Puro humo

El ex presidente Tabaré Vázquez acaba de acusar a su sucesor de arrodillarse frente a las multinacionales del tabaco. Según la peculiar interpretación de nuestro oncólogo mayor, la decisión del actual gobierno de revisar algunas de las disposiciones más severas de la legislación anti-tabaco aprobada durante su terapéutica administración implica un sometimiento a las presiones de Philip Morris.

La acusación es propia de una era en la que la política se ha hecho indisociable de los puros gestos. Dado que las determinaciones de un mundo cada vez más interdependiente han reducido considerablemente el margen de maniobra de las políticas nacionales ―y, por ende, las diferencias entre izquierda y derecha―, es habitual que la afirmación de la identidad política de unos y otros consista a menudo en gestos tan altisonantes como vacíos de contenido (consignas y palabras rutinarias que tranquilizan a los desorientados pero que raramente alteran la situación). La mayor parte de los actuales líderes de izquierda latinoamericanos son muy dados a esa gimnasia retórica. De creer a Vázquez, por ejemplo, en esta reducción de las advertencias de las autoridades sanitarias en las cajillas de cigarrillos residiría el abismo que separaría a un gobierno digno, de izquierda, que rechaza el chantaje de las multinacionales, de uno sometido al realismo político. A esto es a lo que llamo puro gesto, puro humo. Si de algo no se puede acusar a Mujica es precisamente de no reconocer los límites a los que está sometida la política de una nación pigmea como el Uruguay.

Que la revisión de la inquisitorial legislación anti-tabaco por parte de Mujica pretende transigir con las tabacaleras parece no admitir discusión. Lo que sí la admite es si un gobierno uruguayo, cualquier gobierno uruguayo, puede darse el lujo de la intransigencia en un conflicto que no sea estrictamente doméstico. Vázquez llama ahora a la intransigencia y a resistir las presiones de una multinacional, pero cuando fue presidente con los únicos con los que no estuvo dispuesto a pactar fueron los fumadores, los partidarios de legalizar el aborto y los ambientalistas de Gualeguaychú.

Lo que no sólo admite una discusión, sino que la pide a gritos, es la pertinencia política (democrática, cabría decir) de una cruzada iniciada por un decreto del gobierno, sin deliberación ni consultas previas. Vázquez quiere discutir quién es el campeón de una guerra contra el tabaco, que para él no necesita de mayores justificaciones. El cigarrillo es a Tabaré Vázquez lo que Sadam Hussein era a George Bush, el mal. Yo les propongo discutir algo previo: los fundamentos de la lucha contra el tabaco.

Hace cuatro años se inició en este país una de las persecuciones más implacables que se recuerde contra el vicio de fumar: además de la razonable prohibición de fumar en oficinas públicas, centros de enseñanza, hospitales, medios de transporte colectivo y espectáculos en espacios cerrados, Tabaré Vázquez decretó que quedaba prohibido fumar en lugares de concurrencia voluntaria como bares, restaurantes, pubs y cualquier otro lugar de esparcimiento techado, fijó unos impuestos sobre el tabaco que no tiene ningún otro bien de consumo masivo y estableció unas multas desmesuradas a quienes violen esas disposiciones (un taxista que autorice a fumar a un pasajero podría pagar una multa de 1.400 dólares).

El daño indiscutible que provoca el hábito de fumar es a ojos del expresidente y de miles de personas una razón suficiente para emprenderla contra el tabaco. Lo que hace mal a la salud debe ser prohibido o al menos severamente restringido. Y punto (aunque, como se verá en seguida, este discutible criterio se terminó aplicando únicamente al cigarrillo). El argumento es de una simpleza indigna de un debate político y lleva implícita la pretensión de que la ciencia, o el imperativo de llevar una vida sana, deben mandar sobre la política. Y sin embargo es aceptado por miles de personas.

Que la salud del fumador iría mejor si abandonara su insana costumbre, parece estar fuera de toda discusión. Lo mismo que la del alcohólico si dejara de beber o la del consumidor de chinchulines y chotos si renunciara a embutirse la grasa incluida en semejantes piezas anatómicas. El detalle que suele olvidarse es que impedir por las bravas el hábito de fumar implica una pérdida que debería preocupar al menos tanto como las alegadas pérdidas que provocarían a “la sociedad” las enfermedades asociadas al tabaquismo, y que por lo visto son las únicas que cuentan en estos tiempos: se trata de una pérdida de derechos, un abuso de la autoridad, que se supone que no está, al menos en las modernas sociedades democráticas, para prescribir comportamientos, usos y costumbres. Se supone que las autoridades de una sociedad democrática intervienen, establecen normas y castigos, cuando se atenta contra los derechos de los ciudadanos. No deberíamos aceptar que se acose a alguien porque no sigue los consejos morales, espirituales o sanitarios de las autoridades.

Ya se escucha el coro: ¡nada se le prohíbe al fumador, sólo se intenta proteger a los no fumadores! En primer lugar, es dudoso que nada se le prohíba al fumador. Se le acosa, se le aísla, como a los apestados de otros tiempos, se le sube el precio de su vicio. Hay que ser demasiado ingenuo como para no ver que la pretensión última de esta iniciativa es ir a por los fumadores.

Un tal Winston Abascal, director del Programa de Prevención del Comsumo de Tabaco (vaya nombre de pila para semejante cargo), dijo que el fumador es “un enfermo” (sic) al que hay que ayudar a que deje su adicción. Más claro imposible. La preocupación por mi propia salud, que yo no he solicitado, es una causa que goza de buena prensa, pero no estaría mal que quienes la dan por buena sin mayores cuestionamientos repararan en el ataque que eso supone a la autonomía y a los derechos de los ciudadanos.

En segundo lugar, el argumento más consistente, la hipótesis del fumador pasivo –argumento que refutaría lo que aquí está escrito, y que no tendría ningún inconveniente en aceptar si estuviera fuera de cualquier duda razonable– es, por lo que sé, nada más que una conjetura. No son pocas las investigaciones sobre el asunto. Una muy importante, iniciada por la American Cancer Society en 1959 y concluida por la Universidad de California en 1999 hizo un seguimiento durante ese período de 118.000 adultos no fumadores, clasificados según convivieran con cónyuges fumadores o no fumadores, y concluyó que resultaba indemostrable que la exposición al humo de tabaco aumentara el riesgo de contraer enfermedades coronarias o cáncer de pulmón (no encontré versión en español).

¿Por qué es el único argumento de recibo? Porque de demostrarse esa hipótesis, los fumadores (en lugares cerrados) estarían atentando contra la salud de terceros, que es lo que legitimaría la intervención normativa de la autoridad. Algunos aseguran ahora con tono laudatorio que aunque la figura del fumador pasivo sea una hipótesis discutible, basta con que a alguien le moleste el humo del cigarrillo para que se lo prohiba. Sin embargo, el propósito de las normas y leyes que dicta un Estado democrático no es que ningún ciudadano tenga que padecer aquello que le molesta, aunque ahora esté de moda levantar el dedo índice y la voz para reclamar el respeto de supuestos “derechos” que no son tales, sino manías, que a diferencia de los derechos sin comillas, tendrían que ser voluntariamente respetadas. Por razones de cortesía, por ejemplo.

No quiero pensar en la que se armaría si el derecho tuviera como finalidad contemplar las manías de cada cual o evitar aquello que a alguien le molesta u ofende. A mí me molesta el cada vez más generalizado uso de teléfonos móviles en los ámbitos públicos más variados, pero sería ridículo aspirar a que se legislara por ese motivo. Algo no del todo diferente ha sucedido hace muy poco con la indignación que causó la letra de una murga sobre la supuestamente sagrada herencia charrúa.

Hay otro argumento que los partidarios de la mano dura contra el tabaco deslizan cuando la controversia los pone en apuros: se trata del dinero que se malgastaría en atender a los apestados modernos. Es el argumento predilecto de los colonizados por la razón económica; si hay una colisión entre derecho y recursos económicos, se inclinan sistemáticamente por los recursos, faltaba más.

Sí, proteger derechos sale más caro que ignorarlos. Pero aunque el argumento de los recursos económicos escasos me parezca propio de quienes sólo utilizan como rasero el ahorro o la multiplicación del dinero, no resisto la tentación de exponer mis dudas acerca del “axioma” de que los fumadores hacen incurrir a la sociedad en gastos que no tendría si no hubiera fumadores. Si nos atenemos a la prédica vigente, los fumadores se mueren antes que los no fumadores, lo que supone menos años de atención médica, menos años de jubilación, menos dinero malgastado en esos ineficientes.

Pero hay que señalar además que, si se fuera consecuente con el argumento de los gastos sanitarios en los que incurre el Estado por culpa de los fumadores, las autoridades deberían husmear en todas las costumbres particulares de los ciudadanos (y no, como ocurre maniáticamente ahora, en si fuman o no fuman) para calibrar si son económicamente “despilfarradoras” –y en su caso tomar medidas–. Así, el ministerio de Salud Pública debería investigar qué hay en el plato y en el vaso de cada cual, con qué frecuencia se sube uno a un auto y cuántas o cuántos amantes pasan anualmente por el lecho de los ciudadanos y ciudadanas. Porque nadie puede ignorar que los carnívoros compulsivos corren más riesgos de elevar su colesterol, los conductores de automóviles, de quedar cojos en un accidente y los que practican el sexo salvaje, de contraer Sida u otras enfermedades, consecuencias todas que aumentarían los gastos sanitarios.

Que no se me malinterprete. La exposición de esta última y flagrante falta de coherencia de los caza-fumadores no pretende aportar nuevos motivos de desvelo al doctor Vázquez. ¡Dios nos libre! Si leyera esto, seguro que se ponía a elaborar un decreto con vistas a su posible retorno en 2014 para que sólo se permita comer chinchulines al aire libre, manejar adentro del garaje y tener sexo en ambientes separados.

Por si no quedó claro, lo que propongo discutir es si las autoridades están para protegernos de los riesgos y peligros propios de estar vivos.

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7 Responses to Puro humo

  1. Pincho Casanova dice:

    no entiendo todavía cómo no están prohibidas el azúcar y la sal. Cómo no se regula la ingesta de carne y chacinados, porqué se prohíbe el alcohol sólo cuando se maneja, cómo se deja manejar bajo los efectos de pastillas para los nervios, cómo se permite la radio en los ómnibus, porqué no se multa con 5.000 dólares a los que dejan cagar al perro en la vereda, cómo no está prohibido Tinelli e Intrusos, y tantas cosas más que no entiendo. Lo de Vázquez no tiene nada que ver con la política del país contra una multinacional. Dejó claramente establecida su relación con los poderes del mundo en una foto inolvidable con Condolezza Rice hace unos años. Es obvio que sólo le interesa porque es oncólogo. que no venga ahora con que es un tema de principios. El Pepe quiere evitar un keco con una multinacional y si es con poca cosa con lo que puede evitar el keco, entonces adelante. que no joda el otro ahora con el antimultinacionalismo. Así como no está demostrado del todo la relación directa de los que se mueren de cáncer de pulmón sin haber fumado nunca con lo que fuman los demás, no está demostrado del todo que fumar, -claro, cada uno conoce su medida o no- te haga todo lo que muestran en las cajillas. Es lo mismo que creer que si no usás condón te vas a agarrar un VIH indefectiblemente. Es cierto que se gana en salud si no se fuma, y si no se tiene sexo fuera de la pareja es difícil que te agarres un sida, pero también es cierto que si fumás o tenés sexo promiscuo no quiere decir que estés condenado. Creo que hay que pensar el tema desde un punto de vista que pueda interpretar el fumar más allá de un hábito nocivo. El tabaco es una droga, y la humanidad se desarrolló a través de las drogas que consumió, drogarse es una actividad humana donde se manifiesta la libertad y el libre albedrío de cada individuo, de acuerdo a su propia circunstancia, consume la cantidad y calidad que elije dentro de lo que puede. No sólo la pasta base es droga. hasta la lechuga fué utilizada como droga y la más pura agua también. El tabaco y el alcohol son drogas que el pueblo conquistó para sí. Es mejor fumarse un pucho cuando se está conmovido por algo, nada mejor, el mejor amigo, que ir a atenderse con el psiquiatra y que este le medique una pastilla que no se sabe qué tiene. es cambiar una cosa por otra,con la diferencia que con las pastillas el control, el negocio y la dependencia es mucho mayor.
    Me olvidaba, tampoco entiendo cómo no se prohibió el mate, el té, y la mayor droga, más vendida y extendida en el mundo entero: el café. No concibo cómo la cocacola no está prohibida para los niños: vean cuánta azúcar -droga peligrosa si las hay- y cafeína tiene una botellita de cocacola, y las madres se la dan a sus hijitos sin medir las consecuencias! (el nene está inquieto, no se´que le pasa!) No entiendo cómo no está prohibido los Mcdonald’s, con toda la grasa que le meten a los niños escondida en los juguetes. Cajita feliz! fíjense dentro de treinta años!
    En lo personal considero positiva la campaña antitabaco que libera a los que, en vez de usar su hábito como un ejercicio de libertad, fueron esclavizados por un vicio. era intolerable que una administrativa en la intendencia te atendiera con un pucho en la boca y la taza de té entre los expedientes. pero la culpa no la tenía el tabaco, sino la mala educación de la gente. Ahora nos jodemos todos por los ignorantes mal educados que se estaban suicidando a costillas nuestras, utilizando el tabaco como excusa! Lo que no tiene goyete es que no dejen fumar en la barra del bar. Esas son cosas de cada uno, qué le importa a los demás lo que se hacemos en una barra de boliche? Esto es lo que pasa con los fundamentalistas: igualan para abajo, y no contemplan la justicia de cada hecho, de acuerdo al individuo, su circunstancia y su libertad de elección.
    Por lo demás, no olvidemos que PMI es de lo peor, y a sabiendas ha envenenado los cigarrillos para generar adicción. Tampoco hay que olvidar,por ejemplo, que lo primero que bombardearon en Yugoslavia fueron las fábricas de cigarrillos…

  2. David dice:

    Clap! Clap! Clap! Fantástico post!

  3. Leandro Rama dice:

    Jorge, muy bueno el artículo. Destaco la refutación del verso del “fumador pasivo”. En este tema y en otros me sorprende cómo a muchísima gente le cuesta distinguir lo que es una evidencia científica de las conjeturas o creencias. Y esto es más grave de lo que parece. Es el gérmen para terminar diciendo que todo es relativo, todo es igual y no vale la pena el menor
    cuestonamiento de nada.
    Leandro

  4. Pablo Azzarini dice:

    Me encantó. Sobre todo eso de que los fumadores se mueren antes y por lo tanto duran menos como viejos, cuando son caros de mantener.
    Respecto a los que no quieren respirar humo fumado por otros, no me molesta respetarlos. Creo que aunque uno filtre el humo en los pulmones lo que sale no es aire puro ni los efluvios de una respiración.
    El humo es humo, y esos que bambolean incensarios en iglesias y procesiones deberían tenerlo en cuenta; también los que queman inciensos en sus casas, o basura en la vereda…
    No me gusta fumar donde hay bebés, pero me siento realmente cómodo en los lugares donde puedo hacerlo. Por eso, entre otras cosas, no voy a bolichear en invierno. Puede que no pierda nada, pero me da tanta bronca como al Pincho no poder tomarme una y conversar armando un cigarro.
    ¡Qué miseria! Realmente lo hacen sentirse miserable a uno, chupando frío en la puerta, de parado…
    Como viejo fumador sé que el tabaco me hace mal; sé que que con el tiempo tendré que fumar menos. Pero es una sustancia exquisita y no quiero perderla. Envidio a los fumadores ocasionales, lo mío es más compulsivo; quizá sea un placebo que funciona como encausador de la ansiedad, andá a saber.
    Ya me fui a la mierda.
    Muy buena la coluna, don Barreiro, muy buena.

  5. Luis dice:

    Llego tarde, pero traigo un humilde aporte. En la Provincia de Buenos Aires no puede haber saleros en las mesas de los restaurantes. Si el cliente quiere agregar sal a su comida debe pedírsela al camarero. Cada vez peor.
    Excelente el blog.

  6. Guillermo Vicéns Riqué dice:

    Cito de la nota:

    «[A]demás de la razonable prohibición de fumar en oficinas públicas, centros de enseñanza, hospitales, medios de transporte colectivo y espectáculos en espacios cerrados, Tabaré Vázquez decretó que quedaba prohibido fumar en lugares de concurrencia voluntaria como bares, restaurantes, pubs y cualquier otro lugar de esparcimiento techado».

    Digo yo: ¿asistir a un espectáculo en un espacio cerrado no es tan voluntario como ir a bares, restaurantes, pubs y cualquier otro lugar de esparcimiento techado? Si es razonable la prohibición en el primer caso (y estoy totalmente de acuerdo en que lo es), ¿por qué no lo sería en el otro?

  7. Guillermo Vicéns Riqué dice:

    Vuelvo a citar, Jorge:

    «Algunos aseguran ahora con tono laudatorio que aunque la figura del fumador pasivo sea una hipótesis discutible, basta con que a alguien le moleste el humo del cigarrillo para que se lo prohiba. Sin embargo, el propósito de las normas y leyes que dicta un Estado democrático no es que ningún ciudadano tenga que padecer aquello que le molesta, aunque ahora esté de moda levantar el dedo índice y la voz para reclamar el respeto de supuestos “derechos” que no son tales, sino manías, que a diferencia de los derechos sin comillas, tendrían que ser voluntariamente respetadas. Por razones de cortesía, por ejemplo».

    Para un no fumador, la molestia provocada por el humo de muchos cigarrillo en un lugar techado puede no ser apenas leve, sino que puede ser muy intensa y convertirse en un franco malestar.

    Ambos, tanto el fumador como el no fumador, tienen igual derecho a tomarse una en un bar, por ejemplo, pero ¿tiene el fumador el derecho de infligirles a los no fumadores el resultado de inhalar el humo? Alguien podría argumentar que si al no fumador le molesta, puede perfectamente irse; pero con igual justicia, creo, se podría sostener que el fumador puede abstenerse de fumar mientras esté en el lugar, o salir a fumar y después volver a entrar.

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