La pasión del poder

“Es bello tener la fuerza de un gigante, pero es horrible emplearla como un gigante”. Esta frase de William Shakespeare podría resumir la idea de José Antonio Marina acerca de la esencia del poder. En su libro La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación, este ensayista español realiza una suerte de vivisección del poder, de sus mecanismos, recursos y figuras. En las líneas que siguen voy a referirme apenas a algunos de los numerosos aspectos que aborda, aquellos que pueden permitirnos tomar distancia de las visiones simplistas y caricaturescas de eso que llamamos poder.

Dada su conflictiva relación con la libertad, el poder ha sido siempre sospechoso. Es más, quienes nos hemos formado en una cultura de izquierda solemos desconfiar del poder y considerarlo una cosa, que puede extirparse de la faz de la Tierra, como pensaban los anarquistas, o bien cambiar de manos y de ese modo perder su carácter infame, como piensa buena parte del marxismo.

Es esta idea la que impugna José Antonio Marina (JAM de aquí en adelante) en su libro y conviene señalarlo desde el principio, porque sobre esa crítica se despliega toda su argumentación. Aunque hablamos de él como si fuera una cosa, el poder sólo existe en acto. Según Foucault “el poder, si se lo mira de cerca, no es algo que se divide entre los que lo ostentan y los que no lo tienen y lo sufren. El poder es algo que circula y funciona, por así decir, en cadena. Nunca está localizado aquí o allí, nunca está en las manos de alguien. Nunca es una propiedad como una riqueza o un bien”. Los dispositivos de poder permean la sociedad entera, sin posición definida. O para decirlo de forma más clara aún, olvidamos el poder como infinitivo, que es lo que verdaderamente es, y lo convertimos en sustantivo, en cosa.

En primer lugar, dice el autor, poder es la capacidad de realizar algo, la facultad de convertir en acto una posibilidad. Es pues, acción realizadora (posibilidad y poder proceden ambas del latín, posse). Es la facultad de hacer y de actuar, “es la figura más originaria del poder, el origen de todas las demás”. Llamará poder personal a esa capacidad de hacer. Se trata de un poder íntimo, fundante, constituyente, que puede fijarse objetivos y proponerse metas. ¿Quién renunciaría a semejante capacidad? ¿Podemos acaso asimilarlo al mal o deberíamos intentar universalizarlo? ¿Aumentar nuestra potencia no significa aumentar nuestra libertad? JAM afirma que ese poder puede interesarse “sólo en su propia obra, en la perfección de sus capacidades, en la superación personal o puede querer influir en los demás, atraerlos a su proyecto, utilizar su energía para ampliarlo o simplemente dominar”. En otras palabras, podemos hablar de un “poder de” y de un “poder sobre”, puesto que “algunos individuos consideran que dominar a otras personas es la culminación de su propio dinamismo afirmativo. En ese caso el poder deja de ser expansivo de la propia energía para convertirse en afán de dominación. Ahora estamos hablando de otro tipo de poder, canalizado hacia un objetivo concreto: imponerse a otro”.

En el libro que comento se aborda básicamente el segundo, aunque hay unas pocas páginas dedicadas al primero, con el propósito, se me ocurre, de reivindicar esa forma de poder (el poder como infinitivo), que no sólo es indisociable de nuestra humana condición, sino que además es fuente de nuestros mayores logros.

Con nuestra especie, dice JAM, apareció un dinamismo expansivo, una inquietud emprendedora (lo que Nietzsche llamó ‘voluntad de poder’, de explorar, invadir, crear y destruir). Sentimos la pasión de actuar, de ampliar nuestras posibilidades, de dominar –en el sentido de sentirnos dueños de nosotros mismos–, de dominar el mundo. El niño siente ya ese ímpetu. Sus primeros pasos están guiados por el ánimo de conquista, quiere soltarse de la mano, apropiarse del espacio físico y del espacio lingüístico y cada pequeño triunfo va acompañado de una gran euforia.

“Poder es la capacidad de hacer real lo posible. No olviden esta frase”, nos advierte Marina desde el principio. La búsqueda de la propia libertad, el afán de hacer lo que nadie ha hecho, las grandes aventuras ascéticas o los grandes destrozos imperiales, esos despliegues gloriosos o terribles brotan de la misma fuente. “Cuando el hombre siente que su poder aumenta, se alegra”, escribió Spinoza. Se refería a un ansia metafísica, acota JAM, a la facultad de hacer, de conocer, de inventar posibilidades y realizarlas, “a un deseo permanente de la humanidad que no puede confundirse sin más con el deseo de dominar a otro”. En su origen, pues, el poder no es enemigo de la libertad, sino su aliado.

Hecha la precisión y suprimida la asociación entre poder y dominación, JAM se adentra en la oscura y espesa selva de las relaciones de poder, es decir de los vínculos que establecen unas personas con otras con el propósito de que unas actúen de acuerdo con los propósitos de otras, es decir el poder que va dirigido a imponerse a otro, una de cuyas variedades, pero solo una, es el poder político. También existen figuras de poder en el trabajo, en el amor, en las relaciones de padres e hijos.

Ese poder puede consistir en lograr que otro actúe de un modo diferente a como lo haría si no estuviera dirigido por el deseo de otro, pero también en impedir que alguien haga lo que desea. Si encierro a alguien en la cárcel, no estoy obligándolo a que actúe de una determinada manera pero sí impidiéndole que cumpla sus propósitos. Tal vez sea éste el momento de hacer una precisión que se desarrollará en otra parte: en esa relación no hay un polo que dispone de todos los recursos que permiten imponerse al otro y éste, ninguno. Tan cierto es que las personas tienen recursos desiguales como que no hay una que los posea todos y otra que carezca enteramente de ellos. Segunda precisión pertinente: esos recursos no son únicamente el dinero y la fuerza, como solemos creer. La capacidad de seducción y de persuasión, el conocimiento son otros tantos recursos que pueden servir para controlar a otros. Control, he aquí la palabra clave, según JAM, para definir el poder. “Tiene poder quien puede determinar, dirigir o decidir la acción de otra persona. Y la idea de control las incluye a las tres”.

El control, añade, tiene la misma ambivalencia que el poder: aplicado a uno mismo es fuente de libertad. “Cuando una persona pierde el control, no está siendo dueña de sus actos, no es libre. Puede caer bajo el dominio de sus pasiones…”. La libertad, tanto la psicológica como la política, consiste en liberarse de controles externos, afianzando los controles propios. Al final de estas líneas se volverá sobre este asunto, porque en ese autocontrol voluntario reside la única posibilidad, siempre frágil y revocable, de liberarnos de los poderes fácticos.

Tiene poder, pues, quien puede controlar el comportamiento propio (poder autorreferente) o el de otras personas (poder social). Se trata de un control que no se ejerce únicamente (ni principalmente en los tiempos que corren) por la violencia o la coacción. Al menos no en las sociedades occidentales contemporáneas.

Digámoslo de nuevo, el poder es una relación, asimétrica para más datos. Alguien impone su voluntad y alguien, por las buenas o por las malas, la cumple. Lo que caracteriza a una relación es que los dos términos se fundamentan recíprocamente. No hay padre sin hijos, ni comprador sin vendedor, ni amo sin siervo. En esa relación está el sujeto que se impone y el sujeto que obedece. “Con frecuencia se ignora a uno de los términos de la relación”, advierte JAM, “con lo que se pierde la mitad del fenómeno, el modo en que se constituye el sujeto sometido”.

Esa relación resultaría incomprensible si se la presentara únicamente como un acto de voluntad de una de las partes (la más poderosa, o la que ejerce el control total), porque todos podemos ser rebeldes o sumisos según las circunstancias. La dualidad de nuestra condición “hace que junto al deseo de poder, aparezca el deseo de rebelarse contra el poder”. Tomar decisiones puede entusiasmar a unos y angustiar a quienes padecen ese miedo a la libertad del que hablaba Erich Fromm… y miente quien diga que nunca lo experimentó, sostiene JAM, quien atribuye la ancestral inclinación a obedecer al bienestar y la seguridad que trae consigo. De modo que no deberíamos –y es ésta una conclusión de la que no hago responsable al autor del libro– seguir alimentando la creencia de que hay unos sujetos pasivos de una relación de poder, que sólo experimentarían esa relación en tanto que víctimas. Porque aunque “toda acción de control limita las alternativas del controlado, no las anula por completo”. Acaso esa figura podría aplicarse a quien estuviera amarrado con grilletes a la pared de una mazmorra medieval o, como dice JAM, al control directo o inmediato, que no necesita la colaboración del sujeto paciente (ni) que su subjetividad, sentimientos, creencias o voluntad entren en juego”. La fuerza es una forma de control inmediato (o directo), por emplear la terminología de JAM, y se dice que quien la padece no tiene ninguna opción para actuar. Pero incluso en esas circunstancias extremas quizás sí tenga una: la de poner en juego la propia vida.

Pero en nuestras sociedades democráticas contemporáneas predominan las formas de control mediato, indirecto, según JAM, esto es las que tienen lugar “a través de la mente del dominado, las que actúan estratégicamente para inducir en él un comportamiento. El sujeto paciente tiene alguna opción de actuar, aunque sea mínima o exija un comportamiento heroico”. ¿Hace falta agregar que la política puede prohibir administrativamente el poder directo pero no el indirecto, que comporta alguna forma de aquiescencia del sujeto obediente? Nueva conclusión provisoria: se puede disponer la interdicción de la coacción física pero no otros recursos (de poder) como la capacidad de seducir o persuadir.

Que los procedimientos de poder indirecto sólo pueden atenuarse por la voluntad del sujeto paciente es para JAM asunto que no admite discusión y para sostenerlo recurre a las distintas figuras del polo más débil de la relación. Someterse, dice, es un acto físico que no implica aceptación ni obediencia. La bestia también se somete al yugo. La docilidad, en cambio, supone una ausencia de resistencia, una obediencia fácil, una flexibilidad acomodaticia. Y en nuestra cultura abundan los dóciles.

No hace falta adherir a la afirmación de Sartre en el sentido de que a los 12 años “ya sabes si te rebelarás o no” para suscribir la convicción de JAM de que estamos programados para la sumisión y para la rebeldía, es decir que nadie está condenado (determinado) a obedecer. Pasaron ya cinco siglos desde que Etienne de La Boetie escribiera su panfleto con el sugerente título de Discurso sobre la servidumbre voluntaria.

 

*  *  *

Pero volviendo a los procedimientos de poder directo e indirecto, hay que decir que el derecho a imponerse por la fuerza fue pronto sometido a normas en las diferentes sociedades. Una de las funciones de los sistemas de organización social, hasta llegar a la más compleja, el Estado, fue proteger a los débiles del poder del fuerte, observa JAM (todo lo contrario de lo que afirman quienes sostienen que el derecho se inventó para proteger a los poderosos). Asunto diferente son las relaciones entre naciones, a las que no parece haberles llegado esa hora… pero es imposible tratar aquí ese asunto.

Esa evolución ha hecho que el ejercicio del poder directo, de la fuerza coactiva, no pueda pervivir únicamente con sus propios recursos. “Nada importante puede mantenerse sólo mediante las bayonetas”, dicen que dijo Napoleón. El más notable invento de los humanos para poner freno a los poderes directos, emanados de la pura fuerza, irreflexivos y abocados al dominio, ha sido, según JAM, la legitimación del poder. No la ilusoria pretensión de extirparlo en cualquiera de sus formas, sino la sujeción reflexiva a un poder (el derecho) por el que aceptamos limitar nuestra libertad pero que debe justificarse con buenas razones, aceptables por todos. Supongo que esto explica que hasta los regímenes más crueles y despóticos hayan buscado esa legitimidad.

Las dos formas principales de conseguir influir sobre alguien, y modificar su comportamiento para adaptarlo a los propósitos de otro, sostiene JAM, es actuando sobre sus creencias o sobre sus sentimientos y deseos y eso se consigue manejando adecuadamente los premios y castigos. El premio y el castigo son los grandes mecanismos del poder (no cualquiera está en condiciones de castigar y premiar). Es un modelo tomado de la psicología conductista, asegura el autor, que además es psiquiatra. Quien controla el flujo de estímulos, agradables o desagradables que llega a un individuo, dice, controla su comportamiento. El miedo no es el dolor, sino una anticipación del dolor. Por eso el gran instrumento del poder es la amenaza.

Todo gobernante sabe, por ejemplo, que si un pueblo siente miedo está dispuesto a aceptar cosas que en circunstancias normales no aceptaría. Un trabajador sabe que el capataz tiene poder sobre sus subordinados porque controla los horarios, las promociones, etc. El poder del dinero también deriva de su capacidad de premiar. Para los guerreros antiguos el premio era el botín. Pero premio puede ser también la relación sexual, el sueldo que se paga a un empleado, el honor, la fama o la desaparición de un sufrimiento.

“Las creencias acerca de la realidad, por ejemplo, de cómo funcionan las cosas, de cómo son los seres humanos, de lo que es justo o injusto”, asegura JAM, influirán en la conducta política de las personas. Si se me convence (o me convenzo) de que el ser humano es un ser egoísta por naturaleza, mi conducta política será diferente de la que tendría si creo que estamos programados tanto para la cooperación como para la competencia. Otro tanto ocurre con las creencias acerca de las capacidades individuales y colectivas para enfrentar los problemas. En resumen, el poder también puede ejercerse mediante el adoctrinamiento, que consiste en introducir nuevas creencias en la mente de la persona que se quiere dominar, por procedimientos no racionales. La capacidad de seducción o de liderazgo pueden utilizarse con fines nobles y altruistas pero también para dominar a otros.

 

 *   *   *

 

Los mecanismos del poder son, en síntesis, muy pocos: la coacción directa, por un lado, y el cambio de creencias o sentimientos, por otro. Pero para manejar esos mecanismos con el propósito de que otro se comporte de acuerdo a mis propios fines, es decir para dominar a otros, es necesario poseer determinados recursos y como esos recursos de poder están desigualmente repartidos, podemos hablar de dominación estructural. Algunas de estas diferencias son naturales, porque la naturaleza es injusta en el reparto de recursos. La salud, la inteligencia, la belleza, la fuerza (recursos de poder si los hay) no están equitativamente distribuidos. Marina nos viene a decir que uno de los grandes proyectos éticos de la humanidad ha sido reducir, hasta donde sea posible, esa diferencia de origen, que aún en la actualidad sigue empleándose para justificar el poder de unos sobre otros. Pero otras veces las diferencias de recursos son de origen social: la pobreza, la ignorancia, el fanatismo, el aislamiento constituyen una carencia de recursos que facilitará la dependencia.

JAM da un paso más y distingue entre recursos personales y posicionales. La capacidad de persuasión o de seducción vendrían a ser recursos personales, pero la de mandar un ejército, conceder un crédito o despedir a un empleado son recursos posicionales, es decir resultantes de la posición que se ocupa en una institución u organización. Teóricamente sería posible despojar a alguien de los recursos posicionales, pero al contrario de lo que supone cierta visión ingenua del poder, que alguien sea despojado de ese recurso no supone la supresión lisa y llana del mismo, sino su pasaje a manos de quien lo sustituya en esa posición. Puedo derrocar al secretario general de un partido, quitar a alguien de la cúspide de una empresa, de la presidencia del gobierno o del rectorado de una universidad, pero quienes los reemplacen dispondrán de esos recursos de poder inherentes a esa posición. Esta constatación no excluye que se puedan limitar los recursos posicionales (no me imagino, en cambio, qué orden social podría desterrarlos sin más). Los recursos personales, como la capacidad de persuasión o la autoridad de la que hablaban los romanos para definir la capacidad de ser obedecido que no se basaba en el poder físico o legal (“Lo que aún no podía realizar por poder, lo consiguió por autoridad”, escribió Cicerón), son inextirpables de la vida en sociedad. Aunque, de nuevo, pueden combatirse el privilegio o el dominio sobre otros que esos desiguales recursos personales pueden comportar, pero de ningún modo suprimirse enteramente.

A los pesimistas hay que recordarles que si bien la distribución de los recursos supone una distribución del poder, la inteligencia y la eficacia de las estrategias pueden enfrentarse con éxito a la mera posesión de recursos. Así sucede, por ejemplo, en las campañas electorales, en las que no siempre gana el que tiene más dinero.

 

 *   *   *

 

Dejo la lectura íntegra del libro a quienes estas líneas hayan despertado la curiosidad suficiente como para emprenderla y dedico mis últimos comentarios a las maneras que fuimos encontrando los humanos para lidiar con las relaciones de poder, unas maneras rectificadas una y otra vez, nunca definitivas ni inmunizadas contra el fracaso. La tengo por la parte más interesante y escandalosa del libro.

Según JAM, “nuestra historia es el glorioso y arriesgado paso del determinismo animal a la libertad humana (…) En esa historia –que expresa el afán de separarse de la selva y humanizarse– asistimos al choque de dos afanes: el del poder por expandirse indefinidamente y el de los individuos por protegerse de esa expansión”. Como todos los deseos humanos, añade, el deseo de poder no tiene ningún mecanismo interno de control. Avanza hasta donde su energía se lo permite. Por eso las sociedades han intentado siempre controlarlos y proteger así la convivencia.

Lo que nos advierte JAM es que esa pugna entre expansión y limitación “no parece contentar a nadie”. Al poderoso porque lo obliga a estar siempre alerta. Al débil, porque se siente fuera de competencia. Para resolver esa insatisfacción universal, la inteligencia ha hecho un alarde inventando (sí, inventando) algo que parece servir a los intereses de todos: la legitimación del poder. “A la figura del poder le confiere autoridad, pero también al subordinado, que apela a la legitimidad del poder precisamente para liberarse de la opresión de los poderes ilegítimos, meramente fácticos. Hay que obedecer los poderes legítimos y rebelarse frente a los ilegítimos”, concluye. Este es un dogma aceptado que obliga a todo poder a buscar como sea alguna forma de legitimación.

Dice el autor que “violencia es el ejercicio de la pura fuerza y poder legítimo es el ejercicio con arreglo a un orden jurídicodictado por quien (y esto encantará a quienes ven en la legitimación nada más que una patraña) se enmascara al legitimarse. Pero lo importante, se apresura a matizar Marina, es que, una vez admitida la necesidad de justificar el poder, “se ha abierto una vía de agua que ya no podrá cerrarse, y que impulsará al sometido a criticar la legitimación que le somete y a proponer otra”. El poder fáctico quiere legitimarse y acaba dando a luz a un “vástago parricida” –la apelación a la legitimidad– que lo desestabiliza para siempre, afirma JAM. Un asunto crucial, porque con la apelación a la legitimidad que hace el poder, aparece la posibilidad de impugnarlo y de deliberar en torno a esa legitimidad.

¿Qué es legítimo? En teoría es legítimo aquel poder capaz de justificar su existencia apelando a principios o valores universalmente aceptados. En la práctica, es la capacidad de convencer de que una cosa es justa. JAM expone aquí un reparo a las tesis de Foucault, que me parece interesante pensar y que aquí sólo puedo mencionar al pasar: JAM cree, como casi todos, que el saber da poder, y alega que Foucault afirma que las cosas suceden exactamente al revés, esto es que el poder crea saber, que, por ende, todo el saber es una ficción y que lo que se dice de la historia –que la verdad histórica es siempre la verdad de los vencedores– se puede aplicar a todas las afirmaciones de la razón. JAM dice que Foucault tiene parte de razón (quien impone una norma diciendo que es verdadera y justa está ejerciendo un gran poder). Pero no la tiene toda, porque “si fuera el poder el que legitima la verdad y no la verdad la que legitima el poder, el poder fáctico acabaría imponiéndose forzosamente, porque no habría otro”.

La tesis de JAM que tal vez cause escándalo es la que sostiene que 1) el gran proyecto humano aspira a alejarse de la selva para vivir en un orbe ético en el que actúen poderes legítimos. 2) Eso nos obliga a crear ese orbe ético, que es una ficción de nuestra inteligencia y 3) esa ficción es necesaria. “Todas las teorías de la legitimación del poder, que son en última instancia propuestas éticas, son ficciones necesarias, pero hay una de ellas que resulta excluyente e irrenunciable, por lo que la llamaré ficción constituyente”, es aquella sobre la que se puede construir un proyecto real, de modo que si desaparece la ficción, lo construido se desploma. La esencia de esa ficción sería el reconocimiento de derechos individuales, el rechazo de las desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, la solución racional de los conflictos, las seguridades jurídicas y la función social de la propiedad.

“La igualdad de los seres humanos o la teoría del contrato social o de la voluntad general o de los derechos humanos son ficciones, pero ficciones que han servido para dignificar la convivencia. Lo que se admitía como real al principio, acaba convirtiéndose en meta a conseguir, en proyecto. Los hombres no nacemos libres, pero vamos a intentar que eso suceda. Los hombres no nacemos iguales, pero vamos a comportarnos como si lo fuéramos”, afirma.

Se trata de ficciones como las del pueblo, la nación, los derechos naturales o la voluntad general, incluidas en la declaración de los derechos del hombre o la primera constitución de Estados Unidos, y que no preexistían a esos fantásticos documentos. Ellos los inventaron para legitimar los poderes nacientes.

No podemos eliminar las relaciones de poder. En eso los anarquistas no tenían razón. Si fuéramos ángeles posiblemente podríamos vivir sin normas y sin coacción, pero no lo somos. La experiencia de la humanidad, dice JAM, indica que las reglas son necesarias y no podemos confiar en que la gente las vaya a seguir por convicción. Por eso el poder aparece como necesario, pero también como un peligro por su tendencia a la desmesura. Por eso todas las culturas han inventado procedimientos para aliviar esa desmesura.

La inteligencia humana prolonga las fuerzas reales con otras fuerzas simbólicas, irreales, mágicas, que amplían el ámbito de la dominación pero también el ámbito de la libertad, dice JAM. “La sustitución del rapto o la compra de esposas por el contrato matrimonial, la sustitución del poder absoluto del patriarca por la igualdad de derechos, la necesidad de legitimar el poder, aunque fuera de la manera más absurda, la invención de la democracia, la declaración de los derechos del hombre son signos que demuestran un progresivo distanciamiento del poder real y de la fuerza“.

Nunca faltan ni faltarán los que nos recuerdan, con el diario en la mano, la brutal realidad de los poderes de la fuerza o la violencia, que imponen y someten, y la fragilidad de la mencionada ficción, pero incluso ellos, cuando salen a la calle, están deseando que la ficción no se desvanezca del todo, porque intuyen que no hay otra forma de combatir a los poderes que limitan que aceptando los poderes que liberan, y que forman parte de esa ficción necesaria. Y en esa dinámica, qué duda cabe, la lucha por liberarse del poder que somete es siempre una lucha precaria, pendiente, inacabada. “Si debemos exigir un comportamiento ético es porque cualquier trasgresión resquebraja el mundo que queremos alumbrar. Nos somete a todos a la tentación de la violencia, del ojo por ojo, del poder sin freno. Nos somete a todos a la tremenda tentación de volver a la realidad, renunciando a la ficción”, escribe JAM.

Según Max Weber, la gente obedece por la costumbre de hacerlo, por interés o por la creencia en la legitimidad del poder. Es esta última una exclusiva humana, agrega JAM. “Hemos encontrado una manera fantástica, en el doble sentido de esta palabra, espléndida e irreal (…) de limitar el poder: relacionarla con la legitimidad. Si no la tiene, el poder queda reducido a mero poder fáctico.

La ficción constituyente de la que habla JAM sólo puede funcionar como tal si todos se comportan como si fuera verdadera. Ni más ni menos que como hacemos con otra ficción, la del dinero. ¿Y por qué hemos de hacerlo? Porque la alternativa es el horror, nos advierte.

La experiencia histórica indica que para protegernos del poder la solución no reside en intentar eliminarlo. Todas las revoluciones han derrocado un poder y lo han sustituido por otro. La solución es controlarlo. Eso descubrieron los redactores de la Constitución de EEUU, gentes de mundo que desconfiaban del poder, por cierto.

Anuncios

8 respuestas a La pasión del poder

  1. Daniel dice:

    Ahhh, el poder…entre la ley de la selva y la ley constituyente…entre el horror y la esperanza…. La ley constituyente, una construccion social imperfecta pero siempre perfectible. En este proceso vamos aprendiendo colectivamente, despacito y a los golpes.
    Util tu resumen Jorge.

  2. Sergio Villaverde dice:

    Lo primero es lo primero: quisiera conocer la fuente bibliográfica de la frase atribuída a Shakespeare. No es banal, yo utilicé alguna vez una frase a él atribuída “la brevedad es el alma de la sabiduría” y un día se la comenté a mi hermana, lingûista de inglés y español, quien me pidió conocer lo que hoy yo estoy pidiendo. Parece que en Inglaterra es común inventar frases y atribuírselas a Shakespeare. Como en EEUU juegan a citar a Groucho Marx con frases que nunca dijo ni escribió. Dudo de la veracidad hasta que se me brinde la información solicitada.
    Hablemos del tema central: el poder. Parece interesante el concepto de “ficción legitimadora” Acaso de las más fuertes sean las religiones monoteístas, tanto o más que la ficción del “estado”. Pablo de Tarso, probablemente el primer “Executive” le vendió el cristianismo al Estado Imperial Romano. Es que Dios sigue siendo la ficción legitimadora por exelencia. Hay ejemplos actuales de esa mezcla entre estado y religión. “In god we trust” siguen diciendo los billetes verdes de la “ficción democracia”. Ésta, en un proceso de 400 años, fue sustituyendo la ficción legitimadora feudal.
    Es posible que los anarquistas del siglo XIX se hayan equivocado al no considerar las formas de poder que se establecen en las interrelaciones sociales acotadas. He vivido personalmente en la experiencia de la Comunidad del Sur de impronta anarquista, definida como “una experiencia de vida cooperativa integral”, cómo se expresa el poder en los pequeños grupos, más allá que pretendas su abolición.
    Sin embargo y a pesar de esto Dios y el Estado de Bakunin (entre otros) son no sólo pertinentes sino que mantienen vigencia. Tanta vigencia que alumbra las ideas de pensadores actuales que ni siquiera los han leído. Para finalizar, una referencia a J J Rousseau. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Pienso que “la democracia” se basa en ficciones legitimadoras de las dos primeras, pero no existe una ficción legitimadora de la fraternidad. Es posible que la tarea de legitimar la fraternidad sea el camino.

  3. La frase la cita el propio Marina en su libro y yo la di por auténtica. Lamento no poder satisfacer la curiosidad de Sergio. Y si Marina se la inventó, igual me parece muy buena. No carece de mérito decir tanto en tan poco.

    Coincido en que los anarquistas dieron en el clavo en más de un problema y que fueron en algunos momentos históricos la conciencia crítica de una izquierda dogmática y autoritaria, pero en lo que atañe a su visión del poder, pienso que Marina lleva razón.

    • Sergio Villaverde dice:

      Inventar una frase ingeniosa tiene su mérito, atribuírsela a un famoso carece de dicho elemento. No leí el libro de Marina, me entero de sus conceptos sobre el poder através de tu excelente comentario. Aparte de citar a Shakerpeare sin referir la fuente me gustaría saber si hace un análisis crítico de las ideas desrrolladas por los teóricos del anarquismo. A priori pienso que no. Hace poco leí unn texto escrito por un biólogo haciendo la crítica de la teoría de la evolución de las especies de Darwin. ¡oh casualidad! el punto de partida de su análisis era exactamente el mismo que el de Kropotkine en “La ayuda mutua”. Por supuesto ni lo mencionaba. Reitero que me interesó el concepto de “ficción legitimadora”, pero me parece apresurado afirmar que “lleva la razón”. Es probable que haya cierta complementariedad. Si es posible me gustaría tener las referencias para coseguir el libro.

  4. NO dije que el autor se inventara la frase. Dije, SI se la inventó, tiene su mérito, pero francamente me parece que el asunto no tiene tanta importamcia, al menos en relación con el tema que nos ocupa. El libro fue editado por Anagrama (colección ensayos, los de tapa gris), no tengo presente la fecha de la edición, porque no tengo ahora el ejemplar conmigo, pero es relativamente nuevo, supongo que 2008 o 2009.

    Si no lo conseguís, te lo puedo prestar. Un abrazo

  5. Enrius dice:

    Leí en su momento a JAM (sic.) con el interés que sus escritos merecen, no he leído este último trabajo al que dedicas la entrada, acerca de la pasión del poder, pero en otro de sus ensayos de 1996, “El laberinto sentimental” Anagrama Colección Argumentos,ya escribe sobre el asunto y en el contexto de los sentimientos. Esas observaciones, recuerdo que me interesaron y las recupero gracias a la incorregible manía de subrayar que emborrona mis libros.
    Citando a varios autores que dan la razón a Spinoza, entre los que menciona a Freud, JAM escribe:
    ” Spinoza pensó que lo más importante para el sujeto humano, lo que iba a definir sus anécdotas pasionales, era el aumento o la disminución de su poder(…)a los seres humanos les mueve el afán de poder, agresión o dominación. Los etólogos reconocen ese mismo impulso en los animales sociales. Es posible que en nuestra vida aparezca muy pronto como placer por introducir cambios en el entorno (…).
    Buscamos sentirnos poderosos. Uno de los atractivos del alcohol es que estimula este sentimiento, al menos en los hombres. El sentimiento de la propia eficacia, sea real o ilusa, nos resulta agradable y estimulante. Va acompañado de un sentimiento de seguridad, estimula la acción” (…) El deseo de sentirse eficaz puede alcanzar su satisfacción de varias maneras. Una de ellas, extravertida, impulsa a ejercer ese poder sobre los demás. Sólo cuando el sujeto consigue domeñar la voluntad ajena, dejar en los demás la huella de su fuerza, siente la alegría del triunfo”. Fin de la cita.
    La terrible asiduidad con la que se nos informa acerca del maltrato a las mujeres, maltrato que llega cada vez con más frecuencia hasta la muerte violenta(estoy escribiendo desde España y de España), tiene para mí una muy difícil explicación y nos causa en esta sociedad un dolor y desconcierto lamentablemente cotidianos. A mi modo, colaboro con campañas contra la llamada violencia de género (en el blog) pero la sensación de impotencia para actuar contra ese poder que han acumulado algunos asesinos que experimentan la “alegría de domeñar la voluntad ajena”, la de sus compañeras, mujeres, amigas etc. es creciente y desconcertante.

  6. Enrique Larreta dice:

    Lamentablemnte lei recién hoy el comentario del interesante libro de Marina. Aporto algunos datos al asunto realmente secundario de las citas de Shakespeare. La cita empleada por Marina efectivamente es de Shakespeare. Está en Medida por Medida en un parlamento de Isabella ( II,2)Marina no debe haber citado la fuente exacta porque es una expresión muy conocida, que como otras de Shakespeare se ha transformado casi en un lugar común en lengua inglesa. La otra que menciona Sergio también es de Shakespeare, de un parlamento de Polonio en Hamlet: Therefore , since brevity is the soul of wit..I will be brief…. La dificultad para encontrarla puede haber sido en éste caso la traducción al castellano. Wit en el siglo XVII tenía como uno de sus sentidos sabiduría. Actualmente ese sentido se ha perdido bastante y se usa más cómo “ingenio”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: