La obsesión por la transparencia (a propósito de Wikileaks)

La fascinación que ha suscitado en estos días la divulgación de miles de cables diplomáticos confidenciales por el sitio WikiLeaks supera todo lo imaginable. Cualquiera diría que asistimos, por fin, a la gran revelación. Con la perforación del secreto que envolvía las comunicaciones entre las embajadas de Estados Unidos y el departamento de Estado –maestros del arte de conspirar, según el sentido común– estaríamos más cerca de realizar el gran anhelo del ciudadano posmoderno, la transparencia.

Dediquemos un solo párrafo a la demonización de Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, detenido en Londres mientras escribo estas líneas, y a la pretensión de que con sus revelaciones ha puesto en peligro la seguridad del mundo. El derecho a acceder a la información pública está reconocido por la legislación internacional y por muchas legislaciones nacionales. Tenemos derecho a saber qué hacen nuestros gobernantes y a exigirles que rindan cuentas de cómo manejan nuestros recursos y el poder que hemos delegado en ellos, incluso cuando nos representan internacionalmente. Sólo puede negarse el acceso a determinadas informaciones para proteger intereses legítimos, como la seguridad o la privacidad de las personas. La vergüenza pública, por ejemplo, no es uno de ellos. El asunto no debería dar más de sí.

Lo que sí da mucho más de sí es la generalizada convicción de que con la revelación de los cables ha llegado a su fin una forma de entender la diplomacia, como aseguran sesudos analistas y los periódicos supuestamente más serios del mundo.

Vivimos en un mundo en el que los poderes son menos visibles que antaño, en el que las responsabilidades de los problemas no son fáciles de imputar, porque si bien sus efectos rompen la vista, sus causas son a menudo remotas, complejas y nada sencillas de identificar, lo que (además de fomentar la irresponsabilidad política y moral) explica, sospecho, la generalizada demanda de transparencia; vivimos en un sistema que no está gobernado por un centro visible al que se le puede exigir que se haga cargo y cuentas si no lo hace, sino en uno que se parece más a una trama, o a una red, que no están constituidas por quienes tienen todo el poder y quienes carecen enteramente de él; por tanto, en un mundo cuya dinámica no se puede atribuir a actores visibles y concretos, ya que todos contribuimos a ella en alguna medida; un mundo en el que ocupa un lugar central la referencia a algo virtual e inaprensible por naturaleza como el futuro (que remite a realidades invisibles como las oportunidades y los riesgos), y cuyo rasgo irrevocable es la incertidumbre.

Vivimos en un mundo, dice el filósofo Daniel Innerarity, en el que existe una complicidad general y una cierta irresponsabilidad generalizada. La verdad de la globalización, afirma, es que “nadie se hace cargo”. Y en política esto es un gran problema. Por eso es tan difícil protestar como gobernar. ¿A quién podemos exigirle que resuelva tal o cual asunto? ¿Quién es el responsable de la inseguridad, el miedo, la incertidumbre, la desocupación, asuntos emblemáticos de nuestra época? ¿Los mercados?, ¿quiénes son los mercados? Encontrar quien se haga cargo, alguien que “dé la cara”, he aquí un reclamo no del todo ajeno al anhelo de transparencia.

En un mundo así, opaco e intransparente, en el que las cosas no se agotan en sus signos, ni muestran su “verdad” de buenas a primeras, en un mundo “incomprobable” por uno mismo, siempre mediatizado, de segunda mano, en un mundo así, digo, no debería sorprender que la búsqueda incesante de autenticidad (en oposición a la simulación, el engaño y la conspiración) figure, junto a la sospecha y la desconfianza, en lugar destacado entre las motivaciones del individuo contemporáneo, incluidas sus motivaciones políticas. O que, para ir a lo que nos ocupa, se celebre (o condene, pero en cualquier caso se atribuya una importancia desmesurada a) la divulgación de unos documentos que, con ciertas excepciones, podría uno catalogar de perfectamente anodinos. Pero nos comportamos como si hubiéramos descubierto, al fin, la cara oculta de algo que se intuye y sospecha pero que no termina de mostrarse.

Anhelamos y celebramos cualquier síntoma de transparencia, la caída de todos los velos, la utopía de la absoluta visibilidad, las pequeñas victorias sobre la opacidad, al parecer convencidos de que con la agregación de datos y hechos, con más y más información, se hará definitivamente la luz y se harán patentes las imposturas, como si fuera posible descubrir de una vez y para siempre la esencia oculta de las cosas. Pero ver no equivale a comprender. Ni la imprescindible interpretación puede ser reemplazada por el “estar enterados de”.

Un columnista del mayor diario en lengua española, El País de Madrid, acaba de suministrar la prueba de que la admiración que suscitaron estas revelaciones constituye acaso uno de los vicios más extendidos de nuestra época: aseguró que representaban para un periodista lo que un depósito de dulces para un goloso y que sólo la envidia de quienes no tenían acceso a ellas podía explicar el intento de minimizar su enorme significación.

¿Pero cuánto revelan en el fondo estos documentos? La inmensa mayoría de ellos son comentarios y opiniones de los propios embajadores y diplomáticos estadounidenses sobre la vida política de los países donde están destinados. No valen más que las opiniones de cualquier persona mínimamente informada, sobre todo si se tiene en cuenta la holgazanería de esta generación de diplomáticos cuyas fuentes de información son los propios medios de comunicación. Muchos de los cables mencionados incluyen la advertencia de que tal o cual cosa es “lo que se dice” pero que no está cabalmente demostrada. Algunos de ellos son meros chismes sobre el carácter o la personalidad de sujetos como Vladimir Putin, Nicolas Sarkozy o Silvio Berlusconi.

Otros son comentarios de interlocutores de los diplomáticos estadounidenses: informantes calificados, como suele decirse. Si algo revelan esas conversaciones no es tanto la inclinación a conspirar de los representantes de Estados Unidos como la hipocresía y el doble discurso de sus interlocutores, como en el caso del ex jefe de gabinete argentino Sergio Massa, quien al parecer tenía unas opiniones sobre el matrimonio Kirchner muy diferentes de las que expresaba en público, el de altos funcionarios españoles bien dispuestos a colaborar con Estados Unidos para evitar el juzgamiento de los responsables de la muerte de un fotógrafo español en Irak o el de los gobernantes árabes que reclamaron a Washington una intervención contundente para detener el programa nuclear iraní. Revelan, además, algo que no siempre estamos dispuestos a “ver” aunque sus síntomas sean inocultables, que Estados Unidos ya no puede diseñar el mundo a su antojo.

Por fin, quedan los cables del departamento de Estado en los que se pide a sus diplomáticos que espíen a determinadas personas, entre ellas al mismísimo secretario general de las Naciones Unidas.

Ninguno de los documentos incluye grandes revelaciones. Al menos no para quienes saben que forman parte de los quehaceres habituales de los diplomáticos de las grandes potencias. La inclinación a descubrir el lado oculto que, al parecer, necesariamente deben tener todas las iniciativas políticas, incluidas las más ordinarias, se debe, creo yo, a esa incurable y siempre pendiente búsqueda de la transparencia y a ese ingrediente propio de la política actual que es la desconfianza.

Al margen de las disculpas que se verá obligada a pedir, que ya ha pedido, Hillary Clinton a sus homólogos de medio mundo por las chabacanerías de algunos diplomáticos estadounidenses, los cables divulgados tampoco tendrán las consecuencias sobre las relaciones internacionales que muchos auguran. El ministro alemán de Economía, Rainer Brüderle, tomó debida nota de una de ellas: “Está claro que apenas se pueden mantener ya conversaciones que no acaben publicadas. Hay que vivir con ello”. Habría que agregar que la conclusión del ministro luce algo tardía y nostálgica, porque la alteración de las fronteras entre lo público y lo privado, propia de nuestro tiempo, ha legitimado definitivamente, para bien o para mal, el derecho a la “curiosidad” del ciudadano contemporáneo.

Es dudoso, sin embargo, que cualesquiera sean las medidas que se vayan a tomar en el futuro para evitar filtraciones como las de WikiLeaks, logren blindar las comunicaciones de los servicios estadounidenses, porque antes que de las malas artes de Julian Assange, si las hubiere, la filtración de los 250.000 cables diplomáticos estadounidenses es hija de la paranoia post 11 de setiembre. Desde entonces los servicios de inteligencia norteamericanos no han cesado de multiplicarse como los panes y los peces. Se engullen ahora 50.000 millones de dólares anuales y emplean a centenares de miles de funcionarios civiles y militares abocados a la ímproba tarea de proteger al país. Nada debería sorprender menos que ese monstruo de mil cabezas sea cada vez más incontrolable y vulnerable.

La modestia del impacto de las filtraciones de WikiLeaks también se debe a que los países cuyos dirigentes y funcionarios fueron humillados o cuyo doble discurso fue puesto en evidencia por la publicación de los cables, no están dispuestos a montar un escándalo por ese motivo, entre otras cosas porque todos hacen lo mismo y porque aceptan que ésas son las reglas del juego.

A falta de interpretaciones mejores, me quedo con la del secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates. “¿Son embarazosos (los cables)? Sí. ¿Son delicados? Sí, pero las consecuencias para la política exterior son bastante modestas”, dijo la semana pasada. “Los gobiernos tratan con Estados Unidos porque es de su interés, no porque nos aprecien, no porque nos tengan confianza, no porque crean que podemos guardar secretos (…), algunos gobiernos tratan con nosotros porque nos temen, otros porque nos respetan, la mayoría porque nos necesita”, concluyó.

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10 Responses to La obsesión por la transparencia (a propósito de Wikileaks)

  1. Pincho Casanova dice:

    una muy razonable duda. abrazo

  2. liliana castiglioni dice:

    pues a mi la filmacion del asesinato de 14 personas desde un helicoptero Apache me parece muy ilustrativa del modo en que operan estos señores de la guerra y la que reuter no pudo conseguir lo consigió Wikileaks, aunque fuese solo por eso.
    El periodismo convencionar, con buenas artes no logró esa información.Y ahora preso porque se le pincho un condon, no parece sospechoso?
    esto es mas que un cotilleo

  3. JB dice:

    Mis comentarios se referían a esta última “tanda” de documentos, la de los cables diplomáticos, cuya significación me parece que ha sido muy exagerada. El texto que escribí intenta explicar por qué.

    Liliana se refiere a los documentos anteriores, a los de la guerra de Irak, entre los que efectivamente aparecen algunos que desde el punto de vista periodístico no son irrelevantes porque suministran pruebas contundentes de las maneras empleadas por los militares estadounidenses en ese país.

  4. Pablo Azzarini dice:

    Así es, insumos para la sociedad del espectáculo, o mucho ruido y pocas nueces, como quieras. Lo interesante para mí es la vulnerabilidad de los mecanismos dispuestos para mantener en secreto estos chusmeríos. Se ve que esos 50 mil millones no están rindiendo mucho.
    Querido Barreiro, como siempre le busco la quinta pata al gato: ¿te parece de verdad que la desconfianza sea un ingrediente de la política actual? ¿No forma parte de todos nuestros razonamientos?
    Sin desconfianza no existiría duda, y sin la duda no hay pensamiento. Eso creo.
    Un abrazo

  5. En lo que atañe al pensamiento, estimado Pablo, coincido totalmente con su lúcida sentencia. No tengo nada que agregar. Sin la duda, que todo lo corroe, no habría interrogación, de la que se nutre la actividad de pensar. Y la duda, también estamos de acuerdo en esto, es una forma de la desconfianza. De lo que no deberíamos olvidarnos es de desconfiar más a menudo de nuestras propias certezas.

    Luego está la desconfianza política, que no es ni buena ni mala (tal vez sea buena en algunas circunstancias y mala en otras); simplemente quiero decir que antes que buena o mala es; es un rasgo de esta época. En un mundo incierto, fluido, sin puertos seguros a la vista, sin grandes proyectos convincentes, cuando todo puede ser diferente pasado mañana, confiar es casi una ingenuidad. Sospechar y desconfiar es el comportamiento más racional. El problema es que así la política es muy difícil. Porque la política como actividad configuradora (no meramente adaptativa) lleva implícita la expectativa de que si tomamos tal o cual iniciativa es posible que logremos tal o cual resultado, es decir que podemos “tener confianza” en que nuestro futuro depende en alguna medida de nuestras acciones. Esa confianza es, creo, la que hoy está muy erosionada… y eso se nota en la forma en que el ciudadano se vincula con la política, en su desafección respecto de la política. No sé si es una paradoja o si, por el contrario, es lo esperable, pero precisamente en este contexto la política actual tiene mucho de búsqueda de la PERSONA CONFIABLE. Alguien en quién confiar, por favor. Ya que no se puede confiar en nada, ya que todo lo sólido se disuelve en el aire, permítasenos confiar en alguien. Pero no vamos a confiar en ese alguien por lo que nos diga, por lo que nos prometa, por el futuro que nos anticipe, por la justeza de sus argumentos, nada de eso. Será su personalidad, su proximidad, cuanto más parecido a nosotros más confiable; tanto, que para muchos sólo se puede confiar en uno “de los nuestros” (sea “de los nuestros” por el color de su piel, su religión, sus imclinaciones sexuales o su lugar de nacimiento).

    No sé, estimado Azzarini, debería(mos) pensar un poco más todo esto. Eso no me impide recomendarle un muy buen libro que aborda estos asuntos (y otros tan o más interesantes) expuestos con más claridad que la mía: “La Contrademocracia. La política en la era de la desconfiaza”, de Pierre Rosanvallon. (y no haga ningún chiste con sambayón, por favor)

    Salú

    • Sergio Villaverde dice:

      Transparencia y política (en el sentido convencionalmente aceptado) son una contradicción en sí mismo. Me parece que mucho más importante que los contenidos concretos de Wikileaks, es el trillo metodológico que puede ser seguido por otros actores, con intentos de mayor profundización. En tiempos de posmodernidad “La política es la continuación de la guerra por otros medios” como (esclarecedoramente)expresó Foucault

    • Pablo Azzarini dice:

      No sé qué decir, Barreiro. Hace años que pienso en esos temas tipo “los referentes”, los círculos “de pertenencia”, esos mecanismos sociales que algunos humanos construyen para esquivar la incertidumbre y sentirse menos a la intemperie.
      También es cierto que es del dominio público que ya sólo quedan verdades globales religiosas. Aunque aún hay gente que se anima a decir que tiene la receta para cambiar al mundo y hacerlo un lugar justo y equitativo, tengo la intuición de que no tiene muchos seguidores. Lamentablemente lo único cierto que le va quedando al 90 por ciento de la humanidad es la fe, creer en alguna deidad (o en algún sistema cerrado de ideas).
      Si juntamos estas cosas es lógico que el resultado sea la búsqueda del mesías, el líder, alguien en quien confiar, como usté dice. La identificación más o menos irracional con alguien “del palo” que nos despierta confianza por algún motivo.
      Ta bravo pa evolucionar con este background.
      Disculpe estas endechas mal hilvanadas, apuntaré lo de rosa en vallón y capaz que hasta lo leo, ya va siendo hora de que le afloje un poco a la literatura de ficción.
      Un abrazo

  6. Alfonso Vivo dice:

    Interesante y razonable , pero a la informacionse se accede de formas distintas y por gente distinta y de forma que cada vez importa mas el chisme, la forma de el fondo.-
    Tal vez por este infimo detalle creo que tendra mas repercucion que la estimada .-
    Abrazos

  7. No subestimo las nuevas formas en que circula la información ni me afilio exclusivamente a las tradicionales. Digo simplemente que en este caso se ha sobreestimado, a mi juicio, la significación de los “chismes”. Y a medida que pasan los días, más se confirma esta impresión.

    Saludos

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