El Bicentenario y el mito del origen

Para no ser menos que los demás países latinoamericanas, también aquí conmemoraremos con pompa y boato nuestro bicentenario. Al parecer en 2011 se cumplen doscientos años de unos episodios que merecen celebrarse por todo lo alto. Da la impresión, sin embargo, de que el inminente ritual abocado a afirmar nuestra incierta singularidad fuera más importante que arrojar luz sobre los acontecimientos históricos que dieron origen a este país.

No sería un mal comienzo preguntarnos de qué se cumplen esta vez doscientos años en este país. Nada sencilla debe de resultar la respuesta cuando la propia comisión oficial del Bicentenario inicia la justificación de su creación contándonos que en 1811 se inició  “el Proceso de Emancipación Oriental” –con las mayúsculas de rigor– y concluye naufragando en las procelosas aguas de la identidad colectiva y los valores nacionales cuyas actas de nacimiento hasta ahora nadie ha tenido la osadía de fechar.

Tan complicado resulta rastrear los orígenes de nuestra nacionalidad (me refiero aquí a un Estado uruguayo independiente, distinto al de las Provincias Unidas del Río de la Plata, no a la ruptura con el poder colonial) que desde que se comenzó a hablar del Bicentenario se han mencionado las fechas más extravagantes para celebrarlo. Desde la del expresidente Sanguinetti, que propuso hacerlo en 2013, cuando se cumplirán doscientos años de las famosas Instrucciones del Año XIII, que al parecer condensan el pensamiento político de nuestro héroe nacional, José Artigas, hasta la de otro expresidente, que –no estoy bromeando– propuso datar el año cero de la uruguayeidad en ese instante fecundo en el que un espermatozoide del padre de Artigas terminó encontrándose con un óvulo de la madre, hasta las más razonables de hacerlo en mayo de 2010, año del bicentenario de la Primera Junta de Buenos Aires, un movimiento autonomista al que estuvo inequívocamente subordinado el levantamiento en la Provincia Oriental. Curiosamente nadie ha propuesto celebrar el bicentenario de la declaración de independencia (del imperio brasileño)* el 25 de agosto de 1825, con la que, salvo noticia en contrario de última hora, seguimos machacando a nuestros escolares.

La dificultad para encontrar un consenso reside, en mi opinión, en que los entusiastas de la celebración del bicentenario están más pendientes de su significación político-cultural actual que del apego a la “verdad histórica” (sea el que fuere el estatuto, siempre discutible, de esa verdad).

Toda comunidad política es portadora de un relato sobre sus orígenes; relato que guarda una vaga relación con el de los historiadores, porque su propósito no es acercarse a alguna forma de verdad sobre el pasado, sino dotar a la propia comunidad política de un mito fundacional, esto es de por qué nosotros, los ciudadanos de este bendito país, por ejemplo, formamos una comunidad política diferenciada de nuestros vecinos. Esa narración debe estar, pues, expurgada de cualquier referencia factual que la contradiga, de todo lo que no queremos recordar, de las vergüenzas sobre las que se erigió el Estado, y en general de todo aquello que pone en entredicho nuestra supuesta singularidad. El mito del origen, el mito fundacional incluye, pues, y en lugar privilegiado, lo que algunos han llamado el narcisismo de la diferencia: constituimos hoy una comunidad política separada de las demás porque somos diferentes, porque siempre fuimos diferentes. (“Nunca tan pocos fueron capaces de semejante hazaña”, dijo nuestro presidente a propósito de nuestra independencia). A esa narración no le bastan las vicisitudes y contingencias de la historia para explicar el origen de la propia comunidad política. Le parecen poca cosa, tal vez porque en eso todas las historias nacionales se asemejan. Necesita apelar a una voluntad primigenia, prepolítica, anterior a la formación de esa comunidad política. Es decir, necesita una ficción que dé cuenta, que explique y legitime, los poderes constituidos (porque esa voluntad es un genial invento del acuerdo que dio nacimiento a la comunidad política). Ficciones son la soberanía del pueblo, de la nación o la voluntad general invocadas por todas las constituciones modernas, que presuponen esa soberanía y esa voluntad general, cuando en verdad las crean en el acto mismo de su fundación para dotarse de una legitimidad inhallable en otra parte. Son, pues, ficciones políticamente necesarias.

La historia oficial de este país, la que se enseña en las escuelas y liceos, es una fábula para dotar a este país de su propio mito del origen. Lo preocupante no es, sin embargo, el carácter mitológico o fabuloso de esa historia (después de todo, también en esto nos parecemos a los demás pueblos de la Tierra), sino que buena parte de la academia no se atreva a impugnar los tabúes patrióticos. Dos grandes nombres de nuestra historiografía nacional así lo confirman. José Pedro Barrán polemizó en su momento con Sanguinetti sobre el justificado rechazo de éste a celebrar el 25 de agosto de 1825 alegando que los líderes políticos deben “respetar y asumir las tradiciones y los mitos”. Y Juan Pivel Devoto no tuvo remilgos en reconocer que “no estoy dispuesto a dar elementos que socaven a los grandes héroes que han contribuido a crear la nacionalidad […]. De esos elementos no doy datos, aunque los conozca”.

La ficción tiene dos ingredientes infaltables en todo relato sobre los orígenes nacionales, la fecha del nuevo comienzo y un héroe que personifica la voluntad de ser independientes. Su propósito inocultable, desargentinizar (verbo que tomo prestado de Guillermo Vázquez Franco) la historia uruguaya. No me ocuparé esta vez de José Artigas, ese caudillo algo brutal que estaba condenado a ser en su contexto histórico y que la historiografía autóctona se ha empeñado en convertir en un Thomas Jefferson de las Pampas. Me referiré únicamente a las otras justificaciones de las inminentes celebraciones del Bicentenario que se ciernen, amenazantes, sobre nosotros.

Pretender que 1811 fue el año cero de la independencia uruguaya, sólo puede atribuirse a la porteñofobia propia de los uruguayos, al empeño, como digo, de desargentinizar nuestra historia, una de cuyas iniciativas más notables consiste en separar el inicio del “Proceso de Emancipación Oriental” del resto de las Provincias Unidas, que comenzó un año antes… si es que un proceso puede fecharse.

El problema con el farragoso palabrerío de la comisión del Bicentenario es que los sentimientos y la voluntad independentistas de los orientales son inhallables en el año escogido como coartada del bicentenario (1811). No hay ninguna continuidad, sino más bien ruptura, entre aquellos episodios y la independencia uruguaya. Sencillamente porque los caudillos de extensas haciendas que se levantaron aquel año de este lado del río Uruguay contra el imperio español podían estar llenos de fantasías pero ninguna de ellas incluía convertir a esta llanura, poblada por unas decenas de miles de habitantes mayoritariamente analfabetos, en un Estado independiente.

La independencia no figuraba ni remotamente como hipótesis de este incipiente movimiento. No figuraba en la proclama de Mercedes (1811) ni en el discurso de abril de 1813 (Congreso de Tres Cruces, convocado, conviene no olvidarlo, para mandatar a los delegados orientales al Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas reunido en Buenos Aires). En su discurso de Tres Cruces Artigas no deja dudas: “esto ni por asomo se acerca a una separación nacional” (citado por Vázquez Franco en el libro sobre Francisco Berra). Las maneras que siguió luego para resolver sus discrepancias con Buenos Aires acerca de la dirección de la guerra contra Montevideo, el último bastión colonial en el Río de la Plata, o sus inciertas ideas federalistas no deberían confundirse, como hace interesadamente la mitología patria, con un espíritu independentista. Son el mismo federalismo y las mismas discrepancias que mantendrían con Buenos Aires provincias como Entre Ríos o Santa Fe.

Miguel Barreiro, secretario personal del caudillo y gobernador delegado de Montevideo, designado para tal cargo por el propio Artigas (quien jamás vivió en Montevideo, porque detestaba la vida urbana) escribió el 27 de diciembre de 1816 a Juan Martín Pueyrredón, director supremo de las Provincias Unidas; “es muy claro que nosotros [los orientales] no podemos caer en el delirio de constituir solos una nación”.

“Nunca fue la Banda Oriental menos feliz que en la época de su desgraciada independencia”, dirá unos años más tarde Fructuoso Rivera, primer lugarteniente de Artigas, sobre el período en el que su jefe reinó sobre esta provincia (la cita también la tomo de Vázquez Franco).

En fin, no hay historiador serio que aporte un solo dato significativo en defensa de la indemostrable hipótesis de que en 1811 se inició el “Proceso de Emancipación Oriental” como pretende la comisión del Bicentenario, salvo que se lo entienda pura y exclusivamente como separación de la Península. Pero si ese proceso refiere, tal como sugiere pero no dice explícitamente el mito fundacional, a la constitución de esta provincia en Estado separado de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la confederación precursora de la República Argentina, entonces ingresamos de lleno en la ficción.

La ventaja que tiene la elección de 1811 para la leyenda patria consiste en que cualquier otra hubiera resultado mucho más embarazosa, sino lisa y llanamente destructora de los pilares en los que se basa. Repasemos las alternativas a disposición de nuestra comisión oficial.

La declaración de la Independencia por la Sala de Representantes de esta provincia de agosto de 1825, feriado nacional desde tiempos inmemoriales y motivo de celebraciones en todos los centros escolares, con los preceptivos discursos, banderas e himnos, fue olímpicamente desechada como alternativa. Resultaba demasiado vulnerable para el mito de la fundación nacional. Esa declaración incluía dos leyes: la de independencia, que comienza por declarar “írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos (…) arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental por la violencia de la fuerza, unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil, que han tiranizado sus inalienables derechos” y cuyo artículo segundo afirmaba que esta provincia “se declara de hecho y de derecho libre e independiente del rey de Portugal y el emperador de Brasil”. En suma, la declaración de independencia refería sin ningún género de dudas a Portugal y a Brasil, cuyos ejércitos ocuparon esta provincia en la década previa a su impensable e impensada independencia. Todos los escolarizados en esta comarca conocemos muy bien esta declaración de intenciones (no más que eso, pues de hecho la provincia tardaría tres largos años en hacerla efectiva), por habérsenos horadado la mente con su constante mención desde nuestra más tierna infancia.

El mito fundacional, sin embargo, oculta piadosamente la segunda ley aprobada en aquella ocasión, la Ley de Unión, que sostiene que “su voto general, constante, solemne y decidido es, y debe ser, por la unidad con las demás Provincias Argentinas a que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto, ha sancionado y decreta lo siguiente: ‘Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre por ser libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen’”. Esta página fue extirpada de los manuales escolares, tal como lo fue esta provincia de la confederación argentina cuando en 1828 Brasil, Argentina y Gran Bretaña fraguaron una independencia artificiosa e inimaginada por sus habitantes. Decididamente el 25 de agosto de 1825 resultaba contraindicado para el empeño desargentinizador de nuestra historia oficial. Aún hoy, nuestro mayor desvelo sigue siendo cómo no ser confundidos con los argentinos. Un escritor mexicano, Jorge Volpi, fue el que halló la mejor definición de los uruguayos: ser uruguayo es no ser argentino.

Meses antes de aquella declaración, cuando se produjo el celebérrimo desembarco de los llamados treinta y tres orientales en la playa de la Agraciada (financiados por, y armados en, Buenos Aires, y que en rigor, no sabemos si eran 33, aunque sí sabemos que no todos eran orientales, pues había argentinos de otras provincias), con el propósito de expulsar al ocupante luso-brasileño, la proclama de su jefe, Juan Antonio Lavalleja, a los residentes de la provincia hace una y otra vez referencia al gentilicio “argentinos orientales” y en una de ellas, “argentinos orientales, las provincias hermanas sólo esperan vuestra presencia para protegeros”, y en otra “La gran Nación argentina de la que sois parte…”.

Tres meses después, el Congreso Nacional Constituyente reunido en Buenos Aires (no hace falta aclarar que el adjetivo nacional siempre estaba referido a Argentina), aprueba “con el voto uniforme de las Provincias del Estado, y con el que deliberadamente ha reproducido la Provincia Oriental por el órgano legítimo de sus representantes en la ley de 25 de agosto del presente año, el Congreso General Constituyente, a nombre de los pueblos que representa, la reconoce de hecho reincorporada a la República de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a que por derecho ha pertenecido y quiere pertenecer. En consecuencia, el Gobierno encargado del Poder Ejecutivo Nacional proveerá a su defensa y seguridad”. Era, de hecho una declaración de guerra al ocupante brasileño, que “enseguida se hizo popular y todos aceptaron con sus dolorosos sacrificios en nombre de la integridad nacional”, según Bartolomé Mitre, citado por Vázquez Franco.

La reacción de Lavalleja es exultante: “¡Pueblos! Ya están cumplidos vuestros más ardientes anhelos; ya estamos incorporados a la Nación Argentina”. ¿Puede quedar alguna duda acerca de los propósitos de quien es considerado –¡ay!– uno de los precursores de nuestra independencia? A ese Congreso prestó “su reconocimiento, respeto y obediencia” el gobierno provisorio de la Provincia Oriental.

Lavalleja y Rivera fueron premiados por la victoria de Sarandí con la banda de generales de la República Argentina y al menos hasta 1882 el gobierno argentino pagó los sueldos de todos los militares (argentinos u orientales) o a sus descendientes, que hicieron la campaña contra Brasil entre 1825 y 1828.

Una razonable alternativa disponible para los entusiastas de las celebraciones era mayo de 1810, pero –ya ha sido dicho– en ese caso “nuestro” bicentenario hubiera quedado adherido al argentino, que aunque más apegado a los hechos históricos, es precisamente lo que nuestros celebradores quieren evitar.

Queda, por fin, la verdadera fecha de la independencia (cabría decir de la amputación de esta provincia de sus hermanas argentinas), el 27 de agosto de 1828 con la firma de la Convención Preliminar de Paz en Rio de Janeiro entre las Provincias Unidas y el Imperio de Brasil, y la experimentada mediación de Inglaterra. Demasiado tardía para la ansiedad oficial, demasiado vergonzosa para el mito fundacional, erigido pacientemente, ficción a ficción, censura a censura, a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Empantanada la guerra entre las dos potencias sudamericanas, persuadido el imperio brasileño de que el Río de la Plata era su frontera natural, impermeable el gobierno de Buenos Aires a la posibilidad de ceder una de sus provincias a su gran vecino y rival, la independencia apareció como la única alternativa para destrabar el bloqueo. En ese contexto hace su irrupción la diplomacia británica, la más interesada en poner fin a una guerra que amenazaba con hacerse interminable y que conspiraba contra el desarrollo del comercio. El canciller George Canning y las artes persuasivas (y las presiones) de su enviado al Río de la Plata, lord Ponsonby, hicieron el resto.

De las negociaciones para la firma de la Convención de Paz en Río de Janeiro no participaron orientales, sino representantes del emperador brasileño y de la República de las Provincias Unidas y el mediador lord Ponsonby. A los orientales se les comunicó tras la firma que estaban condenados a encabezar un Estado independiente. El texto de la Convención sostiene que tanto el emperador como el gobierno de las Provincias Unidas no reconocen, sino que declaran, la independencia de la Provincia de Montevideo.

Dice el historiador Guillermo Vázquez Franco: “Los propios argentinos (hablo del medio millón largo, incluidos los setenta u ochenta mil orientales, obviamente) ni siquiera se enteraron de que, entre gallos y medias noches, con el artero negocio de la Convención Preliminar de Paz, se cercenaba de un plumazo el territorio nacional y, por ese acto, celebrado en Río de Janeiro, a la sombra tutelar de Ponsonby, orientales y entrerrianos, separados por unos metros, pasaban a ser (y lo seguirán siendo hasta la actualidad) formalmente extranjeros entre sí cuando, hasta el día anterior –26 de octubre- habían sido, como siempre, compatriotas”.

Pero temiendo que los orientales repitieran el trámite de 1825 y además de declararse separados de cualquier potencia extranjera, utilizaran su independencia para reunificarse con las Provincias Unidas, la Convención resuelve para qué declara separada a la provincia: “para que pueda constituirse en Estado libre e independiente” y no para otra cosa.

Por si fuera poco, ambas potencias se reservaban el derecho de intervenir en los años siguientes en la recién independizada provincia en caso de que disputas internas amenazaran la seguridad de cualquiera de ellas. Si algo pone en evidencia la naturaleza de la citada Convención es que la primera Constitución del futuro Estado soberano debía ser analizada y ratificada por las partes signatarias.

En un pasaje del “Manifiesto de la Asamblea General Constituyente y Legislativa” que redactó la primera constitución de este país en 1830 puede leerse que ”por un tratado entre la República Argentina y el Gobierno del Brasil, debía elevarse el suelo de nuestros hijos al rango de Nación libre e independiente”.

¿Y qué dice el Preámbulo de aquella Constitución? Que “nosotros, los representantes de los pueblos situados en la parte oriental del río Uruguay (ni siquiera tenía nombre el país), que en conformidad con la Convención Preliminar de Paz celebrada entre la República Argentina y el Imperio del Brasil […] debe componer un estado libre e independiente, reunidos en asamblea general, usando de las facultades que se nos han concedido cumpliendo con nuestro deber […] acordamos establecer y sancionar la presente Constitución”.

Para desilusión y contrariedad de las almas inflamadas por el patriotismo, la Convención Preliminar de Paz de agosto de 1828 es la única fecha cierta de nuestra independencia.

* Nota para el lector no uruguayo: la Provincia (o Banda) Oriental estuvo ocupada en los últimos ocho años antes de su independencia por tropas portuguesas primero y brasileñas después.

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29 respuestas a El Bicentenario y el mito del origen

  1. margarita dice:

    Coco, muy bueno… tu humor ácido es impagable, aunque debo reconocer que aprendí algo de historia (es que nunca me gustó mucho)
    Fuera de bromas… cuando el otro día vi toda esta parafernalia del bicentenario, creí que se trataba de un delirio colectivo, y en mi “burrez histórica” creí que lo hacían para reivindicar la única batalla en la que Artigas ganó.

  2. Ricardo Soca dice:

    Muy bueno, Barreiro. Un excelente análisis del mito de la independencia.

  3. franco dice:

    Bien diseccionada la enfermedad del patriotismo. En este caso aplicada a la historia. Espero con ansiedad un enfoque similar sobre el Thomas Jefferson de las Pampas.

  4. Silvia Perossio dice:

    Es sintomático que la batalla de Las Piedras (y la toma de San José) figuren en el himno argentino:

    “San José, San Lorenzo, Suipacha,
    ambas Piedras, Salta y Tucumán,
    La Colonia y las mismas murallas
    del tirano en la Banda Oriental.
    Son letreros eternos que dicen:
    aquí el brazo argentino triunfó,
    aquí el fiero opresor de la Patria
    su cerviz orgullosa dobló.”

    En 1811 éramos sin dudas porteños y además muy orgullosos …

    Tal vez haya que esperar a la Convención Definitiva de la Paz para ponerse a festejar…

  5. ¿Sabe, Silvia, que la Convención Preliminar de Paz está vigente? Nunca fue derogada…

  6. Muy bueno Jorge. Desde la distancia pensé que el Uruguay no sufriría la ola de nacionalismo estatal que estamos viviendo en Europa… pero parece que no. Aunque ¿tiene efecto? ¿la gente adhiere a esas campañas de legitimación mítica?

  7. Buena pregunta, David. La respuesta es: “no lo sé”. Los políticos suelen emprender este tipo de iniciativas porque creen que cualquier evocación de las hazañas de los fundadores de la patria (hazañas harto dudosas, hay que decir) hacen las delicias del pueblo llano. Pero, en rigor, no sé si efectivamente “las grandes masas” se sienten identificadas, por ejemplo, con los inminentes festejos del bicentenario. Pronto saldremos de duda. Si tuviera que dar una respuesta intuitiva, nada científica, diría que la mayor parte de las personas está más preocupada en este país por los problemas que preocupan a cualquier ciudadano de este mundo global (trabajo, educación, sanidad, vivienda, certezas frente a un futuro plagado de incertidumbres) que por el vigor de nuestras señas de identidad nacionales. Claro que hay un núcleo duro dispuesto a consumir y divulgar mitologías nacionalistas, singularidades identitarias y otras hierbas (los hay de ultraderecha hasta de ultraizquierda… aquí los artiguistas no se pierden en detalles, hay un Artigas para cada gusto). En cualquier caso, la palabra clave es “Argentina” (o Buenos Aires). Ahí sí, si toca usted esa tecla, verá que la reacción es inmediata y casi generalizada: “no tenemos nada que ver con esa gente”. No sé si a eso se le puede llamar nacionalismo (no sé si llega a ese estatuto) o es complejo de hermano menor, resabios de nuestra historia, o la miserable rivalidad que suelen tener casi todos los pueblos con algún vecino… No me dirá Ud que no sabe de qué hablo.

    Saludos

  8. Oh sí! El camino fácil del nacionalismo es siempre, si no puede hacer tragar la supuestamente propia comunidad imaginada es llamarnos a imaginar la que haya al otro lado de la frontera más cercana sólo para decirnos luego: «¿ves? ya te lo decía yo, si tu eres de los nuestros». Por eso un antinacionalista como yo donde mejor está es donde no le quieran «incluir»… pero esa es una historia que espero podamos tomar con un vinito si tienes un hueco por Montevideo en unas semanas. Espero regresar a finales de marzo o principios de abril… a ver si no me incluyen, ni como oriental ni como peninsular (que ni una cosa si otra soy) 😀

  9. Marcos dice:

    Jorge: muy buen artículo. Además de Guillermo Vázquez Franco, qué otra fuente empleaste? yo tengo un viejo número de Cuadernos de marcha donde se debate el tema y poca cosa más. Me sorprendió la frase de Pivel Devoto, algo así como “si tengo datos no los divulgo”. Nada más anticientífico, pero muy en sintonía con el escaso rigor con el que las ciencias sociales muchas veces abordan los temas que tienen que ver con la Identidad (la pongo en mayuscula porque es casi una entidad existente en el mundo real para algunos). Un abrazo.

  10. Efectivamente, Vázquez Franco, Alfredo Castellanos, cuya búsqueda de las ‘semillas de la orientalidad’ a lo largo de las páginas de su libro (Desde la Cisplatina hasta la Independencia) es patética (encuentra sensibilidad independentista a la vuelta de cualquier esquina), algo de Lincoln Maiztegui, viejos libros de Nahún y Barrán y todas las polémicas de prensa de los últimos años sobre los festejos del bicentenario, que no puedo resumir porque ya no las recuerdo todas (incluidos Sanguinetti y Gerardo Caetano, cuyo entusiasmo artiguista me sorprendió y desborda, creo yo, el rigor del historiador serio que pretende ser).

    No encontré aún el libro póstumo de Carlos Real de Azúa “Los orígenes de la nacionalidad uruguaya” y que siempre pueden hacerle variar a uno sus puntos de vista.

    • Marcos dice:

      Envío a todos un link en el ccual podrán encontrar material de guillermo vázquez franco y otros historiadores en la misma línea de trabajo. se pueden descragar en forma gratuita. el link es: http://www.desmemoria.8m.com/biblioteca.htm

      en otro orden de cosas la discusión entre la historiografía “mítica” y la historia “documentada” (por las dudas estoy a favor de la historia documentada) se retrotrae a los orígenes de la civilización occidental. en “Yo, Claudio” de Robert Graves encontrarán un magnífico enfrentamiento entre estas dos corrrientes encranadas en las figuras de tito livio y polión. se los recomiendo es muy disfrutable ….. y actual!

  11. Marcos dice:

    perdón, podrán encontrar la discusión antedicha entre llivio y polión en el capítulo nueve de dicha obra. saludos!

  12. […] porque al menos sirven para que los más lúcidos protesten, ironicen usando el mito del futuro y deconstruyan los mitos de origen. En fin, que al menos este bicentenario eterno -que amenaza con llegar a 2030- nos dejará buena […]

  13. […] bromea mucho en estos días por Montevideo sobre los despropósitos del Bicentenario del «proceso de construcción nacional» que se supone antecedió a la independencia del estado […]

  14. maximiliano dice:

    hola jorge, leyendo bastante de todos estos temas, me interesa saber porque la banda oriental no se rehuso a la firma del tratado, osea se queria la independncia por lo que razono, sino hubiese sido argentina esto hoy dia, eso nome queda claro como se someten a este tratado, en que otro pais ocurrio esto? gracias

  15. Supongo que te refieres a la Convención Preliminar de Paz. Bueno, en verdad la Provincia Oriental ni se rehusó ni dejó de rehusarse a firmarla. Simplemente nadie consultó a sus autoridades. La Convención fue un tratado de paz entre el Imperio brasileño y el gobierno de Buenos Aires. Si esta provincia no hubiera aceptado desgajarse de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y convertirse en Estado independiente, simplemente no hubiera habido paz entre ambas potencias sudamericanas. No hubiera habido paz si se insistía en que la provincia formara parte de cualquiera de los dos Estados. El gobierno argentino priorizó la paz a costa de perder a una de sus provincias. Y digamos que esta provincia que luego, y a su pesar, se convirtió en país independiente, no estaba en condiciones de imponer nada a sus poderosos vecinos. Mucho menos, cuando Buenos Aires renunció a proseguir una guerra contra Brasil para defender la integración de la Banda Oriental en el seno de la Confederación.

    Podemos imaginarnos el siguiente diálogo entre las autoridades orientales y las argentinas y brasileñas:
    – No queremos ser independientes, es ridículo, nuestra viabilidad como Estado es incierta.
    – Esqueceu, nao vamos a aceitar que vuelvan a vuestra patria de origen- advierte un diplomático del Imperio. –A lo sumo aceitamos archivar este invento de la Cisplatina, pero que Argentina monopolice el Río de la Plata, esqueceu! Até os ingleses están de acuerdo con nos.

    El oriental se vuelve hacia Buenos Aires y pregunta:
    – ¿No nos quieren de vuelta en casa? Por Dio, ¡qué vamos a hacer solitos!
    – Sorry, brother, sí que los queremos de vuelta, pero el trámite está resultando demasiado complicado, y esto no es nada personal, son cosas de la realpolitik. Igual los vamos a llevar en nuestros corazones como los hermanos que son (y la verdad es que han cumplido).

  16. Ricardo Rodríguez Valdéz dice:

    Estoy sorprendido porque he descubierto la verdadera historia de nuestro país. Por primera vez descargué el libro de Berra, que aún estoy leyendo. No lo conocía. Con 57 años recién cumplidos, descubro que la historia no es “la oficial”, es otra…!!!! Quiero felicitar al Sr. Vazquez Franco, así como al Sr. Barreiro…..y largar la idea de reunirnos, hacer charlas, difundir todo ésto, ya que el 90% de la población lo desconoce. Es este un buen momento, un buen año, ya que tantos festejos (festejar qué??) han habido. Ofrezco con toda humildad mi esfuerzo para ver si podemos ir rectificando rumbos. Mi mail es ricardo.montevideo@gmail.com
    Saludos a todos los participantes de este blog. Me gustaría podamos comenzar a intercambniar propuestas.

  17. Las felicitaciones no pueden ser parejas. Soy apenas un divulgador de las investigaciones de Vázquez Franco, a quien algún día se le hará justicia por su labor desmistificadora.

    Para rectificar rumbos, como usted pide, Ricardo, es que he escrito estas modestas líneas. No soy historiador y ahora mismo no se me ocurre cuál podría ser mi contribución a la noble tarea que nos convoca, al margen de iniciativas como esta que acaba de leer.

  18. Manuel Segura dice:

    Hola, excelente articulo y abridor de ojos y cabezas. Por cierto el libro de Vazquez Franco en el link indicado no se puede descargar. Gracias por indicar nuevo link.

  19. Gracias por los elogios, Manuel. Lamentablemente, no puedo resolver el problema del link al libro de Vázquez Franco. No fui yo quien colocó ese link, sino uno de los comentaristas.

  20. Ricardo Rodriguez Valdéz dice:

    Yo ya le envié al Sr. Segura el archivo descargado del libro. Si alguien más lo desea recibir, me lo solicita y envío.
    Gracias ricardo.montevideo@gmail.com

  21. Allezen dice:

    Después de leer esto no me queda duda, lo digo sin ningún tipo de vergüenza, soy un argentino oriental.

    • Ricardo239872 dice:

      OK. De acuerdo. Somos varios…… y elnumero de personas que conozcan la historia verdadera deberá ir creciendo cada vez más

  22. opinóloga atrevida dice:

    Como uruguaya oriental que soy (y a mucha honra, igual a esta altura argentinos orientales ya no vamos a volver a ser) siempre me han parecido patéticos los uruguayos que quieren reafirmarse como tales insultando a los porteños o al vecino país en general. Desde siempre he sentido afecto hacia los argentinos y me he sentido de cierta forma identificada con ellos incluso antes de saber cualquier detalle de la verdadera historia de nuestra independencia. Pero también de cierta forma me siento identificada con los gaúchos del Rio Grande do Sul (y no sólo porque nací en una frontera), que en un momento de la historia también fueron orientales y pasaron, corríjanme si estoy equivocada, por un proceso de nacionalización que los convirtió en brasileros, que al parecer no termina más de completarse ya que los movimientos separatistas todavía existen en el Rio Grande, mal que les pese a los brasileros en general. A lo que voy es que así como nosotros nos hicimos uruguayos una vez que “nació el Uruguay” ellos también se hicieron brasileros una vez que pasaron a ser parte de ese país. Bueno, esa es mi opinión después de haber leído sobre la historia de la región. No soy historiadora, ni investigadora, ni nada, solo una curiosa interesada en el tema. Por eso repito, corríjanme si mis conclusiones les parecen equivocadas, ya que ustedes seguro saben más que yo. Muy buen artículo, saludos.

  23. Estamos de acuerdo, Opinóloga. Tampoco yo creo que volvamos a ser argentinos orientales ni que Rio Grande do Sul vaya a volver al seno de unas Provincias Unidas versión siglo XXI. La historia no suele ‘desandarse’. Lo que aquí he escrito no tenia la pretensión de reivindicar un retorno a Argentina ni la “recuperación” de Rio Grande do Sul, sino más bien recordar nuestros orígenes, que como todos los orígenes de casi todos los Estados nacionales nada tuvo que ver con singularidades o purezas nacionales o culturales previas a la conformación de este país como pretende la mitología patria. Usted lo dijo con mucha claridad: nos hicimos uruguayos después de que nació el Uruguay. Antes de eso no hubo ninguna ‘uruguayeidad’ latente que estuviera pugnando por hacerse país, patria o Estado. Y fue la fuerza la que parió a éste y a todos los Estados nacionales.

  24. Ricardo Rodriguez Valdez dice:

    Comparto una entrevista realizada al Embajador de la Rep Argentina. Me resultó muy interesante todo, pero en especial la parte final donde dice:

    “Es por ello que la Argentina agradece profundamente a la sociedad uruguaya y, en particular, a los miembros del Foro Malvinas en el Uruguay. Y lo hace con la razón y el corazón, bajo la convicción de que somos una misma patria, una misma nación, dos repúblicas.”

    AGRADECIMIENTO
    La solidaridad del Uruguay con la cuestión Malvinas
    PUBLICADO EL DOMINGO 1 DE ABRIL, 2012
    Dante Dovena, embajador de la República Argentina en el Uruguay
    Desde mi llegada a Montevideo para ocupar el cargo de embajador, he recibido incontables muestras de apoyo en diversos asuntos de relevancia política, comercial y cultural. Esta solidaridad no proviene sólo de las autoridades gubernamentales sino también de intelectuales, referentes políticos, artistas y empresarios uruguayos. Un abanico de personalidades que siempre ha tendido una mano amiga. No puedo decir que esto me haya sorprendido, porque en mi carrera política he sido testigo de los constantes gestos mutuos de hermandad entre nuestros pueblos. Pero sí debo remarcar que el particular nivel de intensidad y compromiso del apoyo uruguayo en cuestiones de gran sensibilidad para la Argentina me ha conmovido profundamente.
    Conmovido, sí. Porque si bien las islas Malvinas son para la Argentina un reclamo de soberanía, un caso de Derecho Internacional, una política de Estado plasmada en la Constitución Nacional, entre otros conceptos, son también un sentimiento, una causa nacional que se vive tanto con la razón como con el corazón. Es por ello que el agradecimiento ante las nuevas expresiones de fraternidad de los uruguayos, que defienden como propios los derechos de mi país, viene acompañado de un gran reconocimiento personal.
    Este nuevo gesto ha sido contundente. Un heterogéneo grupo, compuesto por figuras destacadas de la política, la cultura y el sector empresarial, ha creado un foro para apoyar el reclamo argentino de soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes. Son hombres y mujeres del Uruguay que desean concientizar a la sociedad sobre las implicancias políticas, jurídicas, históricas y ambientales de esta causa verdaderamente latinoamericana.
    Tuve el honor de presentar y agradecer a este foro de notables, el pasado 10 de febrero, en la histórica Azotea de Haedo. Esta residencia del ex presidente, Eduardo Haedo, es un verdadero patrimonio de los uruguayos, y hoy tiene un nuevo hecho para sumar a su rica memoria histórica: allí se constituyó el “Foro Malvinas en el Uruguay”, con la presencia y el mensaje del ministro de Relaciones Exteriores, Luis Almagro; el embajador del Uruguay en la Argentina, Guillermo Pomi; la ex vicecanciller, María Belela Herrera; el senador Luis Rosadilla, ex ministro de Defensa; la diputada María Elena Laurnaga, presidenta de la Comisión de Asuntos Internacionales; el diputado Daniel Peña Fernández, vicepresidente de la Comisión de Asuntos Internacionales; el diputado Rubén Martínez Huelmo; el Intendente del Departamento de Colonia, Walter Zimmer; el ex embajador del Uruguay en la Argentina y ex presidente del Partido Nacional, Alberto Volonté; la rectora de la Universidad Nacional de Lanús, Ana Jaramillo, y un extenso grupo de reconocidos políticos, académicos y empresarios, todos ellos absolutamente consustanciados con el rechazo al colonialismo en el Cono Sur.
    Incluso, en la ocasión, tuve la gran alegría de recibir y leer públicamente un mensaje de apoyo del Presidente de la República, quien auguraba éxitos al Foro Malvinas, “tan caro para nosotros”, según sus palabras textuales.
    Fue una noche en la que tuvieron lugar expresiones de apoyo que quedarán en la historia de las relaciones bilaterales entre ambos países. El ministro de Relaciones Exteriores dijo, por ejemplo, que la cuestión Malvinas no es una prenda de negociación, que no es equiparable a ningún otro asunto de la agenda, y que el apoyo uruguayo es “absoluto, insoslayable e irreductible”, en una clara muestra de su posición anticolonialista, su apuesta al derecho internacional y al multilateralismo.
    Declaraciones de este tenor se repitieron en cada intervención. Fue Alberto Volonté quien manifestó: “Las Malvinas son argentinas y, por ser argentinas, son orientales”. El senador Rosadilla, que llegó a alistarse en nuestra Embajada para pelear en las islas, sostuvo que la causa Malvinas “ya está ganada en las conciencias y corazones de las grandes masas”, y el diputado Peña garantizó un “compromiso por la soberanía y por una patria grande libre e independiente”.
    Frases contundentes y profundas que se destacan por los argumentos utilizados y también por la convicción política que respalda y da espesor a los razonamientos. Los foristas han hablado desde el conocimiento de la causa Malvinas pero también desde la experiencia internacional que han acumulado en sus diferentes puestos de responsabilidad. Razón, experiencia y sentimiento, apuntando al mismo objetivo: respaldar el reclamo de soberanía. Esto es lo que da al Foro Malvinas una fuerza inédita.
    La semana pasada, el martes 27 de marzo, el Foro Malvinas llevó a cabo la primera reunión de trabajo, nada menos que en el Palacio Legislativo, con la finalidad de dar sustancia y continuidad a los objetivos fundacionales del grupo. Allí se definieron, sobre todo, acciones orientadas a la difusión del tema en el Uruguay, como la publicación de un libro con artículos de expertos uruguayos, el lanzamiento de una página de Internet y la organización de exposiciones sobre el tema en diferentes entidades.
    Son todas medidas y acciones que se suman a un apoyo histórico. La rápida reacción del Uruguay a fines del año 2011, cuando decidió prohibir el uso de sus puertos por parte de barcos que enarbolen la bandera ilegítima de las islas Malvinas, y la constitución de un Foro de tan alta calidad intelectual para apoyar el reclamo argentino, son prueba de que el Presidente Mujica ha tenido una posición guía sobre el tema. El Uruguay, por la ascendencia personal de su Presidente y por sus decisiones rápidas y valientes, ha sido un referente para otros países de la región, que siguieron sus pasos.
    Los argentinos no pedimos nada diferente a lo que exige la comunidad internacional. Queremos sentarnos a dialogar, pacíficamente, la cuestión de la soberanía de las islas Malvinas, de conformidad con las respectivas resoluciones de Naciones Unidas. No hay ninguna posibilidad, ninguna hipótesis, de un conflicto por fuera de los canales diplomáticos. La Argentina bien sabe que las guerras sólo sirven a las dictaduras y a los fabricantes de armas, nunca a los pueblos, que siempre sufren.
    Nuestro reclamo incluye la normalización de la anacrónica y peligrosa situación del Atlántico Sur, donde un territorio colonial, altamente militarizado por la potencia ocupante, constituye una mácula para una orgullosa zona de paz, libre de armas nucleares. La paz, insisto, es el único camino y debemos trabajar por ella.
    También nuestra preocupación se vincula con la protección del medioambiente y el desarrollo sustentable, dos conceptos de plena vigencia el siglo XXI. La ganadería y los recursos energéticos y pesqueros, hoy explotados por el Reino Unido, son un patrimonio argentino que debería enriquecer a toda la región a través de las diversas instancias de integración comercial latinoamericana. En una penosa repetición de los esquemas coloniales históricos, sufrimos una ocupación territorial seguida de extracción de riquezas sin consideración por las consecuencias ambientales.
    Con pleno conocimiento de esta delicada situación, estoy seguro de que el Foro Malvinas en el Uruguay, por la estatura intelectual, la experiencia y el compromiso de sus integrantes, apoyará y difundirá la causa Malvinas en todo el país, con argumentos sólidos y a través de contenidos que alcancen a la mayor cantidad de públicos posible.
    Es por ello que la Argentina agradece profundamente a la sociedad uruguaya y, en particular, a los miembros del Foro Malvinas en el Uruguay. Y lo hace con la razón y el corazón, bajo la convicción de que somos una misma patria, una misma nación, dos repúblicas.

  25. ismael dice:

    yo soy uno d los q tenía la cabezita trancada y d golpe me encuentro con esto. ahora entiendo a los argentinos cuando nos preguntan xq renegamos d nuestra historia. tenemos la cabeza super-lavada, se hacen evidentes las diferencias entre uruguayos y orientales. la pelicula la redota deja en evidencia parte d nuestra fábula creada x maximo santos, morían los orientales y nacían los uruguayos

  26. […] porque al menos sirven para que los más lúcidos protesten, ironicen usando el mito del futuro y deconstruyan los mitos de origen. En fin, que al menos este bicentenario eterno -que amenaza con llegar a 2030- nos dejará buena […]

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