Ricos y pobres

La distribución de la riqueza venía siendo motivo de un interesante debate en este país hasta que el novelón de la Ley de Caducidad acaparó la atención de todos. Escribo con la esperanza de que se reanude la controversia que ha suscitado tan urticante asunto, que no atañe tanto a lo injusto que hoy resulta ese reparto, una evidencia que (casi) nadie pone en duda, como a las medidas que podrían tomarse y, sobre todo, a las consecuencias que se derivarían de corregir tan odioso estado de cosas.

Antes de exponer algunas reflexiones sobre el asunto, quiero dedicar unas líneas a esos pocos que sí dudan de que la actual distribución de la riqueza social sea injusta y de que, por ende, deba alterarse. Entre ellos hay que contar al ex ministro de Economía Ignacio de Posadas, quien en una reciente columna de opinión en el diario El País afirmó que lo que no se puede aceptar, por resultar moralmente reprobable, es la existencia de pobres… no así de ricos. Lo que ultraja nuestra conciencia, vino a decirnos, es que haya pobres, no que haya ricos. La conclusión de semejante afirmación se impone por sí sola: el combate a la pobreza no tiene por qué ir de la mano de una distribución más equitativa de la riqueza.

Después de todo, ¿no les asistirá razón a nuestros conservadores cuando alegan que es legítimo el empeño por reducir la pobreza pero no la impugnación de la riqueza, que sería hija de la envidia y el resentimiento?

Uno de los tantos problemas que tiene este tipo de sugerencias es que es improbable que en sociedades de desarrollo intermedio como la nuestra se destierre la pobreza sin distribuir mejor la riqueza social disponible. Salvo que nos imaginemos, como los niños en vísperas de la llegada de los Reyes Magos, que pronto habrá de todo para todos, no resulta nada sencillo imaginar cómo terminar con la pobreza sin mejorar la distribución de la riqueza. Ni siquiera en las sociedades más desarrolladas ha ocurrido ese milagro. Precisamente los países donde los rastros de la pobreza resultan más imperceptibles –incluso en los pocos donde la pobreza ha desaparecido por completo– son aquellos en los que no está prohibido ser millonario pero sí donde la disparidad de ingresos es menor, tal como indica ese prodigio de la ciencia económica que es el índice de Gini. Es posible que la elevada productividad del trabajo en esos países haya permitido distribuir mejor la riqueza y reducir (o suprimir) la pobreza sin las tensiones sociales y políticas que invariablemente suscitan en países donde la famosa torta es más escuálida, pero ello no debería inducirnos al error de creer que ese bienestar más o menos generalizado del que gozan se ha producido sin reducir en parte los ingresos de los más ricos.

Esta constatación no nos exime, sin embargo, de responder a la siguiente pregunta: si en teoría fuera posible terminar con la pobreza sin erosionar las cuentas bancarias de los más ricos, ¿tendríamos alguna objeción que formular a la riqueza desmedida? Yo tengo algunas.

Una de ellas es que una sociedad atenta al criterio de justicia no puede retribuir el esfuerzo de sus miembros de una forma tan patente e irritantemente desigual como ocurre en la actual. Nadie se hace millonario trabajando desde que aparece hasta que se oculta el sol, pero sí es posible enriquecerse especulando en las redes financieras o gracias a un batacazo bursátil. Hay algunos que ni siquiera derramando todo el bíblico sudor de su frente logran tener una vida materialmente digna, mientras que, gracias a sus capitales, otros logran multiplicar sus panes y sus pesos sin mayores penalidades.

Una buena parte de la tradición moral occidental ha condenado la especulación económica, el préstamo con intereses, la usura y cualquier procedimiento que permita multiplicar la riqueza propia sin trabajar. Aristóteles advertía que el dinero se inventó para el intercambio comercial y que no era legítimo que la riqueza proviniera del propio dinero en forma de interés. Santo Tomás condenó la usura y dijo que la abundancia de riqueza sólo se justificaba cuando se la empleaba para mitigar la indigencia de otros.

Estas consideraciones resultan hoy tan o más pertinentes que antaño si se repara en el carácter social del metabolismo económico del capitalismo contemporáneo. A diferencia de las formas premodernas de producción, no existe hoy incremento de la riqueza que no sea el resultado de la interacción con los demás o del esfuerzo de muchos, por más que en apariencia la riqueza individual no guarde relación con el trabajo (físico o intelectual) de la sociedad.

La  riqueza desmedida y la chocante disparidad con que se retribuye el esfuerzo de cada cual (una de cuyas manifestaciones más visibles es el derecho de herencia) no implica únicamente un menoscabo de la idea de justicia. Repercute asimismo en el compromiso de los ciudadanos con la democracia. Es difícil que los miembros de una comunidad tan injusta sientan que están embarcados en la misma nave. Con grandes desigualdades es improbable que los ciudadanos asuman que tienen intereses en común y, por tanto, también lo será su compromiso cívico. Me anticipo a un eventual reparo a estas consideraciones y aclaro que las mismas no deberían confundirse con un igualitarismo radical. No creo que una retribución justa del esfuerzo equivalga a que todos recibamos exactamente lo mismo, entre otras cosas porque no hay que descartar que algunos prefieran, por ejemplo, trabajar menos y vivir más austeramente. Y una sociedad justa debería contemplar la posibilidad de hacer esa elección.

Finalmente, no hace falta ser padre franciscano ni hacer de la austeridad una virtud ni albergar el menor encono hacia los ricos y poderosos para tener presente que el matrimonio entre la riqueza y el poder puede erosionar la democracia, al menos si se la entiende también como un sistema que asegure la máxima autonomía de los individuos a la hora de hacer sus elecciones vitales. El dinero es en las sociedades contemporáneas un recurso que además de ampliar el propio poder, es decir de ampliar las posibilidades de acción de quien lo posee, permite ejercer poder sobre otros. No voy a extenderme sobre este asunto, porque ya lo he hecho en otra parte. Baste con recordar que quien tiene una riqueza infinitamente superior a la que necesita para satisfacer sus necesidades, puede utilizarla para torcer la voluntad de otros, en ámbitos que van desde el trabajo a la política, pasando por el matrimonio.

* * *

Uruguay es uno de los muchos ejemplos de que la reducción de la pobreza no necesariamente va de la mano de una distribución más equitativa de la riqueza. Desde que el Frente Amplio asumió el gobierno se ha reducido sensiblemente la pobreza, pero la distribución del ingreso ha permanecido casi inalterada, incluso en un contexto de crecimiento económico sin parangón en la historia de este país, como el que ha tenido lugar en el último lustro.

Según Andrea Vigorito y Verónica Amarante, autoras del trabajo  “La evolución de la desigualdad de ingresos en Uruguay entre 1980 y 2009”, recién en 2008, y por primera vez en 15 años, comenzó a apreciarse una modesta mejora de la distribución de la riqueza. A pesar del impresionante aumento del 30% del salario real desde que el Frente Amplio asumió el gobierno, la aplicación de planes de asistencia social, como el Panes, y una reforma tributaria (menos justa de lo que sus promotores arguyen, aunque en cualquier caso más justa que el sistema que reemplazó), la desigualdad, medida por el índice de Gini, apenas se redujo un 5% en el período 2007-09. Es probable, argumentan las autoras del trabajo citado, que sin esas políticas públicas la desigualdad hubiera aumentado. Es que, dejada a su libre y espontánea evolución, la economía capitalista tiende a concentrar los ingresos y la riqueza en general. La pequeña mejora señalada debe atribuirse, pues, a la política del gobierno.

El actual debate en la izquierda remite a la pregunta de si acaso la exasperante lentitud con la que mejora la distribución de la riqueza en este país no podría acelerarse con otras iniciativas políticas. Sin embargo, cada vez que aparecen propuestas para modificar esa rígida distribución de la riqueza, desde el gobierno progresista se levanta, como un muro, el mismo argumento, pétreo, impermeable a la deliberación: sería un riesgo, una amenaza, un peligro, una insensatez mover cualquier pieza del ajedrez de la política económica. Según esta visión, mejorar la distribución de la riqueza tendría consecuencias catastróficas para toda la sociedad. Conspiraría contra el llamado clima de inversión. La alarma que desata cualquier propuesta de alterar la actual distribución de la riqueza no es una simple coartada de burócratas preocupados por no hacer olas y conservar sus cargos. El riesgo no es desdeñable, particularmente en una época en la que el capital se ha desterritorializado y puede levantar vuelo a la menor contrariedad. Tal vez esto explique que la política de la mayoría de los gobiernos consista en atraer o retener a ese capital nómada. Sean de izquierda o de derecha, parecen competir entre ellos por ofrecer las mejores condiciones a ese capital. Y anunciar medidas que erosionarán sus ganancias no es la mejor forma de darle la bienvenida a esos capitales. El Estado nacional, la política nacional son patéticamente inadecuados para subordinar a esos capitales a los imperativos de la justicia.

Pero la política no es una ciencia exacta cuyo conocimiento permita establecer con exactitud matemática las consecuencias de sus movimientos. Me parece que es más apropiado definirla como un arte. Porque está sujeta a contingencias, a sorpresas, o lo imprevisible. Los pronósticos de la ciencia tienen, al menos hasta que se demuestre lo contrario, el carácter de certezas. El arte, en cambio, no puede prometer esa certidumbre, es siempre incompleto, inquietante y está sujeto a múltiples interpretaciones. La política entendida como ciencia nos dice lo que va a pasar (si distribuimos mejor la riqueza, por ejemplo… va de suyo que algo malo). La política entendida como arte duda, no lo sabe con seguridad. Pero sabe que no todo está decidido, que hay un espacio para la voluntad. Un espacio cada vez más acotado, qué duda cabe, pero que deberíamos proteger como a un tesoro. Las fronteras de ese espacio no están constituidas por leyes de acero o históricas, como se decía antaño. Las únicas exigencias que no debería ignorar la política para no resultar impotente en el asunto que nos atañe (y en cualquier otro, sospecho) son las de la audacia y la responsabilidad. Si nos resignamos –porque supuestamente el devenir tiene algo de inexorable como pretende la ciencia— nos situamos fuera de la política o la condenamos a una función meramente adaptativa al mundo no político (en este caso, al económico). Otro tanto ocurre si, en nombre de los buenos propósitos que nos animan, nos desentendemos de las consecuencias de nuestros actos e iniciativas.

¿Que qué tienen que ver estas disquisiciones con el tema de la distribución de la riqueza? Mucho. Se me ocurre que la mayoría de las propuestas expuestas hasta ahora por diferentes partidos del Frente Amplio para mejorar la distribución de la riqueza tienen la audacia y el coraje necesarios para cambiar algo en política y al mismo tiempo son suficientemente responsables (hasta tímidas podría decirse) como para poner seriamente en duda la pretensión de algunos tecnócratas de que mil plagas y calamidades se abatirán sobre nosotros si las ponemos en práctica. ¿Que no se sabe exactamente el impacto que tendrán? Claro, como todo en política. ¿Acaso las políticas “serias” y ortodoxas nos ahorraron esas calamidades en el pasado reciente?

En todo caso, el margen de incertidumbre, el “riesgo” inherente a cualquier política, debería ser sopesado por los ciudadanos (y/o sus representantes) y las decisiones que se deriven de su examen, tomadas democráticamente por ellos, no por los expertos. Qué riesgos y peligros está dispuesta a correr una sociedad y cuáles no es un asunto eminentemente político, no técnico, después de todo.  Y si no, preguntémosle a los islandeses, que en un referémdum decidieron asumir los riesgos de no pagar los platos rotos por sus banqueros, a pesar de las advertencias apocalípticas que recibieron antes de votar.

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18 respuestas a Ricos y pobres

  1. Hipólito dice:

    Jorge, me gustó su artículo. Sólo una observación. La leve mejora de la distribución del ingreso constatada en los últimos años en nuestro país es a mi juicio un logro mayor si se tiene en cuenta que en períodos de fuerte crecimiento económico en una economía de mercado lo “natural” hubiera sido un aumento importante de la concentración. Hay que considerar que los mayores beneficiarios del crecimiento suelen ser los dueños de los factores productivos que se vuelven escasos de acuerdo a la modalidad de crecimiento. En nuestro caso: los propietarios de la tierra, del conocimiento especializado y del talento empresarial. Como es sabido, esos factores suelen concentrarse en un grupo minoritario (y privilegiado) de la sociedad. El fuerte aumento de la concentración del ingreso registrado en las últimas décadas en EE.UU., de la mano del auge de la finanzas y de las compañias “punto.com”, es un buen ejemplo de ello. En otros términos, de no mediar las politicas económico-sociales aplicadas por los gobiernos del FA en los últimos años (aumento de salarios mínimos, impulso a los Consejos de Salarios, nuevo sistema tributario, subsidios y transferencias a grupos sociales vulnerables, etc.) seguramente hubiéramos asistido a un significativo incremento en la concentración del ingreso.

  2. Pablo Azzarini dice:

    Excelente, Barreiro. Me parece que es un asunto de urgente consideración en un mundo que pronto superará los 10 mil millones de habitantes.
    Tengo entendido que en la Unión Europea la relación que hay entre el 20 por ciento de los que más ingresos tienen y el 20 por ciento de los que ganan menos es de cinco a uno. En América Latina esa relación es mayor de 20 a uno. Como bien decís, no hay forma de alcanzar un involucramiento ciudadano más o menos alentador con esa brecha.
    Claro que una mejor distribución no garantiza mecánicamente una mejor sociedad (está el tema de los paradigmas de por medio), pero sí una más justa. Y se piensa mucho más libremente con las cuentas pagas y la panza llena.
    Y hablando de mecánica, me gustó tu concepto de la política. No sé si es un arte, pero tiene mucho de intuición. En todo caso no es una ciencia exacta, como ni siquiera lo es la economía (al menos las predicciones económicas).
    No sé, me quedo pensando.
    Un abrazo

  3. Pablo Azzarini dice:

    Una pequeña réplica a Hipólito. Sí, está claro que quienes la están haciendo toda son los sectores vinculados a la agroexportación. También que quienes hacen los negocios son los que ganan y acumulan.
    Pero para quien está en el gobierno en esos momentos también le resulta más fácil repartir algún cachito de la empanada. Tiene más ingresos por impuestos, hay más “circulante”, en fin, tiene más lugares de donde rascar algo.
    Sin desmerecer al Frente, ¿no?

  4. El presidente José Mujica dijo el jueves que promoverá “subas moderadas” de los impuestos a los establecimientos rurales de más de 2.000 hectáreas para volcar ese dinero a la mejora de la infraestructura del país.

    En su audición radial, Mujica dijo que pedirá “algún aporte adicional a aquellos padrones rurales más grandes, los que superan las 2.000, 2.500 hectáreas, que son en última instancia los más grandes beneficiarios de este fenómeno de crecimiento que ha tenido el país”.

    Según Mujica, “se trata de subas más que moderadas en un país que tiene una tributación bajísima para la tierra” y sostuvo que “Presidencia es la responsable de revisar este rumbo ante las necesidades evidentes, lacerantes en materia de infraestructura que tiene este país”.

    “Subir algo la exigua tributación de la tierra, pagar tres o cuatro dólares más por hectárea en las grandes superficies no es ninguna hecatombe o descalabro”, aseguró el mandatario, argumentando que el impuesto es para pagar la necesidad de infraestructura que generó el propio agro.

    Mujica aclaró que el Poder Ejecutivo tiene “muy claro” que no debe afectar el ánimo inversor que se mueve “tras el afán de la rentabilidad”.

    No voy a sugerir que Mujica leyó esta entrada del blog, pero sus argumentos son bastante parecidos a los aquí esgrimidos. Y como a veces he sido impiadoso con sus ocurrencias, creo que corresponde elogiarlas cuando se da el caso. Y éste es uno de esos casos. Bravo, señor presidente!

    Lo único que no comparto es la forma (no el fondo) del anuncio. Tiene cierto estilo populista, pareciera una iniciativa personal del presidente, del líder. Parece que no se discutió en el consejo de ministros y que no se enmarca en una polìtica.del gobierno, sino que es una iniciativa personal. En todo caso, la apoyo: no parece una desmesura que quienes se están llenando los bolsillos sean llamados a aportar parte (una parte muy modesta hay que decir) de sus ganancias para mejorar una infraestructura por la que pasa su producción. Parece un chiste que el costo de la renovación de esas infraestructuras se socialice enteramente.

    Hoy escuché a alguien que decía: “¡Ya está Mujica cambiando las reglas de juego!” ¿Y qué? ¿Las reglas de juego se establecen de una vez y para toda la eternidad?

  5. victoria dice:

    Me gustó mucho Coco y además considerando que es el tema de fondo de por qué somos de izquierda. Más allá del poder del dinero y la acumulación de la riqueza, igual insisto en que las políticas sociales deberían estar TODAS asociadas al trabajo; es decir, no desparramar las limosnas sin nada a cambio. Lo que te doy no es más dinero sino la fuente para obtenerlo. Me estoy yendo de tema pero es algo en lo que pienso porque poco se habla o se actúa. Con el tema de la vivienda parece que hay que poner en una alcancía pero no se habla de organizar cooperativas de ayuda mutua donde todos pongan sus ladrillos. Casi no existe la formulación del trabajo para la rehabilitación de los presos; hay que esperar a que aparezca el dinero. No hemos estado desde siempre malamente acostumbrados a que para mejorar tenemos que esperar a que alguien me dé dinero? en lugar de pedir trabajo? De última, sería la mejor manera de mostrarle a los especuladores, usureros y herederos que el dinero se gana trabajando.

    • María dice:

      Haré un brevísmo comentario sobre el comentario de Victoria. Decís que las políticas sociales deberían estar TODAS asociadas al trabajo. No creo que sea así: por ejemplo, las polìticas educativas o de salud, por mencionar algunas, son políticas sociales no vinculadas al trabajo, y es lógico que no lo sean (a los beneficiarios de esas políticas, no se les “exige” ni se les debería exigir, obviamente, nada a cambio). Casi sería colocar a las políticas sociales en una lógica “de mercado”, para decirlo exageradamente. Otro breve comentario: cuando decís: “no desparramar limosnas sin nada a cambio”, los beneficiarios/as del Panes en general no sintieron que se les daba una “limosna” (ni tampoco estaba esa concepción en la política de transferencia monetaria desde el Mides). Para los beneficiarios/as del Panes recibir el ingreso ciudadano fue fundamental por varias razones casi obvias y siempre supieron que era una medida “transitoria” y la aceptaron como tal. Luego del Panes se implementó el Plan de Equidad (que continúa a la fecha) que está relacionado con el aumento del monto y la frecuencia mensual de las asignaciones familiares. Lo que me parece bien importante es que, a partir de gobiernos “de izquierda” se puso sobre la mesa y se reivindicó el aumento del “gasto social” como decisión del gobierno a través del Estado (por dedirlo sintéticamente) a pesar de la mala prensa sigue teniendo todo apoyo, ayuda, incentivo, etc. a los sectores pobres.
      Coco: me gustaría que escribieras algo sobre qué es ser de izquierda en estos tiempos…

  6. Hipólito dice:

    Jorge, como Ud. señala parece que el presidente hubiera leído su blog… En cualquier caso, creo que lo que se pretende es corregir la inequidad existente en lo que hace al tratamiento tributario que recibe el sector agropecuario con relación al otorgado a otros sectores de la economía. Debe tenerse en cuenta, que la actual baja imposición del sector (7% del PBI sectorial de 2010, de acuerdo a lo estimado por OPYPA-MGAP en su último Anuario) es “hija” de un momento muy diferente al actual, signado por la muy baja rentabilidad del sector agropecuario, agudizada en el período 1999-2002 por el “atraso cambiario” y la debilidad de los precios internacionales de las materias primas agropecuarias. En contraste, en los últimos años, impulsada entre otros factores por el formidable aumento de los precios internacionales de los alimentos, se ha verificado un notable crecimiento de la rentabilidad de los principales rubros de la producción agropecuaria, que, a su vez, dio fuerte impulso al alza el precio de la tierra. Todo ello en el marco de un sostenido incremento de la inversión extranjera y de la concentración de la propiedad de la tierra. Es en este contexto, creo, que debe leerse el moderado incremento de los impuestos a la tierra que propone el presidente Mujica.

  7. Se agradecen las precisiones, Hipólito, unas precisiones nada menores. Me suena su nombre. ¿Nos conocemos de alguna parte?

  8. Marcos dice:

    Jorge:

    algunos comentarios. El crecimiento económico reciente de Uruguay es en gran parte fruto de circunstancias del mundo y no una consecuencia de la politica de los gobiernos. El aumento de los precios de nuestros bienes exportables y el redireccionamiento de la inversión hacia países emergentes son dos elementos que hasta donde sé pueden explicar más nuestro crecimiento que la política economíca de los últimos 10 años. Por lo tanto, nuestra riqueza actual es una riqueza frágil. En consecuencia, nadie quiere ceder, fruto de la incertidumbre acerca de nuestro desarrollo en los próximos 10 años.

    En otro orden de cosas, los países europeos superaron la pobreza haciendo muchas cosas, no solamente repartiendo la riqueza a través de impuestos (aunque sí fue un mecanismo y también un mecanismo importante). Entre otras cosas en Europa se preocuparon por abrir los canales de movilidad social. Y en ese proceso la apuesta a la educación ha sido algo muy importante para moderar la desigualdad social. Por tanto, creo que repartir la riqueza y mejorar los mecanismos de ascenso social son cosas que deberían ir juntas. Un mecanismo toma dinero excedente de unos y se los da a otros, el otro mecanismo implica que los gobiernos tomen dinero para invertirlo en el futuro. En la izquierda hay una sobrepreocupación por el mecanismo primero que señalé. Asimismo, el mecanismo de la inversión en el futuro (como es el caso de la educación) tiene o poca relevancia o se discute desde las pasiones y no desde la razón (como es el caso de la educación). Hasta donde llega mi conocimiento de la evolución histórica de la izquierda somos hijos del iluminismo. Creemos en la razón y la técnica y solemos (a esta altura debería decir “solíamos”) pensar que la ciencia es algo que puede traer el bien a la condición humana sobre la tierra. No entiendo francamente el desprecio hacia los técnicos (a los cuales despectivamente se les llama tecnócratas). No veo la oposición entre distribución de la riqueza y “tecnócratas”. Sobre todo porque hay tecnócratas que están a favor del reparto de la riqueza y con mejores argumentos de los que escuchamos en la clase política (más interesada en la ganancia de mañana que en el bien común). Tampoco es una defensa del técnico porque sí la que estoy haciendo. Simplemente me parece que es un rol importante y rebajarlo a la condición de retrógrado e intransigente no mejora las condiciones del debate en Uruguay.

    Un fuerte abrazo,
    Marcos.

  9. Marcos, se agradecen tus siempre agudos comentarios. No atribuí el crecimiento económico reciente del Uruguay al gobierno. Es evidente que ha dependido, entre otros, de los factores que mencionás. Ni las crisis ni las expansiones las producen los gobiernos. Le atribuí a la política del gobierno la mitigación de la concentración del ingreso. Ese mismo crecimiento del que hablamos hubiera concentrado aun más la riqueza de no haber sido por algunas políticas implementadas por el gobierno del Frente Amplio. ¿Es poca cosa? ¿Es bastante? Seguirá siendo objeto de discusión. Aquí sólo pretendo separar la paja del trigo.

    Comparto que la educación es un gran mecanismo de igualación social en el buen sentido de las palabra… de allí la importancia de tener una escuela pública de calidad.

    Le llamo tecnócratas a los altos funcionarios que creen que todo lo que atañe al tema que nos ocupa es un asunto técnico, no político, a aquellos que sostienen que proponer distribuir mejor los recursos disponibles (alterar el sistema tributario, por poner apenas un ejemplo) es ignorar el abecé de la ciencia económica, que hay un saber (que sólo ellos manejarían) que recomienda no asumir el menor riesgo que conspire contra lo que han dado en llamar “el clima de inversión”. Aunque se las disfrace de neutralidad técnica, pienso que las decisiones que atañen a la distribución del ingreso son, sobre todo, políticas. Calibrar ese riesgo, sopesar los “peligros” de conspirar contra “el clima de inversión” y tomar las decisiones que se deriven de ese examen es un asunto que atañe a todos los ciudadanos (no sólo a los expertos). ¿Por qué esas decisiones deben ser monopolio del equipo económico del gobierno? ¿La deliberación democrática no debería incluir la posibilidad de asumir riesgos? ¿Hacer política no supone asumir riesgos?

    Salute

  10. Marcos dice:

    Jorge:

    como siempre tus respuestas aclaran tu pensamiento. Actualmente estoy corrigiendo mi primer libro que aborda el tema de burocracia y desarrollo tomando como caso de estudio los entes autónomos en Uruguay. Me gustaría hacerrtelo llegar una vez que esté publicado. Por tanto, si te parece correctto en algún momento enviame tu correo personal así entramos en contacto. No quisiera dejar de sugerirte un libro que me parece que tiene mucho que ver con el tema que planteaste en esta columna y que se llama “Retóricas de la intransigencia” del economista Albert Hirschman. El autor es un académico que piensa muy criticamente sobre los temas que tu planteas. Creo que te va a resultar interesante.

    Te mando un fuerte abrazo,
    Marcos.

  11. Luis Ángel dice:

    Yo lo que quisiera saber es quien es Jorge Barreiro, porque el blog no explica nada de el autor y eso es un gesto de mala educación para quienes venimos a visitarle.

  12. No logro percibir el vínculo entre la mala educación y la ausencia de datos biográficos del autor de este blog, que al parecer es lo que lamenta Luis Angel. En cualquier caso, y para no ser realmente mal educado, voy a tratar de satisfacer a mi anónimo interlocutor (firmar Luis Angel no es diferente al anonimato después de todo). El anonimato en Internet tiene muchos problemas y riesgos, entre ellos el de ampararse en él para insultar, atacar o afirmar cualquier cosa sin verse obligado a fundamentar o argumentar lo que se afirma (no estoy diciendo que Luis Angel haya incurrido en alguna de esas odiosas conductas). Para colmo, no hay forma de obligar a los internautas a abandonar semejantes hábitos e identificarse y perder así cierta impunidad inherente al anonimato. Siempre critiqué esa impunidad, y por eso mismo tengo un blog en el que me identifico con nombre y apellido. No me parece, ahora sí, de buena educación criticar, por ejemplo, a un líder político con nombre y apellido, como he hecho en más de una ocasión, amparándome en el anonimato. Por eso firmo el blog con mi nombre y apellido. Jorge Barreiro no es un nombre de fantasía.

    Es casi una obviedad para cualquiera que soy uruguayo o que hace mucho tiempo que vivo en Uruguay y que tengo mis años encima (son exactamente 56). ¿Qué otra cosa podría interesarle saber a Luis Angel? Me refiero, naturalemente, a qué le podría interesar saber de mi persona que tenga que ver con lo que escribo. Si tengo hijos, mujer o mascota es un asunto que no hace a lo que escribo ni a los argumentos que expongo. He dudado en agregar más datos a mi perfil, y he llegado a la conclusión de que lo que importa cuando escribo es precisamente aquello que escribo y los argumentos a los que apelo para defenderlo. ¿O acaso una “buena” biografía es más poderosa y persuasiva que un buen argumento? No sé desde dónde escribe Luis Angel, pero tal vez no esté demás que sepa que en este país (y estoy seguro de que no sólo en éste) a veces se presta más atención al QUIÉN dice algo que a AQUELLO que dice. Yo no comulgo con ese punto de vista, para el que al parecer es más importante la identidad del autor que aquello que ese autor dice. Así, hay gente para la que “determinadas personas” nunca pueden tener razón… digan lo que digan. Curiosa forma de proceder, que despacha una idea antes de conocerla, simplemente porque su portador estaría, por su biografía, imposibilitado de esgrimir razones atendibles. La austeridad de mi perfil en este blog obedece a esa pretensión de poner cada cosa en su lugar: lo importante es lo que escribo, no quién soy. Mis ideas pueden ser más o menos frágiles, pero eso no tiene nada que ver con mis datos biográficos.

    En cualquier caso voy a saciar parte de la curiosidad de Luis Angel. Soy uruguayo, periodista, estuve exiliado muchos años en Argentina, Francia y España, donde milité en varias organizaciones de izquierda, fui tupamaro en los años 70 y regresé al país tras el retorno de la democracia. Desde entonces escribí en varios medios de este país (Cuadernos de Marcha, La República, Brecha, entre otros, y ahora soy editor de una agencia de prensa). Tengo un par de libros publicados.

    • Luis Ángel dice:

      Más allá de estar de más o menos de acuerdo con la introducción sobre el peso actual del “quién” en detrimento de lo que dice, hay una mala práctica muy extendida en Internet que no tiene que ver con el anonimato, sino con la opacidad, que es diferente. El último párrafo de tu respuesta es lo que debería estar en el Quién del blog. Yo vengo, veo quien habla, lo leo y, sólo si soy idiota, me quedo más con el quien que con el argumento. Pero sí es importante saber de dónde proceden las ideas, a qué arquetipo de argumentación corresponde y cuáles son los fundamentos del autor, por no decir su historia personal (el blog es un medio personal de comunicación que muchos venimos a consumir e interactuar). Es a eso a lo que me refería. En el Tastavins (por mencionar uno de los lugares donde hemos coincidido), por ejemplo, sabíamos más o menos quiénes éramos y desde donde discutíamos. Y eso formaba parte de la riqueza de los debates.

      Ahora sí, un abrazo que ya sé a quien tengo entre los brazos.

      LAFH

  13. Pavada de pedido me hace, María. No creo que haya un decálogo de lo que sea ser de izquierda en estos tiempos. Creo que será siempre un asunto discutible y revisable. Hay quienes dicen que la derecha ha puesto el énfasis en la libertad y la izquierda en la igualdad. No estoy del todo de acuerdo con esa postura y creo que es una respuesta más que discutible a las tensiones que siempre han atravesado las relaciones del individuo con la sociedad. Si la izquierda deja en manos de la derecha la defensa de la libertad individual, mal le va a ir, mal le ha ido ya.

    En un sentido, creo que todo lo que he escrito en este blog es una respuesta a su pregunta. A algunos, estos textos les parecerán parciales, carentes de UNA GRAN RESPUESTA acerca de aquello que sería ser de izquierda, carentes de una gran cosmovisión. Sin embargo, no creo que eso sea posible. Aquí sólo encontrará aproximaciones parciales, que son las únicas posibles, creo yo. Lo más parecido a lo que me solicita está en este artículo:

    https://jorgebarreiro.wordpress.com/2008/12/19/la-izquierda-astori-y-el-frente-amplio/

  14. zxcv dice:

    Redistribucion de la riqueza? siempre la a habido pero en favor de los ricos y poderosos……. por lo que hace mas gracia aun que digan que no es bueno que ellos compartan lo que han conseguido explotando y robando lo que es de todos.

  15. […] dice el periodista uruguayo Jorge Barreiro en su blog “Dudas razonables“: La  riqueza desmedida y la chocante disparidad con que se retribuye el esfuerzo de […]

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