A la búsqueda del ciudadano perdido

Tal parece haber sido la gran preocupación del partido de gobierno durante el proceso de la elección interna que acaba de culminar. Al margen de la lucha por el poder en la coalición de izquierda (una lucha de tan baja intensidad que nunca terminamos de conocer qué diferenciaba a un candidato de los demás), diría que lo que más quitó el sueño a sus líderes fue el temor a que la participación y el entusiasmo de sus cada vez más apáticos simpatizantes tocara fondo. Los cuatro candidatos a presidir el Frente se desgañitaron por seducir a sus seguidores para que concurrieran a las urnas y así poder argüir que la izquierda está inmunizada contra el insidioso virus de la indiferencia y el desencanto políticos.

Dejo a los expertos el análisis de las consecuencias que tendrá la elección sobre el equilibrio de poder en el seno del Frente Amplio. Lo que ahora me interesa es exclusivamente la mencionada preocupación por la indiferencia y el desencanto. Se trata de una preocupación justificada, por cierto. Sobre todo en aquella izquierda que conserva la retórica de la militancia partidista y la participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos. El problema es que difícilmente se recuperarán esas loables virtudes cívicas, que se están marchitando ante nuestros ojos, recurriendo a la devaluada mística frenteamplista, intentando inocular una nueva dosis de entusiasmo o haciendo de cuenta de que el ejercicio de la ciudadanía equivalía a votar por nombres (o caras) a los que no se les cayó una sola idea durante la campaña.

Entre los partidos de derecha el asunto provoca menos dolores de cabeza, acaso porque para ellos la virtud cívica se resume en el ejercicio del voto. Y así lo dicen. Sus ambiciones en materia democrática no van más allá de la vigente (y algo fatigada) democracia electoral-representativa. No creen en la deliberación ni en la participación activa. No esperan de los ciudadanos más que el voto que los legitime. En otros países entran en pánico cuando la participación en las elecciones se desploma, pero en éste ni siquiera, porque es obligatorio votar.

El problema con una buena parte de la izquierda es que habiéndose resignado, al igual que la derecha, al ejercicio de una ciudadanía mínima, sigue presa del discurso de la militancia y la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones, como si evocando esas palabras desaparecieran como por ensalmo todos los problemas que conspiran contra el involucramiento activo de los ciudadanos en política.

Para ir a lo nuestro: la pregunta esencial en todo este asunto remite a la desafección contemporánea por la política. Es probable que si se la atribuye a causas indemostrables, terminemos buscando soluciones imposibles. Por ejemplo, que a causa del neoliberalismo se han extraviado “los valores”, o que el individualismo y el egoísmo se han convertido en los motores de la conducta humana. Pero esos males no son tan evidentes como se pretende o en todo caso son tan propios de esta época como de cualquier otra. El diagnóstico no deja de ser llamativo, puesto que no hay causa humanitaria que no concite masivos fervores solidarios: desde las víctimas de desastres naturales hasta los genocidios en países remotos pasando por causas domésticas como la construcción de hospitales o escuelas. Miles, millones de personas en el mundo donan abrigos, alimentos, concurren a conciertos de rock para recaudar fondos para la lucha contra el Sida, apoyan campañas de solidaridad, se asocian a una ONG o simplemente entregan un cheque para llevar consuelo o ayuda. Lo que es específico de este tiempo es la aversión a la política o, si se prefiere, la despolitización de la solidaridad y la cooperación.

Lo específico de esta época no son el egoísmo o la indiferencia (que abundan tanto o tan poco como en cualquier otro tiempo), sino la inclinación anti-política. Un problema que afecta tanto a la derecha como a la izquierda y que difícilmente se superará con monsergas moralistas, distribuyendo culpas y acusaciones o apelando a la mística militante.

Si alguna posibilidad existe de recuperar al ciudadano perdido ella pasa por tomar debida nota de las transformaciones que ha sufrido la esfera y el quehacer políticos respecto de cuarenta años atrás, tiempo al que se remonta la retórica participativa de la izquierda. Entre esas transformaciones, la más evidente es la pérdida de centralidad de la política derivada de la menor capacidad del Estado nacional para configurar el futuro. Los políticos no son ignorantes o cínicos, sino que están perplejos ante el descontrol del mundo, enfermos de nostalgia de una época en la que desde la política se pensaba en diseñar la vida social. Su impotencia se refleja en la artificiosa inflación de las diferencias entre partidos, que en el fondo apenas atinan a adaptarse a las aceleradas y cambiantes condiciones del mundo. He escrito sobre estas nuevas condiciones de la política que deberían tenerse en cuenta, de modo que no voy a repetirlas aquí. No resisto, sin embargo, la tentación de señalar algunas de las condiciones para que los ciudadanos vuelvan a ser sujetos de la política, que es el asunto que nos convoca: por un lado, que ésta deje de simular que es omnipotente frente a los límites que le vienen impuestos por otras esferas de la vida social, en primer lugar la económica. Una política que no quiera condenarse a una mera gesticulación heroica debería reconocer en primer lugar su carácter contingente, revocable, tentativo. La política debería asumir su quehacer con más modestia de lo que lo hacía en las épocas de los grandes proyectos finalistas, cuando los actores políticos se dividían en héroes y villanos y nuestras acciones pretendían basarse en la certeza de un saber “científico”.

El futuro ciertamente no está determinado por las leyes de la historia, la naturaleza o la voluntad divina. Está indeterminado y abierto a la intervención de los hombres (esto es, a la política), a pesar de que cierto izquierdismo pretenda que la historia, incluida la por venir, tiene algo de inexorable y cierta derecha sólo haya conservado de la modernidad el impulso modernizador, es decir la idea de que más es mejor que menos, que ir más rápido es mejor que ir más lento. Pero esa indeterminación no es absoluta: el margen de maniobra de la política es más reducido que antaño y si tiene alguna posibilidad de hacerse efectivo, no será con toda seguridad, como ahora, con unos políticos en el papel de héroes de los que todo podemos esperar (o de villanos que carecen de la famosa voluntad política). Esa versión de las cosas está completamente agotada: no es un asunto moral, los políticos no pueden hacer lo que quieren, como suponen unos ciudadanos siempre irascibles, que les lanzan injurias por las promesas incumplidas, como si la política fuera una variante más del mercado. Cuando esperamos demasiado de la política, estamos condenados a que nos decepcione.

A estas tendencias estructurales que alimentan la desafección por la política, aquí y en todo el mundo, deberíamos agregar otros fenómenos, como por ejemplo, un diseño institucional incapaz de facilitar la participación ciudadana. Las instituciones democráticas del Estado están concebidas y diseñadas para que el ciudadano se limite a votar. Por su parte, los partidos políticos parecen abocados a la intranscendencia, o a transformarse en meros comités de apoyo incondicional al líder máximo y candidato, una labor más de cosmetólogos que de políticos. Soy de la idea de que los partidos políticos siguen siendo imprescindibles. Sobre todo en esta era de carnaval identitario, en la que pululan los que se ocupan de las minorías y escasean los que se ocupan de todos. Sin embargo, uno de los tantos problemas con los partidos es que existe un abismo entre el empeño –más o menos difuso, más o menos elaborado– de configurar el futuro de la sociedad que de alguna manera expresan los programas o plataformas electorales de los partidos, entre sus aspiraciones a cambiar parcial o totalmente el actual orden de cosas y el pragmatismo meramente adaptativo al que al parecer están irremediablemente abocados esos mismos partidos cuando alcanzan el gobierno. No estoy abriendo un proceso al pragmatismo; después de todo, cierta dosis de pragmatismo es indispensable si no se quiere incurrir en la irresponsabilidad o la ensoñación.

Lo que trato de decir es que casi todos tenemos la incómoda y resignada intuición de que por más tiempo y energías que eventualmente estemos dispuestos a invertir en militar en un partido político, cuando ese mismo partido llegue al gobierno hará, como suele decirse, lo que pueda hacer. Y aquello que los gobernantes están en condiciones de hacer por lo general apenas tiene un vago parecido con las aspiraciones originales de los partidos. Durante la primera presidencia del Frente Amplio ese abismo llegó a ser de una profundidad oceánica. No se trata, de nuevo, de un mal moral, que al parecer todos estarían condenados a contraer, salvo los puristas que siempre se mantienen a prudente distancia del poder. Ese pragmatismo meramente adaptativo se debe en buena medida a la referida impotencia de la política. Por eso resulta tan natural la pregunta que se formula cualquier potencial afiliado a un partido: ¿y para qué voy a involucrarme en un partido político si lo que allí se decida apenas tendrá, si la tiene, una vaga traducción en una futura acción de gobierno?

Con ser un problema, esa escasa relación entre los programas y proyectos partidarios y la acción de gobierno no es el único. Otro que conspira contra la militancia en un partido político es que éstos demandan unas adhesiones que ya no se corresponden con sus posibilidades: un grado de identificación ideológica y programática, particularmente en los partidos de izquierda, que resulta francamente ridículo si nos atenemos a su quehacer en el gobierno. Otro más: supongamos que, dados los inconvenientes para captar nuevos afiliados, los partidos de izquierda reducen sus exigencias y aceptan adhesiones más laxas y flexibles. Incluso en esa eventualidad, a nadie le debería sorprender que un ciudadano politizado, informado, capaz de pensar por sí mismo y dispuesto a dedicar parte de su tiempo a la deliberación pública (es decir, algo parecido al ideal de ciudadano) se resista a militar en un partido de izquierda. El motivo no es ningún misterio: lo que se le pide a ese potencial militante es sobre todo adhesión y apoyo, entusiasmo a prueba de fuego, algo de trabajo y dinero y ninguna crítica y reflexión… ya se sabe que la razón de ser de la izquierda uruguaya actual es evitar que la derecha vuelva al poder.

Precisamente esta elección interna del Frente Amplio es ilustrativa de todos estos males. La campaña abúlica y despolitizada a la que asistimos puso en evidencia que ninguno de los candidatos tenía una sola idea original que justificara el voto por él o ella. Y si la tenían, olvidaron difundirla. ¿Para qué me pedían el voto, pues? Ciertamente, no para dar curso a una supuesta participación ciudadana, que sólo el entusiasmo incontrolable o algo peor (si es que lo hay) puede confundir con votar por un señor o una señora que ni siquiera pudieron explicarme por qué debería votar por ellos en lugar de por sus adversarios. No hubo el menor disenso, que es lo que se supone que caracteriza a las elecciones democráticas. Los partidos del Frente Amplio estuvieron más preocupados por arrebatarse mutuamente parcelas de poder y, sobre todo, de legitimarse en sus funciones a través del voto. Sugerir que en eso consiste la participación ciudadana es una tomadura de pelo.

Ignoro si el fenómeno de la desafección por la política es irrevocable y si, por tanto, debemos resignarnos a la indiferencia de los individuos ante la política, que pasaría (si es que no ha pasado ya) a ser un asunto de gestores, guiados básicamente por criterios de eficiencia y legitimados por un voto popular más atento a las cualidades personales de los candidatos a administradores que a las ideas acerca de cómo configurar la buena sociedad, que sería el paradigma de la política de antes. En ese horizonte, la única virtud cívica que razonablemente cabría esperar de los ciudadanos es la de concurrir a votar una vez cada cinco años. Revertir ese curso aparentemente inexorable, si es que se puede revertir, exige algo más que parodias como la reciente elección interna o bellas palabras orientadas a insuflar entusiasmo en una feligresía desencantada.

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4 respuestas a A la búsqueda del ciudadano perdido

  1. Agustín dice:

    Más seguido que antes me pregunto, no sobre “la” política, sino sobre el sistema político y su razón de ser y ,sin ponerme en personaje anárquico fanfarronero, cada vez me importa menos.

    A medida que pasa el tiempo más creo y más confío en agrupaciones de características cooperativas, de autogestión y de decisiones propias, y que orbiten fuera de las esferas de la institucionalidad estatal. Sí, tiene algo de egoísta, pero de momento acepto sin ningún tipo de tapujos -y con un poquito de orgullo a escondidas- mi desencanto y apatía al “mainstream politiquero”, sentimientos los cuales ni pienso culparme a mi mismo de sentirlos.

    Asimismo, -¿qué le hace una contradicción mas al tigre?- sostengo que es (natural) responsabilidad de todos, pero mas que nada de los jóvenes como yo, tomar el toro por las astas y empezar a aspirar y a ocupar gradualmente los lugares de verdadero poder de nuestra sociedad y adueñarse de ese mainstream. Con respecto a los métodos, formas y variantes, de momento no ofrezco ni una resistencia. Esta gerontocracia ya esta gediendo un poco demasiado.

    No se, tenía ganas de dejar un comentario. Si además sirve para “generar” algo, vamo’ arriba.

  2. Jorgeao dice:

    No vaya a creer, Agustín, que yo estoy encantado con el sistema político vigente. Creo que es manifiestamente mejorable. Y qué tipo de cambios se necesitan para mejorarlo es un asunto opinable, por supuesto. Hay bibliotecas escritas sobre el asunto y muchas experiencias en las que apoyarse para pensarlos. Lo que ya me parece menos opinable es que para abordar los problemas que supone vivir juntos, con otros, con muchos otros, necesitamos a la política. ¿Desde qué otro espacio podrían abordarse si no? ¿Qué queda si no hay política?
    Lo digo de otra manera: claro que hay posibilidades de tratar esos problemas suprimiendo enteramente la política, y de hecho eso ya sucedió de alguna manera en este país, porque en rigor la dictadura no suprimió solo la democracia; suprimió la política como esfera específica en la que se dirimen conflictos de la sociedad de acuerdo con los argumentos aportados por cada cual. Al decir ‘aquí mando yo y se hace lo que yo dispongo’, los militares suprimieron la esfera política propiamente dicha, porque como bien se ha dicho, la política es diálogo (cuando impera el interés desnudo tampoco hay política). Sin llegar a la dictadura, tenemos también otras posibilidades: por ejemplo, la de que un consejo de expertos (“sin ideología”) se ocupe de los asuntos colectivos, de los problemas de coordinación (y los conflictos) que supone la vida en común. Es la idea que sugieren los que creen que el Estado debería manejarse con el mismo criterio que una empresa, un criterio de eficacia y eficiencia. O que se aplique la idea de que cada cual se las tiene que arreglar como pueda, que la comunidad, a través del Estado, no tiene por qué meter sus narices en los asuntos de los demás. De modo que podríamos arreglárnosla sin política perfectamente.
    Ahora, si lo que queremos es, además de no matarnos entre nosotros, que esos problemas y conflictos se diriman según criterios deseables, criterios de justicia por decir algo, entonces me parece que todas las posibilidades citadas no salen bien paradas de la comparación con la política. Que es la única que acepta que todo es discutible, el único requisito es suministrar buenas razones para hacer las cosas de una manera o de otra. Claro que ‘la’ política pronunciada así, a secas, no dice mucho. No pasa de ser un ámbito de acción, que cambia mucho según el sistema político vigente (por emplear las dos ideas que usted introdujo). De manera que podremos destruir algunos sistemas políticos exhaustos, agotados, pero en ningún caso podríamos prescindir de la política. Y lo de destruirlos siempre y cuando sea para reemplazarlos por alguno mínimamente superior. Ya me dirá usted qué sentido tendría sustituirlos por sistemas peores.
    No creo que deba culparse por no interesarse en política. El detalle –que un anarquista no debería ignorar— es que aunque Agustín no se ocupe de la política en lo más mínimo, la política sí se ocupa de Agustín, porque las acciones que se emprenden en ese ámbito sí afectan a Agustín, le guste o no le guste. Yo preferiría tener alguna incidencia en los asuntos que me conciernen, aunque sea hacer escuchar mi voz. Usted está en su perfecto derecho a renunciar a esa posibilidad. También es cierto, y lo he escrito en el artículo, que también es un problema esperar demasiado de la política, como creo que ha sucedido en algunos momentos de la historia de este país. Hoy incluso hay gente que espera que la política permita que sus sueños se hagan realidad, lo que me parece una desmesura. Diría que con tus sueños arreglate como puedas. Con expectativas tan elevadas, lo más probable es que te decepciones de la política.
    El asunto de la “gerontocracia” al que alude, queda para una próxima tertulia cara a cara. Es largo de tratar, exige aclarar demasiados sobreentendidos. Para empezar, joven, no me parece que el problema sea de edad, sino de ideas y propuestas, y no estoy seguro de que un elenco político más joven garantice las mejores. Pero ya me extralimité… Un abrazo, sobrino.

  3. Agustin dice:

    Modestamente opino que todavía me falta gastar un poco de suela en la vida (y de horas en la biblioteca) como para poder sentenciar conjeturas tan tajantes sobre la política o sobre conceptos similares. La amplitud e importancia de esta temática le merecen un mínimo de respeto indispensable al abarcarla, lo que a veces, este es el caso, genera abstenerse de opinar a fondo. Espero no se me enfade y no considere que le haya sacado el culo a la jeringa. Soy incapaz.

    Comparto su posición con respecto a la omnipresencia de la política en nuestras vidas y en nuestras decisiones, somos bichos políticos, más allá de la levedad de semejante frase. De todos modos, le sugiero bajar un cambio al asunto y considerar la premisa básica y conciliadora que convivimos en un ambiente mucho más complejo y dinámico donde nuestras relaciones se rigen por variedad de ramas y teorías y la política es una de ellas. No insinúo que se me esté fanatizando, pero por extracción familiar le digo que más vale prevenir que curar.

    Tampoco es que no me interese la política, sin ir más lejos, si no me interesaría la política, no estaría manteniendo este mini debate con usted; re-expresándome, capaz que lo que no me tiene muy entusiasmado es como se manifiesta la política en este contexto temporal y espacial que me está tocando vivir, manifestación sobre la cual todavía dudo si intervenir para modificarla o mantener mi tan fácilmente criticable postura de pasividad y, en caso de hacerlo, cómo hacerlo.

    Con respecto a mi apreciación sobre los gerontes contemporáneos, simplemente fue una bombita que creí oportuna tirar. Es verdad que el simple hecho de ser joven no le asegura a nadie proponer soluciones novedosas y efectivas, pero no estaría mal ver menos arrugas sentadas en los sillones importantes, si quiere por el simple hecho que no son lindas a la vista.
    Revelando el cotizado misterio que lo conozco personalmente y que además creo estar al tanto del por mayor de sus actividades, con respecto a su comentario en la respuesta que dice “Yo preferiría tener alguna incidencia en los asuntos que me conciernen, aunque sea hacer escuchar mi voz”, le pregunto lo siguiente: ¿de qué forma usted tiene –o trata de tener- incidencia en los asuntos que le conciernen? ¿Cómo hace notar su voz? Por supuesto que las preguntas no son con mala fe, sino todo lo contrario: son mi intento de ir aproximándome de manera aún incierta a la (participación) política.

    Abrazo.

  4. Jorgeao dice:

    Bueno, mi voz no sé si se escucha, pero tengo la esperanza de que se lea lo que garabateo en este blog. Internet ya hace tiempo que es un espacio público. Aquí hay mucha frivolidad y estupidez, pero también se hace política, no cree? Depende de nosotros que ese potencial democrático de internet aumente.

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