realidad todas son el resultado de mixturas e hibridaciones. Ni las murgas, ni el tango, ni la carne asada, ni la pasión por el fútbol, por citar apenas algunas de las joyas infaltables en cualquier inventario de la cultura nacional son estrictamente uruguayas. O fueron el resultado de la confluencia de diferentes tradiciones o bien en la actualidad las compartimos con “extraños” de otros lugares.

La idea de cultura como la suma de “valores únicos e irrepetibles” constituye una ficción. Una ficción necesaria para los Estados nacionales, que se han servido de un relato mítico para cohesionar a sus súbditos y ciudadanos. En ese sentido, la política y la cultura nacional han ido casi siempre de la mano. Y sin la primera, la segunda sería lo más parecido a un paralítico sin muletas, como lo demuestra la mera existencia del proyecto de ley en ciernes, lo que autoriza a dudar del pretendido vigor de una cultura nacional que para pervivir necesita de decretos y decisiones administrativas.

La propia idea de cultura nacional incluye otra ficción, la de la unanimidad. Como si en este país, sin ir más lejos, todos fuéramos practicantes entusiastas de tradiciones como beber mate o asistiéramos alborozados a un tablado en carnaval. Al igual que en política, en materia de cultura se suele confundir mayoría con unanimidad.

Y si de fábulas hablamos, cómo no mencionar la infaltable amenaza uniformizadora de la industria trasnacional, que al parecer nos condenará con el tiempo a alimentarnos exclusivamente de hamburguesas, vestirnos según los cánones occidentales y escuchar una misma y única música en los cinco continentes. La teoría de la macdonaldización del mundo, que es la que en el fondo alimenta iniciativas como la que comento, no resiste el menor análisis. No pasa de ser una conjetura discutible, porque en verdad parecería que a lo que asistimos es a una explosión de la diversidad. Si McDonald’s ha llegado a todos los rincones del mundo, otro tanto ha ocurrido con la música africana, la gastronomía asiática y la artesanía de la India. Una investigación del antropólogo argentino García Canclini concluyó no hace tantos años que en los tres países más importantes de América Latina –Brasil, México y Argentina– las radios seguían emitiendo más música de esos países que de cualquier otra parte del mundo.

La nacionalización de la idea de cultura, sin embargo, no ha acompañado a Occidente durante toda su historia. Es una idea relativamente reciente, de hace aproximadamente dos siglos, que se ha ubicado en las antípodas de una idea de cultura universalista que viene sufriendo una persistente erosión. El mayor pecado que se le atribuye a la preocupación de esta última por lo estrictamente humano, al margen de los azares de la geografía, es su elitismo y su supuesta vocación por las abstracciones. Pero hubo una época en la que cultura quería decir otra cosa muy diferente. Como sostiene Terry Eagleton en su La idea de cultura, ésta fue tradicionalmente “un modo de sumergir nuestros insignificantes particularismos en un médium más amplio y englobante. Como forma de subjetividad universal, implicaba aquellos valores que compartíamos simplemente por virtud de nuestra naturaleza humana. Y la cultura, entendida como las artes, era tan importante por eso, porque producía esos valores en un formato fácilmente transferible”. Al leer, contemplar o escuchar una obra, dejamos en suspenso nuestros egos empíricos, con todas sus contingencias sociales, sexuales y étnicas y de esa forma nos convertimos en sujetos universales. La perspectiva de lo que ahora se llama, en ocasiones con cierto desprecio, alta cultura es ese tipo de visión que sólo se posee si se está a la vez en todas y en ninguna parte.

Le debemos buena parte de la ruptura con esa tradición al Romanticismo de la primera mitad del siglo XIX, cuyo precursor fue el alemán Johann Herder. Para Herder la cultura era una “forma particular de vida”. Lo que una nación considera indispensable en el círculo de sus ideas, escribió, “nunca ha estado dentro de la mentalidad de otra, y puede estimarse injurioso por una tercera”. Las tesis de Herder son un ataque en toda la línea a la Ilustración, para la que la cultura entendida como lo harían años más tarde los románticos (es decir como propia de un lugar y un pueblo) era lo opuesto a la civilidad, era tribal en lugar de cosmopolita, se la vivía con las entrañas y, por ende, era inmune a la crítica racional. Este romanticismo ha regresado en nuestros días con algunas variantes aunque con sus esencias intactas y la etiqueta de relativismo cultural. Para él, el mayor escándalo de la modernidad ilustrada consiste en que para la razón no hay tradiciones inmunes a la crítica y en su vocación de profanar todo lo “sagrado”, aquello que proviene de la madre tierra, la lengua, la sangre o el “espíritu de un pueblo”.

Para la cultura entendida como universalidad, cualquier ser humano merece que se lo trate con idéntico respeto, gozar de los mismos derechos y conquistas de la civilización. Para la cultura entendida al modo romántico, es decir como culturas nacionales, venerables por el mero hecho de ser singulares, no existen valores (ni derechos) universales, que vendrían a ser un invento de Occidente (y por cierto que lo son). Tal enfoque le daría la razón a un ministro marroquí que no hace tantos años dijo que la pena de muerte vigente en su país era parte de la identidad cultural de su pueblo y que, por tanto, nadie tenía derecho a impugnar semejante tradición. Con la preeminencia que le otorga a lo propio e irrepetible, el relativismo cultural ignora lo mucho que los humanos tenemos en común: desde la misma fisiología y la capacidad de habla hasta emociones y necesidades básicas, pasando por algunas respuestas morales elementales, y lo que algunos antropólogos llaman universales humanos, como el trabajo, la capacidad de aprender, de amar, la aceptación de pautas sociales, la compasión, el sentido del humor y del ridículo, el temor a la muerte, entre otros. Para los románticos las formas en que se expresan esos universales son más importantes que lo que compartimos todos los humanos. Para la cultura entendida como universalidad se trataría de lo contrario, porque para ella “la humanidad no es un grupo de identificación como cualquier otro, sino el mínimo común denominador que emparenta a todos los grupos”, por decirlo con palabras de Fernando Savater. “Recuerda tu humanidad y olvida todo lo demás”, escribió Bertrand Russell. Una prueba de nuestro sentido de pertenencia a esa humanidad que a tantos les parece una mera abstracción es precisamente la compasión que sienten millones de personas (incluidas muchas fervientes partidarias del relativismo cultural) por individuos desvalidos u oprimidos cuyas identidades culturales nada tienen que ver con las suyas.

Los grandes escritores, compositores, pensadores y artistas reciben su reconocimiento de, y explican su pervivencia en el tiempo por, el universalismo de los temas que tratan. Con razón, a los adoradores de la cultura nacional no se les ocurre incluir a Onetti en un inventario de la cultura uruguaya ni a Shakespeare en uno de la cultura inglesa o a Bergman en uno de la cultura sueca. Y no sólo por el abuso estadístico que ello supondría, ya que apenas una minoría de uruguayos debe de haber leído a Onetti, sino porque la valía y la eternidad de sus respectivas obras no proceden de ningún atributo “único e irrepetible” propio de su condición de uruguayo, inglés o sueco, sino precisamente de aquello que los uruguayos, ingleses y suecos tienen en común entre sí y con todos los demás hombres. Su valor proviene de aquello que nos dicen a todos los hombres. En lo que atañe a su obra, la condición de español de Picasso o de francés de Flaubert es irrelevante, porque nos hablan de pasiones, miedos y aspiraciones universales.

Es cierto que pensamos en determinado contexto espacial y temporal. Esa constatación no autoriza, sin embargo, a concluir que únicamente podemos sopesar y juzgar normas y actitudes desde los valores de la propia comunidad, porque los hombres no somos como los árboles, que están condenados a permanecer en el lugar donde fueron plantados. Dotados de razón –otra facultad universal si las hay–, no estamos determinados a permanecer en el mismo lugar físico o espiritual en el que vinimos al mundo. Podemos comparar y elegir. Propio de los humanos es no quedarse únicamente con aquello que heredamos. Entre otras cosas, eso es cultura después de todo. El enfoque identitario de la cultura convierte al comportamiento de los individuos en algo inexorable, que no se lleva nada bien con la idea de su autodeterminación.

Si bien menos pura e incontaminada de lo que suponen muchos, existe algo parecido a una cultura nacional. Con la identidad nacional, con cualquier identidad grupal, en cambio, las cosas ya se ponen un poco más complicadas. El asunto de la identidad daría para un abordaje mucho más extenso, pero me permito ahora decir unas pocas palabras al respecto. Nuestra identidad no está definida únicamente por nuestra pertenencia a una comunidad específica, ya sea sexual, nacional, generacional, de clase, religiosa, profesional, étnica, ideológica o deportiva. Todos tenemos más identidades, que se superponen, unas permanentes, otras efímeras. Y no sólo eso, podemos elegir dar preeminencia a unas sobre otras según cada contexto particular. Definirse por una única y exclusiva condición, como hacen los partidarios de la política identitaria, supondría, como dice Amartya Sen, reemplazar “la riqueza de llevar una vida humana abundante con la estrechez estereotipada de insistir en que toda persona está ‘situada’ exclusivamente en un grupo orgánico”. En lo que concierne a la “identidad nacional”, lleva implícita la idea de que nuestra identidad está exclusivamente definida por el lugar en el que nacimos. Y ello, además de ignorar las numerosas y heterogéneas identidades de grupo de quienes vieron la luz en determinado territorio (¿habrá acaso muchos uruguayos que sólo se sientan uruguayos y nada más que uruguayos?), supone un empobrecimiento, una amputación de nuestra propia condición. Somos mucho más que nuestra profesión, que el modo de vivir nuestra sexualidad, que la clase a la que pertenecemos y, ni qué hablar, que la nacionalidad que indica nuestro pasaporte. Y la forma de articular todo eso que somos simultáneamente, es tarea del individuo. No existe ninguna inapelable determinación primigenia de grupo que nos pueda ahorrar la responsabilidad de decidir qué debe estar primero y qué debe quedar subordinado. No hay “valores colectivos” que reemplacen la ardua tarea de decidir qué queremos ser. Tal vez será por eso que quienes no tienen nada de qué envanecerse, se enorgullecen del lugar donde nacieron, de ser gays o descendientes de africanos.

Pero volvamos al principio de estas líneas, ya que, a la luz de estas reflexiones, el entusiasmo espontáneo que suscita la iniciativa gubernamental podría no estar tan justificado. Al menos no para quienes piensan en la cultura como universalidad. ¿Por qué debería un ciudadano crítico y autónomo, es decir uno no especialmente encantado con los valores “únicos e irrepetibles” de su propio país, adherir a esta cruzada en defensa de la cultura y la “identidad” nacionales? ¿Por qué ha de protegerse una tradición, cualquier tradición? ¿Por qué la valía de una obra debe subordinarse a la geografía? No es esta última una pregunta retórica. Dado que en toda la fundamentación del proyecto de ley no aparece un solo ejemplo de esos valores uruguayamente “únicos e irrepetibles” que merecerían la tutela estatal, es legítimo concluir que el empeño del gobierno se basa en la convicción de que todo “lo nuestro”, sólo por ser “único” y nuestro, merece ser protegido, como si de una especie en vías de extinción se tratara.

Nótese que todo el arsenal argumentativo desplegado en el texto legal no hace alusión a la calidad de la producción cultural objeto de la protección. El único requisito para que se le reserve un alto porcentaje de la programación de radios y cadenas de televisión es que las obras tengan ADN uruguayo. Es notable la pirueta que realizan los culturalistas: para ahorrarnos el aburrido destino de una insufrible uniformidad impuesta “desde afuera”, nos terminan condenando a otra uniformidad, la de “los nuestros”. No habrá ninguna autoridad que sopese la valía de una obra o tribunal que juzgue el carácter “único e irrepetible” de una película ni derecho al pataleo. Habrá que ver y escuchar a partes iguales cine y música uruguayos y del resto del mundo.

Hasta tal punto ha calado el fetichismo de lo propio, que ya no sabemos si el escándalo que suscitan en algunos espíritus ciertos programas chabacanos de televisión se debe a su contenido o a su nacionalidad. El director de Cultura, Hugo Achugar, resumió hace no mucho en una entrevista televisada el espíritu que anima a los defensores del proyecto con la siguiente pregunta (cito de memoria): ¿por qué no podemos tener un programa de chimentos uruguayo? La pregunta es una consecuencia inevitable de la política de las identidades.

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14 respuestas a Únicos e irrepetibles

  1. cayetano dice:

    Barreiro, duros tiempos se avecinan en defensa de la identidad uruguaya, que me gustaría que fuera definida con cierta precisión. Pero ” consuma lo uruguayo” sigue siendo para mi una especie de “chantaje” afectivo, que empobrece la cultura y el saber nacional. Abrazo A.

  2. Me interesó mucho,querido Coco, tu entrada acerca de los evidentes peligros que encierra la inútil búsqueda de la identidad nacional y acerca de otras muchas consideraciones en las que, dentro de tus acostumbradamente extensas reflexiones,se adivina el deseo de que se nos abra el entendimiento y la capacidad de pensar por nosotros mismos de una p.. vez.
    Ustedes los uruguayos, de quien por razones que tu ya comprendes, me siento cercano desde hace unos pocos años, tienen, de momento, la suerte de vivir en un país que no ha sido alcanzado todavía por los furores
    maniqueos del nacionalismo, plaga de una peligrosidad que ustedes, digo, ni sospechan.
    Decía Don Pío Baroja que el nacionalismo se cura viajando y yo, que he decidido curarme en salud de los escasos virus que pueda todavía alojar mi organismo, contaminándolo de nacionalismo español, estoy siguiendo su consejo haciendo cada vez más frecuentes mis viajes al Rio de la Plata. Lo que encuentro en una y otra orilla será cuestión de otra posible entrada, que no soy proclive a extenderme en demasía.
    Reflexione compadre acerca de lo que supone vivir en este país llamado España que votó, afortunadamente, en 1978 una Constitución que lo convertía en una cosa peculiar llamada Estado de las Autonomías. El miedo atávico a lo que en otros lugares de esta Europa llaman Estado Federal o simplemente Federalismo hizo que los sesudos y meritísimos padres de la Constitución extrajeran del sombrero cual conejo de la suerte, esta denominación autonómica. De tal manera los catalanes de Catalunya no se consideran españoles, los vascos de Euzkadi, mucho menos y algunos todavía lo expresan a tiros y bombazos (son cada vez menos), los gallegos, a quienes los argentinos siguen asimilando a los españoles,tampoco, los valencianos, que de ninguna manera consienten que se les asimile ni en idioma ni en “identidad” a los catalanes, expresan ésta última con las lágrimas de sus Falleras Mayores en el momento de la “cremá” incineradora de los espantosos muñecos de cartón la noche de “San Chusep”.
    Podría seguir enumerando las ansias identitarias de las 17 autonomías de este curioso país pero ya he contradicho suficientemente mi deseo de no extenderme en demasía.
    Acabo entonces esta mi primera intervención en tu blog refiriéndome a nosotros los madrileños a quienes se nos encasquetó una autonomía postiza que, salvo los raciales bailarines de chotis (baile popular por parejas que se ejecuta tradicionalmente por San Isidro y en el reducido espacio de una baldosa del suelo) nadie entiende. Esto no impide, por otro lado, que se nos siga considerando centralistas o se diga aquello de :”Es que en Madrid no nos entienden”.
    Como si Franco no se hubiera muerto hace 35 años.
    De modo que, en efecto, ningún ADN especial y único correspondiente a las ansias raciales de según qué Comunidad Autónoma podra contradecir la realidad de que no existe más raza que la humana.

  3. cris dice:

    Esto me recuerda a mi visita a Peru (1976 aprox,) donde la junta militar repetia en carteles y por todos lados
    “CONOCE AL PERU PRIMERO” y les obligaban a conocer, viajar, comer, todo estilo peruano. NO creo que haya resultado, si bien ahora la comida peruana resulta que es una de las mejores del mundo????????
    No puedo competir con el texto anterior. Pero quise poner mi grano de arena. Besos, la tía

  4. Querido Enrius, he escrito este texto precisamente porque la cruzada a favor de la cultura y la identidad nacionales es una pesadilla que no afecta únicamente el sueño de los españoles. A la identidad nacional la andan buscando hace décadas en este país y no la terminan de encontrar. O no saben lo que buscan o la muy jodida ha resultado una doncella esquiva. Me inclino más por lo primero.

    Aunque por vías más moderadas que en Euskadi, estos buscadores de identidades también se empeñan en incordiarnos la vida por estas latitudes. ¡Si es que están en todas partes! Imagínate que si se aprueba el proyecto de ley que comento estaremos condenados a ver 50% de cine uruguayo y 50% del resto del mundo (¡la mitad del tiempo para el cine hecho en un país de 3,5 millones de habitantes y la otra mitad para el cine que hacen 6.000 millones!). Otro tanto con la música. ¡Qué apertura de mente! ¡Qué desmesurada importancia que se le otorga a lo propio!
    También aquí tenemos a nuestro propio “centralismo madrileño”, que tampoco nos comprende: se llama industria transnacional que quiere uniformizar nuestros hábitos y gustos y ahogar nuestros valores “únicos e irrepetibles” (¿??). A los que primero se sienten mexicanos, turcos, catalanes, uruguayos y en segundo lugar hombres, sólo le podemos decir, con Schopenhauer, que “cada nación se burla de las otras y todas tienen razón”.
    Me alegra que quieras inmunizarte contra la enfermedad del nacionalismo viajando.

  5. Arnaldo Mariano dice:

    Estimado Coco, larga pero oportuna y valiosa tu nota. La idea de la cultura a la fuerza, como cualquier otra cosa a la fuerza, no es una buena idea. Tampoco la nocion de que ‘hecho aca’ es preferible porque si nomas. Sin embargo es evidente ya hace tiempo que el mercado no siempre funciona y que la cancha no es pareja. No funciona cuando la TV chatarra medra con los bajos instintos del televidente y nos ofrece mayormente lo que ‘se vende’, sin consideracion por las consecuencias. Asi como las empresas indsutriales, que sin que medie regulacion ambiental publica, no se interesan por la polucion que generan. Los ‘Tinellis’ de la TV (y los que lo ponen en el aire) no prestan atencion a la polucion que causan en el imaginario, la cultura, la etica, la estetica, el espititu, y todo eso que las expresiones artisiticas y la comunicacion de masas toca y afecta. Sobre todo cuando quienes pegan la niata contra la TV no tienen la edad para filtrar el mensaje o no tiene opciones. Es claramente un asunto de interes publico. Y no solo en Uruguay; es un fenomeno mundial. Es cierto que la cantidad de obras nacionales de buena calidad es baja (la cantidad digo) comparada a lo que viene de afuera. En esto, al igual que en otras industrias, aplican las economias de escala, el tamanio del mercado, la cantidad de gente haciendo musica o cine, la perspectiva que tiene la gente joven de ganarse o no la vida, la falta de dinamica de la industria para generar un circulo virtuoso que se autoalimenta y que al final la vuelve autosostenible. La pastilla de no apollar la industria nos la tragamos solo nosotros, Los chinos no; y ahi los tenes. Aca donde vivo se aplina unos US$ 10 millones por anio para financiar institutos de cine y musica, y para apoyar la participacion de autores nacionales en festivales, etc. Hablo de Nueva Zelanda. Sin entrar en el debate de que es cultura, en mi opinion hay una polucion ‘cultural’ en Uruguay causada por productos de mal gusto (que es mal gusto? es debatible bla, bla). Pero hay mucha gente que hace negocio produciendo, emitiendo y patrocinando productos de dudosa contribucion al bienestar y al bienser publicos. Pues joder, que se cobre un derecho a poluir el espacio cultural. Asi como ahora hay creditos de carbono que te dan derecho a emitir carbono. Pues que se paque por el derecho de emitir al aire distintos productos ‘culturales’. Pelicula con armas, muertos, violencia, sexo, drogas, paga 100, y de ahi para abajo. Pelicula que me muestra como funciona la naturaleza y como la gente por ahi se las ingenia para resolver sus problemas, crear empresas innovar, ayudar a otros, pagan 0. Y que los fondos generados se usen para nivelar la cancha y para apoyar a jovenes musicos, artistas, cineastas. Lavarse las manos no parece una buena idea. Por lavarnos las manos cuando vino la ola globalizadora es que cerraron fabricas, aunque en teoria el mercado se habria de ocupar, y asi es que hay una generacion en la miseria todavia hoy.
    Prefiero gobernantes que eligen hacer (con prudencia y mesura) y arriesgan equivocarse (y lo reconocen) que los que prefieren la seguridad del statu quo. Los primeros al menos aprenden algo y eventualmente pueden corregir. Con esto no defiendo la propuesta tal cual esta; pero la idea de dejar todo al libre juego del mercado no la compro mas. Elegimos y pagamos gobierno para que hagan, se equivoquen, aprenda y corrijan. Si no se hace nada terminamos como el futbol uruguayo… pa’tras

  6. Cecilia Dupuy dice:

    Me parece muy interesante tu planteamiento, ya que en un mundo complejo y diverso la defensa de las identidades de manera casi “subvencionada” suena como ir a contra corriente…la identidad es diversa y cambiante. Hay siempre una gran distancia entre los que somos y lo que creemos que somos, por otra parte sospecho de quienes afirman con cierta vehemencia diferencias es porque en realidad tiene serios problemas de identidad…
    Cada persona se compone de múltiples pertenencias, cada una de ellas nos acerca a un determinado grupo de personas, pero todas ellas en su conjunto forman nuestra propia identidad, y eso es algo único e irrepetible, nadie tiene la misma identidad, cada uno la adquiere y le da su propia forma y peculiaridad.
    En realidad deberíamos estar dispuestos a asumir nuestra propia diversidad, rica y compleja, aceptar nuestras pertenencias también diversas y alejarnos de quienes desean encerrarnos en un espacio uniforme y pobre, limitado y a veces peligroso. Desde luego que no pertenecemos a una sola identidad!, ese camino lleva a la exclusión y a la violencia.

  7. Fernando Barreirro Cavestany dice:

    Para ir al núcleo de lo que plantea el primer articulo de Jorge. Los defensores de la protección de los bienes culturales nacionales argumentan que esos bienes son distintos a los otros bienes y productos industriales y comerciales y que por lo mismo no pueden ser librados, como estos últimos a las fuerzas del mercado -a la ley de la oferta y la demanda-, porque, si lo son, los productos extranjeros terminan desplazando en la opinión pública (es decir, entre los consumidores) a los nacionales. Estos últimos deben ser objeto de un cuidado especial por parte del Estado porque de ellos depende, (se dice) de manera primordial la identidad de un pueblo, es decir, aquello que lo singulariza entre los otros y constituye el denominador común entre sus ciudadanos: sus patrones estéticos, su identificación con una tradición y una manera de ser, sentir, creer, soñar, en suma una suerte de aglutinante moral, intelectual y espiritual de la sociedad.

    Librada al mercantilismo codicioso y amoral esta identidad cultural de la nación se vería deteriorada por la invasión de productos culturales foráneos -seudoculturales, más bien-, impuestos a través de la publicidad y con toda la prepotencia de las transnacionales, que perpetrarían una verdadera colonización del país.

    Recordemos los intentos de considerar una llamada “excepcionalidad cultural” que algunos paises inentaron colar en la Organización Mundial del Comercio.Pero si aceptamos estos argumentos y llevamos a su conclusión natural la lógica implícita
    en ellos, estamos afirmando que la cultura y la libertad son incompatibles y que la única manera de garantizar a un país una vida cultural rica, auténtica y de la que todos los ciudadanos participen, es resucitando el despotismo ilustrado y practicando la más letal de las doctrinas para la libertad de un pueblo: el nacionalismo cultural.

    La sola idea de identidad cultural de un país, de una nación, además de ser una ficción confusa,
    conduce inevitablemente a justificar la censura, el dirigismo cultural y la subordinación de la vida intelectual y artística a una doctrina política: el nacionalismo. La cultura de un país no puede resumirse en un canon o tabla de valores y de ideas de las que todas las obras artísticas e intelectuales
    producidas en su seno serían expresión y sustento coherente de esa identidad. Por el contrario, la riqueza cultural de los países está en su diversidad contradictoria, en la existencia, en ellos, de tradiciones, corrientes y creadores y pensadores diferentes entre sí, que representan visiones del mundo y del arte que se repelen la una a la otra, y en el universalismo que esas obras alcanzaron en sus momentos más altos gracias a que fueron concebidas sin el corsé de un horizonte localista o nacional. Cervantes, Baudelaire, Proust, el Greco, Goya y tantos otros, son representaciones estéticas donde podían reconocerse los seres humanos de cualquier tiempo o cultura. Esas obras y autores no hubieran sido posibles dentro de las fronteras nacionales que presupone la noción aberrante de una identidad cultural colectiva. Los nombrados no son artistas españoles o franceses, todos ellos son propiedad de los que, en el mundo, los disfrutamos

    Ni siquiera la lengua (como pretenden algunos nacionalismos “en” España que creen que la lengua es un factor de identidad tan potente que justifica la independencia política) puede encerrar la vida cultural, porque, por fortuna -y, gracias a la globalización, este proceso se irá extendiendo cada vez más- casi todas las lenguas desbordan las fronteras o varias lenguas conviven dentro de una nación.

    Hay entre artistas una movilidad que les permite cada vez más elegir su propia tradición y su propio país espiritual, de modo que querer convertir a una lengua en una seña de identidad cultural de un pueblo es también otro artificio ideológico.

    Si la misma idea de nación -un concepto decimonónimo que ha perdido estabilidad y aparece cada vez
    más diluido- resulta en nuestros días bastante relativo, la de una cultura que expresaría la esencia de un país, es una estupidez de índole política que, en verdad, tiene muy poco que ver con la verdadera cultura y sí, en cambio, con aquel “espíritu de la tribu” que diria Baumann, y que es el gran lastre para alcanzar la modernidad.

    En fin, que los defendores de la excepcionalidad cultural en el comercio, nos proponen una vida cultural regimentada por burócratas o artistas y escritores instrumentales, en la que todo lo extranjero sería considerado un desvalor, y todo lo nacional, el valor estético supremo. De manera que, en términos prácticos, probablemente toda la alharaca que en algunos países (con Francia a la cabeza) rodea a la política de la excepción cultural sólo desemboque en que unos cuantos artistas reciban los subsidios que piden y, con el pretexto de proteger los bienes culturales, los burócratas perpetren más derroches que los consabidos.

    El asunto también está ligado a que cuando ciertos izquierdistas les toca gobernar, no terminan de entender como funciona ese artefacto llamado mercado. El mercado no determina la calidad, sino la popularidad de un producto, y ya sabemos que ambas cosas no siempre coinciden, aunque algunas veces sí. Lo que el mercado muestra es el estado cultural de un país, lo que el hombre y la mujer del común prefieren, y lo que rechazan, en ejercicio de un derecho que ningun gobierno democrático puede objetar ni recortar.

    En mi opinión la obligación primordial de un gobierno en este ámbito es crear unas condiciones
    que estimulen el desarrollo y la creatividad cultural y la primera de ellas es la libertad,
    en el más ancho sentido de la palabra. No sólo la libertad de opinar y crear sin interferencias ni censuras, sino también abrir las puertas y ventanas para que todos los productos culturales del mundo circulen libremente. La cultura de verdad
    no es nunca nacional sino universal, y las culturas, para serlo, necesitan estar continuamente en comparación, pugna y mestizaje con las otras culturas del mundo. Ésa es la única manera de que se renueven sin cesar. La idea de “proteger” a la cultura es peligrosa. Las culturas se defienden solas, no necesitan para eso a los funcionarios,
    por más que éstos sean cultos, bienintencionados y progresistas.

  8. Arnaldo Mariano dice:

    Fernando, tus argumentos y los de Jorge estan claritos. Cualquier liberal de verdad, en lo filosofico, cultural y politico – no confundir con neoliberal en lo economico que es otra cosa – estara de acuerdo con ustedes. Cierto que no por estar clarito para algunos es hay que dejar de explicarlo incesantemente. El asunto esta lejos de estar institucionalizado en el ideario popular, o a salvo de los asaltos de los poderosos de turno. Los autoritarismos ideologicos, politicos, culturales y religiosos estan siempre presentes y se expresan de variadas maneras y bajo cualquier excusa de “interes general”. No olvidemos que hace tan solo 40 anios que los extremistas militantes no dejaban expresarse a quienes pensaban diferente en las asambleas estudiantiles universitarias.

    Pero hay un temita que me parece importante y relacionado a esto. Desde un punto de vista practico, y pensando en la conveniencia y posibilidad de apoyar de alguna manera al pequenio colectivo artistico oriental, hay algun punto intermedio entre el nacionalismo cultural extremo y el universalismo cultural extremo? Digo sin caer en tutorias de identidad, restricciones a la libertad, ni en atropellos similares. O debemos concluir que no es ni conveniente ni posible intervenir en estos asuntos mas alla de asegurando la libertad de trafico, de expresion y de consumo cultural? Tal vez la respuesta sea que no es posible ni conveniente hacer nada. Se puede argumentar que hoy cualquiera, con talento y esfuerzo, puede producir algo valioso y publicarlo en internet. Aca esta don Jorge con su Blog para ejemplo. Van quedando pocas excusas para no producir y publicar calidad cultural. Las nuevas generaciones construyen y consumen cultura en la web. Aunque dudo de que esto se aplique tambien al cine.

    Me sigue molestando la basura en la tele, pero que le vamos a hacer; habra que apagarla o cambiar de canal.

  9. Jorge dice:

    Garantizar la libertad de creación, sin duda. Es una tarea importante y nada trivial. Siempre hay cortapisas. Pero creo que se podría hacer algo más y que tiene relación con lo primero, porque una cosa es no sufrir esas cortapisas y otra muy diferente es tener la capacidad efectiva y real de dedicarte a esa labor creativa. En mi caso, por ejemplo, apenas tengo un tiempo marginal para dedicarle a este espacio de reflexión.

    A lo que iba: el Estado puede poner recursos financieros para estimular la producción intelectual y artística. No comparto el argumento de que mientras haya niños pobres el Estado no puede dedicar dinero a esos menesteres.

    En qué condiciones y de qué forma deben atribuirse esos dineros es algo a debatir; yo no tengo una postura definida al respecto. Con seguridad hay gente con más experiencia en ese terreno. Pero debería haber alguna forma de evaluación de la calidad del emprendimiento… me resisto a que la uruguayeidad sea el único criterio.

  10. caro coco: una respuesta desde mi experiencia con el ciclo “M+ás allá del estado de las cosas”, 2006, impreso en libro en 2009.
    Aunque ya estaba la idea y el proyecto desde antes, nos decidimos a batallarla al percibir que el director de cultura del mec en aquel momento, al convocar a una asamblea cultural en Salto, a la que no asistí, pero que ví por TNU en un informe de 15 minutos, no sabía con certeza a lo que se refería, y que había convocado a determinada gente un poco sin ton ni son. Desde Fernando Cabrera hasta un envío fantasma desde Montevideo por la dirección de cultura de la ciudad. Por esto subtitulé el ciclo “de qué cultura hablamos y cuál es el estado de esa cultura hoy en Uruguay”. Nunca fue la intención enfrentar, sino colaborar a la comprensión del tema.
    Uno podría inferir que en esa “asamblea” se refería a la cultura como la cultura artística, y dentro de esto, a la popular, no “alta” como algunos le dicen. Más allá de las definiciones, que había que tener alguna, como referencia, y de eso se ocuparon en el primer programa Lisa Block de Béhar, Manuel Martínez Carril, Hugo García Robles y Coriún Aharonián, en lo personal me atengo a un concepto, no pulido ni filtrado desde el trabajo colectivo intelectual, es decir, no abrevé en las fuentes de quienes hablan y hablaron de la cultura como un hecho nacional, mucho menos identitario, aunque claramente muchos elementos puedan extraerse de cruzar dichos conceptos: al que me refiero es básicamente el de “cómo lo hacés” o “cómo lo hacen” tal grupo o tales comunidades. Cómo hacés tu casa, cómo te cuidas del invierno. cómo te cuidás la salud, cómo usás tu tiempo. Cómo te dirigís a tus mayores, cómo hacés el amor, cómo te dirigís a tus hijos y a los demás. El cómo expresa la historia de los anteriores cómos, y cómo fueron transmitidos de unos a otros. Expresa la educación, los valores transmitidos, por lo tanto la fuerza de las palabras y no sólo de las palabras, sino también aquellos gestos, las acciones que nos determinan como personalidades. Es cómo se vive un concepto de nacionalidad, y de identidad. Para quienes tienen la tarea de definir la nacionalidad alemana, ésta es la lengua. Para Lisa Block, la identidad es un carné. Pueden o no delinear una cultura, pero en todo caso no son determinantes ni definitorias del concepto de cultura.

    El cómo se determina la distribución de las ondas electromagnéticas, es un signo político. De ahí a que esto sea una expresión de la cultura, puede ser un sí, pero poco significativo.
    Si ya nos tupen en estas fechas con el carnaval, el carnaval más largo del mundo, y me sacan tiempo de emisión de El Monitor PLástico para pasar carnaval o fútbol argentino – en diferido- es una demostración política, pero no expresa la cultura del uruguayo y mucho menos del Uruguay. El hecho en sí, no su contenido, carnaval, fútbol o arte. Por lo tanto no es tan grave la idea de obligar a los canales a pasar material uruguayo, a lo sumo, no sé porqué, apresurada, poco consultada con los realizadores y con los responsables de la emisión todavía radio eléctrica. Es quizá ingenua, pues a los dueños del negocio de las comunicaciones, ya lo están haciendo, hacer programas estúpidos no les cuesta casi nada, y si en Uruguay hubiese tanta capacidad de estupidez como del otro lado del charco, ya la estarían explotando. Pero mirá lo que pasa del lado del canal del Estado -es el canal del Estado, aunque pocos le denominemos así-:casi unánimemente la idea general es que el canal avanzó muchísimo con la dirección de Sonia Brescia primero y de Claudio Invernizzi después. Pues bien, acercarse a la estética que todos tienen costumbre de ver no sólo en los canales privados de aire sino en el cable, hace pensar que el canal avanzó mucho. Sacar casi toda la producción nacional que agonizaba por falta de dinero, sueldos y técnicos, en una patética realización y pasar series viejas de la BBC en su lugar – y este robin hood sí que es patético- es una “mejora” del canal, nadie piensa qué pasó con Renée Pietrafesa que de un día para el otro no tenía más espacio. La directora anterior “arregló” todo cortando por lo sano, bajó 24 programas de un saque, -ahorró cachets?- ahora que tiene cámaras buenas las usa sólo para el informativo -que no es mejor que los otros, sino que es más oficioso- en lugar de darle medios a Renée para que siguiera el programa mejor que antes. Esto es cultura. Este cómo es cultura. Recuerdo las clases de filosofía en el liceo, cuando veo el programa con el que todos los “intelectuales” están encantados, “prohibido pensar”: qué es sino una clase de filosofía tradicinal adornada con los efectos que supuestamente no aburren al espectador? no es por lo menos un tipo hablando durante más de media hora?Una clase de filosofía que responde al programa de una persona sola, claro, un buen profesor Sandino, simpático, brillante, pero no más que el que yo tuve en cuarto de liceo. Comunicacionalmente es el que sabe volcando su conocimiento en la cabeza vacía de los televidentes que no sabemos nada…ese tipo de comunicación es el que no quería yo, por culpa de Mario Kaplún que nos inculcó ideas raras, Paulo Freire y qué se yo!
    Ahora el canal del Estado -nacional?- no tiene programas de danza, música, guitarra, etc. “pero está mejor”. Por algo no llegamos a discutir del todo este tema en el ciclo de “Más allá…”. Sonia mandó decir que ya había demasiada gente hablando por el canal y nos negó la continuidad. Eso es cultura…
    La misma directora realizó un par de reuniones pletóricas de todo, gente, arte, bocaditos y beberaje, pero el gremio le enrostró sus quejas en la puerta de la fiesta al propio presidente Vázquez. No tenemos un mango pero hacemos una fiesta palaciega, tenemos camionetas nuevas pero no hay plata para la nafta ni choferes! Eso es cultura! Habría que reunir a los realizadores, a los que tenían programas y ahora no más, a directivos y ejecutivos y empleados del canal a ver qué piensan, habría que asamblear un poco, pero no para hablar de cultura, sino de un más allá del estado de las cosas, para esclarecer, dar luz a las acciones y decisiones que deben ser tomadas en el momento, para posibilitar una mejor respuesta humana al devenir, tanto respecto a la televisión, como respecto a la producción melífera, tanto de la vergüenza porteña que
    nos invade el éter como de las próximas crecidas…
    habría que preguntar a ver cuántos proyectos duermen en los cajones de los responsables de los canales y con qué criterio los juzgan, además del político, claro. (supongo que no nos pasa sólo a nosotros) cuántos estudiantes de comunicación se interesan por la producción televisiva, porqué no hay más programas si todos los días se reciben comunicadores? es que ya no hay interés?
    Un placer leer a Fernando, Coco: muy necesario y bien planteado el tema. abrazos

  11. Arnaldo Mariano dice:

    Exactamente! El marco filosofico, politico (en el sentido amplio del termino) parece estar bastante claro. Por ahora parece que en este blog nadie discrepa sustancialmente. Promover la produccion artisitica local solamente en post de una identidad que nos defina, la “uruguayes”, no parece argumento aceptable.

    Me parece que el mayor riesgo de una propuesta de este tipo es, ademas de que sea inefectiva, que no sea transparente y justa. Que no refleje la diversidad de gustos, opiniones, sensibilidades – recordemos que de arte y de expresion cultural se trata, y que segun este blog se busca diversidad y originalidad, no es asi?

    Bajando entonces a aspectos practicos para evitar la paralisis por exceso de analisis; hay variados modelos para promover industrias que se han ensayado por el mundo. La mayoria esterilmente, unos pocos exitosos. En general los sistemas por etapas son los que han funcionado mejor. El modelo “incubadora” o “semillero” funciona bien como primera etapa y con el objetivo de hacer masa critica. Proveer espacio, poner gente en contacto, proveer infraestructura/hardware, y que el tiempo, sudor y lagrimas lo pongan los interesados. Aca el principio es “al que quiera celeste que le cueste”. De esto van saliendo primeras obritas, ensayos, ideas, conceptos, prototipos, modelos que se publican, pasan a enfrentar la opinion del publico. El principio es “los jugadores se ven en la cancha”. Y hay numerosos medios para exponerse a la dura realidad de la critica publica: internet, festivales, concursos, programas especiales en TV, en fin diversas modalidades de “aplausometro”. El modelo American Idol es una de varias formas de juzgar; juzga el publico, y juzga un panel de ‘expertos’ pero a la vista del publico, asi no hay amigotes que valgan. La tercera etapa es comercial, ya de pantalones largos, y puede o no haber apoyo publico para producciones que salvaron ya varios obstaculos y demostraron merito propio. Aca generalmente aparecen los promotores privados.

    Hay que poner la imaginacion a trabajar a ver como es mejor promover. Me parece que esta rueda esta inventada y hay que mirar experiencias existentes para ver como actuar asegurando efectividad y transparencia.

    Lo que no se debe, en mi opinion, es caer en el no se puede, en el descreimiento de que toda iniciativa publica va a ser corrupta, ineficiente, inefectiva. Llevamos demasiado tiempo ya bajo la esteril consigna “en la duda es mejor abstenerse” yo prefiero “en la duda hay que mirar bien, probar de a poquito, aprender y corregir”.

  12. Servando dice:

    JB hizo referencia a la cultura y la identidad nacionales, conceptos esquivos, polisémicos, dudosos. Pero se olvidó de uno: la “dignidad nacional”. Se puede herir la dignidad nacional, ¿sabían?. Según el guapo Larrañaga, el embajador argentino Patiño Meier afectó “la dignidad nacional”. ¿Quién representará la dignidad nacional?, ¿en qué se expresará?

  13. Fernando Barreiro Cavestany dice:

    Poca broma con eso de la dignidad. Es altamente inflamable. En el nacionalismo el asunto de la dignidad nacional no es un tema menor. Si queremos comabatir al nacionalismo lo primero es tomarselo en serio. Recordemos que gran parte de la historia de una nación se confecciona sobre la base de sus relaciones con otras naciones, que con frecuencia aparecen como autoras de una conducta vergonzosa. Muchas narrativas del nacionalismo son narrativas de derrotas que despiertan el deseo de reparar un agravio. Isaiah Berlin cita la teoria sobre el nacionalismo como forma de reacción a la opresión o a la humillación y sugiere que el nacionalismo de los israelíes y los palestinos puede ser tan fuerte y violento debido a que ambos reaccionan contra el hecho de haber sido convetidos en víctimas. Uno de los puntos fuertes del nacionalismo es la contribución que puede hacer a la dignidad. No olvidemos que los desaires a la dignidad son, con frecuencia, el primer paso en la espiral de los conflictos nacionales. En todo caso, es evidente que el asunto de la dignidad nacional es un componente central del nacionalismo, y que la tarea de desactivar el nacionalismo, en mi opinión, resulta bastante improbable. Porque el nacionalismo es la expresión de un “tribalismo” que arraiga muy profundamente en nuestra psicología. Ello está vinculado a una tendencia general de los seres humanos hacia la lealtad grupal, y al modo en que la distinción de características tribales juega un papel en nuestra creación de identidad.

  14. Pincho Casanova dice:

    Fernando, me quedé con ganas de más.
    abrazo

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