Días de fútbol

El fútbol es un juego apasionante, puede ser un espectáculo maravilloso, bello, sublime incluso. Contemplar alguno de los partidos que se juegan en estos días de sobredosis de fútbol a la que estamos sometidos puede ser, no digamos un regocijo estético como pretenden los extremistas que alegan que el fútbol es el octavo arte, pero sí un disfrute, una experiencia gozosa. Sin embargo, hay algo en esta futbolización de la vida a la que asistimos cada vez que se juega una Copa del Mundo que me resulta un fastidio.

No se trata del adormecimiento de las conciencias que provocaría lo que para algunos es una versión contemporánea del pan y circo. No, el problema con el fútbol es que ya no podemos disfrutar únicamente del juego propiamente dicho. El producto fútbol viene servido en un plato del que es imposible separar sus ingredientes; viene presentado en un combo abominable, que incluye elementos tan tóxicos como una banda de periodistas sabiondos que dicen obviedades (en el mejor de los casos) o estupideces (en el peor) y una batería de ofertas y sorteos cada vez que encendemos el televisor o vamos a un supermercado. Realmente deberíamos apiadarnos de aquellos y aquellas a los que nos les interesa el fútbol.

Todo esto se podría sobrellevar, si esta “fiesta” del fútbol no estuviera, además, acompañada de la identificación de la selección nacional con algo que parece estar más allá del puro fútbol, con anhelos difusos (acaso secretos), y de la posibilidad de convertir una eventual victoria futbolística en un “triunfo del país” que nos redima de vaya a saber uno qué frustraciones. Quizás esto explique que los gobernantes no resistan la tentación de asociar sus figuras con el fútbol (hay que decir que el fútbol casi nunca se negó a que lo asociaran al poder político, ya fuera éste democrático o dictatorial). El hábito empezó con Mussolini en el Mundial del 34, siguió con Videla y Massera gritando los goles de Argentina en 1978 y llegó hasta nuestros días, con Obama, Lula, el Príncipe Felipe, Sarkozy, Piñera y Mujica despidiendo a las delegaciones de sus respectivos países como quien despide a sus soldados antes de partir hacia el frente.

He aquí, pues, los motivos de mi fastidio: las incontables banderitas nacionales en los coches (odio las banderitas nacionales), las mozas y mozos con camisetas celestes en los bares, el “Hoy juega el país” en la portada del diario de mayor circulación el día del debut uruguayo en Sudáfrica, el festejo callejero tras haber ganado un partido en la Copa del Mundo –una desmesura que da para pensar que algunos creerán que los nuestros volvieron a ganar la batalla de Las Piedras–, la ceremonia en la que el presidente de la República le entregó al capitán de la selección uruguaya el pabellón de la patria prolijamente plegado, como si con él se llevara alguna voluntad o designio colectivos. ¿Qué derecho hay a cargar semejante responsabilidad sobre las espaldas de un tipo de 29 años que lo único que quiere es jugar al fútbol y al que jamás se le pasó por la cabeza representar a nadie que no fuera él mismo? Yo, desde luego, no pienso que Diego Lugano ni ningún jugador de fútbol me represente en nada y ante nadie.

Definitivamente, no hay nada de nuestra condición de ciudadanos uruguayos que se juegue en un partido de fútbol. Y si alguien está inclinado a sentirse representado por la selección uruguaya de fútbol, enorgullecerse o avergonzarse por unos resultados futbolísticos en los que no tiene arte ni parte es porque anda muy escaso de motivos para enorgullecerse o avergonzarse. ¿Qué mérito o demérito puedo atribuirme por un golazo de Forlán o una pifia de Palito Pereira?

[Dicen que el fútbol canaliza las inclinaciones guerreras de los pueblos, que las mismas se agotan en la pasión de la tribuna, en la sana rivalidad de los hinchas. Los pueblos estarían imbuidos de una belicosidad tribal que el fútbol ayudaría a domesticar (“Esto es lo lindo del fútbol”, dicen). No me resulta tan evidente. Cabe preguntarse si no será exactamente al revés, es decir si no será el fútbol el que atiza enemistades y odios que, sin partidos a la vista, están perfectamente bajo control o son directamente inexistentes.]

En cualquier caso, competencias como un Mundial de fútbol son ideales para recuperar los orgullos nacionales tan castigados en las demás esferas de la vida contemporánea. El fútbol permite que las naciones y los Estados, cuyo poder en el concierto internacional viene experimentando una persistente erosión, se tomen una efímera revancha. Hasta países insignificantes como el nuestro pueden ser “los primeros” en algo, gozar de un instante de gloria y sus habitantes sentirse parte de una hazaña realizada por 23 de los “suyos”. ¿De los suyos? No deja de resultar irónico que nos resistamos a tomar nota de los cambios que también han llegado a esa gran multinacional que es el fútbol. Las competencias de las que participan “países” pueden terminar siendo un vestigio del pasado o un timo. Los delanteros de Alemania son un negrazo nacido en San Pablo y dos nacidos en Polonia, más de la mitad de la selección argelina (como lo leen, más de la mitad) nació y vive en Francia, la mitad de los franceses son hijos de inmigrantes y se niegan a cantar la Marsellesa, el verdugo suizo de España se llama Fernandes, que no suena nada helvético, dos integrantes de la selección paraguaya, uno de la mexicana y uno de la italiana nacieron en Argentina. Y los héroes de Uruguay y Argentina, Forlán y Messi, lo único que tienen de esos países es la partida de nacimiento. Futbolísticamente hablando, ambos son españoles. De modo que dejémonos de incordiar con la patria y apreciemos sus talentos y destrezas, que son lo mejor del fútbol.

Me fastidia además la condescendencia de cierta mentalidad progresista, que ve en este júbilo patriótico-futbolístico una expresión de la “cultura popular”, a la que no cabría interponer ningún reparo so pena de incurrir en el delito de elitismo (o en el mal gusto de ser un aguafiestas). No deja de llamar la atención la tendencia del progresismo a quedar extasiado frente a la menor señal de un “anhelo colectivo” (lo llaman identidad nacional) y su empecinamiento en preservarlo de cualquier crítica. La decadencia de los proyectos colectivos, el irrevocable pluralismo de nuestras sociedades, la muerte de las unanimidades tal vez sean los responsables de esa incesante búsqueda de expresiones colectivas que algunos quieren descubrir en asuntos tan triviales como una competencia deportiva. Pero ni siquiera en materia de fútbol hay unanimidad (según algunas encuestas de opinión, a la mitad de los uruguayos el fútbol les tiene sin cuidado).

Pero les confieso que lo que más me fastidia de todo este ruido es que me impide concentrarme en los partidos.

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15 respuestas a Días de fútbol

  1. […] Días de fútbol « Dudas Razonables […]

  2. Pincho Casanova dice:

    buenísimo el planteo, pensador! en lo personal viví como la peor pesadilla el mundial del 80 y el mundialito 82. algunos de mis amigos veían preocupados cómo me alejaba espantado del circo de pelota y sangre!
    Miremos un poco fuera de la pelota y veremos los millones y las incontables intenciones de encuentros mundiales únicos en la Historia.
    Hay quienes dicen que se aprovecha de estos encuentros para que se encuentren los poderosos del mundo a organizar o planificar sus futuras acciones…
    Las patrias son simples excusas para que las grandes multinacionales se forren y sigan forrándose con el incontenible deseo humano de jugársela por algo superior a su efímera individualidad. No importa si es el símbolo de las patrias o de locales clubes deportivos- el fanatismo es el mismo- lo que importa es que el capital debe cambiar de piel cada cuatro años y utiliza o inventa la fifa para fifarse a todos los estúpidos que no se pueden dormir sin el chupete de una camiseta.
    Mientras tanto un ejecutivo de Adidas, Mc dondal’s o Coca Cola tiene necesidad de muchas cosas más para poder dormir tranquilo como un animal.
    No se puede hacer nada, desde Roma antigua con los verdes o celestes en las cuadrigas, hasta hoy en la competencia donde todos están democráticamente representados, esclavos y príncipes, tahúres y semidioses, la lucha en el campo o en la lucha a muerte en el campo de batalla, los humanos haremos siempre igual, inventaremos cualquier palabra o concepto para lidiar con otros que adecuadamente estarán en contra nuestra, hablemos de fútbol, de política o de arte, no importa de qué, lo que importa es triunfar sobre un oponente, ganar una batalla, liquidar a un enemigo, vencer a un contrincante, romperle el culo a una jirafa. Cualquier cosa. Este es el mundo construído. Este es el Uruguay que construímos, carita de Forlán en la foto con el Pepe?
    cuadrito del Pepe en la concentración? Todo merde!
    pero que no te tiemble nada cuando juega la celeste!

  3. […] Jorge Barreiro que el nacionalismo excitado alrededor de las esperanzas mundialistas de la selección uruguaya no le deja …. Si la cosa no es muy distinta a como fue por Madrid con el último campeonato de Europa, como […]

  4. Pajarraco de la 13 dice:

    Desde el otro lado del charco seguimos los razonamientos prusiano marxistas del autor y coincidimos con ellos. Eso si, olvidó despotricar contra las cornetitas que nos llenan las orejas y el escroto. Mi técnica es enceder la tele cuando el partido ya comenzó y poner el sonido bajo, apenas audible, y apagarlo del todo en el entretiempo. trato de no enterarme de nada aunque después me enteré de que me perdí algo, por ejemplo la añeja animosidad entre Maradona y el técnico de Corea del Sur, que como jugador lo había cagado a patadas. De cosas así me entero charlando con personas de carne y hueso.

  5. Miguel Barboza dice:

    Excelente, como siempre, Jorge. Sin embargo debe haber algo, bastante difícil de definir que hace que alguien como yo, que no tengo la menor idea de quién juega dónde, me quede mirando el partido de Chile con Suiza cuyos jugadores nunca oí nombrar. Y que tenga un secreto deseo de que gane Argentina (aquí es donde vivo y donde nacieron mis hijos) y Uruguay, que es donde nací yo, y viví durante años escuchando explicaciones de los filósofos del fútbol de cómo los jueces nos habían robado nuestra posibilidad cierta de llegar a campeones (además se iba a hacer un reclamo formal ante no sé qué organismo internacional). Soy de la época en la que, cuando Peñarol salió campeón de América, no hubo clase en el liceo, y todo el mundo fue a Carrasco a recibirlo.
    Si bien coincido plenamente con tu planteo hay algún fenómeno sociológico que está más allá de la propaganda, que se pone en marcha cuando hay alguna “epopeya nacional” en marcha.

  6. JB dice:

    Si mucha gente que no entiende ni jota de fútbol o a la que le resulta un deporte aburrido se ve arrastrada a mirar estos partidos y a sumarse al jolgorio, con toda seguridad no se debe al fútbol mismo. No tengo una respuesta contundente al por qué de semejante comportamiento. Podemos ensayar alguna: la fascinación que ejerce un gran espectáculo (y la Copa del Mundo es en primer lugar un gran espectáculo), que observan un par de miles de millones de personas. (¿cuántos están dispuestos en una charla a admitir que no saben que se está jugando un Mundial?). La segunda, puede ser el nacionalista que todos llevamos dentro. Según la retórica futbolística, ahora mismo no están jugando las selecciones de fútbol de Chile u Honduras, sino Chile, Honduras, España, Suiza. Están jugando “los países” y todos queremos que gane el nuestro.

  7. Enrius dice:

    Me temo que es inútil resistirse al anestésico proceso de hipnosis colectiva en el que hemos caído y sometidos como estamos a la agit-prop de los “medios de comunicación de masas” decididos a aumentar las actuales audiencias futbolísticas a cualquier precio.
    Pero lo peor, a mi entender, es cómo afecta el asunto personalmente a cada uno de los que nos creemos inmunes al veneno de la estupidez propagandística.

    Hace unos días y tras la derrota de la selección española sufrida a manos (pies) de la selección de Suiza, pude escuchar a un inteligente y sesudo comentarista político (cuyas intervenciones sigo interesado y cuyas opiniones generalmente comparto), en un programa de TV de prestigio, que confesaba su profunda desazón personal por el imprevisto y humillante resultado. Resultaba patético escuchar sus razonamientos y comentarios, muy en la línea de los que en esta entrada se escriben, seguidos de tal confesión no por sincera menos idiota.
    Aunque con cierta repugnancia transcribo uno de los muchos comentarios que en los artículos informativos acerca del Mundial se publican aquí en España en las ediciones digitales de algunos medios.
    Queda entrecomillado y suficientemente separado para evitar, en lo posible,los efectos del virus de la contaminación mental que este “comentarista” descerebrado puede contagiar.

    “366.alfred, dices que nunca hemos ganado a nadie? lo­ hicimos con vosotros recuerdas? nos follamos a­ vuestras hijas durante 300 años, recuerdas? que es­ competitivad? seguro que todo un ilustrado como tu nos­ va a enseñar a leer.
    Y para el otro que habla del­ nacismo. Siiii, fuimos nosotros quienes impusimos la­ inquisicio, los primeros en crear @#$% y espulsar a ls­ putos judios, fuimos nos los creadores del infierno,­ nosotros tenemos la culpa de que llueva y tambien de­ todos los crimenes sucedidos. Hay que ser gilipoyas­ ….¿para esto te levantas de la cama? vete a cortejar­ so panoli, o vete al cuarto de baño y echate una mano a­ ti mismo.”

    Hay ocasiones en las que cuesta mucho respetar la libertad de expresión.
    De todas formas yo me pondré ante el televisor el viernes para ver jugar a la selección española frente a la chilena. Por lo menos han decidido llamarla “La Roja”. Es ilusorio pero algo ayuda…

  8. cristina dice:

    Concuerdo cn muchas de tus ideas, siempre tan apasionado mi querido Coco, no soy futbolera y sin embargo he caído en este proceso colectivo. Es como iuna pastilla para dormir.
    Y que no te lea Eduardo Galeano……….
    que opinas de él?

  9. El Loco René dice:

    Comparto con Jorge todas las ideas volcadas en su artículo.
    Me resultan repungantes las manifestaciones de ciertos grupos de la izquierda local con respecto al tema selección nacional/mundial/gloria/”los muchachos celestes”,etc.
    Por suerte he logrado que cualquier tipo de acción o comentario de la fauna autóctona de “periodistas” deportivos me genere, en el peor de los casos, vergüenza ajena. Aunque a veces alguna puteadita maligna les ofrendo.
    Catalogo al menos de “penosa” la poca honestidad y habilidad que tienen la gran mayoría de los ciudadanos uruguayos de avalar -y renegar- la permanencia de valores y costumbres tan básicos y vikinguescos (garra charrúa, gloria nacional, etc, etc, etc), traídas de ancestros tales como el Cacique Sepé, Artigas, el Tano Guiterrez o Diego Lugano.
    Francamente, añoro que algún día el grueso de los uruguayos se decida a jugar el partido que sea sin caretas ni fanatismos constumbristas y culturales que, como bien dice Jorge, esconden vaya a saber uno que frustraciones secretas. Anótenme que para ese match estoy al firme. En cualquier posición.
    Saludos.

  10. vic dice:

    solamente para decirte que me encantó el final de tu artículo, chau papo…

  11. Pablo Azzarini dice:

    Fútbol, patria y religión: dejame lo primero y metete el resto en el horto.
    Toy contigo, papo…

  12. Juan Carlos Valle Lisboa dice:

    Tu artículo es una estupidez para pseudointelecuales débiles mentales y sobre todo estériles, algo típicamente uruguayo si lo hay.Lo que la gente festeja es el trabajo humilde y su rendimiento. Ver a alguien que hace algo con pasión, trabajo y dedicación y que eso da resultado. Y festeja la razonable refutación del argumento “económico” de que como somos 3 millones no podemos hacer nada porque “la dependencia”, “el centro y la periferia” y otras idioteces que nos han convencido de que es imposible que salgamos adelante en algo. Lo peor de esas visiones “tipo generación del 45” es que se vuelven profesías autocumplidas. En ese contexto la pequeña gesta de la selección da un poco de aire frente a la ominosa teoría de la imposibilidad que ciertos intelctualoides anorgásmicos y anhedónicos -como vos y todos los que comentan para felicitarte- han querido imponer. La probabilidad de que algo salga mal o decaiga en algún momento es siempre 1. Apostar porque algo sale mal es jugar seguro. Es la jugada del cobarde. Prefiero ser celeste.

  13. paula dice:

    todo bien Jorge, pero sos un amargo mal! Lástima que te pierdas de sentir tanta emoción. Hay cosas que no se tienen que analizar tanto chiquilín!

  14. Jorge Barreiro dice:

    No, Paula, no me pierdo en absoluto la emoción del fútbol. No me explico por qué resulta tan difícil que los lectores de este texto reparen en el primer y el último párrafo que escribí. Cualquiera que lea atentamente se dará cuenta de que me encanta el fútbol. No me perdí casi ningún partido y me alegró que a la Celeste le fuera bien. Punto y aparte.

    Algo diferente, muy diferente, es creer que en los partidos de fútbol se juega algo más que un partido de fútbol. Ejemplo para el país, trabajo humilde, demostración de que el Uruguay puede salir adelante y no sé cuantas fábulas más, las dejo para los expertos en garra charrúa y demás teóricos de las mitologías patrias. Porque son estos charlatanes, con sus micrófonos y estrados en el Parlamento, los que pretenden que detrás de esta “gesta” (así la llaman) hay algo más que fútbol. Para mí, lo único que se jugó en Sudáfrica fue un torneo de fútbol. Y le aseguro que lo disfruté mucho. El resto son pamplinas.

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