Menores culpables

Hará cosa de tres semanas, aunque bien pudo ocurrir hace tres meses o tres años, estaba yo en una fiesta en la que, entre saladitos y copas rebosantes de champán, alguien introdujo el consabido tema de la inseguridad con un relato espeluznante que incluía asalto, menores armados, disparos y todos los ingredientes que puedan imaginarse. Otros invitados agregaron sus propios relatos confirmatorios de que en este Montevideo la vida de los ciudadanos decentes se ha vuelto un auténtico infierno. En medio de tales lamentos, alguien desliza que en Brasil existen escuadrones de la muerte encargados de sacar de circulación a los menores delincuentes. Y a continuación, una voz que pronuncia sin el menor rubor, y ante el silencio bovino de los presentes, unas palabras inquietantes: ‘¡yo integraría esos escuadrones!’. Este es el clima en el que hoy se debate la reducción de la edad de imputabilidad penal en este país.

Puede que el entusiasmo por los escuadrones de la muerte no se haya generalizado aún entre nosotros, pero resulta obvio que sí ha echado raíces la inclinación por las soluciones drásticas e inmediatas que se desentienden de las complejas determinaciones de un fenómeno como la delincuencia infantil (y de la mayoría de los problemas). Las propuestas que insisten en que no hay soluciones milagrosas al problema de la inseguridad provocan fastidio. De allì la facilidad con la que el ciudadano medio se aferra a propuestas que tienen un mero efecto placebo, como la de bajar la edad de imputabilidad penal de 18 a 16 años, que en el fondo nada resolverá.

El problema con la iniciativa del senador Bordaberry consiste en que no es una simple ocurrencia de un reaccionario, sino que expresa el anhelo de muchísimos ciudadanos a quienes lo único que les preocupa es que los “menores infractores” no perturben su tranquilidad. Si para ello hay que encerrrarlos a todos, pues que los encierren. He aquí la fuerza irresistible de esta propuesta: es sencilla, identifica al bien y al mal sin ambigüedades. Tan irresistible que el gobierno ha terminado por competir en el terreno propuesto por la oposición, como demuestran las redadas masivas de los últimos días en los barrios marginales de Montevideo, que además de una dudosa constitucionalidad, tienen toda la apariencia de ser una alocada carrera por demostrar que la izquierda gobernante también es capaz de hacer algo drástico e inmediato como reclaman los votantes, aunque, de nuevo, ese algo nada resuelva.

Si el derecho no es un mero capricho de legisladores o juristas, si la edad de imputabilidad penal debe guardar alguna relación con la responsabilidad que se les puede y debe exigir a las personas en las diferentes etapas de sus vidas, no puedo evitar formularle las siguientes preguntas a quienes, entre saladitos y champán, piden escuadrones de la muerte y en los debates públicos, la reducción de la edad de imputabilidad penal:

¿Consideran que sus propios hijos son adultos a los 16 años? En un tiempo en el que se multiplican los discursos sobre la eterna adolescencia en la que discurren las vidas de los vástagos de la clase media, sobre la tardía maduración de los jóvenes, ¿aceptarían que sus hijos sean penalmente imputables a  los 16 años? ¿O sólo algunos son adultos a los 16? ¿Creen los padres horrorizados ante la “indetenible ola de crímenes y robos” supuestamente cometidos por menores que los adultos tienen algo que ver con la formación del juicio moral de esos menores? ¿Y a qué se debe que algunos de ellos lo tengan y otros carezcan de él? ¿A que los hijos de los pobres están intrínsecamente impedidos de adquirir ese juicio? ¿O a que los adultos (y hablo aquí de los adultos como comunidad política, es decir de todos nosotros) han fallado estrepitosamente en esa tarea? ¿No se les ocurre pensar en la posibilidad de que hacerlos imputables a los 16 años acaso sea una forma de culpar a las víctimas, de condenarlas por partida doble? Si las respuestas a estas preguntas no son también aplicables a los propios hijos de quienes reclaman mano dura con los menores, entonces son cínicas o irrelevantes, como terminan siendo –en todos los ámbitos de la vida– las ideas o propuestas de las que personalmente no nos podemos hacer cargo.

El ex presidente Julio Sanguinetti dijo a propósito de todo este debate que a los 16 años se tiene una idea del bien y del mal, se tiene conciencia de que matar, por ejemplo, es algo moralmente reprobable. A la vista está que tal afirmación no resulta obvia para todos los que han cumplido esa edad y un ex presidente debería poder explicar sin despeñarse en el clasismo o la eugenesia por qué algunos pocos menores carecen de ese juicio moral.

Aunque frecuentemente repetido, el argumento de Sanguinetti es falaz, porque apenas una ínfima minoría de los 500 o 600 menores que delinquen (sí, estamos hablando de ese número) ha matado a alguien. Y sobre la base de esta falacia se pretende erigir toda una política para los menores infractores. Es la misma a la que se apela para defender las peores políticas punitivas contra los que “asesinan y violan”, como si las figuras del violador y el asesino fueran las más comunes entre la población carcelaria. El 80% de quienes hoy se pudren en las cárceles de este país jamás le levantó la mano a nadie y no llegan al 3% quienes violaron o asesinaron. De estas excepciones se alimentan los impulsos represivos de una opinión pública que ha sido persuadida de que el sistema penal uruguayo es una jauja, cuando en verdad es el más severo de Sudamérica.

Para esa ínfima minoría de menores que le han quitado la vida a un semejante ya existen disposiciones que contemplan el encierro en establecimientos específicos para ellos. No veo motivos para modificar la legislación. Mucho menos si esos cambios legislativos llevan, como creo que llevan, la marca de la desreponsabilización de la sociedad: lo que venimos a decirle a estos niños es que sólo ellos son culpables de sus fechorías, que no nos incumben las causas de su conducta, que nuestra principal preocupación es defendernos de sus actos reprobables.

Es obvio que la rebaja de la edad de imputabilidad penal no aportará la solución mágica que tantos espíritus desasosegados están reclamando. Por eso mismo no es difícil sospechar que el vigor de la iniciativa obedece a otras causas. Al margen de las propias del juego inherente a la democracia electoral-representativa, en la que los mayores réditos se obtienen poniendo de relieve la incapacidad del adversario para resolver unos problemas que no se dejan resolver en los plazos electorales, la propuesta de rebajar la edad de imputabilidad penal hace recaer toda la culpa del mal sobre los nuevos menores imputables, convierte a las víctimas del abandono de los adultos en responsables de sí mismas y expurga a la sociedad de cualquier responsabilidad sobre unos menores cuyos destinos aparentemente no le conciernen.

No estoy sugiriendo que el propósito de la iniciativa de Bordaberry sea suministrar un bálsamo para la culpa de unos ciudadanos que no parecen experimentar remordimiento alguno. Lo que quiero decir es que la imputación de responsabilidades en la sociedad individualizada de nuestros días también es de carácter individual. Es la forma que hemos encontrado para lidiar con casi todos los problemas: si el criterio que ahora rige la vida es que el individuo, y sólo él, es responsable y “culpable” de sus éxitos y desgracias, no hay motivo alguno para no aplicarlo a todos, incluidos unos adolescentes de cuyos extravíos ellos, y sólo ellos, serían responsables. Esto es lo que late detrás del reclamo de rebajar la edad de imputabilidad penal.

El problema es que, incluso desde la perspectiva más estrecha y egoísta, la alternativa represiva es totalmente miope e inconducente: enviaremos a algunos menores tras las rejas y los demás viviremos tras otras rejas. Creo que fue Einstein quien definió a la estupidez como el hábito de repetir la misma conducta y aguardar resultados diferentes.

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14 Responses to Menores culpables

  1. Pablo Azzarini dice:

    Amén.
    Se te extrañaba, Barreiro.
    El asunto ése de los “rastrillos” (así les decíamos antes) que mencionás al pasar también es un despropósito. El argumento de Bonomi reivindicándolos como una forma de combatir la “territorialización del delito” no me convence. Deberían recordar los que ahora son gobierno que las únicas armas efectivas que usaron quienes los derrotaron fueron las tareas de inteligencia, y la tortura, por supuesto.

    PD Muy bueno eso de las “copas rebosantes de champán”, uy Dio.

  2. pincho dice:

    Más estúpido es buscar donde no se perdió nada. Enroscarse a discutir el detalle cuando lo general se derrumba. Los escuadrones en San Pablo comenzaron hace como veinte años. De últimos asesinatos de niños no he leído u oído. En todas las sociedades existen los asesinos y las prostitutas, no importa de de qué clase social, color de piel o postura religiosa tengan. Somos todos asesinos y prostitutas (Ronald Laing dix-it).Claro que potencialmente. Está la educación, la disciplina impartida desde el nacimiento, es decir la familia o el instituto, y finalmente si todo está más o menos bien, el libre albedrío. Una sociedad moderna supone que sus ciudadanos operan por libre albedrío, de no ser aliendados, quienes tienen un trato especial. Se supone que una persona ya tiene estructurada la personalidad desde mucho antes de los dieciséis años, aunque nuestra Ley al respecto impute a un “mayor” a los 18: un ser capaz de formar familia, votar y entrar al cine libremente, conducir un vehículo y tanto más. Pero todo su peso caerá sobre él si la viola y si no la viola por las dudas, a veces, también. Discutir la rebaja de la imputabilidad es no ver el gran problema, y obinamente, típicamente en este país, nos puede atrapar un sunami mientras colgamos ingenuos la ropa del hilo…(Me permito la boutade porque esto es un blog). Lo que quiero decir es que no entiendo cómo el Estado no puede o no quiere solucionar el problema. Porque el problema existe. Se lo pregunté a mi querido amigo Jorge Ferrando: me respondió que no pueden “raptar” a los niños de la calle.
    Me pregunto si es por no raptarlos, que el Estado no saca a los niños de la calle. Que los rescate. El Estado esta haciendo caso omiso al no rescatar a los niños de la calle. Porque no es solo sacar a los niños de la calle. Es rescatar de la miseria a las familias de los cantegriles, hay que rescatar a los hurgadores y a los equinos que tiran del carro. Porque no se fueron. Además llegan los ocupantes que no tienen otra que distribuir pasta base. (La niña toca el timbre a las once de la noche. Volvieron a esa casa-boca). No puedo creer que es por falta de ideas. Respeto lo que se está haciendo bien por parte del Gobierno. Respeto a los representantes y al sistema republicano, pero no puedo creer que no solucionen el problema que es uno solo, manifiesto en varios aspectos de la sociedad. Las cárceles, las familias que no llegan a formarse y los niños que se gestan y nacen con un destino de calle/hogar, de cruz. La inseguridad del burgués adosada a un pobre pibe que está solo y no tiene idea de qué hacer. Frente a la joven madre rubia que se baja de la camioneta con el control de la reja en la mano, mirando para todos lados mientras guarda en el bolso y apreta en la axila los lentes negros de 500 dólares, temblando de miedo de sólo pensarlo, que la vayan a raptar, violar, manchar. No puede haber seguridad en su casona de ladrillos, en su jardín enrejado, con su rott wailler encadenado, el arma en su lugar bien guardada. ¿Cómo puede uno sentirse seguro así? ¿Hay seguridad en un puesto de gerente bancario, o en la dirección de un negocio financiero? NO, pero igual se la quieren cobrar al pobre pibe que está suelto, sin nadie que le tire una onda.
    Claro: no se puede agarrar a los pibes de la calle, llevarlos a un lugar seguro, tibio, con una cocina que largue aroma a sopa. No los podés retener para enseñarles con amor algo de cómo funciona la naturaleza para que empiecen a alejarse de su soledad.
    Ahora estamos peor que hace unos años, pero no es sólo aquí, es en el mundo entero que está pasando esto. Y sí es nuestra responsabilidad como ciudadanos, uruguayos y donde estemos que queramos estar. Ahora hay que rescatar familias enteras, porque todos resultan ser primos, hermanos, tíos, abuelos. El Estado debiera estar al tanto, mediante una información proveniente de las oficinas sociales, quienes son, cuántos, qué les pasó. Si su padre salió embarcado y no volvió mas, o si está presa la madre por vender pasta en el barrio. El estado está haciendo caso omiso, desde alguna fiscalía, de todos los que violan la Ley respecto a la patria potestad. Y no hace nada, salvo en casos muy pero muy especiales. Mientras tanto, se delinque impunemente, por parte de padres y madres, y el estado es insuficiente, por más que cada uno de los funcionarios de lo mejor de si. Elige la mega-razzia, ¿es una demostración para algún cártel, o mafia? No lo sabemos, pero no es el Estado Solidario que yo querría. No es lo que nos enseñó Perico en sus charlas sobre lo que es “ser de izquierda”. Por otro lado, y con todo respeto, el ser que se expresó de ese modo en la fiesta con champán, -me encantan las de ese tipo- en su ebriedad liberó su hitler interior, y eso está penado por la Ley. No denunciarlo hace cómplice a todo el que lo escuchó.
    No alcanza con saber que sería un sospechoso si mañana aparecen en una esquina de Montevideo, niños masacrados. La batalla es constante y se libra todo el tiempo en todo lugar. ¿Hay alguna información o transcripción de cómo se debate en el parlamento este tema?

  3. Marcos dice:

    Estimado Jorge: leí tu artículo y concuerdo contigo en que la propuesta de bajar la edad de imputabilidad es un desacierto. Sin embargo, creo que uno de tus argumentos es cuestionable. Empiezo por el principio. Hay dos formas de abordar la explicación de los comportamientos sociales. Por un lado estudiando el contexto en el cual esa conducta emerge y los vínculos que la misma tiene con el contexto. Este es el abordaje que se hace cuando alguien explica la conducta criminal en función de los antecedentes familiares, la deprivación relativa, la influencia del grupo de pares, etc.

    El otro abordaje implica ver la conducta desde el ángulo del individuo que toma decisiones. Cuando empleamos este abordaje nos importa ver los motivos, las creencias que guiaron una acción o la racionalidad empleada por el actor.

    No existe ninguna razón lógica o empírica que nos obligue a utilizar un solo abordaje y para explicar problemas complejos como la delincuencia juvenil es recomendable utilizar ambos abordajes.

    Aquí viene mi crítica. Cuando enfatizas en la culpabilidad de los padres de los menores (lo cual creo que es cierto) parece que en el acto de delinquir no hubiese ninguna decisión individual. Los padres ausentes y que no se responsabilizan de sus hijos son parte del contexto, la otra parte está en individuos que toman decisiones (racionales) de delinquir. ¿Por qué habríamos de quitarle la razón a los delincuentes? Es decir, ¿por qué pensar que actúan irracionalmente guiados por el efecto de causas que no controlan ni dominan y de las que son víctimas? Por el contrario, si pensamos que en el acto de delinquir hay un momento de decisión racional también puede criticarse la rebaja de la imputabilidad como una medida inadecuada. Uno de los cometidos de la ley es aumentar el riesgo de los delitos (lo cual afecta la ecuación racional del costo-benefficio de la acción criminal). ¿Realmente la nueva propuesta aumenta los rriesgos de delinquir? Creo que no y creo que una forma de hacer buena política pública sería “obligar” a los padres de menores infractores mediante múltiples mecanismos a intervenir en la vida de sus hijos.

    Me gusto mucho tu artículo y espero que mi comentario sirva para enriquecer la discusión.

    Un abrazo,
    Marcos.

  4. Marcos, me parece necesaria la siguiente aclaración: no pongo énfasis, como parece que has interpretado, específicamente en la responsabilidad de los padres de los menores que delinquen, sino en los adultos en general, en la comunidad política. La responsabilidad sobre esos menores no la tienen solamente sus respectivos padres (que por lo visto no la asumen cabalmente); por algo hay legislación sobre menores, instituciones encargadas de su custodia, de su eventual rehabilitación social y de la protección de sus derechos (es decir que, en teoría, la legislación vigente, la Constitución, suscribirían este juicio). Hago estas aclaraciones, porque se empieza a sugerir que hay que castigar de alguna manera a los padres de los menores que delinquen y esa sugerencia va en la misma línea de la desresponsabilización de la sociedad: o bien le endilgamos la culpa directamente a esos menores o, si no, a sus padres, pero el resto al parecer no tenemos nada que ver. (¿modifican tu comentario estas precisiones?)

    No dudo de que hay una decisión individual del menor cuando delinque. La pregunta es si esa decisión es la decisión de una persona responsable de sus actos. Ese, me parece, es el gran tema sobre la edad de imputabilidad

    Un abrazo

    • Marcos dice:

      Jorge:

      me queda claro tu punto de vista y comparto que hay responsabilidades compartidas en cualquier fenómeno social de estas características. Mi punto es que la responsabilidad compartida (el sistema de convivencia que entre todos vamos construyendo día a día) es una causa remota de la delincuencia juvenil. Hay causas más cercanas al caso y estas son las causas que debería affrontar la política pública (ya que un cambio de sistema no es objeto de política pública, más bien es consecuencia de un dramático cambio revolucionario o la consecuencia de un montón de procesos que operan en el tiempo largo de la historia). Por tanto, los debates sobre este tipo de problemas deberían realizarse teniendo en cuenta qué efecctos puede producir una medida sobre el problema en cuestión. Para mí no hay una verdadera discusión púublica en estos terminos hoy en día en Uruguay (desgraciadamente sobre casi ningún tema de política pública). Desde este punto de vista no veo que bajar la ley de imputabilidad tenga (a priori) consecuencias importantes sobre los delitos que se quiere contener. Es más bien una respuesta emotiva (de índole vengativa para peor) que tal vez no tenga efectos positivos sobre la delincuencia en menores.

      Desde ya siempre es un placer leer tu columna y agradezco la gentileza que tenés de escribir clarro y responder a tus lectores.

      Un fuerte abrazo,
      Marcos.

  5. Daniel dice:

    Estimado Coco, creo que está claro que Bordaberry se dió cuenta de que el gobierno dejaba un cachón, y lo aprovechó.
    Leyó bien la coyuntura.
    La gente se siente insegura, y percibe que no hay respuesta.
    La propuesta de rebaja de la edad de imputabilidad es una brutal falacia, una simplificación que sólo se sostiene porque el gobierno está como Cris Namús, golpeado y groggy.
    Los menores son imputables desde los 13 años.
    Pero algo pasa que eso no lo saben ni siquiera los menores infractores.
    Es indudable que tenemos varios problemas diferentes: un problema social, un problema policial, y un problema de manejo de los institutos públicos que deben cumplir con la detención de los menores infractores.
    El INAU es un colador.
    La fuga del talibán demuestra que algo huele mal en Dinamarca.
    Sospecho que se mezcla corrupción con operación política.

    Habrá que crear un nuevo instituto de contención y reabilitaión para los menores infractores que sea seguro, confiable y eficaz.

    Volviendo, un problema social, que deberá resolverse en el mediano plazo, y un problema policial, que -lamentablemente- exige represión.
    Pero sobremanera exige Inteligencia.
    Las razzias barriales son equiparables a cazar microbios con escopeta de cartuchos.
    No sé, digo yo.

  6. Eva dice:

    Coco me encantó tu articulo.
    Puedo colgarlo en facebook? Hay tanta gente escribiendo tanta idiotez sobre el tema que les vendria tan bien leerlo!!!
    un beso
    Eva

  7. Sarah dice:

    Coco ¡muy bueno!
    es un tema que me tiene mal, he visto amigos votantes de izquierda, de lo más tranquilos admitir que “bueno, algo hay que hacer” y otros horrores. También se cruza con el tema de los plebiscitos… si la mayoria está de acuerdo… ¿la democracia se trata sólo de tener el 50 +1 de los votos?, ¿a eso se van reduciendo las cosas…?

  8. Alfredo Gómez dice:

    A mi me sigue pareciendo un disparate que matar a 3 personas te haga acreedor a 5 años de privación de libertad; que una menor asalte un negocio, amenace de muerte a una empleada embarazada con un cuchillo y que el juez se la entregue a los padres. Que al Ricky le hayan dado 4 años por 6 asaltos a mano armada y un homicidio. Mi hijo no es mayor porque tenga 16 años, lo que es mayor es el delito que comete, y ése se tiene que catalogar como de adulto. No hablamos acá de un guacho que se agarra a las piñas en un partido de fútbol y por accidente mata a otro. Hablamos de adolescentes que rapiñan, asaltan, copan casas y asesinan, amparados por la ceguera del Estado que vive en un Siglo que pasó hace tiempo. Eso es lo que hay que cambiar.

  9. Insisto, el “problema” de los menores infractores no se deja reducir a los que “rapiñan, asaltan, copan casas y asesinas”. Ese universo es minoría entre los menores infractores. No sé por qué se pone siempre la excepción como ejemplo. Es demasiado fácil, apela al miedo y a las emociones más básicas pero simplifica demasiado. ¿Cuántos menores copan casas y asesinan, como sostiene Alfredo? Se los cuenta con los dedos de una mano (o de las dos tal vez). A esos creo que, efectivamente, se los debe penar. Y la legislación vigente los pena… los pena como menores, pero los pena-. ¿Qué más se quiere? ¿La pena de muerte?

    Por otro lado, la condición de adulto o de menor no es divisibe. No se puede ser adulto para el caso de que se cometa un crimen pero no cuando un “guacho se agarra a a las piiñas”… que suena casi a travesura. Las sociedades tienen un criterio (siempre dicutible y revisable, claro) sobre cuándo comienza la adultez, con las consiguientes consecuencias legales. Y eso rige para las responsabilidades y para los derechos, no se puede empezar a destripar en parcelas esa condición ni considerar que unos son mayores si cometen fechorias pero sus coetáneos que cometen otras con las que la sociedad es más tolerante, no lo son.

    Insisto con la pregunta: ¿nosotros no tenemos nada que ver con el despeñadero en el que cayeron esos pocos menores? ¿Llevan el mal en los genes?

  10. Alfredo Gómez dice:

    Jorge : Lo que no se puede hacer es marginalizar a la pobreza. El FA está dando la idea de que “los muchachos son malos porque son pobres” El 95% de los adolescentes pobres no salen a matar ni a copar casas.
    Por supuesto que son un producto de las inequidades del sistema, pero de un sistema que ha afectado a cientos de miles de uruguayos. No es bueno meter en la misma bolsa al pobre y al delincuente.

    Vos no podés decirle a un botija de 17 años : “matá, robá, violá, que total te soltamos a los 20 y te borramos los antecedentes”. Si las cifras son reales – las que da el Min del Interior no las aceptan (aunque Bonomi sea del FA)simplemente porque le “ensucia la cancha” – los menores influyen aproximadamente en el 80% de las rapiñas – que son actos de violencia causados casi siempre por las drogas – y en la mayoría de los casos, cuando el rapiñado no termina en el cementerio, le entregan el “nene” a los padres para que siga delinquiendo. O sino hacen como hicieron con la “nena” que asaltó una tienda de celulares en 8 de octubre hace un mes y medio, y a punta de cuchillo amenazó de muerte a la empleada embarazada. Se la entregaron a los padres para ver si la próxima vez limpiaba a alguien de verdad.

    El problema de la seguridad es un tema espinoso para la izquierda y arranca desde un concepto filosófico : Se excusa al pobre de cualquier macana porque es una víctima del sistema, y se culpa a la clase media laburante y a las de más arriba de todo lo que le pueda pasar. Entonces cuando dos guachos de 17 matan a un comerciante, la culpa es de la sociedad que no le dió a ese niño unos championes NIKE y al contrario, le refregó los suyos propios en la cara. Pero la pobreza no tiene porqué ser sinónimo de delincuencia y en el Uruguay que yo me crié nunca lo fué. (Y sigo siendo pobre y de izquierda, aclaro)

    La delincuencia siempre tiene una causa en la pobreza y el abandono y la carencia de valores, pero no la pueden alentar como la alientan desde el gobierno (fué Tabaré Vázquez que soltó a un par de miles de presos hace unos años para “no saturar las cárceles”, y hasta hace poco se planeaba hacerlo de nuevo. Hablo a nivel de mayores de edad) y no pueden dejarla semi-impune. Si a un joven de 17 años le enseñás que una rapiña violenta es un acto sin consecuencias estás envenando a toda la sociedad. ¿Como no voy a salir a robar si igual no me pasa nada? Si entro a una casa, robo, mato y como mucho a los 20 estoy afuera. Y ahí está la respuesta de la población, cada vez más violenta gracias a la rabia que genera el ver que el Estado no protege a nadie, ni al joven infractor ni a la víctima de éste. Por eso se ven cada vez más escenas donde se atrapa a un presunto ladrón y lo muelen a palos antes que llegue la policía (pasó en un almacén de la Costa de Oro hace un tiempito, y lo vi yo mismo en el Centro hace unas semanas, cuando 7 hombres grandes persiguieron y agarraron y reventaron a patadas a un guacho de 14 o 15 años que había empujado a una mujer para robarle la cartera. Lo tiraron al piso y uno decía “dale que total éste mañana sale y no le hacen nada”. Y como se ve que no lo mataron – el botija se levantó y salió rengueando y medio trotando – ni fué al hospital ni salió en las noticias.)

    Hay muchas cosas por hacer y estoy de acuerdo. Hay que levantar institutos de rehabilitación que funcionen y tengan medios para contener a los jóvenes; pero también hay que entender que a veces darle 15 años de pena en un reformatorio a un guacho de 17 es salvarle la vida y al mismo tiempo proteger a la sociedad. Lo tenés 15 años a la sombra, que crezca siendo consciente de que su error le quitó la juventud – así como a sus víctimas la vida – y que al mismo tiempo permanezca esos años encerrado en un lugar donde se le pueda dar una chance que pueda aprovechar a los 30 y pico cuando salga. Para mí eso es lo más justo.

  11. Jorge dice:

    Estoy de acuerdo en que el fenómeno de la delincuencia es lo suficientemente complejo como para reducirlo a un vástago de la pobreza. Creo que tiene ingredientes sociales y económicos -¿cómo no verlos? -, pero también culturales, morales, políticos. Atribuir la delincuencia únicamente a la pobreza es una holgazanería intelectual, y si fuera cierto, en este país debería haber caído tanto como cayó la pobreza, cosa que no ha ocurrido. Si fuera hija de la pobreza, todos o la gran mayoría de los pobres deberían ser delincuentes, cosa que como bien dice Alfredo, tampoco ocurre. No todos los pobres optan por robar, de modo que se puede ser pobre y elegir no robar. Nadie, salvo situaciones límite y excepcionales, que no son de las que aquí estamos hablando, está condenado a robar. Si alguien estuviera obligado a robar, es decir si no tuviera la posibilidad de elegir no robar, no lo podríamos hacer responsable de hacerlo. Pero las personas son moralmente responsables de sus actos cuando pueden decirse a sí mismas ‘sí, hago esto o no, no lo hago’. Y yo creo que esa posibilidad de elegir sólo le es hurtada a un ser humano en circunstancias, repito, muy, muy excepcionales. Lo demuestra que quienes roban son una ínfima minoría; la población que delinque es una parte insignificante de la sociedad, incluso una parte insignificante de la población pobre, aunque la histeria reinante sugiera que a la vuelta de cada esquina nos aguarda un violador o un rapiñero. La mayoría de los pobres elige trabajar; otros, menos, politizan su pobreza porque intuyen que sólo con medidas políticas puede terminarse con ella. Cuando el actual gobierno realiza los operativos masivos que está realizando en los barrios marginales alimenta el prejuicio de que los pobres son casi todos delincuentes.

    No es menor este asunto, porque la responsabilidad que les podemos exigir a las personas depende de la existencia de ese ámbito de libertad insuprimible. Me parece que cuando se desresponsabiliza a quienes delinquen, cuando se los ve únicamente como víctimas, se está suprimiendo de un plumazo la libertad humana, se está diciendo, aunque no se lo diga: ‘sólo en una situación ideal podemos exigirle responsabilidad a las personas’. Pero esa situación no existe, todos tenemos que elegir siempre en situaciones no-ideales. Si tener un comportamiento moral no exigiera alguna renuncia, si no fuera problemático, si no tuviéramos que hacerlo en circunstancias difíciles, duras inclusive, todos seríamos ángeles (pero desde que está en el gobierno, la izquierda parece haber dejado definitivamente atrás este abordaje algo ingenuo, cristiano, del fenómeno; ahora está más cerca de la derecha más tradicional y del abordaje represivo).

    Quien le quita por la fuerza lo que necesita, o desea, a otro más débil o vulnerable (porque lo habitual es que las víctimas de las rapiñas no sean ricos y poderosos), para apropiárselo, no ignora el mal que está haciendo. Por tanto, estoy de acuerdo con Alfredo en que la sociedad no debe dejar pasar por alto ese tipo de comportamientos. No discrepamos en ello. Tal vez discrepamos en dos cosas. 1) que estas consideraciones no pueden aplicarse sin más a los menores. Toda sociedad establece una edad en la que las personas pasan a ser responsables de sus actos; puede variar según los lugares y las épocas, pero todas dicen: ‘antes de tal edad los individuos no son responsables de sus actos’; los adultos somos responsables de socializar a esos niños o adolescentes en determinados valores y juicios que consideramos aceptables (en eso consiste educar, después de todo) y la ausencia de ese juicio moral en algunos de ellos demuestra nuestro fracaso. No podemos culpar a esos niños de lo que no supimos hacer, y 2) que las personas adultas delincan no supone que debamos condenarlas al infierno, como sucede actualmente, y como pide a gritos la tribuna; hacer justicia no equivale a mortificar al autor de un delito ni a vengarse. Una de las características de esta sociedad hipercompetitiva y productivista es que no tolera el error de sus miembros (en casi ningún ámbito). Y yo creo que deberíamos ser menos crueles con quienes se equivocan, darles otra oportunidad. ¿No es lo que reclamamos para nosotros mismos también?

  12. Fabiana Espíndola dice:

    gracias por la claridad en la argumentación. se necesitan notas así!
    lo comparto por facebook, a ver si se puede debatir un tanto más. hablando del tema con una compañera chilena, me contaba que allí se bajó a los 14 años, prácticamente sin debate. no tenemos las mismas condiciones institucionales, ni sobre todo, el mismo sentido de ciudadanía. me parece que tenemos que aprovechar eso para “hacer ruido”, abrir orejas, intercambiar con otros…

  13. leonardo dice:

    para mi la baja de la imputabilidad debería de aplicarse pero no con este proyecto. me explico. debería crearse centros de reclusión para estos muchachos donde no se los encierre así no más como hoy, sino que sean centros de re-educación. donde se cambien años de prisión por años de estudios, solo la educación salvará a este país. y segundo, seguirán habiendo menores, menores de 16, y la edad de los delincuentes van a bajar. Próximamente en nuestro país entrarán nuevas formas delictivas no previstas, y que ya están asolando nuestra américa, como las pirañas. grupos de menores (no menos de 10) roban a una persona, que habrá que hacer en ese caso? creo que hay que cambiar muchas leyes, para cosas que están ocurriendo y cosas que van a ocurrir. hay que mirar siempre 30 años por delante. además creo que los juicios tendrían que ser orales y públicos, con un jurado de distintos extractos sociales y distintas edades y los jueces tener las penas claras, ya que actualmente por el mismo delito se dictan distintos fallos aunque los delincuentes tengan la misma edad mismos antecedentes. eso sería una forma de hacer los juicios más republicanos

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