Derecho a ofenderse

Artesanía charrúa. Pieza única del siglo XVI

Se veía venir. Era previsible que la tradicional vocación de las murgas por la irreverencia y el sarcasmo terminara ofendiendo a algunos. En esta provincia nunca andamos escasos de causas sagradas que demandan protección frente al irrespeto y la pérdida de valores. Ni de voluntarios para defenderlas. El motivo del desvelo de los tutores espirituales es esta vez el buen nombre de uno de nuestros pueblos originarios, los charrúas.

Lo curioso es que en este caso la acusada de perjurio ha sido una murga, una de las expresiones más auténticas de nuestra más auténtica fiesta popular, el Carnaval. Es que hasta en las propias filas puede ocultarse un hereje.

Al parecer, la murga Agarrate Catalina incurrió en el pecado de ignorar la sofisticada y venerable cultura de nuestro propio pueblo originario, que lo tenemos, ¿no lo sabían? Lean a qué extremos llegaron estos murguistas incapaces de apreciar cuánto de todo lo que hoy somos se lo debemos a nuestros aborígenes. “Acá estaban los charrúas,/ pura garra y corazón,/ puro corazón y garra,/ poca civilización./ No te hacían edificios/ ni ninguna construcción/ no tenían calendario,/no tenían plantación./ Lo más revolucionario/ en el plano cultural/  fue una cuerda con un palo,/era el arco musical./ No tenían sacerdotes,/ no tenían religión./ ¡Pero no tenían nada,/ la puta que los parió!”, sostiene la letra del cuplé.

No se podía dejar pasar semejante afrenta. Es un alivio, pues, que la Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa (Adench) saliera al cruce de esta murga insolente y expresara su “desagrado” y “dolor” por el hecho de que “artistas de y para el pueblo” incurran en “el error de (pensar) que nuestros pueblos originarios no han dejado nada”. Ya era hora de que nos sacaran de la ignorancia. Presten atención, porque, según Adench, Erich Fromm y el pensamiento ecologista se inspiraron en nuestros charrúas: “…a grandes rasgos tenemos dos tipos de civilizaciones, las del tener y las del ser, encontrándose los charrúas en esta última”. Parece incluso que “el universo de los habitantes originarios de estas tierras era más complejo de lo que se creía” y ciertos estudios demuestran que tenían “un manejo amigable de los recursos naturales”. Entre otras costumbres ancestrales contaban con “el consumo de mate, que (…) también ha sido tratado con total falta de respeto”. ¡Inaudito! Hay que decir que hubiera sido un verdadero milagro que gentes cuya herramienta más sofisticada era una flecha hubieran logrado dañar el medio ambiente.

Por su parte, Juan José López Mazz, el mayor estudioso de la cultura charrúa, también atacó impiadosamente a la murga y para ello recurrió a categorías nada precolombinas. “El cuplé (de Agarrate Catalina) sobre los charrúas –dijo– es clasista, fascista y discriminatorio” y fue escrito por “planchas ignorantes”. Sin embargo, no fue capaz de darnos un solo ejemplo del riquísimo legado de nuestros pueblos originarios. Argumento definitivo de López Mazz: la letra de la murga le “enojó mucho”.

A la infinita lista de derechos que invoca el ciudadano posmoderno, habrá que agregar a partir de ahora el derecho a que no se ofendan nuestras convicciones. Asunto complicado el del derecho a no ser ofendido. Imagínense a dónde iríamos a parar si cada cual pretendiera ejercerlo sin más. Deberíamos proscribir el sarcasmo, la ironía y el humor todo. Viviríamos en un mundo de una seriedad insoportable. Cualquiera que alegara que sus gustos musicales, estilo de peinado, preferencias futbolísticas, fe religiosa, pensamientos o creencias han sido objeto de burla o escarnio podría presentarse ante un tribunal de ofensas para reclamar reparación.

Hay mucha confusión en esta era de las identidades supuesta o realmente estigmatizadas. Por eso no está demás aclarar que en una sociedad democrática se debe respetar la libertad y los derechos de los demás, no la susceptibilidad de cada uno. Nada nos impide reírnos de la fe y las convicciones ajenas, de los mitos nacionales, de las creencias que nos parecen infundadas o fundadas en supersticiones o carcajearnos de lo políticamente correcto, cuya última versión viene con pueblo originario y tradiciones ancestrales incluidos. Ni qué hablar si el respeto que se reclama refiere a un objeto inanimado como el mate.

Al igual que Agarrate Catalina, me puedo mofar de la pretensión de que los charrúas nos dejaron una herencia eterna y, al parecer, sagrada. Lo que no puedo, en el incierto caso de que algún charrúa quedara entre nosotros, es coartar sus derechos ni puedo impedir que un antropólogo políticamente correcto diga lo que se le ocurra. Y si me paso de la raya y pretendo ir más allá de la burla y conculcar algún derecho, están las leyes. Burlarme de las convicciones ajenas no equivale a prohibir que los otros ejerzan su derecho a difundirlas ni eventualmente a burlarse de las mías. Hay que andarse con cuidado con esta pretensión de no ofender, herir o enojar a nadie. Podría condenarnos a la mudez. Fíjense que hay millones que consideran sagrados (e intocables) a Fidel Castro, al Dalai Lama, Benedicto XVI, Perón, al batllismo, Peñarol o Cataluña, y son capaces de ofenderse o enojarse si nos metemos con ellos. Si se tutelaran los sentimientos ofendidos, podría terminar presentando una demanda contra el primero que se burlase de mis manías personales. Los portavoces de Adench invocan asuntos tan poco susceptibles de normativizarse como el “dolor” y el “desagrado” que les provocó la letra de la murga. Lo mismo alegaron los fundamentalistas islámicos cuando el bendito episodio de las caricaturas de Mahoma. Y otro tanto hacen los fieles de todas las religiones cuando se nos ocurre catalogarlas de supersticiones. Qué le vamos a hacer, no tienen derecho al pataleo: es el tributo a pagar por haber pasado a retiro a todos los tutores del alma humana, que pretendieron determinar qué estaba permitido pensar o decir y qué no.

La tolerancia y la libertad en las democracias modernas suponen precisamente aceptar aquello que, siendo legal, nos disgusta moralmente. Todo lo público (y la invención y sacralización de nuestra “herencia charrúa” ha ingresado en ese ámbito) puede ser profanado. No censurado ni silenciado ni prohibido, que, a juzgar por el griterío que se ha levantado, no ha ocurrido ni por asomo.

Ya lo dijo el ex situacionista Raoul Vaneigem (y antes que él los ilustrados): “Nada es sagrado. Todo el mundo tiene derecho a criticar, a burlarse, a ridiculizar todas las religiones, todas las ideologías, todos los sistemas conceptuales, todos los pensamientos. Tenemos derecho a poner a parir a todos los dioses, mesías, profetas, papas, popes, rabinos, imanes, bonzos, pastores, gurúes, así como a los jefes de Estado, los reyes, los caudillos”. Y a las inciertas herencias de los pueblos originarios. Ni más ni menos.

Parece que aún es necesario explicarles a los descendientes de charrúas, y a algunos antropólogos, la diferencia entre burlarse de una idea, una fe, una convicción y enviar a la hoguera a una persona de carne y hueso, que son las únicas susceptibles de tener derechos, incluido el incierto derecho a ofenderse. No, señores charrúas, no todas las ideas y creencias son respetables. Y mucho menos sagradas. Los únicos respetables son los individuos. Y hasta donde me lo permite mi ignorancia sobre el Carnaval, percibo que la murga Agarrate Catalina no se burló de nadie en particular, sino de la estúpida creencia de que todo lo nuestro, por el solo hecho de ser nuestro, debe ser objeto de culto o motivo de orgullo. Yo celebro esa burla.

Los portavoces del charruismo escarnecido parecen ignorar además que la murga es arte. Arte popular, si lo prefieren, pero arte al fin ¿Y qué sería del arte, de la creación en general y del pensamiento en particular si hubiera tradiciones, sentimientos y creencias sagradas? Si hubiera tradiciones que no pueden ser profanadas, no podría hablarse de cultura, aunque los fundamentalistas de todos los tiempos y todos los credos siempre nos quisieron hacer creer que la cultura equivale a tradiciones inmutables. ¿Qué sería del arte en general –y del Carnaval en particular– sin humor, sin sarcasmo, sin irreverencias? No tendríamos novela ni cine ni pintura. Ni murgas, por descontado.

Pero, claro, los portadores de la herencia charrúa no se inmutan (con toda razón) por el “dolor” y el “desagrado” cuando el objeto de la burla y la irreverencia son los Bordaberry, los Lacalle, la Iglesia, la Policía y todas las instituciones y tradiciones que, al parecer, deben ser sometidas a escarnio público. Pero cuando lo que está en juego es algo serio (y ahora nos enteramos de que la defensa de los pueblos originarios lo es), alegan desagrados, dolores y ofensas. En ese caso no hay ironías ni irreverencias que valgan. Ahí el humor debe ponerse serio. Tan serio que podría llegar al absurdo. Porque si los murguistas de Agarrate Catalina le llevaran el apunte a nuestro antropólogo charrúa (que los acusó de “ignorantes”), deberían dedicarse a la investigación historiográfica y no a la sátira. Alguien debería avisarle que estamos en Carnaval y no en el congreso anual de la Academia de Historia.

Pero si los charrúas se quieren poner serios a pesar de todo, deberían contarnos en qué consiste esa herencia que, al parecer, los murguistas se tomaron a la chacota. Porque lo cómico de todo esto es que se pone el grito en el cielo porque una murga afirma, palabra más palabra menos, que los charrúas eran unos auténticos salvajes, pero no se aporta un solo dato que nos saque de esa falsa creencia. Salvo que alguien se tome en serio lo del tratamiento amigable del medio ambiente o que descubrieron antes que Erich Fromm que no hay que confundir ser con tener. No debe de resultar nada fácil identificar el famoso legado de la civilización charrúa a la posteridad si ante las muestras de escepticismo sólo se lanzan insultos.

Concedido, pues, el derecho a ofenderse y enojarse; pero ni hablar de blindar creencias, ideas, ídolos, culturas, mates y otros utensilios sagrados ante el sarcasmo o la irreverencia.

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10 respuestas a Derecho a ofenderse

  1. Creo que no escuchaba una murga desde 1972, cuando salieron los diablos verdes y enseguida la prohibieron y creo que se fueron del país. Me harta la murga y no puedo escuchar más de lo que duró el video. Me sorprendo de que me gustó y me reí. El Carnaval está para eso, para ser lo más irreverente que se pueda con lo que la gente tiene por sagrado, objetos, ideas, personas. Me extraña lo de López Mazz, no creo que esté en desacuerdo con que el carnaval es para cagarse de risa y putear libremente en público. No me extraña la opinión de los descendientes de charrúas institucionalizados. Obviamente los charrúas no están ni ahí con el carnaval, que es importado con Solís.
    Para los que no soportamos el Carnaval, – y eso que yo no tengo, que sepa, ni una puta gota de sangre charrúa- recomiendo alejarse de los medios y de las declaraciones carnavalescas, aunque caigamos en la tentación de decir alguna pelotudez al respecto, como es el caso ahora. Lamento que haya gente que no pueda diferenciar y se pase de carnaval todo el año. No me refiero a las reivindicaciones de los charruístas. El mismo L.M. contó que los charrúas no cargaban con la abuela cuando andaban más o menos de paso por estos lares…tan importantes fueron que con sólo venir a cazar algún ñandú, alguna mulita, alcanzó para que su garra simbolizara una nación que necesitaba de elementos simbólicos identitarios, sobre todo en el fútbol, que fué de ahí que salió lo de la garra, perversamente, porque tendrían que haber hablado de los ingleses, tanos y africanos, que le dieron gloria a una camiseta celeste. Se sabe que los charrúas eran atléticos y corrían más rápido que un venado, pero no creo que usaran las boleadoras para hacer un picadito. o sí?

  2. JB dice:

    Pincho, además de nuestra relativa indiferencia por los carnavales, compartimos otra cosa: nuestra sorpresa por los destemplados y lamentables comentarios de Lopez Mazz. Acusar de fascistas y clasistas a los murguistas por reirse de cierto charruismo es algo absurdo y traído de los pelos… por no hablar del (ese sí realmente discriminatorio) comentario sobre los planchas. Es alucinante que alguien se queje del carácter discriminatorio de un cuplé y se despache con un comentario tan despreciable y estigmatizador respecto de los planchas. Pero, ¿por qué nos sorprendimos? Nos sorprendimos, creo yo, porque nos cuesta separar aquello que dicen las personas de aquello que son. Lopez Mazz, ha hecho un buen trabajo, según parece, en muchos otros ámbitos. Entonces, ¿parecería que LM “no puede” decir una tontería, porque en ese caso se convertiría en un tonto? Pues sí puede decir tonterías, creo yo. Tonterías y cosas absurdas e indefendibles. Eso no lo convierte en una mala persona ni en un boludo. Esta diferencia es la que es muy difícil de entender en este país en el marco de las polémicas públicas, en las que nuestras diferencias políticas, por ejemplo, se traducen ipso facto en descalificaciones personales. Y todo esto tiene mucho que ver con el artículo, precisamente porque los mencionados “ofendidos” y “dolidos” se toman las críticas a sus ideas, creencias y prejuicios como críticas (o descalificaciones) a su persona.

  3. Jorge Devincenzi dice:

    Excelente nota

  4. ricardo devita dice:

    me parece barbaro, los charrùas, al igual que los desaparecidos, familiares, exiliados y presos politicos fueron victimas del terrorismo de estado.- casos muy similares, salvo que a los charruas casi los exterminaron . que pasaria si cualquier murga hace un cuple discriminatorio y desvalorizador e insultante sobre las victimas de la dictadura ? alguien tendria derecho a enfadarse y solicitar una disculpa ? seria tratado de aburrido y de falta de humor ? o no entenderia lo que es una murga ?? total… estamos en carnaval !!!!! vale todo y no hay derecho a discrepar !!!! lamentable.- hay derecho a decir cualquier cosa, pero no hay derecho a quejarse

  5. JB dice:

    No, Ricardo, no estoy de acuerdo. No me parece feliz tu comparación. Lo que viene a decir tu comentario es que si está permitido reírse de la CREENCIA de que los charrúas eran un pueblo civilizado del que recibimos un legado venerable, entonces también podemos reírnos de los desaparecidos o del holocausto judío o armenio. O, a la inversa, si nos parece que la desaparición de personas es una tragedia que no merece la mofa, ¿cómo es que no hacemos lo mismo y protegemos las costumbres ancestrales de nuestro pueblo originario de la irreverencia y la falta de respeto? El asunto es bastante sencillo: atañe a si la herencia de nuestros pueblos originarios tiene el mismo carácter que (o es tan indiscutible como) la existencia de Orletti, Auschwitz o la ESMA. Si así lo crees, entonces tenés toda la razón.

    Pero a mí la comparación no me parece pertinente. Si alguien se burlara de la tragedia de los desaparecidos o de las cámaras de gas sería un IMBECIL o un frívolo. No creo que la libertad de expresión deba emplearse como patente de corso o coartada para decir cualquier idiotez (aunque tampoco sería partidario de crear un departamento estatal para que establezca qué estupideces y frivolidades deben ser censuradas y cuáles no).

    Ricardo quiere democratizar las ofensas, hacerlas intercambiables unas por otras (“tú te burlas de los charrúas, yo me burlo de los desaparecidos, ¿dónde está la diferencia?”). La diferencia ESENCIAL que se le escapa a R. es la que existe entre una VERDAD DE HECHO y una PROFESION de FE. Nadie discute, creo yo, que aquí hubo 200 desaparecidos (o que los nazis mataron a millones de judíos y el Ejército turco a centenares de miles de armenios) ¿O sí? No me parece feliz, pues, parangonar esas tragedias indiscutibles con la PRETENSION, LA IDEA, siempre discutibles (e impugnables) de que los charrúas eran una civilización compleja que respetaba el medio ambiente y que nos legó tradiciones venerables que deberían estar al abrigo de cualquier sarcasmo o ironía. La comparación de Ricardo hubiera sido apropiada si la murga se hubiera burlado DEL EXTERMINIO DE LOS CHARRUAS, por ejemplo, cosa que obviamente no ocurrió. Agarrate Catalina se rió de la políticamente correcta y DISCUTIBLE idea de que somos herederos de tradiciones charrúas.

    Manifestar irreverencia o escepticismo sobre el legado charrúa a la posteridad vendría a ser, según Ricardo, más o menos lo mismo que negar la existencia de Orletti y los “vuelos de la muerte”. Pero, por ejemplo, ¿reírse de Auschwitz es equivalente a reírse del Evangelio según San Lucas? Suprimir la distinción entre lo factual y la creencia, entre hechos e interpretaciones, no me parece el mejor comienzo. Podría suscribir lo que dice Ricardo si pensara que Orletti es una creencia tan incierta y discutible como la de la existencia del legado charrúa.

    No sé, quizás Ricardo sea un nihilista que suscribe el principio de que “nada es verdadero ni falso”, que todo es un acto de fe. Si fuera así, su comentario cobraría sentido. Yo, en cambio, creo que vale la pena INTENTAR separar lo verdadero de lo falso, lo científico del simple juicio o las opiniones arbitrarias. Un intento que siempre es susceptible de ser revisado, revocado e interrogado. Creo que está claro en el artículo que la autorización a burlarse o faltarle el respeto refiere a la fe, la creencia, las ideas, pensamientos, ideologías, y sistemas conceptuales. Y que no me parece un argumento de recibo alegar ofensa para blindar esas convicciones frente a la mofa o el sarcasmo, que son una forma de la crítica.

    En cambio, bromear con torturas, desapariciones y cámaras de gas, ya no me parece tan ingenioso. Confundir una cosa con la otra significa no haber comprendido la diferencia entre la dignidad de las personas y la de las ideas o los dogmas. Los últimos son susceptibles de irreverencia y burla. Por ejemplo, creo, como dije al principio, que quien se burla del drama de los desaparecidos es un imbécil, pero no me parece que ocurra lo mismo con las IDEAS POLITICAS de los desaparecidos, que me parecen tan “profanables” como cualesquiera otras. No pensé, Ricardo, que fuera tan difícil distinguir entre un hecho abominable como torturar y desaparecer a una persona y, por ejemplo, la ingeniosa narrativa sobre los pueblos originarios.

  6. Servando dice:

    Notable el post y notable el complemento de este último comentario, que hubiera enriquecido el artículo. Estoy de acuerdo que hay que ser muy corto de vista para no ver la diferencia entre burlarse de la “civilización charrua” y los desaparecidos. Es muy típico de alguna gente reaccionar así: ah, si podemos tratar con irreverencia a tal cosa, entonces está todo permitido. Por qué? Por qué si nos mofamos del mate tendrá que estar permitido mofarse de los detenidos-desaparecidos o de las víctimas de la dictadura?

  7. qué boludez! alcanza con imaginar cualquier murga cantando al pueblo un cuplé -inimaginable- irreverente sobre los desaparecidos: Me juego a que el público hace una picadita con los murgueros y sus plumas!

  8. Pablo Azzarini dice:

    Impecable tu argumentación, Barreiro.
    No me extrañó en absoluto la reacción de los descendientes charrúas. Es evidente que les iba a doler, y allá ellos con sus argumentos.
    Pero cuando López Mazz apareció diciendo que entonces cómo íbamos a estar orgullosos de ser uruguayos si tratábamos así el legado charrúa, realmente me asombré. Y me calenté también. ¿Desde cuándo hay que estar orgulloso de ser uruguayo, vietnamita, francés?
    El nacionalismo y la estupidez salen de shopping y compran cualquier sanata.

  9. A.Yulele dice:

    Comparto la tesis fundamental del artículo, la no-sacralidad de ninguna idea, fe o convicción, y por lo tanto la posibilidad de opinar, y cuanto más la voz artística de la murga, de todas las realidades.
    Igualmente suscribo la mayor parte de las afirmaciones que se hacen.
    En honor a la verdad sólo quiero expresar algunas salvedades.
    Creo para ser justos habría que poner en los mismos términos dos de los discursos que se mencionan.
    Del cuplé de la Catalina se coloca el video para poder apreciar en su totalidad de lo que habla. Y me parece muy bien.
    De lo que dijo López Mazz en media hora de participación en un programa radial sólo tenemos un resumen de dos líneas:
    “El cuplé sobre los charrúas –dijo– es clasista, fascista y discriminatorio” y fue escrito por “planchas ignorantes”.
    Esta mención tan escueta de lo que dijo el arquéologo me deja un poco perplejo. Por más capacidad de síntesis del cronista del portal 180, por que de ahi se extrajeron sus dichos, creo que no hace justicia a las palabras totales de Pepino.
    Escuché el programa de marras, y recuerdo, por ejemplo, que esa expresión tan infeliz, de “planchas ignorantes” fue precedida de una advertencia.
    López dijo, mas o menos esto (no recuerdo sus palabras textuales):
    “Asi como ellos (los de la murga) les dicen a los charruas que no son civilizados, segun sus estándares de civilización, lo mismo podríamos decir de los murguistas, que son unos planchas ignorantes”.
    O sea, NO dijo que eran unos “planchas ignorantes” sino que, siguiendo el razonamiento que los murguistas hacían, podrían ser considerados (por alguien de cultura superior) unos planchas.
    Quiso, pues, mostrar la relatividad del juicio de la murga, y no tratarlos de planchas.
    Creo que no es menor esta salvedad. No es justo poner en labios de alguien lo que no dijo.
    Por último, creo que habría que hacer mención de otro intelectual uurguayo (esté sí el el mayor estudioso de la cultura charrúa), el antropólogo Renzo Pi Ugarte.
    Renzo recordó varias de las cosas que él ha venido enseñando en los años pasados, y que le valieron la ira de ADENCH y de otros pseudo charruistas orientales.
    Si están tan tristes e indignado, dice Pi, que se corten la falange de un dedo, para mostrar el dolor por la afrenta y cómo la pervivencia real de esta cultura.
    Salud !

  10. Enrius dice:

    Hace mucho tiempo que me declaré situacionista,(desde los olvidados años sesenta) con lo cual las burlas aquí comentadas acerca de los charrúas por la murga Agárrate Catalina, que desde este hemisferio no tengo el gusto de conocer, me parecen tan lícitas como las que se refieren a toda clase de personajes, reales o imaginarios, republicanos o monárquicos. Tan lícita como las que ponen en solfa a gobiernos, mandatarios, Santidades, Beatitudes y marqueses latifundistas, o Grandes de España o Pares de Francia o…conspicuos representantes del poder judicial.
    Dicho esto y dicho en este lugar que se llama Dudas Razonables, les ruego que me permitan una disgresión y la exposición de una duda que me parece más que razonable. Y Agárrense Catalinas porque la cosa tiene un carácter más universal de lo que ustedes puedan pensar.
    ¿No les parece una burla y burla sangrienta que, en estos dias y en España, se vaya a sentar en el banquillo de los acusados a un juez, acusado nada menos que de PREVARICAR, es decir dictar una sentencia a sabiendas de que es injusta,es decir lo peor que puede hacer un juez, por defender y reparar en lo posible a las víctimas del franquismo?
    No es improbable que conozcan ustedes por la prensa que el juez español Baltasar Garzón va a ser, con toda probabilidad, excluído de la carrera judicial acusado de prevaricación por haber dado via libre a las acciones que se derivan de la llamada Ley de Memoria Histórica, es decir que los restos de los miles de asesinados durante y después del franquismo puedan ser buscados, reconocidos, recordados y exhumados por sus hijos o nietos o bisnietos. Creo que no tengo que explicar aquí quién es el juez Garzón, ni aquí ni en Chile, ni en Argentina ni en el Reino Unido de la Gran Bretaña ni en los EE UU. Dudo que exista juez más controvertido por sus arriesgadas decisiones, sus acciones al filo de lo imposible y su constante presencia en los medios de difusión.
    Dudo, como es natural, de los fundamentos jurídicos que van a hacer posible tan sorprendente decisión de la judicatura de este país, no puedo ni sé ni quiero entrar en lo que desconozco por completo.
    La Ley de Memoria Historica entra en conflicto con la Ley de Amnistía que hizo posible en España la transición a la democracia, transición ejemplar por pacífica y consensuada pero llena de agujeros, de concesiones mutuas, de renuncias por una y otra parte y de…”dudas razonables”.
    Obviando el hecho de que la denuncia contra el juez viene por parte de asociaciones tardofranquistas, señaladamente Falange Española(!!)pues en democracia cualquier ciudadano tiene ese derecho, esta va a ser la primera vez en la historia moderna que un magistrado en un Estado democrático va a ser sentado en el banquillo por intentar conseguir justicia y reparación para las víctimas de crímenes de genocidio durante la Guerra Civil Española que, como es sabido, no tienen fecha de caducidad, no prescriben.
    Pero lo que se pone en cuestión es mucho más grave :
    la propia Ley de Amnistía y por supuesto la credibilidad del Poder Judicial en un Estado de Derecho.
    La polarización de la sociedad de este país mío, y en parte de ustedes, es de tal calibre por este insólito enjuiciamiento y en medio de escándalos de corrupción política de grandes proporciones que afectan nada menos que al principal partido de la oposición, que personalmente ,repito, no puedo manifestar mas que asombro por un lado, indignación por otro y sobre todo, repito, dudas razonables.
    Lo dicho : Agárrense Catalinas que aquí se va armar la Marimorena.

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