¿Qué nos está pasando?

Anteayer escuché atentamente al presidente, que habló a todos los ciudadanos por cadena de radio y televisión. Y lo hizo directamente a nuestros corazones, al alma de los uruguayos, sin perderse por las ramas de argumentos y razones.

Es que nuestro presidente tenía que abordar un “tema elemental, el más elemental de la existencia humana”, un asunto de una densidad filosófica y moral que no admite la menor comparación con ningún otro asunto de actualidad política. Pero antes un pequeño aviso: “nuestra nación mejoró sus números fundamentales y su devenir histórico (…); en este tiempo tan especial estamos un poco más ricos, estamos llenos de ‘chiches’ nuevos, de buenas comunicaciones, de autitos y llenos de motitos”. Fin del aviso e ingreso en lo que verdaderamente importa: tal vez “por tanta abundancia, terminamos olvidando que el valor central es la defensa de la vida. ¿Será la abundancia la madre de todas nuestras desgracias como sugiere el presidente? ¿Será que el bienestar nos corrompe? ¿De dónde salió semejante teoría?

De allí en más tuve la impresión de que el presidente se desbocó y de que ya nadie sería capaz de impedir que se concentrara en el auténtico problema de nuestro tiempo, el desafío de cuidar la vida, la propia y la ajena, porque al parecer tenemos una “crisis de convivencia, de cuidar poco la vida nuestra y, por tanto, mucho menos la ajena, porque tal vez estamos pagando el precio de alguna vieja fractura en nuestra sociedad y porque tal vez no pudimos aprender problemas que estaban en la base de la sociedad y tal vez no hemos sido lo suficientemente solidarios o porque tal vez las preocupaciones cotidianas no nos dejan pensar en las fundamentales. Esto se puede interpretar de muchas maneras, no importa”. Lo que importa, ya lo decía mi tía Mecha, “es que la violencia campea en todos los estamentos de la sociedad. Violencia en el deporte, hoy en el día de los abuelos habría que recordar que cuando éramos jóvenes no se separaban las hinchadas, éramos más grises, más pobres, andábamos de alpargatas pero no había necesidad de separar a las hinchadas. Violencia doméstica, 28 mujeres asesinadas por año y no cuenta la aventura de los niños castigados y otras cosas amargas”. A esas alturas no pude evitar preguntarme si después de todo no sería cierto aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, como suelen creer los más viejos. Perplejo y desconcertado en el sillón, recibí una segunda tanda de calamidades desconocidas en los viejos buenos tiempos en que éramos grises y más pobres (pero felices y solidarios, según el presidente). “El tráfico es un infierno, con un muerto cada 16 horas y 27.000 heridos por año. No voy a hablar de los costos de la drogadicción, ni que somos el país de América Latina que proporcionalmente tiene mayor cantidad de presos”. Definitivamente, el mundo se ha convertido en una porquería.

¿Qué nos está pasando?”, se pregunta el presidente con el gesto incrédulo de quien no puede aceptar que ya no vivamos en la sociedad ni en el mundo de antes. ¿De cuándo, señor presidente? ¿Cuál es esa edad dorada que tanto añora y que se nos escurrió definitivamente de nuestras vidas, señor presidente?, le grito a la pantalla. No me oye. “¿Qué nos está pasando? ¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué tanta dificultad para lo elemental: aprender a convivir?”. Empiezo a alterarme, porque ya veo en el presidente el rostro de mi tía Mecha, siempre escandalizada ante las novedades que alteraban nuestras vidas, siempre aterrada por los cambios que sacudían nuestra provinciana tranquilidad, en la que no había que separar a las hinchadas en las tribunas (y las mujeres se quedaban en casa, llegaban vírgenes al matrimonio, no se confundía la libertad con el libertinaje y no se habían perdido tantas tradiciones sagradas).

Por Diooos, díganos qué nos está pasando, señor presidente. Me imagino a miles como yo asistiendo al discurso y haciéndose la misma angustiada pregunta. Pero el presidente no nos escucha, está ocupado en denunciar la decadencia y el caos posmodernos y nos lanza al rostro una retahíla de recomendaciones (o deberes) para enfrentarlos: “nada más importante que la paz, nada más importante que la tranquilidad. Ni la droga, ni la cárcel pueden ser una opción. Son una desgracia. No podemos seguir fracturando y perdiendo vidas. No podemos concebir que haya jóvenes que balean a otros para conseguir un par de championes o algo por el estilo”.

Recupero momentáneamente la esperanza cuando le escucho decir que “el Estado tiene que luchar por asegurar la seguridad”. No me importa esa cacofonía ni la vaguedad de su afirmación, me digo que ha regresado el Mujica presidente, el Mujica político, el Mujica que voté, momentáneamente desaparecido en un mar de monsergas moralistas y avisos apocalípticos proferidos por el reverendo Mujica que me estaba hablando hasta hace unos minutos. Error. El padre Mujica apenas dio un paso atrás para volver con más bríos y recordar a sus criaturas, o sea a todos nosotros, que “la irracionalidad de la violencia cubre todos los escalones de la sociedad y allí no hay Estado que valga” (!!!)

En el correr de la semana se conocerán un conjunto de medidas algunas de las cuales tendrá que laudar el Parlamento y otras que intentan decirle al Estado que no puede eludir la responsabilidad de brindar seguridad a la ciudadanía”, dice por fin el presidente. Pero mi entusiasmo se desvanece inmediatamente. “No queremos anunciar ningún tipo de medidas”. Caramba, ¿por qué? “porque si no, estaríamos discutiendo inmediatamente las medidas y esa sería una forma de escabullir la responsabilidad que cada uruguayo tiene”. O sea que retrocedemos dos casilleros: nada de discutir medidas, que sería lo propio de la política. Lo peor, sin embargo, aún estaba por llegar. Con ello me refiero a la definitiva renuncia a la política. “Por favor, como presidente, les tengo que pedir a los compatriotas de todos los colores que se den cuenta que el Estado tiene límites infranqueables y que los Estados no pueden entrar en el corazón y las mentes de los ciudadanos (¡afortunadamente, señor presidente!), sólo el amor a nuestros hijos y compatriotas puede ser (lean bien) la llave maestra que haga colocar este tema como central de nuestra etapa histórica”. Tras escuchar que sólo el amor nos ahorrará el mal de la violencia, estoy a punto de romper mi credencial cívica.

¿Qué nos pide el presidente? Nos pide “a toda la sociedad, a las organizaciones sociales, instituciones deportivas, a las empresas, sindicatos, a los distintos estamentos del Estado, desde los distintos escalones de la enseñanza, desde allí donde se sientan los niños, que dedique un mes entero a esta reflexión (…) un mes entero que le vamos a dedicar a pensar, nada más ni nada menos, en las distintas formas que nos permitan cuidar la vida. Esto me recuerda a cuando me ponían en penitencia para que reflexionara en las fechorías que había cometido. Antes de apagar el televisor me digo que acaba de estrenarse la era del mandatario predicador, fase superior de la presidencia de José Mujica.

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8 Responses to ¿Qué nos está pasando?

  1. alfonso dice:

    Sera la perspectiva que nos permitirá realmente entender que somos cada uno de nosotros responsables de los que nos pasa?
    Sera que no queremos dejar de ser participes de la evolución o involución de la sociedad o sera que no tenemos lideres capaces de marcar la cancha ni intelectuales que pongan en blanco y negro los verdaderos desafíos que nos permitan cambiar .
    Ser grises era mejor , dejar que la globalisacion nos gobierne es la alternativa ?

    • Marce dice:

      Me parece que no tenemos por què elegir entre el país gris de alpargatas y “dejar que la globalizaciòn nos gobierne”. Me parece que hay más alternativas Alfonso. Ademàs, no sé de donde salio la peregrina idea que se maneja de que hay una relación directa entre pobreza material y riqueza espiritual. O al revés, a más bienestar material, mayor insensibilidad moral. Es un axioma indemostrable. La pobreza a veces degrada moral y espiritualmente a las personas.

  2. Pajarraco dice:

    Barreiro: las masas occidentales estamos ansiosos de leer su análisis del proyecto de ley que le otorga el monopolio del cultivo de chala al Estado oriental. ¿Es así nomás? ¿Se penalizará al que la plante y se le ocurra regalar un puñadito de cogollos? ¿Se corre peligro de que el Estado promocione el consumo, como antaño promocionaba el de los cigarrillos de tabaco? Con la autoridad moral que me otorga aquel transporte en el minimorris, pido, imploro, exijo una explicación

  3. Pepe dice:

    Tras escuchar que sólo el amor nos ahorrará el mal de la violencia, estoy a punto de romper mi credencial cívica.
    Jaajajajajaajajajajajaja

  4. Mane dice:

    no hay que quemarse la cabeza, creo que es solo un viejo choto haciéndonos perder unos años de gran prosperidad económica con su NADA. Es un presidente Batlle al revés. Y América Latina, un continente de retórica.

  5. juan dice:

    Por favor el presidente tiene razon, seguramente muchos andamos en 4×4 llevandonos a los mas chicos por delante, tratando de pasar en amarilla para ganarle al vecino automovilista un par de minutos y si alguien le señala a la señora en su auto , o al veterano que maneja que cometió una infraccion ella o el nos respondería… Pero anda a cagar viejo de mierda , o peor aún negro sucio , si somos mujer nos dirian aprende a manejar,conseguite un macho …. en fin eso es lo que somos Yo , tu y el Sr. Barreiro también unos chotos, Hay que asumirlo… y eso es lo que hay que cambiar.

  6. Leí recientemente que una brigada del Plan Juntos ocupó un predio en Paysandú. Se apersonaron en una propiedad, quizás privada, quizás pública, pero que de ninguna manera les pertenencía, y reclamaron derecho de uso para construir viviendas de acuerdo con el proyecto conocido como “nave capitana” del gobierno del MPP. Es sólo una anécdota. Quizás esas personas tenían derecho a objetar que un predio tan lindo estuviera en manos de privados y no en las de ellos. Están en su derecho también a objetar que esas personas, dueñas del predio en cuestión, pudieran hacer de él lo que les toca un pito, porque en definitiva el puto predio es de ellos, como dice el Secretario de la Presidencia, una persona a la cual le tengo cada vez más simpatía.

    Ninguno de los actores que tocan pito en ese entierro les dará la razón. En primer lugar José Mujica, que cuando lanzó el Plan Juntos no sé lo que imaginaba pero seguro que no se refería a comandos de Asamblea Popular ocupando predios. En segundo lugar, los dueños de esos predios, que por más patriotas que sean no se van a dejar camelear por unos flacos que sabrán ocupar predios, pero de ahí a lanzar un plan de viviendas a nivel nacional, no saben un pomo. Y en tercer lugar, la justicia. Tenemos jueces toscos, es verdad, pero muchos tratan de ser imparciales, yo diría que la mayoría, y estoy seguro de que no permitirían que una Brigada de Derecho Popular tenga derecho a hacerse cargo de una propiedad privada con argumentos puramente ideológicos.

    Como nave capitana del Gobierno, la construcción de viviendas no me parece muy marinera. ¡Metételo en la cabeza Pepe, vivienda es lo que sobra, lo que falta es diversión!

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