Sobre la revolución rusa (I)

Sobre la revolución rusa se han escrito centenares, si no miles, de libros. Desde los puramente apologéticos hasta los cargados de moralismo que atribuyen su trágica deriva a la maldad de quienes se pusieron a su frente, pasando por investigaciones serias y bien documentadas. Parecía difícil que se pudiera decir algo más sobre unos acontecimientos que marcarían a todo el siglo XX. Pero después de leer las mil páginas de La revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo del historiador inglés Orlando Figes, hay que concluir que aún quedaba mucho por decirse. El historiador Eric Hobsbawn no dudó en afirmar que se trata del mejor libro escrito hasta ahora sobre la revolución rusa.

Se los recomiendo vivamente. Una de sus ventajas sobre otras historias de esa revolución es que Orlando Figes (OF en adelante) consultó gran parte de los archivos que se abrieron al público después de la caída de la Unión Soviética. La documentación en la que se basa es sencillamente monumental, e incluye no solamente archivos oficiales anteriores y posteriores a 1917, sino resoluciones de los soviets, de los partidos revolucionarios, artículos de prensa y cartas de contemporáneos –desde protagonistas destacados hasta anónimos campesinos y obreros–, que dan una vívida idea de cómo eran los días en una apartada aldea a orillas del Volga o en Petrogrado en vísperas y durante la revolución. Uno de esos testimonios es el del escritor Máximo Gorki, una personalidad nada sospechosa de albergar animadversión hacia la revolución. Las cartas del escritor a su mujer, Ekaterina, vienen intercaladas en la narración de los grandes acontecimientos, de modo que, además de los puntos de vista del autor, el lector cuenta con el de un testigo directo particularmente agudo.

OF narra los acontecimientos pero también los interpreta, que es la única manera de hacerlos inteligibles, de modo que al concluir la lectura uno dispone de una perspectiva de conjunto y no una simple acumulación de acontecimientos. Y si estos elogios no les bastan, sepan que, además, está maravillosamente escrito. Tanto que a través de sus páginas puede respirarse la atmósfera de hambre, frío, violencia, heroísmo, crueldad y muerte en la que vivieron los rusos de aquellos años. Lo que autoriza a poner en duda el lugar común de que una imagen vale más que mil palabras.

No voy a intentar la imposible tarea de resumir las mil páginas del libro. Apenas voy a referirme a unos pocos aspectos relevantes del mismo que impugnan las interpretaciones más usuales de la revolución rusa.

Rusia era uno de los últimos países de Europa en el que podía pensarse que a principios del siglo XX tendría lugar una revolución de carácter socialista  En vísperas de febrero de 1917, el capitalismo ruso era una isla en un mar de arcaísmo campesino. Los menos de tres millones de trabajadores asalariados de la incipiente industria constituían una minoría insignificante frente a los más de 100 millones de campesinos, cuyas vidas discurrían en el universo cerrado del mir, la comuna de la aldea, que no era precisamente el ámbito de armonía que algunos intelectuales rusos de la época idealizaban. La desobediencia de sus normas y costumbres patriarcales y religiosas era objeto de crueles castigos y los inclinados a independizarse (la propiedad de la tierra era comunal y se entregaba en usufructo a las familias) no tenían nada fáciles las cosas. Apenas un 30% de los campesinos (la gran mayoría en los territorios occidentales del Imperio, no en Rusia) se había separado de la comuna, era propietario de sus parcelas y producía para el mercado.

La clase obrera urbana no superaba los tres millones de individuos (la mayor parte, medio millón, en San Petersburgo, luego Petrogrado), de los cuales la mayoría estaba imbuida de la cultura campesina, propia de su carácter de recién llegados a los centros urbanos (un millón emigró entre 1908 y 1915). La clase obrera educada de más de una generación constituía una minoría aun más insignificante.

Hasta muy poco antes de la revolución las ideas socialistas eran asunto de una reducida intelectualidad, en la que predominaban los socialistas revolucionarios, conocidos también como eseristas, que practicaban el terrorismo individual y estaban imbuidos de una ideología populista que veía en el campesinado al sujeto de una revolución social. Un número aun más reducido de marxistas completaba el cuadro del movimiento socialista, casi todos ellos convencidos de que el futuro que le aguardaba a Rusia era un largo desarrollo del capitalismo y una democracia como la que existía en Francia o Inglaterra. En esas condiciones, la conquista del poder por un partido revolucionario sólo podía conducir, según el llamado “padre del marxismo ruso”, Georgui Plejánov, a la tiranía.

La pretensión de erigir el socialismo en esta sociedad caracterizada por la penuria sólo podía realizarse a través de alguna forma de poder centralizado y coactivo. La disposición a emprender esa hercúlea tarea, a pesar incluso de las evidencias de los enormes costos humanos que comportaba, no fue ajena, según OF, a la fe inquebrantable de los dirigentes bolcheviques en que la voluntad era capaz de mover montañas. Stalin, por cierto, concebía a la naciente “cultura proletaria” como una “ingeniera del alma humana” y Trotsky sostenía que se podía producir “una nueva versión mejorada del hombre. Esa es la tarea del comunismo”.

La voluntad de los hombres, por cierto, juega su papel en la historia, pero siempre bajo las circunstancias que les toca vivir. Empeñados en conservar el poder o imbuidos de pura ideología, lo cierto es que los bolcheviques fueron incapaces de dar un paso atrás cuando el sufrimiento provocado por su delirante experimento invitaba a darlo. Un paso atrás que no necesariamente implicaba el regreso a la autocracia zarista.

La auténtica revolución rusa ocurrió en febrero de 1917. En los días de Febrero tuvo lugar en Petrogrado una verdadera insurrección popular que terminó con una dinastía de más de 300 años. La revolución de febrero no fue hija de ninguna aspiración socialista, que para la mayoría de los rusos era un vocablo desconocido, sino del frío y del hambre  (muchas mujeres pasaban la noche con sus camas en las colas para poder comprar pan al día siguiente), de las demandas de paz (la Primera Guerra Mundial se estaba cobrando la vida de centenares de miles de jóvenes) y de tierra (en un país con métodos arcaicos de cultivo y acelerado crecimiento demográfico, la expropiación de las tierras de la nobleza era la única esperanza razonable de mejorar la suerte de los campesinos).

Centenares de miles de manifestantes ocuparon durante el 23 de febrero y los días siguientes las calles de la capital. El Partido Bolchevique tenía entonces diez mil miembros en todo el Imperio, de los cuales algo menos de la mitad en Petrogrado. Era casi un espectador de los acontecimientos.

La multitud insurrecta destruyó todos los símbolos del zarismo, incendió comisarías, el palacio de justicia y cualquier institución que representara a la autoridad. Los actos de vandalismo, saqueo y destrucción de cualquier señal de privilegio también estuvieron a la orden del día. Incluidos el asesinato, el robo y las violaciones.

La idea de que el gobierno provisional que emergió de esta crisis era un gobierno de sátrapas burgueses con impulsos represivos y condenado a una prematura extinción es, según OF, una falacia de la historiografía soviética que mal que bien todos hemos consumido en algún momento. En palabras de Lenin, Rusia era en los meses que siguieron a febrero de 1917 “el país más libre del mudo”: los partidos revolucionarios actuaban en la legalidad, se había decretado una amnistía para los presos políticos, existía la más amplia libertad de prensa y reunión, se sustituyó a la Policía con una milicia cuyos oficiales eran elegidos, se aprobó el sufragio universal y se convocó a una asamblea constituyente para redactar una constitución y resolver la decisiva cuestión de la propiedad de la tierra.

Dato significativo y desconocido (al menos para mí): el soviet de Petrogrado, cuyos dirigentes eran mayoritariamente mencheviques, eseristas y socialistas populares, dieron su apoyo al gobierno provisional y el 2 de mayo decidieron formar parte de él junto a ministros liberales y conservadores, temerosos como estaban de la anarquía de las masas en la calle y la perspectiva de una guerra civil abierta.

El sovet era la única autoridad a la que la muchedumbre otorgaba legitimidad. Y a pesar de las reticencias de sus dirigentes a tomar directamente el poder, tal asunción iba a ocurrir tarde o temprano, porque tras el desplome del aparato estatal zarista, era el único poder organizado capaz, al menos en teoría, de restaurar el orden. Lo que estaba menos claro era que el poder soviético fuera a seguir el camino sugerido por Lenin en el sentido de que el “proletariado” debía completar la revolución burguesa que el débil gobierno provisional era incapaz de completar y –dado que creía en la inminencia de la revolución en buena parte de Europa– adentrarse sin más trámites en la ruta del socialismo.

Lo que no supieron ver los dirigentes del soviet fue que el Partido Bolchevique se les iba a adelantar. OF demuestra de forma concluyente que en la noche del 24 al 25 de octubre de 1917 no hubo ninguna insurrección en Rusia, sino un golpe de Estado.

Estaba previsto que al día siguiente se inaugurara el congreso del soviet, que, ante la impaciencia de la calle, asumiría el poder. Pero los bolcheviques carecían de mayoría en el soviet y, según todos los pronósticos, los delegados (de los cuales menos de la mitad eran bolcheviques) votarían la formación de un gobierno de todos los partidos socialistas que integraban el soviet. Lo que también demuestra fuera de toda duda OF es que Lenin se había propuesto que no fuera el soviet el que asumiera el gobierno, sino su propio partido, convencido como estaba de que era la única organización capaz de conducir a las masas por el camino del socialismo. Quería enfrentar al Congreso del soviet con los hechos consumados. Entre otras cosas, el control del Comité Militar Revolucionario por los bolcheviques se lo permitía.

“Pocos acontecimientos históricos han sido más profundamente distorsionados por el mito que los que sucedieron el 25 de octubre de 1917. La imagen popular de la insurrección bolchevique, como una lucha sangrienta llevada a cabo por decenas de miles de personas con varios millares de héroes caídos, debe más a Octubre, la película de Eisenstein (…), que a la realidad histórica”, dice OF. “La revolución socialista de octubre en realidad fue un acontecimiento a pequeña escala, que de hecho no pasó de ser un golpe militar, que resultó inadvertido por la vasta mayoría de los habitantes de Petrogrado. Los teatros, los restaurantes y los tranvías siguieron funcionando cuando los bolcheviques se hicieron con el poder”. El legendario asalto del Palacio de Invierno, donde el gabinete de Kerensky celebraba su última reunión, “fue más bien un arresto domiciliario de rutina, puesto que la mayoría de las fuerzas que lo defendían ya se habían marchado a casa”.

El propio Trotsky reconoció que a lo sumo 25.000 personas estuvieron involucradas en la toma del poder esa noche (es decir el 5% de todos los obreros y soldados de la ciudad), y la mayoría de ellos en tareas tales como custodiar fábricas o edificios estratégicos. Por supuesto que horas después se agolpó una multitud a la entrada del Palacio, pero más dispuesta a curiosear y a saquear sus imponentes bodegas.

La noticia no pudo caer peor en el Palacio Táuride, donde acababa de inaugurarse el congreso del soviet. Los bolcheviques fueron acusados de traición y en un acto de miopía política del que más tarde se arrepentirían, los delegados mencheviques y la mayoría de los eseristas se retiraron de la sala, dejando el campo libre a los bolcheviques, que de ahí en más gobernaron en nombre de los soviets, que, sin embargo, pasaron a ser organismos que se limitaron a confirmar las resoluciones del gobierno de los Comisarios del Pueblo. A las dos semanas de llegar al poder, un decreto del gobierno autorizó incluso a legislar por vía de urgencia sin la aprobación del soviet.

Estaba la mesa servida para la guerra civil, que, según OF, era el propósito del líder bolchevique, que creía que por esa vía se aplastaría definitivamente la resistencia de la burguesía y de las fuerzas del antiguo régimen.

para leer la segunda parte: https://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/01/21/sobre-la-revolucion-rusa-ii/

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8 respuestas a Sobre la revolución rusa (I)

  1. Pablo Azzarini dice:

    Bienvenido a las reseñas literarias, Barreiro. Como siempre, un gusto leerlo.
    Una sola duda, en aras del rigor: ¿la propiedad de las tierras en Rusia era comunal, como dice al principio, o éstas pertenecían a los nobles?
    Salú.

  2. Ambas cosas. Si mi memoria no me traiciona, alrededor de un tercio de la superficie pertenecía a la nobleza (en vísperas de la revolución), que la explotaba ella misma con mano de obra asalariada tras la abolición de la servidumbre a mediados del siglo XIX o la arrendaba a campesinos a precios elevadísimos. Ese porcentaje no era uniforme en todo el imperio ruso. Varió según las regiones y las épocas. No era lo mismo la Rusia central que Ucrania o las repúblicas bálticas (a veces se olvida que el imperio ruso abarcaba mucho más que la propia Rusia, zonas que perdió en gran parte en las negociaciones de paz para concluir la Primera Guerra Mundial, que fue una de las promesas con la que los bolcheviques lograron ponerse al frente del movimiento revolucionario durante el verano de 1917).

    El mundo de la comuna rural rusa era totalmente cerrado y “autosuficiente”. Tenía escasos vínculos con el mercado. La tierra de cultivo se entregaba en usufructo a sus miembros, pero los bosques y tierras de pastoreo eran gestionados comunalmente. El mir se encargaba además de la construcción de caminos, de impartir justicia, de la educación, del alistamiento para el Ejército y producía las escasas artesanías que necesitaba la aldea. Los campesinos que querían autonomizarse de la comuna pasaban las de Caín. Uno de los itinerarios que Figes sigue con gran detalle a lo largo del libro (como hizo con Gorky) fue precisamente el de un tal Semyonov, un campesino “moderno”, que se independizó de la comuna, introdujo técnicas de cultivo avanzadas y producía para el mercado. Como te imaginarás, era imposible dar cuenta de ese itinenario. Baste decir que no tuvo un final feliz: una noche fue asesinado por órdenes del patriarca de la aldea.

    Así y todo, una parte de los revolucionarios rusos, los populistas, creían que el mir podía ser una plataforma de lanzamiento para construir el socialismo. Hubo una intensa polémica dentro del marxismo ruso antes y durante la revolución a propósito de este asunto, es decir acerca de si el campo ruso debía pasar o no por una fase capitalista de desarrollo. Pero no lo voy a agobiar ahora con esa discusión.

  3. Marcelino dice:

    La nobleza un tercio de las tierras, de las mejores y ¿la Iglesia? ¿Y los terratenientes que no eran nobles?. No hay que buscar mucho en los archivos, sólo leer la buena literatura rusa, Las almas muertas, por ejemplo para darnos una idea de la situación de la gente del campo que era la gran mayoria.
    ¿Como se independizaba de la comuna si tenía que pagar? ¿de donde sacaba el dinero?
    Por otra parte, los populistas practicaban el terrorismo, un hermanodeLenin fue ahorcado por participar en el asesinato del zar.

  4. gabriel dice:

    hola que bueno que escribas sobre estos temas.

    sin embargo discrepo mucho con el enfoque de OF, no quiero aburrir pero, por ejemplo: me parece que se pone en el lugar de simplemente desmitificar aspectos de la reovlucion bolchevique y nada mas que eso.

    es cierto que todas las revoluciones necesitan construir relatos heroicos, casi mitologicos, pero repito: son las generales de la ley. la toma de la bastilla fue nada mas que un berrinche, y sin embargo… o no?.

    bueno, entonces creo innecesario eso de desmitificar. me parece un ajuste de cuentas muy anticomunista y muy antiruso, nada mas que eso. porque realmente no saber diferenciar una revuelta de una revolucion me parece suficiente para no tomar muy enserio este analisis.

    no hay que ser historiador, sovietologo o lo que sea para entender el impacto de la revolucion de octubre en la historia del siglo XX, y …en buena parte de este siglo.

    un saludo,

    gabriel

    • Historiador dice:

      Gabriel cuando dices “no saber diferenciar una revuelta de una revolucion me parece suficiente para no tomar muy enserio este análisis” demuestras claramente que ignoras la historia de las revoluciones rusas y del golpe de estado realizado por los bolcheviques.
      Antes de afirmar dislates deberías informarte mejor, leyendo no solo historiadores bien informados, sino a testigos de esas jornadas (testigos con muy distintas posturas ideológicas: anarquistas, kdt, eseristas, socialistas, mencheviques, monarquicos, apoliticos, etc.), y verás que (a excepción de los bolcheviques) son todos concordantes con lo que Figes señala al respecto..
      Los bolcheviques aniquilaron a la revolución y a los soviets, imponiendo una dictadura de partido, exterminando cualquier disenso hasta la caída de la URSS.
      Y así también crearon su historiografía “oficial”, su Vulgata (su Biblia), sacando y poniendo lo que el Partido le convenía o no. Llega a sostener en un momento, lo que en otro negaban.

  5. que bueno k dejes escribas sobre esto……es bueno saber de otros paises………..ademas de el mio…..yo soy de argentina y cuando estaba en la universidad……tube que investigar un carajo sobre esto…..vale y me sirvio mucho……….gracias…

  6. Raul dice:

    Está interesante y pienso leer el libro de OF. Pero definir como novedad que lo que ocurrió en noviembre de 1917 fue un golpe de estado bolchevique es bastante ingenuo. A mí me quedó clarísimo hace más de 20 años al leer una novela preciosa y muy entretenida (“Diez días que conmovieron al mundo”, de John Reed, estadounidense y comunista, testigo presencial de lo que ocurrió en esos días en Petrogrado). La revolución bolchevique en todo caso fue lo que ocurrió después, y no durante esos días. Y presentar a bolcheviques como demonios conspiradores y asesinos y a mencheviques y eseristas como dulces palomitas es un insulto a la inteligencia y a la historia en general.

  7. Parafraseando a AC: Raul y Gabriel seguid tuertos en vuestro camino. Mito o conocimiento, no hay mas.

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