A propósito de valores perdidos

Dibujo de Eduardo Cardozo

Un lamento recorre el mundo: ¡se han perdido los valores! Ya no debe de quedar nadie que no se haya referido en alguna oportunidad a esa pérdida, que sería un (o el) rasgo propio de esta época. La queja se oye en todos los países y en todos los ámbitos. La semana pasada le llegó el turno a nuestro presidente. Tras amonestar a la prensa por caer en el sensacionalismo, pidió que los medios transmitieran valores, que a juzgar por lo que se oye y lee sería lo que más anda necesitando la sociedad actual.

Una búsqueda en Internet con las palabras “pérdida de valores” y “crisis de valores” arroja un resultado abrumador, que da la pauta del lugar preeminente que ocupan en la cultura social: diez millones de páginas. Nada debería sorprender menos, ya que cuando alguien dice que se han perdido los valores puede estar refiriéndose a muchas cosas, casi a cualquier cosa, lo que multiplica ad infinitum el número de los posibles rescatadores de valores: que se ha perdido el respeto a la autoridad, que los jóvenes ignoran el valor del esfuerzo y el trabajo, que el lenguaje vulgar se ha apoderado de la televisión, que la violencia campea en los estadios de fútbol, que con el casamiento entre personas del mismo sexo se ha pervertido el valor del matrimonio, etc., etc. Me he enterado incluso de que una modelo dijo que estaba escandalizada porque “se habla alto (y) la gente joven no cede su asiento a las personas mayores en los transportes públicos”, que Johann Cruyff culpa al presidente Florentino Pérez por (¡adivinen!) la “pérdida de valores” del Real Madrid. Y el rector de la Universidad Tecnológica de Santiago (República Dominicana), doctor Príamo Rodríguez Castillo, sentenció que “la pérdida de valores morales y sociales en nuestra sociedad es más terrible que todos los cataclismos que han sucedido en la humanidad” (caramba). Pero no sólo los conservadores sufren de nostalgia por los valores perdidos; también los progresistas tienen sus cuadernos de quejas: dicen que los jóvenes perdieron el interés en la política, se drogan a la vuelta de la esquina y que el egoísmo, la indiferencia por los asuntos colectivos, la irresponsabilidad, el consumismo y la búsqueda de la satisfacción a corto plazo reinan por doquier. [Lo curioso de este último diagnóstico es que quienes lo formulan siempre comparan a los jóvenes de hoy con los jóvenes que ellos fueron alguna vez pero no con los adultos que hoy son. Si lo hicieran, tal vez descubrirían que esas disposiciones que lamentan entre los jóvenes no son tan diferentes de las que predominan en el mundo de los adultos.]

A pesar de su diversidad, estas quejas tienen al menos dos cosas en común. Una de ellas es que, a su manera, todas hablan de la desaparición de determinados comportamientos, costumbres o ideales, que parecen haberse perdido para siempre. Si esto es así, hay que decir que el fenómeno no tiene nada de nuevo. Al menos desde que Marx escribió que bajo la moderna sociedad burguesa todo lo sólido se disuelve en el aire, asistimos a la constante alteración de normas, ideas, creencias, jerarquías y eso que llaman valores. Uno de los rasgos de la modernidad es que nada está abocado a durar eternamente. Una cosa es que nos creamos que la época que nos ha tocado vivir es única y otra cosa es que realmente lo sea. Al menos en lo que concierne a este bendito tema de los valores, el individuo moderno siempre experimentó los padecimientos y el desasosiego propios de la alteración de aquello que le daba certidumbre y seguridad a su existencia. Y nunca faltaron los que reaccionaron con espanto o temor ante esas mutaciones. La idea de crisis de valores es una característica más o menos común de cualquier presente.

Acaso el rasgo más sobresaliente de estos tiempos globales sea la aceleración de esa dinámica, no su aparición. De modo que ahora no sólo los que antaño llamábamos reaccionarios se rasgan las vestiduras por la “crisis de valores”, sino casi todos. ¿Quién no ha apelado alguna vez a esos faros para orientarse en la oscuridad que son “los valores” para sobrellevar la incertidumbre y la inseguridad a las que estamos expuestos en este mundo líquido e individualizado en el que vivimos? Sin ir más lejos, a mí me escandaliza la paulatina desaparición de la sana costumbre de que sean las madres las que se levantan por la noche cuando los niños berrean.

La otra marca de los valores supuestamente perdidos es su vaguedad. En la escuela, en el fútbol, en la política, casi en cualquier ámbito se habla de recuperar los valores. Sin embargo, casi nadie dice con todas las letras cuáles son esos valores o qué hacer para que arraiguen en la vida social. La apelación a los valores perdidos, así a secas, tiene la fuerza de una “evidencia” incontrovertible y generalizada. Cuando nadie se atreve a decir de qué está hablando cuando habla de valores, entonces cualquiera puede adherir a la prédica de la pérdida de valores, porque cada cual puede darle el contenido que mejor le apetezca. La seducción que ella ejerce sobre las almas turbadas por un mundo cada vez más complejo, en el que nada parece seguro, reside precisamente en su brutal y abstracta simpleza. Quien evoca la pérdida de valores como explicación de los problemas de este mundo huye de la complejidad de este mundo. El problema con esta forma de proceder es que difícilmente vaya a cambiar nada. ¿La decadencia de la institución familiar, por ejemplo, se evitará (si es que debe ser evitada) evocando inciertos “valores familiares” o modificando la tiranía de los horarios laborales que hoy padecen hombres y mujeres? La constante erosión del poder y la influencia de los Estados nacionales, ¿debe achacarse a la creciente desafección patriótica de los jóvenes? ¿Obtendremos mayor seguridad si se difunden “valores”, como sugiere Pepe Mujica? De seguir este curso, llegará el día en que nos propongan darle de comer valores a los hambrientos.

El impreciso discurso de la pérdida de valores moraliza la política o, si prefieren, despolitiza problemas que piden a gritos un abordaje político, huye de la complejidad de la política y de la necesidad de tomar partido. He aquí una de las explicaciones de la universal inclinación a tener siempre un valor perdido entre labios.

Varias serían las consecuencias de precisar con un poco más de detalle en qué consistirían los mentados valores. Todas ellas inquietantes. Una es que ya no sería posible tener la fiesta en paz, porque no bien se abandona la vaguedad, aparecerá la controversia inherente al pluralismo de valores que impera en las sociedades actuales. Si hay que tener ojo con los valores, no es porque no existan, sino porque hay demasiados. Otra es que nos obligaría a sopesar los benditos valores, a compararlos, a discernir entre positivos y negativos, cuya desaparición, supongo, no deberíamos lamentar. Ahora, en cambio, dada su opacidad, todos los valores son pardos… ninguno es más valioso que otro. Para algunos, la utilidad, la eficacia y la competitividad son valores positivos, pero otros consideran más valiosos el disfrute y la cooperación. Por fin, hablar de valores con nombre y apellido, nos permitiría tomarle el pulso a esos valores y establecer si estamos mejor, igual o peor que siempre (que es lo que viene a decir el discurso de los valores perdidos). Tal vez el eterno lamento por la pérdida de valores no esté siempre y en todos los casos justificado.

Tampoco sabemos si cuando se habla de la decadencia de los valores se hace referencia a valores útiles (capacidad/incapacidad; eficacia/ineficacia), estéticos (bello/feo, armonioso/caótico), intelectuales (verdad/falsedad, conocimiento/error), morales (justicia/injusticia, libertad/dominación, igualdad/desigualdad, solidaridad/insolidaridad) o religiosos (sagrado/profano), según la atinada clasificación de Adela Cortina. Si fuera el caso de que hablamos de los valores morales a los que hace referencia Cortina, no está nada claro que vayamos de mal en peor. ¿Acaso vivimos en un mundo más injusto, más desigual, menos libre que antes? ¿cuál es ese antes?

Pero al margen de lo apropiadas o inapropiadas que resulten las apocalípticas advertencias de educadores, obispos y políticos (todos ellos imputan sus problemas a la pérdida de valores morales ), cabría preguntarles cómo piensan enfrentar el marasmo supuestamente resultante de esa crisis de valores, lo que nos conduce invariablemente a la política, porque es improbable que ello vaya a ocurrir con sermones moralistas, que no otra cosa son los llamados a transmitir valores.

En un sentido, al menos, hay que tomarse muy en serio el ruido que se hace con los ideales y valores, en detrimento de los derechos y las reglas,  porque supone un debilitamiento del espacio de la política y en particular de los derechos. Cuando los protectores de los valores perdidos hablan del valor de la familia, la seguridad o el esfuerzo, siempre hay una amenaza en puerta a los derechos. A los derechos de los sexualmente “desviados”, a las libertades ciudadanas o a los derechos laborales.

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8 respuestas a A propósito de valores perdidos

  1. tlb dice:

    fá, valores. en todo caso la sociedades van evolucionando. Das en el clavo cuando decís que los adultos se comportan igual que los jóvenes a los que les endilgan “falta de valores”. Basta con ir un domingo de tarde a cualquier supermercado a ver quiénes son los egoístas, consumistas e individualistas que manejan un carrito como su auto.

    a mi me fascina ver como siempre las sociedades creen que están a tope y que es todo una locura. Me viene a la memoria un discurso de Baltasar Brum en el puerto hace como 90 años. No sé por qué me puse a leerlo, pero es fascinante cómo empieza hablando de la “vorágine de estos tiempos”. Hace 90 años!! Mi abuela de 94 años recuerda lo mismo, que siempre todo parecía una locura.

    Abrazo!

  2. Muy atinado, tlb, su último párrafo. Los hombres y mujeres siempre han creído y creen que su época es especial, casi siempre especial en el sentido de turbulenta, “loca”, crítica o inestable.

    Hay un cuento de Jorge L. Borges que resume esta percepción que todos solemos tener. En él se dice de uno de los personajes (cito de memoria): “como a todos los hombres, le tocó vivir tiempos duros”.

    • Oficioso dice:

      La subjetividad hace que cada individuo considere “especial” o trascendental el tiempo durante el que transcurre su vida. Pero, de eso a zanjar que todo es una linealidad constante enturbiada por la subjetividad, ralla el New Age aderezado con física cuántica. No es lo mismo habitar los tiempos de principios del s.XX en el norte de California, el Uruguay de entre guerras o el actual declive de la PAX americana, por citar momentos y lugares.

    • No, no, estimado Oficioso, nadie ha dicho que todo sea un gran pastel y no haya diferencias entre los lugares y épocas que usted ha mencionado y muchos otros. Lo que aquí se ha dicho es que es bastante habitual que los hombres tengan la percepción de que “su” época es una época crítica, inestable, decadente, en la que se han perdido los valores. Al menos en la era moderna.

  3. Alfonso dice:

    El vértigo, es la diferencia con que registramos los cambios.
    La velocidad y el tiempo de reacción son menos reflexivos. Me preocupa que hay tendencia muy desafortunada de desprestigiar el Estado como un mal sin remedio.
    Y la tendencia es a que sean estados mas fuertes, reguladores. No deberíamos buscar un mejor estado?

  4. Marcos dice:

    Jorge:

    al fin salió ese artículo. Se extrañaba tu presencia cuestionadora. Estoy muy de acuerdo con tu artículo y estoy muy de acuerdo en que interpretar los problemas del presente como “crisis de valores” abre la puerta a soluciones totalitarias. Una contribución desde las ciencias sociales. Desde el punto de vista teórico sabemos que los valores orientan la conducta de las personas y sabemos que el origen de los mismos es social (no personal, por eso la frase “hay tantos valores como personas” es un absurdo). Desde el punto de vista empírico, lo único que sabemos es que los valores cambian y que en muchos casos el cambio de valores promueve grandes cambios a nivel macro (como la afinidad electiva que Weber hipotetiza entre reforma protestante y espíritu capitalista). Otra cosa que sabemos es que la frase “vivimos una crisis de valores” es tan vieja como la civilización. En todas las grandes civilizaciones, en determinado momento de su desarrollo aparece un grupo de intelectuales que defiende la idea de la crisis de valores. Normalmente la solución que plantean es retomar los valores tradicionales, es decir volver a valores que tenían su razón de ser en las condiciones de vida de un pasado remoto. Por otra parte, a nivel de las consecuencias, lo que sabemos es que “el retorno al pasado” en busca de los valores tan anhelados suele tener efectos muy dispares como la civilización capitalista y el individualismo moderno (en el caso del protestantismo) o la consolidación de regímenes basados en el terror y la anulación del individuo (como el regimen de los ayatolas en Irán).

    Un fuerte saludo,
    Marcos.

  5. Sergio Villaverde dice:

    Como a nuestro parecer
    cualquiera tiempo pasado fue mejor
    escribió Manrique en las coplas por la muerte del padre.
    Hay momentos que concuerdo, sin embargo me repongo y logro ver que no es así. Hoy es siempre todavía

  6. Pablo Azzarini dice:

    Buena Coco. Ta todo dicho. ¿De qué valores hablan estos hipócritas?

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