El mito del país culto y educado se cae a pedazos

Hace cuatro años escribí las líneas que siguen a raíz de la renuncia a su cátedra de un profesor de la Facultad de Derecho que así pretendía llamar la atención sobre el penoso nivel académico y cultural de los estudiantes que ingresaban a la Universidad. Como la decadencia del nivel educativo no ha hecho más que acentuarse, tal como se encargaron de señalar en estos días varios responsables de la educación pública y privada, vuelvo a publicarlo con algunas modificaciones.

Cito apenas un pasaje de la carta de renuncia del profesor Juan Pablo Cajarville: “Lamentablemente debo decir que (…) el nivel de la enseñanza ha descendido hasta tal punto que, salvo contadísimas excepciones de algunos estudiantes que por ventura aparecen, las clases deben necesariamente limitarse a una mecánica repetición de conceptos cada vez más elementales y los períodos de exámenes son ocasión de reiteradas y profundas decepciones. Si esto ocurriera sólo conmigo, pues entonces razón de más para renunciar. Lamentablemente, me consta que la misma comprobación la comparten muchos profesores de la casa”.

Como suele decirse, Cajarville puso entonces el dedo en la llaga. Hoy, cuatro años más tarde, lo vuelven a poner otros. La directora de un liceo de Montevideo, que estuvo a punto de ser linchada por los populistas vernáculos, incurrió en la osadía de denunciar que, en nombre de una mal entendida “inclusión” de todos, se estaban degradando a niveles lastimosos las exigencias académicas para pasar de curso. Un decano advirtió que más del 80% de los estudiantes secundarios que accedían a la Facultad de Ingeniería carece de los conocimientos básicos de matemáticas como para emprender la carrera y otros aseguran que un porcentaje similar es incapaz de interpretar adecuadamente un texto. Al parecer, la enseñanza privada, de la que proviene aproximadamente la mitad de los estudiantes universitarios, no escapa al marasmo. El difundido lugar común de que los uruguayos constituyen un pueblo culto y educado se cae a pedazos.

Los síntomas que describen unos y otros son alarmantes, pero parecen reducir el problema de la pésima formación de los estudiantes a un asunto interno de las instituciones educativas. El origen del mal residiría, a su juicio, en el descalabro de la enseñanza media, que habría reducido sus exigencias académicas y puesto el listón para aprobar un curso a la altura de un zócalo.

Sin embargo, aunque tentador, es demasiado cómodo atribuirle todos los males a nuestras instituciones escolares, que son responsables de unos cuantos como para que además les endilguemos aquellos que prosperan fuera de las aulas, que son, me parece, los que nos pueden suministrar pistas sobre la escasa disposición al estudio, cierta celebración de la ignorancia y el desdén por el saber de los que se ufanan muchos jóvenes. La “cultura de masas” de la que se nutren nuestros imberbes circula fuera de las escuelas y liceos y no la han concebido los docentes. Si educar consiste en la preparación para la vida en común de los más jóvenes por los más viejos –una tarea bastante más vasta que la mera formación, aunque es habitual que se confunda a una con la otra–, los adultos en general, y no sólo los docentes, somos responsables de la mala educación.

No es que quiera transformarme en abogado de nuestra enseñanza vareliana. Sólo quiero advertir que resulta algo grotesco rasgarnos las vestiduras por la decadencia de la educación y al mismo tiempo ignorar olímpicamente la atmósfera social y cultural en la que crecen nuestros hijos. El sistema educativo formal padece una hiperinflación de exigencias. La enmienda de casi todos los desarreglos gestados en la sociedad es sistemáticamente incluida en la ya extensa lista de deberes de ese sistema.

Para empezar, resulta llamativo, por decir lo menos, que quienes acatan los cánones de la corrección política imperante no establezcan siquiera una vaga relación entre el mimo y la condescendencia que se le dispensa a la juventud y la cada vez menor exigencia académica de los docentes. Esa misma corrección política condenará por autoritario y/o elitista a quien sugiera que los educandos también tienen que poner “algo” de sí para acceder al conocimiento. Por ejemplo, la disposición a someterse a la traumática experiencia de leer un libro o la dolorosa renuncia a un par de horas de Facebook. Salvo que se piense en el estudiante en términos de mero receptáculo pasivo de datos y conocimientos que los docentes deben llenar como se llena un tanque de gasolina, habrá que concluir que no es posible hacer recaer la tarea educativa exclusivamente en estos últimos. Sin embargo, los manuales de Instrucciones para el Adulto Moderno y Progresista no incluyen entre sus recomendaciones el recordarle a los jóvenes que el saber no es un producto que se compra hecho, como los i-Pod o los mp3, que el acceso al conocimiento depende en buena medida del propio esfuerzo y que casi nunca consiste en esa diversión en la que al parecer quieren convertirlo algunos pedagogos. Es posible que esta sensibilidad contemporánea, que ha convertido a los infantes y jóvenes en objeto de culto, lisonja y veneración también sea una reacción a cierta brutalidad y autoritarismo de un tiempo en el que se creía que la letra con sangre entraba. Ya no ocurre eso, afortunadamente. Pero ahora asistimos a la ilusión de que el aprendizaje puede ser una fiesta, con premios a fin de curso incluidos.

Este espanto frente al esfuerzo y el trabajo, inherentes a la tarea de aprender, tampoco debe atribuirse exclusivamente a las fallas del sistema educativo. Es propio del paradigma del consumo reinante. Cuando la satisfacción inmediata de cualquier deseo o capricho está socialmente legitimada y ningún esfuerzo vale la pena si no trae consigo un beneficio instantáneo, es normal que los jóvenes también apliquen esos criterios al estudio. Pero acceder al conocimiento es un asunto arduo y complejo, duro por momentos, que lleva tiempo y paciencia y no hay ardides didácticos que puedan convertirlo en un quehacer divertido. Un buen docente puede hacerlo ameno e interesante y un padre podrá suscitar la curiosidad intelectual de sus retoños, pero ninguno de los dos podrá “contarle” la teoría darwiniana de la evolución de las especies o el impacto de la Ilustración en Occidente en los diez minutos de atención que están dispuestos a prestarle. Hay objetos de estudio que son complejos y sólo se los puede simplificar al precio de falsearlos.

Pensándolo bien, aunque este mal prospera fuera de las aulas, las instituciones escolares contribuyen a consolidarlo cuando, en defensa de una incierta “inclusión” de todos y para “que nadie quede rezagado”, muestran una pasmosa benevolencia a la hora de calificar los conocimientos de los estudiantes. Pero si trascendemos las apariencias y los discursos estandarizados, la invocación de la “inclusión” social para justificar el poco rigor examinador de los docentes, se revela exactamente como su opuesto. Porque esa benevolencia es puro paternalismo. En el fondo, lo que late detrás de esa condescendencia es la idea de que a los hijos de las familias pobres no se les puede exigir demasiado, porque, víctimas al fin, estarían inhabilitados para acceder a cualquier saber más o menos complejo. Cuando, en rigor, el mejor estímulo para un estudiante que vino al mundo en un hogar de bajos recursos (económicos y educativos) es plantearle los mismos desafíos que a cualquier otro, cuanto más altos tanto mejor. El mensaje debería ser: ‘no te lo vamos a poner fácil, porque no eres menos que nadie y eres tan capaz como cualquier otro’.

Tampoco viene a cuento escandalizarse ante el escaso amor por el conocimiento cuando el mensaje que se envía a los jóvenes es que éste es apenas un medio para procurarse bienestar material. La idea de que la educación debe ser tributaria de las demandas del mercado de trabajo ya forma parte del sentido común. Nadie la discute. ¿A qué fingir sorpresa entonces? Si ser una persona culta no es un fin en sí mismo, sino que ha sido degradado a la categoría de mera herramienta, a un medio para fines ulteriores, nadie debería sorprenderse de que los estudiantes apelen a cualquier triquiñuela para superar algo que perciben como un incordiante peaje que hay que pagar para acceder al premio gordo. ¿Por qué no copiar durante un examen? ¿Por qué no estudiar en esos incomprensibles pero sencillos apuntes del vecino? ¿No se les ha dicho hasta el hartazgo que “no hay más remedio” que ir al liceo para que en el futuro se les abran las puertas del mercado de trabajo? ¿No se pone como loco el pater familias cuando escucha que sus hijos quieren estudiar antropología o literatura, que “¿me querés decir para qué carajo le van a servir en la vida?”. No hay con qué darle: nosotros mismos no estamos convencidos de que ser más cultos sea un fin en sí mismo y necesitamos encontrarle alguna utilidad a la comprensión de por qué el sol sale cada mañana o de por qué a Aristóteles se le ocurrió escribir su Etica (seguro que no tenía nada útil que hacer). Pero tal vez el conocimiento científico o la sensibilidad estética que nos permiten comprender los misterios de la naturaleza y gozar de una pieza musical o de una buena novela no necesiten justificarse por su incierta utilidad. Útiles, lo que se dice útiles, no son. Y sin embargo nos humanizan, porque nos permiten trascender nuestra condición animal, ampliar nuestra libertad y a la postre nos pueden hacer mejores individuos y ciudadanos. ¿Acaso se necesitan mejores razones para hacer el elogio de la educación?

A juzgar por lo que se ve y se oye, sí: hacer dinero, la actividad instrumental por excelencia. Cuando un padre asegura que a su hijo ‘le va bien’, muy a menudo quiere decir que tiene un empleo bien remunerado. He aquí el gran mensaje, el gran señuelo con el que pretendemos seducir a nuestros adolescentes para que estudien: acceder al bienestar material, que no necesariamente conduce al bienestar a secas. Pero las evidencias indican que hasta el más lerdo de nuestros adolescentes intuye que nadie se hace rico estudiando (a lo sumo podrá acceder a un puesto de trabajo que le permita vivir razonablemente bien… y a veces ni eso). Pero para hacer dinero hay que seguir la vía Paco Casal (por cierto, una encuesta reciente indica que Paco Casal es percibido por nuestros jóvenes como el paradigma del empresario moderno). Un buen número de los que pasaron por la universidad también ha descubierto que la academia puede darles satisfacciones de diversa naturaleza pero no necesariamente materiales.

El relativismo imperante viene a completar un paisaje desolador que en nada contribuye a convencer a las personas de que en el estudio riguroso y sistemático se pueden hallar explicaciones a las perplejidades del presente o que ser más cultos puede ser una experiencia gozosa que contribuya a la autorrealización de las personas. Cuando la verdad es un asunto de puntos de vista, entonces se comprende el escepticismo frente al estudio. Cuando me refiero a la verdad no estoy pensando en una verdad mayestática con artículo determinado, que pertenece más bien al reino de la teología. Ni imaginar una respuesta a la pregunta de qué es la verdad, sino, más modestamente, si podemos saber si algo es verdad o no. Si no podemos saberlo, tampoco resulta descabellado desdeñar el estudio, la interrogación o la búsqueda de explicaciones.

Cuando una opinión o una creencia valen lo mismo que un razonamiento fundado, cuando la superstición es tan respetable como los criterios científicos, cuando se está convencido de que la razón vale tanto como “los sentimientos” o las intuiciones a la hora de laudar sobre la pertinencia de cualquier juicio científico o político o un charlatán goza de la misma atención en la televisión que un sabio y asistimos a la multiplicación de programas en los que el mejor y el peor, lo bueno y lo malo o lo verdadero y lo falso se deciden por votación popular, la ignorancia puede terminar elevándose a sabiduría alternativa. Hay que avisar que en el terreno del conocimiento no rige la democracia plena, hay jerarquías. No vale lo mismo un saber contrastado (siempre revocable y provisorio naturalmente) que el palabrerío de un astrólogo.

Me parece propio de ciegos no darnos por enterados de que todos estos fenómenos de civilizada incultura a los que están sometidos nuestros jóvenes y adolescentes tienen mucho que ver con la desvalorización del conocimiento y la cultura en general. En ese contexto, el naufragio del empeño educativo no debería sorprender tanto. No dispongo de ninguna receta para superar el descalabro. Tampoco niego que las instituciones escolares tengan su cuotaparte de responsabilidad y un importante papel que desempañar en la lucha contra la mediocridad cultural, pero no nos engañemos, la escasa seducción que ejerce sobre los jóvenes la perspectiva de convertirse en personas cultas y el lamentable nivel académico del que ahora se alarman tantos no se superarán con una nueva reforma progresista ni con el 45% del PBI para la educación ni con otra distribución del poder en las instituciones educativas. Las raíces de esas plagas están en otra parte, casi por todas partes.

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21 respuestas a El mito del país culto y educado se cae a pedazos

  1. Marcos dice:

    Jorge:

    muy valiente tu artículo. Decís cosas muy ciertas y que para el mundo adulto son difíciles de aceptar. Te cuento que en varias ocasiones, al ir a buscar a mi hijo a la escuela he escuchado a padres que discuten con las maestras y dicen cosas como “la responsabilidad de educarlo es de ud.”. ¿Se entiende? Para las maestras es imposible educar a los niños si no reciben un apoyo desde la familia del niño. Es muy cierto que tanto primaria como secundaria estan sobre exigidas. Pero hay algo más que quisiera agregar. No hay coordinación entre la universidad y el resto de la educación pública. Universidad y secundaria son independientes y no existe una tradición de coordinación de actividades o planes entre ambas instituciones. Es bueno recordar que hasta los años ’30, el bachillerato dependía de la universidad (no sé si no dependía toda la educación secundaria). A esto tenés que agregarle algo muy importante. Maestros y profesores de secundaria tienen entrenamiento en cómo enseñar. Son profesores “de verdad” para decirlo mal y pronto. El profesor universitario no se educó para enseñar. Salvo alguna institución privada que tiene cursos para sus docentes el grueso del sistema universitario no educa a sus docentes en docencia, precisamente. Esto hace que se de un choque muy fuerte cuando el adolescente sale del liceo e ingresa en la facultad. No solo tiene más exigencia, también tiene que lidiar con un estilo de enseñanza muy diferente. Estoy muy de acuerdo contigo en que desde la sociedad (en sentido amplio) no hay estímulos para la educación (sobre todo para la educación entendida como “cultivar el espíritu”). Pero además hay muchos problemas hacia adentro de las instituciones educativas. El que comenté recién es solo uno. La seguimos en próximos artículos porque este tema da para mucho.

    Un abrazo,
    Marcos.

  2. William Fleitas dice:

    Otra cuestión que tiene relación con lo que escribe Marcos es la “autonomía” de la enseñanza. Por suerte empieza a dejar de ser tema tabú. Este es uno de los pocos países en los que el Ministerio de Educación corta y pincha poco en la educación (no hablo de la universidad, que tiene su justificada autonomía en todas partes, sino de la enseñanza básica). Algunos miembros de organismos autónomos de la enseñanza perciben a las autoridades del ministerio como invasores de tierras ajenas. Si el Estado en sentido general, como representante de toda la sociedad, delega, no totalmente pero en buena medida, el quehacer educativo en los actores directos de ese quehacer, me parece que vamos mal. Nadie discute que el ministerio de Salud pública se “entrometa” en materia de servicios de salud (¿se imaginan lo que sería si fueran solo médicos, enfermeros y funcionarios de salud los que rigieran los destinos de nuestro sistema sanitario?). Pero si lo mismo ocurre con el ministerio de Educación, salen a relucir todas las alertas y los anuncios de una inminente dictadura abocada a “controlar” la educación y las mentes de los infantes. Y de todas partes vienen las advertencias y alarmas, desde la izquierda más izquierda a la derecha católica más liberal. Hay que ver esto con más detenimiento.

    • Me gustó mucho el texto, lamento leerlo casi cuatro años después pero, más vale tarde que nunca. Me gustaría realizar una aclaración con respecto a los comentarios de William Fleitas y Marcos (no leí todos los comentarios, por lo que no se si se realizó la aclaración que voy a realizar ahora).
      Es cierto que el Ministerio de Educación en nuestro país está “pintado al óleo” en cuanto a intervenir en las políticas educativas, pero vale aclarar que el Poder Ejecutivo sí la tiene. El Poder Ejecutivo tiene injerencia en las políticas educativas ya que es quien designa los miembros del CODICEN, por lo menos tres de sus cinco miembros, ya que los otros dos los elige el cuerpo docente. La designación de los tres miembros tiene que tener la venia del Senado, con lo cual, también el Poder Legislativo tiene cierta injerencia.
      Voy a tratar de ser breve pero es necesario un poco de historia. La Ley 14101 promulgada en enero de 1973 y elaborada por el entonces Ministro de Educación Dr Julio María Sanguinetti, resuelve la creación del CONAE (que cuando se retorna a la democracia y por medio de la ley 15739 pasa a llamarse ANEP, de más está decir que en dicho período el presidente era Dr. Julio María Sanguinetti). La Ley 14101 transfiere el poder de la educación al Poder Ejecutivo (el cual es ratificado con la ley 15739), es decir, son los políticos quienes tienen el poder de reformar la educación y elegir a los integrantes de quienes vayan a gobernarla.
      La Ley 14101 deroga a la ley 9523 promulgada el 11 de diciembre de 1935. Dicha ley, la 9523, es la que separa a la Educación Secundaria de la Universidad. Además, le otorga a los docentes la potestad de elegir los miembros del Consejo de Educación Secundaria y nombrar los candidatos a Director General del Consejo. El Poder Ejecutivo con la venia del Senado elegirá a uno de dichos candidatos como el Director General de Secundaria.
      Cabe recordar que nuestro Sistema Educativo vió “sus años de gloria” cuando existía dicha ley. El gran problema que tuvo dicha ley, fue que el Poder Ejecutivo hizo obligatoria la enseñanza secundaria (ciclo básico) pero no aumento el presupuesto de la Educación, lo cual generó en la década del ’60 el comiento del deterioro, acentuándose luego en la década del ’70 en adelante.
      El gran problema de la educación es que precisa de una estabilidad muy grande y políticas educativas pensadas a largo plazo, no menos de 15 años. El problema se acentúa a partir de la ley 14101 el cual hace que las políticas educativas estén sujetas a las elecciones nacionales, son políticas educativas de Gobierno y no de Estado, es decir, cada vez que sale ganador un Partido Político, la política educativa cambia (aunque sea el mismo partido político). Este cambio cada cinco años de políticas educativas, genera inestabilidad en el sistema. Si a eso le sumamos que los docentes no tenemos ninguna clase de injerencia, que nuestras opiniones no son tomadas en cuenta, aún existiendo un Órgano de Consulta como lo es la ATD (que no le cuesta casi nada de plata al país, permitiendo además conocer la realidad de TODAS las instituciones educativas), es debido a eso que estamos como estamos.
      Una de las grandes ventajas que tiene la Universidad es justamente mantener una política educativa medianamente estable, sin injerencias (más que en lo presupuestal) del Poder Ejecutivo. Lamentablemente nuestro Sistema Político está lejos de madurar en cuanto a la aplicación de políticas de Estado, cada vez que gana un partido político quiere implementar SUS políticas, sin pensar en la necesidad de generar entre todos los partidos políticos y la sociedad misma, verdaderas políticas de Estado.
      Una cosa que molesta a los docentes (me incluyo) es que nunca somos tenido en cuenta, siempre se consulta a profesionales universitarios que nunca dieron clase en Secundaria o Primaria y ni pasaron por formación docente. Pero como tienen título universitario (sin desmerecer su profesionalidad) con trabajos de investigación en materia educativa, es como si eso avalara mucho más que la conocimiento teórico y práctico que tiene un docente egresado. A modo de ejemplo, a nadie se le ocurriría que en materia de salud no fuera un médico el que opinara, lo mismo que en materia de leyes no fuera un abogado… bueno, en materia de educación no pasa lo mismo, lo cual, no sólo genera malestar (es como sentirse ninguneado) sino que además no respeta la formación profesional del docente al no ser tratado como un idóneo en la materia.
      Lamento llegar tarde en el tiempo a la discusión.

    • Tengo un sitio web donde trato temas referidos a la educación por si interesa. http://www.galasso.com.uy

  3. Marcos dice:

    william, muy de acuerdo contigo. La autonomía en la educación es hoy un problema para cualquier elenco gobernante. De hecho, Astori ha dicho más de una vez “iremos hasta el limite de la autonomía”, lo cual deja claro que para el gobierno la autonomía es un obstáculo. Hay mucho tabú respecto al tema y yo diría que cualquier intromisión de los gobiernos en la educación despierta el fantasma de “gran hermano”, lo cual parece ser un tanto exagerado.

  4. Pablo Azzarini dice:

    Muy bueno, Barreiro, me hiciste reír a carcajadas.
    Pero es un tema muy grande, con infinitas puntas. Acuerdo contigo en el aspecto sociocultural del vínculo actual con el saber. El conocimiento académico no entra en el paradigma actual. Como bien decís, lo que manda es la guita, y si un casi imberbe inventa algo como Facebook y la empieza a juntar en bolsas, es el ejemplo para el resto.
    De todas maneras creo que todo el sistema educativo está en ruinas. Es antiguo, obsoleto y está lleno de empleados públicos, con mentalidad de empleados públicos.
    Aunque algunos profesores y maestros tengan otra cabeza, el sistema como tal “no entiende lo que pasa“. Y ni que hablar de los encargados de la gestión, burócratas contagiosos en su mayoría. (¿Cómo puede estar medio liceo sin conexión eléctrica durante un año?)
    Es lamentable, menos mal que me hiciste reír, porque hace mucho que pienso en esto y sólo logro calentarme.
    Un abrazo.

  5. Estimado Azzarini, también yo creo que el sistema educativo (supongo que nos referimos al sistema formal, institucional) está en ruinas. Después de publicar estas líneas, me dije que tal vez haya puesto demasiado énfasis en las condiciones sociales actuales y le haya ahorrado algunas merecidas críticas al sistema escolar, que las tiene. Lo que sucede es que ese sistema ya es destinatario de todas las iras de padres, políticos y expertos, que de ese modo se desreponsabilizan y desreponsabilizan a otros actores por el descalabro de la educación.

    Pero en ningún caso quiero absolver al sistema educativo. Hay quienes ponen el énfasis en el desastre de la educación pública, pero como he leído recientemente, la privada no le va a la zaga. Es que en un país con una pésima educación pública es improbable que tengamos una buena educación privada. En este país, al menos, los docentes y los programas son comunes a ambos sistemas, de modo que por ese lado no hay motivos para el optimismo. En segundo lugar, quienes están dispuestos a pagar por una educación privada para sus hijos es porque consideran (con o sin fundamento) que allí encontrarán “algo más” o “mejor” que no encuentran en la pública (sea lo que fuere ese algo y con seguridad significa cosas muy diferentes según los padres de los que se trate). Si eso es asi, con una pésima educación pública es muy poco más lo que tiene que ofrecer la privada para atraer a esos padres. La mala educación pública supone un desafío muy bajo para la privada.

    La seguimos

  6. Javier Barreiro dice:

    El tema es tan amplio que pretender agotarlo o tener respuestas a cada instancia, o en su conjunto, resulta imposible. Lo valioso del texto de Coco es que intenta plantear los problemas a grandes líneas de una manera orgánica.
    Si pudiese aportar algo en la misma dirección, es que junto con la falsa dicotomía entre “opinar” y “pensar” (donde opinar va ganando la batalla de forma abrumadora), añadiría otra: la que se dirime entre información y cultura. Vivimos en una sociedad donde esos dos términos parecen equivalentes. Se cree que porque tenemos información, somos cultos y SABEMOS.
    Esto viene a cuento de que el acceso a la información es tan inmediato, abrumador, superficial y confuso. Hasta hace 20 o 30 años (lo digo sin nostalgia) acceder a la información era un proceso lento, complejo, lleno de sorpresas e incertidumbres. Un camino en el que sucedían tantas cosas, encuentros, dudas y entusiasmos. Así, al juntarnos con la información (que no siempre era la que pensábamos al principio), uno había realizado un auténtico aprendizaje y estaba en condiciones de digerir y estructurar esa información en relación a otras, había tenido el tiempo y la necesidad de verificar su validez o menos (de ahí que la información tuviese un valor que hoy raramente tiene) y de asumirla con ciertas herramientas críticas que hoy brillan por su ausencia: la relación entre masa de información disponible y espíritu crítico está hoy desbalanceada de manera alarmante.
    Frases como: “Es así, si lo dijeron en la tele” o “está en wikipedia”, se han vuelto como una nueva teología. En la Edad Media, la verdad dependía de si lo había dicho o no Aristóteles (quien junto con tantas cosas notables, dijo tantas tonterías, como que las mujeres tienen menos dientes que los hombres — si le hubiese pedido a su mujer que abriera la boca, hubiese evitado tamaño disparate — esto lo cita Bertrand Russell).
    Entonces, si bien creo que esta democratización del acceso a la información es, potencialmente, algo muy positivo, en realidad, hoy, acceder a la información no tiene ningún mérito, ni garantiza que sea un primer paso hacia un saber o una comprensión de la realidad.
    Termino con un apunte de Robert Musil, escrito en los años 30, que creo resume lo que comenta Coco sobre las consecuencias nefastas de la búsqueda de satisfacción inmediata del deseo: “La nuestra es una época de satisfacción, y la satisfacción es siempre decepcionante. Le falta el deseo, le falta algo que todavía no sea capaz de hacer. Y eso le roe el corazón.”
    Javier

  7. edo dice:

    el artículo de j. barreiro es bueno, pero carga con y adolece de un enorme error conceptual en el título: la cultura y la educación en el uruguay… fueron una REALIDAD histórica, patente, laboriosamente forjada… -y no un ‘mito’ en sentido peyorativo

  8. Edo, el problema con el pasado o el “antes” —al que siempre solemos remitirnos en este país para evocar una época dorada de nuestra economía, nuestro fútbol, nuestra política o nuestra cultura— es que casi siempre es vago, brumoso, incierto. Es difícil discutir si “antes estábamos mejor” o si fuimos magníficos, como repetimos hasta el hartazgo en este país, cuando ese antes o esa época dorada no están más o menos precisados.

    ¿Cuándo fuimos un país culto y educado? ¿Cuándo esa descripción coincidió con la REALIDAD y NO fue un mito? ¿En el pasado remoto? ¿En los últimos 25 o 30 años? Para mí, principios del siglo XX es el “pasado remoto”. Puede que entonces fuéramos un pueblo culto y educado. No lo sé, francamente (he aprendido a desconfiar de los relatos sobre el glorioso pasado de este país que vengo escuchando desde que iba a la escuela).

    Estoy persuadido de que la idea de un país culto y educado no se corresponde con la realidad de este país al menos desde la recuperación de la democracia (podría incluirse la dictadura por supuesto). Si se acepta una acepción algo laxa de la palabra mito, no la que le dan los antropólogos, creo que no es una exageración afirmar que esa idea de país culto y educado ha sido, al menos en los últimos 30-40 años, un mito. El descalabro que hoy muchos lamentan no se gestó antes de ayer, lleva incubándose mucho tiempo. Y, sin embargo, diría que recién ayer empezamos a reconocer su existencia…y esto con matices, porque aún hoy sigo leyendo y escuchando a políticos, empresarios y opinadores de todo tipo seguir alimentando el mito cuando se refieren a “la alta cualificación de los recursos humanos” de este país o “el alto nivel educativo de su gente” y otras afirmaciones semejantes… ¡todavía hoy! ¡Cuando la mitad de los jóvenes uruguayos de 18 años no ha concluido la enseñanza secundaria!

    • edo dice:

      está claro que tienes razón, estimado j.b., en mucho de lo que dices…

      mi advertencia, estuvo referida explícitamente a que fuimos de verdad un país educado y culto hasta los años 70 y desde por lo menos varios decenios antes, es decir, un país en el cual tú y yo, que nos rondamos la sesentena, conocimos bien porque en él vivimos y nos educamos…

      y me atrevería a afirmar aun que, todavía hoy -y a pesar del millón de pesares- hay, o queda…- más gente mejor educada en nuestro país que en tantísimos otros de todas las latitudes

      atrás de aquellas realidades patentes de hace cuatro decenios y de estos muros de la patria nuestra … ora derrumbados … hubo una extensa y laboriosa forja republicana que llegó a dotarnos de ciertos atributos indesmentibles

      luego pasó todolo que pasó y sigue pasando

      los mitos -ahora en sentido antropológico- son constituyentes… (para nosotros valgan varela, batlle o maracaná) e irrenunciables… y la crítica iconoclasta debe cuidarse tanto de llover sobre mojado… como de arrojar al bebé junto con el agua de los pañales…

      cordialmente,
      edo

  9. Estimado edo, coincidimos en prestar atención al peligro de arrojar el bebé con el agua sucia. En el terreno político, por ejemplo, y a pesar de la degradación de la vida política en este país, creo que nos podemos sentir bastante orgullosos de nuestras tradiciones republicanas y democráticas. En comparación con la historia de la región, merecen destacarse. Pero al igual que con la educación, no deberíamos incurrir en la autocomplacencia. Nuestra democracia (casi todas las democracias, habría que decir) necesitan unas cuantas reparaciones. Lo que hubo no debería ocultarnos lo que ya no hay.

    En cualquier caso, se agradecen las interpelaciones, que siempre sirven para interrogarnos sobre los propios presupuestos.

    Un abrazo

  10. Ivonne dice:

    Jorge, tu artículo es muy bueno y coincido en general con tu análisis. Hace algunas décadas apenas, la posibilidad de formarse intelectualmente y prepararse para ser parte activa y responsable de las nuevas generaciones que cambiarían el mundo, porque nos habían enseñado que podía ser mejor, era la medida de nuestra esperanza. Paradojas de la vida, terminamos formando parte del colectivo que consume indiscriminadamente un sinfín de objetos inútiles que distraen y engañan los sentidos imponiéndoles necesidades cada vez más difíciles de satisfacer y más alejadas de la esperanza original. La banalización del deseo desplazó lo importante para priorizar lo inmediato y lo efímero. Hoy el deseo es compulsivo y la satisfacción no es otra cosa que la promesa de volver a desear algo, cualquier cosa que proporcione una solución de continuidad al deseo de desear. Ya todo lo que existe es imprescindible y cuando nos vemos obligados a prescindir por la voluntad de don dinero – desamparados – empeñamos la fuerza, la voluntad, el ingenio o la inteligencia para conseguirlo. ¿Para qué estudiar entonces, si el mercado de trabajo no le garantiza los recursos necesarios para complacer el deseo a los “hombres cultos”?
    Sólo me permito discrepar, y transcribo tus palabras, “La idea de que la educación debe ser tributaria de las demandas del mercado de trabajo ya forma parte del sentido común. Nadie la discute. ¿A qué fingir sorpresa entonces? “ Si nadie discutiera que la educación debe ser tributaria de las demandas del mercado, deberían existir mecanismos que regularan el ingreso a las universidades. ¿Para qué invertir recursos en la formación (¿o mal formación?) de profesionales universitarios que el mercado de trabajo no requiere?

  11. Mi referencia a la relación educación-mercado de trabajo iba más bien en el sentido de la prédica de que “hay que estudiar para conseguir un buen empleo”, que ése es (y debe ser, según una idea muy extendida) el fin de la educación. Lo que no quita que lo que dice Ivonne también sea cierto. A pesar de esa extendida idea, existen muchas carreras y disciplinas que el mercado no requiere. Sí, aún hay algunas que se salvan de tener que estar sometidas a ese imperativo. Por suerte, ¿no?

    • edo dice:

      Dices bien, JB. Y llevas mucha razón: Sí, por fortuna, todavía quedamos quienes creemos en estudiar y aprender y enseñar todo eso que desde la mirada corriente y aceptada (la preponderante, la del mercachifle) “no sirve para nada”.

  12. Marcos dice:

    Estimado Jorge:

    quisiera discrepar en un aspecto. El rol de las universidades como centros de investigación en temas básicos de conocimiento (esos problemas que no tienen una aplicación directa y que simplemente hacen avanzar nuestro conocimiento en alguna disciplina) es un rol moderno. Hasta el siglo XIX las universidades no eran las pioneras en investigación básica. El desarrollo económico y los beneficios yy problemas que trae a las sociedades ha hecho que las universidades progresivamente incorporen el rol de formación de mano de obra intelectual para el mercado. ¿Por qué se insiste en esta función? Porque se sabe que la educación es la mejor herramienta para la movilidad social que es a su vez una herramienta indispensable para suprimir las grandes desigualdades sociales. Ahora bien, es altamente discutible que las universidades solo deban formar para el mercado laboral. ¿quién hace investigación básica? ¿qué harían los físicos teóricos pro ejemplo? Si a un físico teórico se le pregunta qué aplicación tendrán sus investigaciones seguramente responda que no tiene la menor idea. Pese a ello, y pensando la educación en sentido amplio, ¿qué hace una persona que quiere avanzar en la vida pero no quiere avanzar tanto como para ser nobel de física? Creo que la educación en su conjunto debe dar posibilidades a estas personas sin por ello abandonar la idea de producir investigación básica. Digo esto porque para buena parte de la sociedad conocer la literatura del siglo de oro español y no tener ninguna competencia para poder acceder a un trabajo de calidad seguramente no sea algo de valor. Creo que es importante pensar en este aspecto ya que el tiempo de la adolescencia y la juventud es buena parte del tiempo que tenemos para prepararnos para avanzar en la vida. Es tan injusto no enseñar literatura universal o filosofía como no dar competencias para poder acceder a empleos de calidad y bien remunerados.

    Saludos,
    Marcos.

    • No termino de comprender cuál es la discrepancia, Marcos. Respecto de la Universidad, comprendo que suministre conocimientos que puedan servir para que el día de mañana los estudiantes puedan conseguir un empleo. Lo que me parece mal es que se dedique EXCLUSIVAMENTE a eso, en cuyo caso deberían desaparecer todas aquellas disciplinas y carreras cuya utilidad profesional o mercantil son francamente inciertas. Podrá alegarse que nadie sostiene semejante barbaridad. Pues tengo mis dudas; hay toda una prédica que va en ese sentido: terminar con los conocimientos “inútiles”. No parece que en esto discrepemos aparentemente.

      Ahora bien, con respecto a la enseñanza básica, ya me parece criminal subordinarla a las siempre inciertas “necesidades” del mercado de trabajo. Me parece que a ese nivel, los jóvenes deben aprender a aprender, a estudiar, a comprender el mundo en el que vivimos y a dotarse de la capacidad de hacerlo autónomamente. Además ¿qué podría querer decir adaptar los programas de estudio (¡en primaria y secundaria!) al mundo del trabajo? Bueno, algo sé: menos literatura y filosofía y más inglés y matemáticas.

      Hay otra cosa que me hace algo de gracia, debo reconocerlo: toda esta discusión sobre la universidad y la preparación para el mundo del trabajo no deja de ser algo bizarra, porque en el mundo fluido y en constante cambio en el que vivimos, suele ocurrir que aquellos conocimientos en los que hoy invertimos tanta energía se revelan, al cabo de varios años –como insumen las carreras universitarias clásicas en nuestro país– de utilidad más bien dudosa, porque al cabo de ese tiempo, el mercado de trabajo suele demandar otras habilidades. De ahí esa sensación de estar siempre necesitando un cursillo, un taller, una licenciatura más que agobia a la gente que hoy tiene entre 30 y 45 años. En fin, da para mucho más esto, pero cabría preguntarse si la estructura de la universidad tradicional es la más apropiada para estos tiempos globales.

  13. edo dice:

    …no capto a qué se refiere Marcos…, pues, hasta dónde yo sé, las universidades en sus comienzos medievales fueron centros de investigación de temas centrales y básicos…

    pero no creo que nos importe en este foro la dilucidación de ese punto

    …prefiero dejar una observación del Prof. Daniel Villey, a propósito del rol de los intelectuales en general: “La mejor manera de ser actuales es la de resistir y reaccionar contra los vicios de nuestra propia época. Es lo que hacen los más grandes filósofos, quienes, lejos de alinearse a favor de la corriente, denuncian lo falso, lo rutinario, lo inconsistente o lo infundado, que va escondido o encubierto en el progresismo o el cientismo en boga, y se esfuerzan por oponerle otra cosa…”

    Un valioso ejemplo de semejante empeño, está constituido precisamente por este espacio de “Dudas Razonables”.

  14. Marcos dice:

    Jorge:

    creo que no fui claro en el comentario anterior. Entiendo que preparar a las personas para el mundo laboral es uno de los fines que tiene la educación. Creo que lo ha tenido siempre en las democracias modernas por eso es un mecanismo privilegiado para superar desigualdades sociales. Ahora bien, es uno de los fines, no el único. Cuando pienso en preparar para el mercado laboral no estoy pensando en cursos para saber interactuar con una caja registradora o para manejar un ómnibus. Me da la impresión que cuando se utiliza la palabra “mercado” se asocia a este tipo de tareas que en apariencia no tendrían ningun contenido intelectual (digo “en apariencia” porque un cognitivista podría discutir mi afirmación y con toda razón). Hay al menos tres competencias claves para el mundo laboral (en sentido amplio, tanto en una empresa como en el parlamento o en una universidad): saber expresar ideas por escrito, poder pensar problemas con base en información, saber buscar información adecuada para resolver problemas. Como profesor universitario puedo decirte que es raro encontrarse con alumnos que tengan competencias en estos aspectos. como adulto con años de trabajo puedo decirte que poder comunicar ideas y poder manejar información para actuar sobre el mundo son elementos decisivos para el mundo laboral y lo serán aún más en el futuro. La famosa idea de “la sociedad del conocimiento” es solo eso: una sociedad en la que se vuelve crítico la creación y manipulación de conocimiento para el desempeño en cualquier área. Si se repasa las habilidades que he referido se puede ver que son habilidades vinculadas al pensamiento crítico. Otro de los efectos que percibo que tiene la palabra “mercado” es la supuesta anulación de toda actividad crítica a nivel de pensamiento. Pienso que para formar ciudadanos críticos un principio es formar personas con capacidad de interpretay discutir textos, con capacidad para comunicar ideas con claridad, con capacidad para investigar y discriminar entre información válidad y confiable e información que no lo es.

    Más allá de todo y como señaló edo en algún momento destaco el poder discutir de estos temas con libertad y buena onda como se hace en este blog.

    Un abrazo!
    Marcos.

  15. Peare dice:

    Y vio Dios que todo era bueno… y aparecieron los abogados…

  16. […] * Publicado originalmente enhttps://jorgebarreiro.wordpress.com/2011/08/18/edukasion/  […]

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