Lucía y los militares

Llevamos años en este país intentando que las Fuerzas Armadas se sometan definitivamente a la Constitución y el orden democrático. El trámite tuvo hasta ahora sus luces y sus sombras, y en todo este tiempo no faltaron los exabruptos de los nostálgicos de la dictadura, pero puede decirse que las cosas iban lenta pero razonablemente bien encaminadas. Hasta la semana pasada, cuando por boca de la senadora Lucía Topolanski nos enteramos de que no, de que aquello de que los militares no intervengan en política estaba poco menos que pasado de moda. No lo dijo con esas palabras, claro, pero lo dijo.

Inspirada tal vez en la Weltanschauung chavista, nuestra legisladora no ha tenido mejor ocurrencia que proponer una estrategia para que los militares adhieran a su partido. Hasta se animó a sacar cuentas y dijo que se conformaba con que el 30 por ciento de los oficiales y la mitad de la tropa se hicieran frenteamplistas.

Hay que decir que Topolanski no ha inventado nada. La búsqueda obsesiva de una parte de la izquierda de este país de militares dispuestos a adherir a sus cambiantes causas tiene una larga historia. La designación del general Líber Seregni como presidente del Frente Amplio en 1971, el descubrimiento de militares progresistas detrás de los famosos comunicados 4 y 7 con los que en febrero de 1973 las Fuerzas Armadas (las mismas que meses después dieron el golpe de Estado) pretendieron cautivar a una parte de la ciudadanía o el hallazgo de militares peruanistas entre los torturadores de uniforme (como si el general peruano Velazco Alvarado no hubiera sido el dictador que efectivamente fue) son apenas los episodios más conocidos de esa búsqueda emprendida por comunistas y tupamaros que, para su desconsuelo, siempre terminó en fracaso.

Cualquiera podría inferir legítimamente que los desvelos de la senadora están encaminados a hegemonizar una institución tradicionalmente inclinada a seguir a los partidos conservadores. Pero la senadora alega que afiliar a los militares al Frente Amplio no constituye un fin en sí mismo, sino apenas un medio para realizar el anhelado ‘Nunca más’, esto es desterrar para siempre la amenaza golpista. Y para eso, ya se sabe, nada mejor que convertirlos en frenteamplistas. Dejemos de lado el hecho de que la eventualidad que evoca Topolanski es más que remota, y digamos que si su estrategia para evitar futuras tentaciones golpistas de los militares es la adecuada, deberemos borrar y empezar de nuevo, olvidarnos del laborioso expediente de educarlos en los principios democráticos, vedarles cualquier pronunciamiento político y emplear todo el rigor de la ley cuando delinquen o simplemente se extralimitan en sus prerrogativas. Nada de eso. El mejor remedio para tener unas Fuerzas Armadas apegadas al orden constitucional es atraerlas al Frente Amplio y entregarle a cada oficial con el recibo de sueldo un ejemplar del flexible programa de nuestra coalición de izquierdas. La propuesta es además de una inocencia inquietante: lleva implícita la idea de que las tentaciones autoritarias o golpistas aparecen únicamente cuando las jerarquías militares están subordinadas a la derecha.

Va de suyo que los militares son de este mundo. No viven en un repollo. Han tenido y tienen ideas políticas. No se trata ahora de extirpárselas e inculcarles otras diferentes como propone explícitamente Topolanski, ni de alimentar la ilusión de convertirlos en enteramente apolíticos. Si no se quiere o no se tiene el coraje de proponer lisa y llanamente la supresión de las Fuerzas Armadas (sin militares no habrá militares golpistas), lo que se debería es erigir las garantías políticas y legales necesarias para impedir que esa institución vuelva a autonomizarse y ponerse por encima de la ciudadanía. En eso estábamos hasta que llegó Lucía con sus nuevas ideas.  Se entiende perfectamente que se abriguen dudas acerca de la evolución de la mentalidad militar. Lo que se entiende menos es que con la experiencia que cargamos a nuestras espaldas sigan existiendo quienes creen que la mejor respuesta a esas dudas consiste en convocar nuevamente a los militares a intervenir en política. La sugerencia de convertir a  las Fuerzas Armadas en una suerte de brazo armado de un partido político –aunque se trate de uno de izquierdas– no va precisamente en la dirección de mantenerlas alejadas del poder político. Decididamente hay gente que no escarmienta.

La crítica de que la propuesta de Topolanski viola un par de artículos de la Constitución (que los viola), porque ésta impide a los militares intervenir en política, con la excepción de votar, no me parece lo más relevante de esta polémica. Después de todo, las constituciones, ya lo dijo Thomas Jefferson, no son textos sagrados y cada nueva generación debería renovar (o desconocer) el pacto que ella representa. Si la propuesta de Topolanski fuera razonable hasta podría reformarse la Constitución. El problema es que no lo es, porque suena disparatado pretender que la mejor forma de mantener a los militares alejados del poder político sea convertirlos en protagonistas políticos.

No hay que descartar que estemos en presencia de uno de esos automatismos ideológicos de una parte de la izquierda de este país, que sin embargo no dejan de resultar algo patéticos cuando se repara en la normalidad con la que la izquierda gobernante viene adaptándose al orden del mundo. Me explico. Las dos grandes vertientes de izquierda de los años 60 y 70, la guerrilla tupamara de la que proviene Topolanski, y el Partido Comunista, siempre creyeron que las instituciones y reglas democráticas eran una trampita para engañar a los incautos, que una vez en el poder las instituciones del Estado debían ser copadas por los revolucionarios.

Podrían ser resabios de una época en que esa izquierda pensaba, por ejemplo, que como la independencia de la justicia era una ilusión burguesa, cuando ella arribara al poder estaba en su perfecto derecho a eliminar la autonomía de los jueces y subordinarlos a la voluntad del gobierno. Otro tanto ocurría con los medios de comunicación estatales: si en su momento un canal de televisión público estaba al servicio de los enemigos del pueblo, la izquierda los pondría al servicio de la revolución cuando le llegara su turno. Si “ellos” lo hicieron, por qué no lo vamos a hacer “nosotros”, era el lema que latía detrás de esa ideología. Los militares estuvieron al servicio de un proyecto político, pues nosotros los pondremos al servicio del nuestro. Antaño por la fuerza, ahora por la persuasión, según el discurso de Topolanski. Una idea que concibe a la política como mera lucha de intereses, en la que las reglas que la rigen estarían subordinadas a la relación de fuerzas entre intereses en pugna, un mero teatro de luchas de poder.

Sostengo que son resabios, reflejos (ideológicos) condicionados de otros tiempos, porque si no tuviera más remedio que definir a la izquierda que hoy lidera Lucía Topolanski con los términos de antaño, diría que es mucho más socialdemócrata que leninista, que es la ideología que vendría a resumir los postulados del párrafo precedente. Por eso las palabras de Topolanski evocan más una parodia que una tragedia. Topolanski parece querer imitar a Chávez, quien, como alguna vez dijo el ex comandante guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, quiere comprarse la revolución que no tuvo lugar en Venezuela, entre otras cosas a través de la bolivarianización forzosa de (y las prebendas a) los militares. Está por verse la fidelidad de los militares venezolanos al chavismo, pero el empeño de su líder merece ser tomado en serio. Lo de Topolanski, en cambio, no pasa de ser una guiñada retórica a esa parte de sus huestes más apegada al chavismo. Si no estoy totalmente equivocado, lo de nuestra primera senadora, y primera dama, no pasará de un exabrupto porque Mujica no es Chávez, el Frente Amplio no es el Partido Socialista Unificado de Venezuela y, sobre todo, porque la cultura política del Uruguay no es la misma que la de Venezuela. Por esas razones, no creo que la descabellada iniciativa de nuestra legisladora vaya a tener mayores consecuencias. Hasta un incurable admirador del alma castrense, como el ministro Fernández Huidobro, salió a contradecirla.

*            *          *

Me parece que esta discusión sería más fértil si no eludiera el tema de fondo, que no es otro que qué hacer con nuestras Fuerzas Armadas. Interrogarse sobre la pertinencia de que un país como el nuestro tenga Fuerzas Armadas sigue siendo un tabú. Una prueba de que lo es la suministró hace dos años la recomendación del entonces presidente de Costa Rica, Oscar Arias, de que Uruguay suprimiera sus Fuerzas Armadas. ¿Y qué fue lo obtuvo como respuesta? No un argumento en favor de la necesidad de conservarlas, sino una ofendida reacción por la supuesta intervención en los asuntos internos del Uruguay, lo que a mi juicio dejó en evidencia lo huérfanos de razones que están los partidarios de tener Fuerzas Armadas.

No pretendo en estas líneas zanjar la controversia. Simplemente dejo planteadas algunas preguntas con la esperanza de que los defensores de tener Fuerzas Armadas aporten las respuestas. Por ejemplo, ¿cuáles son las hipótesis de conflicto que manejan nuestros militares (y nuestros políticos) para justificar su existencia? ¿Podrían hacer frente a esos eventuales escenarios de conflicto con la preparación y los recursos de que disponen o con otros incrementados? ¿Se justifica que este país destine casi 400 millones de dólares anuales a defensa (7,25% del presupuesto del Estado en 2010)? En lo que atañe a las dos primeras, hay que decir que las Fuerzas Armadas uruguayas serían incapaces de hacer frente a un conflicto bélico convencional, por ejemplo con alguno de sus vecinos. Sobre esto no existen dos opiniones. Una nueva doctrina, sin embargo, apela a la existencia de amenazas no convencionales a la seguridad nacional, como el terrorismo o el crimen organizado, especialmente el narcotráfico, pero ninguna de ellas se divisa en el horizonte de este país. Y en cuanto a las viejas insurgencias, salvo en Colombia, parecen encaminadas a su extinción en América Latina.

La participación de militares uruguayos en misiones internacionales de paz puede ser muy loable, pero se me ocurre que no alcanza para justificar la existencia de 26.000 hombres en armas. Otro tanto sucede con el argumento de vigilar y proteger las aguas jurisdiccionales uruguayas del pillaje de los inescrupulosos pesqueros coreanos. Para ello bastaría con una eficiente Guardia Costera. Volvemos a lo mismo: ¿para qué necesita la sociedad uruguaya a sus Fuerzas Armadas?

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2 Responses to Lucía y los militares

  1. Marcos dice:

    Estimado Jorge: lei con interés tu artículo y estoy muy de acuerdo con tu análisis, si queremos evitar dictadores mantengamos a los militares fuera de la política partidaria. Agrego un elemento que a mi me parece preocupante en el discurso de izquierda. La idea de que todo el que no está dentro de la coalición está equivocado o quiere el mal para el país. en los argumentos de Topolansky como en otras actitudes de la izquierda sigue pesando esta idea de que no solo hay que tomar el poder sino bloquear todo intento de que partidos de la oposición puedan llegar al poder. Es un mecanismo discursivo típico de los populismos en latinoamerica y cuando éste se transforma en acción (como en el caso de Argentina) las divisiones sociales se agudizan a un punto en que la convivencia de grupos con ideas e intereses diferentes se hace muy difícil. Estoy de acuerdo contigo en que hay algo en la cultura política uruguaya que impide que esto se desarrolle. ¿Qué es? En esto estamos en deuda los cientistas sociales. No conozco al respecto explicaciones suficientes.Tal vez vos puedas en el futuro sugerir alguna hipótesis sustantiva. Lo que yo intuyo es que algo así como el kirchnerismo en Argentina sería muy difícil que lograra consolidarse en Uruguay. La gente se hartaría al poco tiempo. Un abrazo, Marcos.

  2. Jorge Angeloni dice:

    Hola Coco: Estoy totalmente de acuerdo en que la definición básica que se debe el FA es sobre la razón de ser de las FFAA.
    Más de una vez me invadió la frustración al discutir este tema con compañeros del FA, constatando que es una interrogante excluida de las opciones consideradas.
    Es obvio que las FFAA no cumplen ninguna de las funciones que tradicionalmente se le asignan a un ejército y tenemos la triste experiencia del papel autoatribuido de “salvar a las instituciones”.
    Por otra parte es obsceno que el país les destine más de 7% del PIB, cuando esos fondos serían mucho más eficaces en la educación (4,5% actualmente) y en la reabilitación de menores delincuentes, por ejemplo.
    Para la “defensa del territorio” alcanzaría con un cuerpo de guardacostas y un sistema de radares, ya que nuestro “paísito” es tan chico que no lograríamos capturar a ningún avión en vuelo.
    Los efectivos militares podrían entrenarse y destinarse a la seguridad interna y a otras actividades más productivas.
    Un abrazo
    jorge

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