Cambio climático

Con excepción de los jeques petroleros, casi nadie cuestiona ya las evidencias científicas que indican que las actividades humanas están produciendo un cambio climático con consecuencias catastróficas para la economía, la salud humana y la biodiversidad del planeta. A diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos, en éste las previsiones apocalípticas parecen estar plenamente justificadas.

Ciertamente vamos de mal en peor. Las emisiones de CO2 siguen aumentando; el único tratado vigente para limitarlas, el Protocolo de Kioto, está a punto de caducar sin que haya un reemplazante a la vista; y la reciente cumbre de Copenhague ha concluido con un resonante fracaso: los líderes políticos no lograron aprobar compromisos vinculantes y verificables para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el único remedio conocido en el estado actual del conocimiento para detener el calentamiento global.

El cambio climático afecta a todos los países y a todas las clases. La atmósfera no hace distinciones nacionales ni sociales. Es un típico problema global, que sólo puede abordarse desde una política global. Por más buena voluntad que tenga un gobierno, deberá contar con lo que hagan los demás (de hecho la UE cumplió los compromisos del Protocolo de Kioto y redujo sus emisiones de gases de efecto invernadero entre 2000 y 2008, pero eso no evitó que las emisiones globales aumentaran en el mismo período). Por supuesto que el cambio climático no afecta por igual a todos: los Estados insulares, por ejemplo, son los más vulnerables al aumento del nivel del mar y los pobres en general tienen menos posibilidades que los ricos de adaptarse a la nueva situación. Unos y otros no se pueden defender de la misma manera de una inundación o una sequía prolongada. Pero que el cambio climático no afecte a todos del mismo modo, no suprime el carácter global del problema. En un mundo de crecientes interdependencias no hay soluciones locales a problemas globales.

Si no son las inundaciones, las sequías o los huracanes, serán las crisis económicas y las migraciones derivadas de ellos las que nos recordarán que pertenecemos a un único mundo. La conciencia de este destino compartido no ha evitado, sin embargo, el fracaso de todos los intentos de poner en práctica alguna forma de política global sobre el clima.

A exponer algunos fenómenos que conspiran contra un compromiso global para detener el cambio climático están dedicadas las líneas que siguen, sin que el orden indique la jerarquía de unos y otros problemas.

1.  La causa de la reticencia a reducir las emisiones no es puramente económica, si por tal se entienden únicamente los intereses particulares de grandes empresas. Un compromiso en ese sentido implicaría cambios en los estilos de vida de millones de ciudadanos, cuyos gobiernos no se atreven a proponer, porque del humor de esos ciudadanos depende que sigan en el poder. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero no atañe, pues, únicamente al “poder económico”, sino que exige la participación responsable de los ciudadanos, que no siempre están dispuestos a hacer los sacrificios del caso. Supone ponerle trabas al uso del automóvil particular, reducir el despilfarro de recursos y la producción de bienes suntuarios y hacer un uso más racional de los recursos energéticos, todo lo cual choca con formas de vida arraigadas en la sociedad. Los ciudadanos no son víctimas inocentes. Tampoco una variable despreciable de la ecuación que puede resolver el problema; su disposición o su resistencia a modificar sus estilos de vida no son indiferentes a las políticas que emprenden los gobiernos.

2.  Por eso no resulta una gran contribución atribuir el actual descalabro climático al capitalismo, a secas, como alegaron Hugo Chávez y Evo Morales antes de dar un portazo a la cumbre de Copenhague. El capitalismo no son unos superpoderes maquiavélicos con los que nada tienen que ver las disposiciones de los ciudadanos. Es más, lo mantienen con vida los millones de individuos que utilizan el coche, la tarjeta de crédito, que consumen, hacen turismo y que no quieren oír hablar de renunciar a ellos. De modo que la crítica a la forma en que producimos y consumimos no es un asunto tan sencillo como denunciar a un sistema abstracto; implica cuestionar las decisiones que diariamente tomamos millones de personas.

La sentencia de que el capitalismo es el culpable de todo ignora que en realidad asistimos a la crisis de un paradigma civilizatorio. Lo que está en cuestión es una idea de progreso indefinido e ilimitado. Ya no podemos seguir viviendo como hasta ahora, aunque algunos todavía necesiten la prueba de una catástrofe más para confirmar que hemos superado unos cuantos límites. Ya no hay posibilidades de seguir creciendo indefinidamente, que es el presupuesto sobre el que descansa la actual organización social, cuyo lema parece ser: “cuando todos alcancemos el nivel de bienestar que alcanzaron las sociedades opulentas, seremos felices”. Eso ya no es posible. Y si nos empeñamos en seguir haciéndolo, será al precio de delegarle irresponsablemente el problema a las generaciones por venir. Como se ha dicho más de una vez: se necesitarían los recursos de siete planetas Tierra para que todos los humanos vivieran como en las sociedades ricas. La crisis ambiental global no pone en cuestión al capitalismo en particular sino a algo más vasto: a una idea de modernidad reducida a perenne modernización, a progreso lineal e indefinido. Un orden no capitalista también tendría que vérselas con estos problemas. Y a menos que nos propusiera un indeseable retorno a la era preindustrial, el socialismo del siglo XXI, sea lo que eso signifique, se vería enfrentado a los mismos problemas que el capitalismo contemporáneo. Al menos en lo que respecta al paradigma de desarrollo vigente.

3. La política no está a la altura de la economía. La globalización de la política padece un marcado rezago respecto de la vida económica y social. Los Estados siguen siendo los principales protagonistas de la política internacional. En ausencia de una política global, que debería ocuparse de la justicia global –de la justicia climática si es que la expresión no resulta una desmesura–, los intereses económicos tienen menos contrapesos, su influencia es mayor que cuando existe un ámbito político democrático vigoroso. Los Estados nacionales intervienen en el escenario global más como representantes de los intereses económicos de sus respectivos países que como portadores de alguna idea sobre el bien común de la humanidad. Y aunque algunos gobiernos renuncien a obtener ventajas, es seguro que ninguno de ellos aceptará padecer desventajas.

Cualquier iniciativa para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que no sea vinculante para los principales países emisores naufragará en un mar de buenas intenciones. Porque reducirlas es caro (hay que invertir sumas astronómicas en tecnologías limpias, en fuentes alternativas de energía, en reestructuraciones de sectores de actividad), y nadie lo hará sin estar seguro de que el vecino hará lo propio, ya que de lo contrario cosechará una desventaja competitiva.

A pesar de su peso creciente en el diálogo internacional, no puede decirse que los movimientos sociales que defienden políticas globales sostenibles sean algo así como la voz de una ciudadanía global. Entre otras cosas, no está a su alcance imponer un derecho ambiental global, que en las actuales condiciones sería lo único que podría imponer reducciones obligatorias a todos los países.

4.  La política global para enfrentar el cambio climático que se echa en falta no es cualquier política, sino una que además sea justa. Los frutos de este crecimiento, que ahora se enfrenta a sus propios límites, han sido muy desigualmente repartidos. La pobreza y la riqueza extremas siguen formando parte del paisaje global. Y si es cierto que los que han sido integrados al circuito de la economía global han mejorado su suerte, no lo es menos que otros tantos han quedado fuera de ese circuito.

No es justo, pues, que el peso de la lucha contra el cambio climático se distribuya parejamente entre todos. Tradicionalmente se atribuyeron los beneficios del desarrollo a los países ricos y las privaciones a los países pobres. El asunto es algo más complicado, porque el bienestar (y por así decirlo la “responsabilidad” del descalabro climático) también están desigualmente repartidos dentro de uno y otro grupo de países.

Pero incluso dando por buena esa atribución de responsabilidades por países, el problema no se simplifica, porque entre los mayores contaminadores se encuentran ahora grandes países emergentes, como China, India, Brasil y México. Lo que hace aún más compleja y problemática la solución del problema es que estos países quieren hacer valer su “derecho al crecimiento” y, por ende, a emplear recursos energéticos en una proporción superior a la que les correspondería si se atribuyera globalmente una determinada cantidad de emisiones por habitante, es decir algo así como un derecho a una cuota de contaminación. Esos países y muchos ecologistas argumentan que la mayor responsabilidad del cambio climático corresponde a los países desarrollados, que durante los últimos 200 años han hecho la mayor “contribución” al descalabro con sus emisiones y que han sido sus habitantes los que se han beneficiado del crecimiento económico resultante. Dejemos de lado el detalle de que no es exactamente lo mismo dañar la atmósfera sin saberlo que cuando existen evidencias suficientes acerca de las causas del daño y el de que las culpas no se heredan, y demos por bueno el argumento. En cualquier caso, las responsabilidades del presente, como ocurre con China o India, no quedan compensadas por las de otros en el pasado.

La solución más justa sería definir un volumen de emisiones al que cada habitante del planeta tendría derecho, atenuado o aumentado en función del grado de desarrollo y bienestar del país al que pertenezcan, y compatible con metas para detener el calentamiento global. Porque como humanidad estamos obligados a contemplar esas inaceptables diferencias de bienestar y el derecho de todos a acceder a él. Eso supone que los que ya superaron cierto umbral de bienestar deberán renunciar a seguir incrementándolo (o incluso deberían reducirlo, lo que constituye un gran problema político).

Lo que no puede aceptarse es que países que hoy se encuentran entre los grandes emisores, continúen por el mismo camino alegando su derecho a acceder al mismo bienestar de los países opulentos. Porque en ese caso, sencillamente no hay solución. La gran inconsistencia (e injusticia) del actual “progreso” consiste precisamente en que descansa en el presupuesto de que no todos accedan a él.

Podemos renunciar a actuar, en la creencia de que siguiendo el mismo camino, apostando por la dinámica del proceso modernizador (“ya descubriremos una nueva tecnología que nos ahorre los dolores del cambio”) se resolverán los problemas. El riesgo de esa forma insensata de proceder es que de todas formas terminemos cambiando, sólo que coaccionados por situaciones límite: un cambio que será menos reflexivo, menos libre y seguramente más alejado de la justicia planetaria.

La interrupción de la lógica del progreso no supone volver a una idealizada vida campesina, como nos proponen algunos ecologistas, más por pura retórica que por convicción. Supone simplemente decidirse por convertir al hombre en medida de todas las cosas y al progreso en un eventual instrumento suyo… es decir por todo lo contrario de lo que sucede hoy.

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4 Responses to Cambio climático

  1. Enrius dice:

    Por la numerosa serie de vídeos que se pueden ver y oír en internet da la impresión de que alguien más que los jeques petroleros cuestionan las evidencias científicas acerca de que la actividad humana sea la principal causa del cambio climático. La visión de uno de éstos que se titula algo así como “La gran mentira del calentamiento global”, de más de una hora de duración y con testimonios de personas no especialmente sospechosas, a mí si que me hace albergar dudas razonables. En uno de estos vídeos pueden comprobarse las dubitativas y poco creíbles respuestas del Premio Nobel de la Paz (!) Al Gore ante las preguntas de una (creo) comisión senatorial en EUA. Conviene verlo y oírlo pues, una vez concedido dicho Premio Nobel a Kissinger por ejemplo, tiende uno a no creerse nada acerca de estos galardones y de casi ningún otro.
    Me parece que en esta ferviente cuestión, como en prácticamente todas las demás, no conviene a ningún individuo dotado de discernimiento caer en maniqueísmos situándose en una sola orilla del rio.
    Da la impresión de que este asunto climático se ha convertido en dogma de fe para los que preconizan catástrofes climáticas por la sola intervención humana. Creo que huelga decir que veo, leo y asisto a diario y horrorizado a las devastaciones de todo orden producidas en el planeta por obra del género humano.
    Múltiples factores. sin embargo, intervienen en este cambio climático y los discursos al respecto a los que se puede fácilmente tener acceso, de los que no tengo el menor ánimo de apropiarme y planteados por quienes , en principio, parecen estar especialmente preparados para ello, merecen una atención que, yo personalmente le estoy concediendo con una actitud (creo) nada apriorística.

  2. Pablo Azzarini dice:

    Sensatez y sentimientos
    No me hagás calentar

    Sí, claro, el del calentamiento terráqueo es un tema civilizatorio, como lo es hasta cuánta energía podemos usar cada uno, o cuánta agua potable, o cuánto espacio vital…
    La especie humana pasó de tener unos mil millones de ejemplares en el Novecientos a los más de seis mil millones actuales; se calcula que en unos cincuenta años seremos más de diez mil millones. Nos reproducimos como conejos obedeciendo pulsiones atávicas y culturales tipo ¡qué lindo, en mi familia somos un montón! Y por supuesto consumimos de acuerdo a ese despreocupado principio de cuanto más mejor. No importa qué: comida, electricidad, combustible para las 4×4 (quien no tiene una sueña con tenerla) y para calentar las casas. El despilfarro es parte consituyente de nuestro paradigma de buen vivir, y la especie se irá autorregulando según lo que haya; el que puede agarra y el que no la queda. Son las leyes del mercado, y el mercado es sabio; al menos eso es lo que nos venden.
    El calentamiento global es resultado de la actividad humana en el planeta, y esa actividad está orientada por el afán de lucro.
    La acción política es un mero apéndice del interés económico. (No me refiero a los idiotas útiles que manejan las finanzas mundiales sino al sistema mismo.) Y ese interés se perpetúa en la falsía cotidiana e impune de la publicidad mentirosa. (Mírese nomás como ejemplo la última propaganda de ANCAP en la tele, la de la motito que “anda con biocombustible”.) Desde siempre los que manejan a la sociedad –sean tiranos o elegidos– le mienten a la gente.
    ¿Cómo hacer entonces para desprender la acción política del interés casi todopoderoso de un sistema que busca perpetuarse? ¿Cómo desarrollar conciencia de especie si la tendencia es a formatear individuos aislados, insatisfechos y paranoicos?
    Los grandes canales de comunicación están armaditos para vendernos lo que sirve al sistema, con sus contradicciones, claro, porque lo que importa es vender. Pero a los desclasados, los críticos, los aún –pese a todo– optimistas, sólo nos quedan estos medios semimarginales para conversar y pensar otras opciones.
    ¿Cómo darle poder a la política? No sé. Podríamos empezar por no dejar impune la mentira.

  3. Lo que planteas, Enrius, no es un asunto menor. Tiene que ver con la relación que suele establecerse entre los legos en determinadas materias y los especialistas o los supuestos sabios. En alguna medida se trata de una relación de poder. Quien maneja determinado conocimiento establece una relación de poder con quienes no disponen de él. El asunto suele terminar resolviéndose por la “confianza” (concepto resbaladizo si los hay) que nos merezcan unos y otros “expertos”.

    En lo que me concierne, me atengo (quizás sea un exceso de confianza, lo admito) a lo que sostiene el llamado Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC), un organismo integrado por 1.100 biólogos, meteorólogos, médicos, zoólogos, químicos y científicos de otras disciplinas, de cuyos nombres no suelo acordarme, convocados por la ONU. Tales señores y señoras no albergan demasiadas dudas acerca del origen y las consecuencias del mentado cambio climático. Por supuesto que cualquiera más conocedor que yo de estos complejos asuntos puede impugnar sus dictámenes, pero que quede claro que no me baso en rumores aparecidos en Internet.

    Reconozco que tal vez me haya extralimitado al sostener que sólo los jeques petroleros cuestionan la realidad del cambio climático. Es que estaba pensando en el presidente de EEUU: al salir de circulación el inefable George W. y asumir Obama, que no niega el problema, me he visto tentado a afirmar que “nadie, salvo los jeques” cuestiona las evidencias científicas del calentamiento global.

  4. margarita dice:

    bueno, en realidad, son muchos los que cuestionan el tan mentado “cambio climático”. Desde que el mundo es mundo, la Tierra ha sufrido enormes cambios climáticos (no olvidemos las eras glaciales) y, sin embargo, sigue girando y orbitando al Sol…

    Fíjense que, aparentemente, nosotros seríamos un país de esos señalados como malos, ya que los 20 millones de vaquitas y toritos que pueblan nuestros campos serían parte de los maléficos productores del efecto invernadero..Y es gracioso ver cómo ahora se preocupan algunos, intentando cortarles el paso a aquellos países que empiezan a asomar su cabeza.

    No soy muy entendida en temas macroeconómicos…apenas domino mi economía doméstica, pero no soy tan tonta como para no ver que, en realidad, el principal problema que, como planeta estamos viviendo, es el de la BASURA. Eso sí que no pasaba en otras épocas. Basura de todo tipo y tamaño que sí contamina y que dejaremos a nuestros hijos como un legado espantoso. No deberíamos hincarle el diente a temas tales como los plásticos descartables, las bolsitas de nylon y tanta porquería similar que demora una eternidad en degradarse y que, encima, es comida sin querer por distintas especies de animales causándoles todo tipo de trastorno?

    no se….tal vez con esto demuestro una profunda ignorancia en el tema, pero me parece que tanta movida por el cambio climático obedece más a que los que ya crecieron no quieren que crezcan los chicos….cuestiones de dominancia, que le dicen.
    saludos

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