Crecer y crecer y crecer y …

Las cifras son incontrovertibles. La economía uruguaya crece a tasas chinas y el fenómeno convoca al optimismo: la clase media consume como si el mundo se fuera a acabar mañana, los economistas especulan sobre el modo de gestionar la abundancia para que el crecimiento no se detenga nunca jamás, los gobernantes, henchidos de orgullo, se atribuyen la paternidad de un éxito sin parangón en el último medio siglo. El país está de fiesta. Las cuentas públicas son de ensueño, cae el desempleo, sube el salario real, los inversores derraman sus dólares por estas costas y no faltan los que, inmunes al escarmiento, auguran que esto irá a más en los años por venir.

Voy a dejar de lado la constatación de que la historia del capitalismo es una historia de ciclos de expansión y contracción, que se suceden con la misma regularidad que las estaciones del año. La intermitente creación y destrucción de riqueza, con sus “daños sociales colaterales”, no es una anomalía, es inherente a una forma de organización económica cuyos agentes no actúan consensuada y conscientemente, sino como corredores independientes que quieren imponerse a los demás y que se desentienden de los beneficios, o los dramas, del conjunto. Ignoremos, pues, la desagradable (aunque cierta) eventualidad de que a este ciclo de crecimiento le siga uno de crisis y aceptemos por un momento que la economía uruguaya está inmunizada contra las sorpresas desagradables y que seguirá creciendo por los siglos de los siglos, amén.

Para la razón económica, más es siempre mejor que menos. Lo suyo no es la calidad, sino la cantidad. No se interroga sobre asuntos como la belleza, el placer, la utilidad, la libertad o la felicidad. Dicho de otra manera, crecer es para ella un fin en sí mismo y sacraliza todo lo que contribuya a ese fin. La razón económica, en rigor, no se interroga sobre los fines. Los considera dados e indiscutibles. Apenas se interroga sobre los instrumentos para alcanzarlos. Pero para una lógica no colonizada por esa razón económica, ¿siempre es bueno crecer? Depende. Depende del beneficio social que se derive de ese crecimiento y de aquello que se deba sacrificar, porque crecer nunca sale gratis. Y a veces hasta sale carísimo. Si contribuye a aumentar el bienestar y la autonomía de las personas para configurar sus propias vidas, si sirve para reducir las injusticias y la desigualdad imperantes, la respuesta debería ser afirmativa. Supongo que no hará falta agregar que por bienestar no entiendo únicamente un ingreso monetario satisfactorio.

Que el crecimiento no trae automáticamente bienestar es algo que no debería necesitar mayores demostraciones. Hay, incluso, males propios del crecimiento. Abandonado a su dinámica espontánea, por ejemplo, el crecimiento económico genera desigualdad, y muy a menudo contaminación y agotamiento de recursos naturales. De la primera ya he hablado en otra parte en este mismo blog. Esta vez quiero hablar de los dos últimos, porque los que asistimos a la fiesta del crecimiento a veces parecemos ciegos y sordos a esos riesgos. Es más, retóricas ambientalistas al margen, en la actual administración se ha instalado la percepción de que quienes llaman la atención sobre los posibles daños ambientales de los grandes emprendimientos productivos son unos auténticos aguafiestas.

De la indiscriminada pasión por el fomento de las inversiones parece haber tomado nota incluso la ministra Graciela Muslera. En una reciente entrevista con el semanario Brecha, Muslera se formuló la interesante y significativa pregunta de “hasta cuándo seguiremos apostando por una gestión productiva que no tome en cuenta el impacto sobre los recursos”. A confesión de parte…

Hay demasiados síntomas preocupantes en este sentido. Uno de ellos es la queja permanente del gobierno acerca de la supuesta lentitud con la que los técnicos encargados de la tarea aprueban o impugnan los estudios de impacto ambiental de las numerosas inversiones que aspiran a realizarse en este país. En lugar de respaldar inequívocamente a esos funcionarios, habitualmente sometidos a las presiones de inversores y empresas –estoy hablando de los que trabajan en la Dirección Nacional de Medio Ambiente, Dinama—, para que trabajen con independencia e ignoren esas presiones, el gobierno sugiere que esos técnicos son unos burócratas dedicados a poner palos en la rueda del crecimiento. El sindicato de trabajadores de ese extraño ministerio que es el de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (Mvotma) ha denunciado ante el Parlamento la práctica de reemplazar a los técnicos que ponen reparos a los estudios de impacto ambiental presentados por las empresas por otros más comprensivos con las necesidades del Uruguay productivo. Si esto es cierto, resulta gravísimo.

Es más, el presidente Mujica anunció el 10 de febrero que pretendía quitar a la Dinama del ministerio al que ahora pertenece y someterla al control directo de la presidencia. O a la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, que viene a ser lo mismo. ¿El motivo? Su insoportable lentitud. Es una forma elegante de pedir a quienes tienen que autorizar los emprendimientos que no se pongan muy escrupulosos. Con Mujica uno nunca sabe a qué atenerse. Así como un día pone como ejemplo de vida feliz a la tribu de los kung sang de Africa austral, que al parecer trabajan dos horas diarias y luego se dedican al ocio contemplativo, y critica ácidamente el consumismo y el despilfarro de la civilización contemporánea, al día siguiente inaugura una planta de armado de automóviles y al siguiente hace la apología del crecimiento económico. Lo cierto es que ahora parece empeñado en poner en vereda a los que supuestamente obstaculizan los emprendimientos productivos. Hay que decir que no hay nada que indique que esos científicos y técnicos estén haciendo otra cosa que no sea cumplir con su tarea.

El problema con los atajos que pretenden tomarse –siempre en nombre de la noble causa de combatir la burocracia y pavimentar la autopista del crecimiento- es que corremos el riesgo de ignorar la legislación ambiental vigente, que obliga a los inversores a presentar estudios de impacto ambiental y a la Dinama a analizarlos, corregirlos y autorizarlos o eventualmente rechazarlos. Y eso, si se hace con rigor, lleva tiempo. Más tiempo aún si los recursos con los que cuenta el organismo fiscalizador son patéticamente insuficientes. El peor mensaje que se puede emitir es que no hay que ponerse demasiado estricto en la materia. Es una amenaza a los técnicos y una invitación a la irresponsabilidad de los inversores.

En lugar de adelgazar las prerrogativas y competencias de la Dinama, a estas alturas convendría preguntarnos si no deberíamos marchar hacia su fortalecimiento y convertirla en un ministerio de Medio Ambiente en lugar de mantenerla subordinada al híbrido actual que es el Mvotma. Supondría dotarla de la jerarquía política que merece, ya que juzgar la magnitud del impacto ambiental de un emprendimiento es un asunto técnico, pero tomar la decisión de aprobarlo o rechazarlo es una decisión eminentemente política. Al menos si se acepta que cualquier proyecto productivo comporta alteraciones del ambiente. El bienestar de la sociedad contemporánea es incompatible con la idea de una naturaleza incontaminada por la acción humana. Y son los ciudadanos –con los datos técnicos disponibles, siempre provisorios y discutibles- los que tienen que tomar la decisión de qué riesgos están dispuestos a asumir y cuáles no y, por ende, qué inversiones aceptar y cuáles rechazar.

En la entrevista citada, la ministra Muslera atribuye el problema de las dificultades de la Dinama para cumplir adecuadamente sus funciones a la escasez de técnicos y ésta a la falta de recursos para contratarlos. En ese organismo trabajan 16 científicos que deben fiscalizar desde un monumental proyecto minero hasta las plantas de tratamiento de aguas. En el ámbito privado o en el exterior ganan más de lo que les puede ofrecer el Estado, adujo Muslera. Quizás algunos recuerden que hace algunos años, cuando se implementó la reforma tributaria en este país, la Dirección General Impositiva decidió, con muy buen criterio a mi juicio, que los profesionales que hasta aquel momento trabajaban para ese organismo y simultáneamente para las empresas que tenían que controlar –sí, eso ocurría en este país hasta no hace tanto- debían optar entre uno y otro trabajo. Ese escándalo no podía durar. Naturalmente que para que optaran por el empleo en el Estado se les ofreció un salario comparable al de la actividad privada. Se impone una pregunta ineludible: ¿por qué no se puede hacer lo mismo que se hizo en la DGI con los especialistas que se necesitan en los organismos de fiscalización ambiental? La diferencia de tratamiento de unos y otros pinta en cuerpo y alma a un gobierno, habla por sí sola de sus preocupaciones y prioridades. Para la DGI hay dinero, para la Dinama no. Toda una definición política.

De creer a los que anuncian un crecimiento económico indefinido y que la fiesta aún está lejos de concluirse, deberíamos tomarnos con mayor seriedad todos estos problemas y dilemas políticos, pues no harán más que multiplicarse en los próximos años.

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3 Responses to Crecer y crecer y crecer y …

  1. Fgxz dice:

    El país que más creció en las últimas décadas es China y, además de haber reducido la pobreza notablemente, cosa que nadie discute, también dejó otras consecuencias indiscutibles: aumentó la desigualdad social, la distancia entre los chinos ricos y los chinos pobres se amplió y, para hablar del tema, los casos de contaminación (graves) también se multiplicaron. No sabemos demasiado porque la censura en China no es cuento (chino). Recuerdo que hará cosa de tres o cuatro años tuvieron que evacuar una ciudad de millones de habitantes (de esas nada conocidas, que cuando uno iba a la escuela era un pueblito de 5.000 habitantes) porque el río del que extraían el agua que bebían estaba totalmente contaminado por las industrias de la zona. No quiero ni imaginar los casos semejantes que deben haber pasado y que ni nos enteramos. No tengo nada contra China (digo, para que nadie venga a decir que por qué no recurro a un ejemplo occidental). Pongo el ejemplo chino simplemente porque es el paradigma de crecimiento económico exitoso. No hay país que haya crecido más en los últimos 20 o 25 años. Se podría decir algo parecido de Brasil, que siguió desforestando alegremente la Amazonia (aun bajo el gobierno del adorado Lula).

    Lo que me pregunto es si es posible crecer sin provocar algún que otro estrago a nuestro alrededor. No es un llamado a la resignación. Está muy bien que haya organismos de control, que pongan límites a los que quieren extralimitarse. Si no los hubiera, estaríamos peor de lo que estamos, pero son eso: límites a los que se pasen de la raya. ¿No será lo del desarrollo sustentable nada más que una fórmula? Hay algún ejemplo de equilibrio entre crecimiento y preservación ambiental más o menos exitoso? (me refiero a escala de un país significativo, no de un municipio de Luxemburgo o de Nueva Zelanda) Hay quienes dicen que hay que poner límites al crecimiento si se quiere preservar el entorno o los recursos naturales. Ahora, ¿no será ese un lujo que se pueden permitir únicamente las sociedades que alcanzaron cierto grado de bienestar? No ignoro los problemas que plantea esto (me refiero al derecho a crecer que esgrimen muchos gobernantes), pero la respuesta a esos problemas no es recomendar a todos en el tercer mundo que tengan una huerta orgánica en su jardín. No sé, tengo más dudas que soluciones (se ve que Mujica está más o menos como yo), pero las fórmulas de los ecologistas que despotrican contra el desarrollo industrial y viven en las condiciones de la sociedad industrial, no me terminan de convencer.

  2. Facundo dice:

    No será que los que se oponen al crecimiento es porque tienen la panza llena? Es muy fácil ponerse en ecologista principista cuando no se pasa hambre. Entre proteger los recursos naturales y a las personas yo elijo a las personas. Ahora los ecologistas del norte niegan el derecho al desarrollo que ellos sí alcanzaron.

  3. Quedo anonadado por la simpleza de su argumento/acusación, Facundo… y estupefacto ante la formulación del que, a juzgar por la contundencia con la que se expresa, sería “el mayor dilema” de nuestro tiempo: tener que elegir entre proteger personas y recursos. ¿Estaremos condenados a tener que optar entre unas y otros?

    ¿No será que le falta leer con un poco más de atención? Me atribuye una oposición al crecimiento que no hallará en todo el artículo…

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