Arbeit macht frei

El trabajo hace libres, o el trabajo os hará libres. Tal era la leyenda que podía leerse a la entrada de los campos de concentración nazis. Salvando las distancias, nada muy diferente a la extendida –y hasta ahora indemostrable– convicción de que el trabajo dignifica. Con las excepciones que confirman la regla, el trabajo ha sido hasta ahora más bien fuente de penalidades para la mayoría de los individuos.

A pesar de las nada desdeñables mejoras en materia laboral que se han producido en los últimos años en este país, conviene no olvidar las injusticias, las pequeñas y grandes miserias, las cotidianas humillaciones y las previsibles frustraciones que siguen imperando en el mundo del trabajo.

Si hubo un tiempo en el que la aspiración a la perfección nos impedía apreciar los cambios que se producían frente a nuestras narices, hoy corremos el riesgo de que estas mejoras nos impidan ver aquello que pervive en el mundo del trabajo. Aumentó el salario real y se aprobaron leyes que protegen los derechos de los trabajadores y los fueros sindicales, pero la mayoría, es bueno recordarlo, sigue cobrando salarios bajísimos, que no alcanzan siquiera para adquirir la canasta básica. Son constataciones que no suponen ninguna novedad para nadie.

Pero a ello hay que agregar costumbres arraigadas que no aparecen en las estadísticas, que no detectan los inspectores del ministerio de Trabajo y que las leyes difícilmente pueden enmendar. Son las manifestaciones más palpables de la dependencia a la que están sometidos quienes carecen de una fuente de ingresos autónoma y asegurada y que contrastan con la versión idílica del trabajo digno, fuente de nuestra autoestima y de la posibilidad de planificar nuestras vidas sin coerciones y de acuerdo con nuestras prioridades y deseos. Por lo general las padecen quienes se enfrentan diariamente con el rostro concreto de un jefe o experimentan la anónima disciplina de una empresa. Y son muchos, centenares de miles en este país. Lo malo es que no se trata de leyes escritas cuya injusticia permitiría impugnarlas ante alguna autoridad o tribunal. Lo perverso del asunto es que las mantienen vivas quienes las sufren.

Hablo del que se queda en el trabajo más allá del horario que le corresponde cuando se lo piden, y cuando no se lo piden también; hablo del que no exige que le paguen horas extraordinarias, del que acepta mansamente realizar tareas para las que no lo contrataron, del que acepta que lo consideren un trabajador autónomo cuando hace años que trabaja en relación de dependencia (y renuncia a tener vacaciones pagas y otros beneficios), hablo del que acepta que le levanten la voz, lo humillen o lo destraten, del que devora su almuerzo junto al ordenador aun cuando tiene derecho a una hora de descanso, hablo de la que soporta estoicamente un piropo que está al borde de la zafiedad, del que no se anima a pronunciar en voz alta la palabra sindicato, del que festeja los pésimos chistes del jefe, del que se desgañita por exponer sus inciertos méritos ante el superior, del que igual va a trabajar con una gripe feroz, del que no reclama el aumento salarial que le corresponde, de los que actúan como si participar de una asamblea fuera un delito.

Este incompleto inventario, conviene recordarlo, no es el resultado “excepcional e inevitable” de los períodos de crisis. Son maneras que han pasado a formar parte de nuestra más normal normalidad. El asunto no es para minimizarse porque la incertidumbre respecto de nuestro futuro laboral es fuente de desasosiego, frustración y, por ende, motivo para la docilidad.

Cuando nuestras vidas se estructuran en torno al trabajo, el terror al desempleo alimenta la sumisión. La amenaza de perder el empleo lubrica el engranaje de la obediencia, que de ese modo no exige coacciones obsoletas o indebidas de la empresa porque su eficacia resulta de un orden anónimo, imposible de imputar a nadie en particular, determinado por factores económicos remotos, difícilmente identificables y que se nos presentan como naturales. El principio que mejor resume esta disposición del trabajador es “si no acepto estas condiciones viene otro que sí las acepta y se queda con el empleo”. Y qué duda cabe de que así ocurre con frecuencia. El trabajador menos exigente, el mejor dispuesto, marca el ritmo, define lo que ineludiblemente los demás deben aceptar, fija las condiciones de la más perversa y difundida de las competencias, la que se establece entre compañeros de trabajo.

Nos hallamos ante un aparente callejón sin salida. Ni el presidente mejor dispuesto puede corregir estos abusos. No hay disposiciones legales que puedan modificar unas costumbres formalmente consentidas. Y aunque no esté inclinado a exculpar a las personas adultas o a concederles el compasivo mote de “víctimas”, como es habitual en cierta izquierda, admito que la disposición a competir con el compañero de faena tiene, en las actuales condiciones, cierta racionalidad.

En las actuales condiciones quiere decir en ausencia de cualquier perspectiva colectiva. Como corresponde a la sociedad individualizada de nuestro tiempo, todas las estrategias del homo economicus son individuales (mayor formación, obediencia debida, etc.). Cuando las cosas se nos presentan de manera tal que parece que falta trabajo o que sobra gente, más justificada y racional parece esa estrategia, aunque ella comporte en ocasiones la disposición a degradarse y cometer pequeñas vilezas para posicionarse mejor que el compañero de trabajo.

A la primera mirada, el desempleo pondría en evidencia que falta trabajo (o que sobra gente). Pero se me ocurre que el trabajo no es una cosa susceptible de faltar o de sobrar. Lo mismo que las personas. Hay en toda sociedad un trabajo que es necesario realizar para reproducir las condiciones de existencia de todos y las personas deberían trabajar más o menos según el esfuerzo que se requiera para ello. No se trata de “crear” trabajo para mantener a las personas ocupadas, como si trabajar más fuera un fin en sí mismo. Aquí reside una de las mayores paradojas de nuestro tiempo: que en un mundo en el que cada vez se necesita trabajar menos para producir una riqueza creciente, nuestro mayor anhelo (¿o cabría decir condena?) sea trabajar más. El impresionante desarrollo tecnológico y económico ha gestado las condiciones para que los humanos dediquemos cada vez menos tiempo al trabajo y para que el acceso a los recursos materiales mínimos que garanticen nuestra reproducción no esté estrictamente vinculado al tiempo de trabajo que se suministre a cambio. Intuyo que una de las causas de que las cosas sigan discurriendo por los carriles tradicionales reside en que no nos terminamos de creer que en la política podemos hallar alguna forma de ponernos de acuerdo para que el menor tiempo de trabajo requerido sea parejamente distribuido entre todos y el mayor tiempo libre disponible no recaiga –en forma de desempleo, con todas sus penalidades y miserias– en una parte de la sociedad. En ausencia de esa perspectiva política, sólo nos queda pelearnos por el trabajo “escaso”, con el que se quedarían los más “competitivos”. El resto se convierte en material sobrante, al que no siempre se le garantiza el acceso a los recursos materiales básicos, porque además estamos imbuidos de una ideología mercantil que sostiene que para recibir hay que entregar algo a cambio, como pone de manifiesto la indignación que suscita en el pueblo llano las ayudas públicas a los más desfavorecidos.

Hasta hace un tiempo pensaba que la reducción generalizada de la jornada de trabajo sin reducción de salarios era la mejor solución a estos desarreglos. Hoy tengo mis dudas, porque esa redistribución del tiempo de trabajo puede ser una forma de evitar la división entre ganadores y perdedores, pero, si se mantienen inalteradas las demás circunstancias, el acceso a los recursos materiales que permiten planificar la propia vida seguirá dependiendo de la aceptación de determinadas condiciones de trabajo.

No hace falta colocar a las personas en el lugar de los santos inocentes –expropiados de cualquier capacidad de decidir sobre su propia vida– para reparar en que esa libertad de la que dispondríamos todos y cada uno de no aceptar condiciones inhumanas de trabajo (inhumanas para este comienzo de milenio, se entiende) no está dentro de las posibilidades de la mayoría. Aparentemente nada nos “obliga” a aceptar unos trabajos que consumen todas nuestras energías en tareas que en nada contribuyen a nuestra autorrealización como individuos, sino que más bien se oponen a ella, corroen nuestro carácter, como diría Richard Senett, y son fuente de permanente frustración y malestar.

Según la ficción jurídica imperante, todos firmamos contratos de forma libre y voluntaria, porque todos somos iguales ante la ley. “Nadie te obliga a aceptar este trabajo”, como alguna vez me dijo un colega tras escuchar mis quejas ante las condiciones laborales. Según este punto de vista, las cosas estarían de lo más bien tal como funcionan ahora, porque permitirían que las personas diseñen sin interferencias sus propias vidas (las “interferencias” a las que se alude son las procedentes de las instituciones políticas y serían, cómo no, siempre negativas).

Pero el mundo no funciona así, es un espacio atravesado por relaciones de poder que brotan de un acceso muy diferenciado de unos y otros a los recursos materiales. Para acceder a la independencia y a la posibilidad de planificar la propia vida, se necesita algo más que igualdad ante la ley. No soy independiente ni puedo diseñar libremente mi vida (que entre otras cosas supone elegir en qué y cómo quiero trabajar) si no dispongo de cierta independencia material. Si la satisfacción de mis necesidades depende de otros, lo que resulta de esa relación no es precisamente mi independencia, sino más bien lo opuesto, porque estoy obligado a aceptar las condiciones que esos otros me imponen, incluido un trabajo que detesto. No parece que sea necesario insistir en que la gran mayoría, la inmensa mayoría de las personas no cree que su vida laboral sea el resultado de una decisión libre. En este punto no estaría demás recuperar la idea republicana de que la libertad no es posible sin independencia material. Independencia material que para algunos republicanos norteamericanos del siglo XVIII equivalía a la propiedad de una parcela de tierra y que en nuestros tiempos debería equivaler a un ingreso básico mínimo para satisfacer nuestras necesidades más elementales sin depender de las condiciones impuestas por otros. En la tradición republicana, pues, la libertad política y el ejercicio de la ciudadanía no se llevan bien con la dominación.

No pretendo vender una nueva panacea, sino invitarlos a reflexionar acerca de una propuesta que ya es objeto de debates y reflexiones en diferentes países y ámbitos. Se la llama renta básica de ciudadanía. No voy a resumir aquí esas discusiones (entre otras cosas porque están a vuestra disposición en la web), sino apenas hacer referencia a un par de reparos que se le suelen poner. La renta básica de ciudadanía (RBC) es un ingreso universal al que tendrían derecho todos los ciudadanos por el hecho de ser tales y ascendería a una cantidad igual o apenas superior al umbral de la pobreza, dependiendo de las posibilidades de cada sociedad. La RBC no excluye, pues, trabajar por una remuneración (es posible que la mayoría no se conforme con esa renta universal), pero tiene la gran ventaja de que permitiría a muchas personas planificar sus vidas en unas condiciones mucho mejores que las actuales. Para empezar, permitiría rechazar condiciones de trabajo infames o no deseadas; y para seguir, tener la libertad de decidir si en determinado momento preferimos disponer de más tiempo para dedicar a otros quehaceres y en otro, de mayores ingresos. Pero, además, nos dotaría de un poder de negociación del que carecemos ahora, porque aquellos de quienes dependemos saben que, sin otro ingreso, la única libertad de que disponemos es la de bajar la cabeza y aceptar sus condiciones. Algo que no ocurre únicamente con el trabajo, por cierto, sino también en el matrimonio y en muchos contratos de compra-venta de servicios.

Quien depende de otros no es ciudadano, no tiene independencia de juicio, no tiene capacidad de obrar de acuerdo con sus convicciones. Por eso la propuesta de RBC es también importante desde el punto de vista de la creación de ciudadanía.

Es muy significativo que no se haya impugnado el principio que inspira este ingreso ciudadano básico (la autonomía de las personas para eludir la dependencia de la voluntad arbitraria de otros), sino algunas de sus supuestas consecuencias perniciosas y la falta de recursos para implementarlo. En lo que respecta a las primeras, el reparo –era previsible– consiste en anunciarnos una sociedad de vagos y malentretenidos dedicados al ocio improductivo o vaya uno a saber qué. El argumento es interesante porque además de dar por sentado que a la gente sólo se la puede hacer trabajar por vías coactivas (amenazándolas con perecer de hambre si no lo hacen), demuestra gran preocupación por una eventual holgazanería futura pero ninguna frente al hecho de que ya hoy haya unos cuantos que no se ganan el pan con el bíblico sudor de su frente.

Una RBC no tendría por qué terminar con la disposición a trabajar. Entre otras cosas porque con el trabajo no se busca sólo un ingreso, sino también reconocimiento social; sentirnos útiles, e incluso cierta autorrealización. Si es habitual que personas que disponen de una jubilación realicen un trabajo o quienes tienen un salario razonable hagan horas extraordinarias, es de suponer que una RBC que garantice una existencia digna pero que estaría muy lejos del lujo, no inhibiría la inclinación a trabajar. Por lo demás, que algunas personas abandonen sus empleos basura para dedicar unos años a formarse, a hacer trabajo voluntario o a emprender algún proyecto personal, no debería verse como algo a priori negativo. Al contrario, liberaría a mucha gente de la presión de encontrar una ocupación a cualquier precio, lo que obligaría a los empresarios a ofrecer condiciones más atractivas para algunos empleos.

En lo que atañe a su financiación, no pretendo que se atengan a inciertas elucubraciones de quien escribe, sino a estudios econométricos realizados en otros países y algunos incipientes de esta provincia, que pretenden demostrar su viabilidad. Creo que merecen ser atendidos antes de esgrimirse el eterno ‘no se puede’, ‘es una utopìa’. Las propuestas de RBC coinciden en que se deben suprimir todas las prestaciones públicas en dinero iguales o inferiores a ella y en que quienes reciben prestaciones superiores a la RBC conserven únicamente aquella parte que la supere. Por ese lado no habría, pues, necesidad de incrementar los recursos dedicados a ese fin. La diferencia de asignarlos de este modo reside en que ya no haría falta tener la condición de pobre, madre soltera o pensionista para recibir un ingreso. No se exigiría aceptar condición alguna. ¿No es injusto acaso que los banqueros y los ricos en general también la perciban? Si y no, porque esa RBC en ningún caso compensaría los impuestos que seguirían pagando por sus ganancias. Los modelos matemáticos contemplan incluso un incremento de los impuestos que pagan las franjas con ingresos más altos si fuera necesario para financiar la RBC. Pero a fin de cuentas, ¿no sería más simple incrementar los impuestos a los ricos y distribuir lo recaudado entre los pobres? No, porque la RBC se basa precisamente en la convicción de que la libertad de elegir la propia vida depende del acceso no condicionado a los recursos materiales básicos, incluida la condición de ser pobre.

Las dificultades para implementar la RBC no tienen que ver, pues, con la factibilidad técnica o financiera, sino con su factibilidad política. La RBC alteraría las condiciones de negociación, ya que quienes trabajan a cambio de un salario podrían alegar que tienen su existencia material garantizada –y, por lo tanto, la posibilidad de pensar y llevar a la práctica planes de vida alternativos que los acerquen a lo que son o quieren ser–, y no aceptar las condiciones de trabajo que se han visto obligados a aceptar hasta ahora, lo que supondría alterar los procesos de producción y de distribución vigentes. En otras palabras, podrían dejar de verse obligados a bajar la cabeza y a tener por única opción el conocido “o lo tomas o lo dejas”.

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8 respuestas a Arbeit macht frei

  1. tlb dice:

    Es todo mentira, el trabajo ni libera ni dignifica. Uno se convierte en esclavo del salario por más vocacional que sea la cosa y uno esté en el trabajo que realmente desea estar.

    Todo por culpa de las “cotidianas humillaciones” o como le digo yo, pequeños infiernitos diarios, que uno tiene que soportar de compañeros y de jefes.

    Trabajar es un drama para mi. Lo hago con esfuerzo e interés, pero pasar buena parte del día con cierta gente es dramático.

    Eso se agrava por el interés de las empresas por fomentar la competencia entre sus empleados, no sólo para reinar, sino para sacarles más jugo.

    Y habría que cuestionar hasta las universidades, que no parecen ser más que fábricas de “empleados modelo”, cero iniciativa y mucho miedo.

    Lo de la RBC hay que estudiarlo bien, pero suena MUY interesante, particularmente si permite independencia por más que uno sea un empleado.

    Saludos,

  2. Sergio Villaverde dice:

    En “Trabajo, consumismo y nuevos pobres” Zygmunt Bauman atribuye a Claus Offe (Modernity and the State: East, West. 1996) el planteo inicial de lo que hoy se difunde (en buena hora) como Renta Básica Ciudadana (RBC). La propuesta, según este autor,es que “el derecho a un ingreso individual puede ser disociado de la capacidad real de obtener un ingreso”.
    Coincido con la jerarquía renovadora (me niego a la palabra “revolucionaria” que de tan usada carece de poder semántico) que la implementación de una RBC pudiera ejercer en la reconformación de las interrelaciones socio-políticas.
    Hay algunos fenómenos relacionados que me gustaría analizar brevemente.
    1. La modernidad, asociada al sistema capitalista, se conformó alrededor de la “ética del trabajo” que implica dos aspectos: la primera, sólo se “existe” en tanto se es reconocido como trabajador y la segunda, trabajo es la actividad que se intercambia por un salario. La paulatina “existencia” de las mujeres se produce por su lenta incorporación al trabajo asalariado en las fábricas.
    2. Hay fuerte evidencia de que el sistema es, y seguirá siendo, incapaz de asegurar el pleno empleo (y además a sus teóricos y defensores tampoco les importa). Todo intento de recrear el “Estado de Bienestar” sobre las premisas de la ética del trabajo es vano. Pienso que la RBC puede ser un camino para conformar una nueva ética social.
    3. No es lo mismo “pobres” que “marginales”. Pobres son los que aceptan su condición con estoicismo y son funcionales al sistema en el escalón que les corresponde. Marginales son todos los disfuncionales que el sistema considera que estaría mejor si no existieran. Poco falta para que aparezcan teóricos fuertes que planteen algún tipo de “solución final” (Ya los hay merodeando el tema).
    4. Finalmente, en nuestro medio lo más parecido a la RBC es la remuneración de los militares, quienes la reciben por capacitarse para actividades inexistentes y fuman y fuman sentados en algún umbral, como el ciego inconsolable del verso de Carriego. El intento presidencial, basado en la ética del trabajo, de que hagan algo útil no solo es vano sino banal.

  3. n dice:

    Tras leer el articulo que aborda la implantación de la Renta Básica, me siento plenamente identificado con las propuestas e interrogantes que plantea. Y me parece muy necesario debatir este asunto.

    Pero, mientras avanzaba en su lectura se imponía finalmente un gran interrogante, y no es tanto si la RBU es ética, necesaria o factible que, en el caso de España, recientemente, esta iniciativa ha llegado hasta las puertas del congreso, en forma de una comisión de estudio para la implantación de la Renta Básica Universal. Y es donde se va a quedar, viendo al día de hoy (de calendario) la deriva del poderoso “centro”.

    Y el interrogante es si en este momento, quizás crucial para lanzarla al debate general, ¿tendremos una tendencia política suficientemente consistente como para llevar esto a delante? Y en tal caso pudiera ser la Socialdemocracia, la mas capacitada o de lo mas lógico. Y la respuesta me temo que no es esperanzadora, al considerar de mi parte muerta y quebrada a esta socialdemocracia y gran parte de la izquierda o como se llame.

    Solamente ver las decisiones que desde la socialdemocracia, desde sus puestos electos y bendecidas por el partido y electorado al menos con su silencio, muchas de las decisiones que han tomado y en especial de manera decisiva a partir del año 2008. Del histórico y descomunal trasvase de fondos, dinero público entregado al entramado bancario, etc.

    Y entonces, nos encontramos ahora trágicamente con la desenfrenada carrera por la anorexia pública, que ciegamente festejan las bolsas y alivian a los gobernantes abrazados a la economía matemática, al ver los resultados de algo que les rebotará como un boomerang cuando la sangría laboral aleje al consumidor. No sorprende que en este momento el debate se centre sobre los recortes salariales, y de los derechos de los trabajadores, lo verdaderamente sorprendente es quienes lo están ubicando en este ámbito.

    ¿Y entonces? Siguiendo esta lógica que apadrina la Socialdemocracia, el siguiente paso es la venta del estado. Veremos al FMI (o de sus medidas dirigidas por la comisión europea) entrando en varios estados, qe de economías llamadas “avanzadas”.

    Cuando este centro ideológico es participe cada vez mas directo del desmantelamiento del Estado del Bienestar, que se podría considerar hermano mayor de la RBU o por lo menos el ambiente propicio para su nacimiento.
    También plantearse las vías para implantarla sin un estado benefactor previo o de una sociedad mas justa. (¿)

    Entonces tenemos Asía, que ha aportado nuevos millones de trabajadores “gratis”, y bienvenidos sean. Pero hasta la fecha, la consigna es competir, competir en igualdad de condiciones, de las asiáticas claro. Y con esto no quiero caer en la demagogia de demonizar a China, pues soy un gran desconocedor. No así de la rendición por parte nuestra asumiendo como lógico y natural competir de esta manera con trabajadores que en estos momentos ni sueñan con tales derechos.

    Señalar los concursos que hacen las empresas occidentales en China con tal de otorgar contratos de producción, que descartan a las empresas chinas con mas protección sobre sus trabajadores, y de las amenazas de las cámaras de comercio occidentales cuando pian los trabajadores chinos, indios, etc.

    Esto no es cosa solamente de “neoliberales” enloquecidos. Esto es en lo que estamos todos actualmente.

    Mmm …entre todos…

  4. Nuria E. dice:

    Como dice Sergio Villaverde, una de las peores cosas de la ética del trabajo vigente es que sólo se es “alguien” si se tiene un trabajo (que se asocia a trabajo remunerado). Dos precisiones: 1)la única actividad noble o elevada no es el trabajo remunerado, aunque parece que a eso tenemos que acostumbrarnos. 2) es terrible que cuando una determinada tasa de desocupación es estructural (no una anomalía, sino la normalidad) siga creyéndose que “lo lógico” es que el ingreso de las personas siga determinado por el tiempo de trabajo. Es casi una crueldad, porque es como decir: “si no trabajás, no comés, pero además te aviso que no hay trabajo para todos (!!!). la competencia entre trabajadores es el corolario lógico de esa situación (bueno, lógico en términos de estrategias individuales como dice el post).

    Muy necesaro todo lo que se dice en el texto, que es lo que permanece oculto detrás de los clichés y lugares comunes sobre el estimulante y creativo mundo laboral

  5. Enrique Larreta dice:

    Como siempre en el blog un texto tan provocativo como extremo. Combinar Renta básica de ciudadania con la crítica a la mistica del trabajo es una operación intelectual audaz. Contraprovocación: la renta basica de ciudadania no tiene nada que ver con el trabajo -en el sentido de su supresión o no. Se refiere al empleo. Es un propuesta distributiva que busca substituir o complementar politicas sociales. Se trata de disociar Ayudas sociales de Empleo atendiendo a situaciones de desempleo estructural Favorece las ayudas directas a los excluidos que no están protegidos por otros tipos de seguros. No se propone suprimir el trabajo porque en ese caso no podría financiarse. El gasto estatal no puede salir de otro lugar que los impuestos directos o indirectos…. sobre el Trabajo.
    No la inventó Claus Offe cuyo libro es de 1996. La inventó Milton Friedman -un nombre escalofriante para muchos- presentandola en su libro Capitalismo y Libertad de 1962 y en informes previos inspirados en la experiencia inglesa.
    Y la mística del trabajo como deber y sacrificio.? La concibió la cultura protestante del trabajo difundida en Alemania durante el siglo XIX con sus raíces hegelianas y socialistas. El director de Auschwitz Rudolh Höss – un personaje que parece salido del cuento Deutsches Requiem de Jorge Luis Borges- la tomó de su encarcelamiento durante la Republica social liberal de Weimar y de su politica de trabajos comunitarios que incluía la movilización de presos y militares para obras publicas. Parece que le gustó. El clima de época eran las ideas de movilización total y el misticismo del trabajo que tuvieron su expresión notable en escritores como Ernst Junger y Carl Schmitt y los seminarios de Heidegger al respecto. Contra el individuo, por el colectivo ,morir por la Patria:Ideas hegelianas de izquierda y de derecha.
    En fin, ironías de la historia:la renta básica de ciudadanía, idea cara a la la izquierda contemporánea es de inspiración neoliberal. La Frase Arbeit Macht Frei esculpida por los presos por orden de la dirección de Auschwitz es de inspiración socialista. El estudio de la historia de las ideas amplía nuestro abanico de “dudas razonables” con respecto a frases hechas y lugares comunes.

  6. Nutrition Facts dice:

    Articulo interesante, de Deutsche Welle, respecto al tema:

    Alemania: ¿renta básica incondicional para todos?

    En Alemania se lanza al ruedo la idea de una renta básica incondicional sin distinción para cada ciudadano. En comparación con un subsidio social, según sus partidarios, los empleados serían más productivos.

    En Alemania, la oposición y el Gobierno discuten actualmente sobre la nueva reglamentación del programa de subsidio social para desempleados, conocido como Hartz IV. Una reforma fue bloqueada en diciembre de 2010 en la Cámara alta. Desde entonces, los miembros de la coalición de Gobierno y de los partidos socialdemócrata (SPD) y los Verdes no han podido llegar a un acuerdo.

    Ante la inconformidad de muchos ciudadanos con el programa de subsidio de desempleo Hartz IV, así como la discusión al interior del partido La Izquierda sobre estos temas sociales, se ha presentado la idea de introducir en Alemania una renta básica incondicional. Cada persona, independientemente de su estado laboral, recibiría 1.000 euros libres de impuestos cada mes

    Sigue en el enlace: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,14807338,00.html

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