Conjeturas sobre la crisis en Paraguay

1. Digámoslo al modo de los que odian el titubeo y la vacilación: en Paraguay no se produjo un golpe de Estado. La figura de un golpe de Estado se aplica al derrocamiento de un gobierno por la fuerza (habitualmente la militar). No hay que descartar que la escasez de golpes de Estado en el continente en los últimos años haya terminado por desconcertar a los nostálgicos de la época en que había enemigos fácilmente identificables y posicionarse en política era una ganga. Y que por eso mismo descubran golpes de Estado donde no los hay. No sólo no hubo un golpe de Estado en Paraguay, sino que durante y después de la destitución del presidente Lugo los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones sociales siguieron funcionando (tan bien o tan mal) como antes del juicio político, existe libertad de prensa y reunión, la justicia y el Parlamento siguen desempeñando sus funciones (tan bien o tan mal) como antes de la destitución del presidente Lugo y los militares están en sus cuarteles. No hubo un solo muerto ni un solo detenido durante todo el proceso. Hasta tal punto no se produjo un golpe de Estado en Paraguay, que a medida que pasaron los días, quienes inicialmente recurrieron a esa definición para ilustrar lo que había pasado en ese país (Cristina Kirchner, Rafael Correa y Hugo Chávez) comenzaron a hablar de ruptura del orden democrático e incluso de una más frugal violación del debido proceso contra el presidente saliente.

2. El juicio político contra Fernando Lugo no ha sido precisamente ejemplar. Sobre eso no hay dos opiniones posibles. Sin embargo, hay que decir que los vicios y vilezas de ese proceso son los de la Constitución paraguaya, que contempla la posibilidad de que los senadores destituyan a un presidente en un plazo de 24 horas. El procedimiento no luce nada justo, pero es constitucional y hasta legítimo, si se tiene en cuenta que los legisladores que lo promovieron fueron tan electos por sufragio popular como el propio presidente Lugo. Si algo hay que cambiar son las reglas que permiten que se consume un juicio sumarísimo contra un presidente, como ha ocurrido en el caso de Lugo. Mientras ello no ocurra, es discutible que el parecer de gobiernos vecinos deba tener preeminencia sobre el orden constitucional de un país.

La figura del juicio político o impeachment existe en la mayoría de las constituciones latinoamericanas y varios presidentes fueron destituidos por esa vía en los últimos veinte años sin que nadie pusiera el grito en el cielo (ahora mismo recuerdo a Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Abdalá Bucaram y Lucio Gutiérrez en Ecuador, Collor de Melo en Brasil, quien renunció antes de que el Congreso se pronunciara, lo mismo que Raúl Cubas en Paraguay). Si en Paraguay no tuvo lugar ningún golpe de Estado, si la destitución del presidente es políticamente impugnable pero perfectamente constitucional, ¿qué queda? Queda ciertamente algo nada despreciable como el desconocimiento de las reglas del debido proceso, pero se convendrá que el ruido que suscitó no guarda las debidas proporciones con las nueces en juego.

3. Los vicios y males del juicio contra Lugo son los vicios y males de la democracia paraguaya, que no voy a inventariar, y mucho menos justificar, en estas líneas. Baste con decir que la violación del principio de legítima defensa durante el juicio se halla en esa zona gris de las democracias contemporáneas que abarca usos y prácticas que un criterio principista (o simplemente exigente) de la democracia debería rechazar pero que tampoco bastan para retirarles sin más su condición de tales. Porque, más angostas o más amplias, esas zonas grises existen en todas las democracias, incluidas las que se ufanan de serlo por completo y que tienen tras de sí una larga y consolidada historia de prácticas e instituciones democráticas. Incluso en las sociedades que tenemos por más democráticas tienen lugar abusos, violaciones de derechos, irrespeto a principios básicos, excesos de alguna autoridad. ¿Debemos dejar de considerar democrática a una sociedad en la que, por ejemplo, un policía le pegó un bastonazo a un manifestante o una televisión pública maltrata a los partidos opositores y lisonjea al gobierno? En otras palabras, es fácil reconocer a los regímenes políticos dictatoriales o autoritarios, pero imposible encontrar los regímenes absoluta y enteramente democráticos si por tales entendemos únicamente a aquellos cuyos usos se ajustan a los preceptos incluidos en los manuales de democracia. Todo lo que podemos decir con certeza es que los hay más y menos democráticos. Una constatación que sólo puede decepcionar o irritar a quienes creen que existe algo así como LA democracia (o LA justicia) con sus majestuosas mayúsculas, un lugar bastante cercano a la perfección, en el que se tendría la suerte de vivir o la desgracia de no vivir. La democracia no es (tampoco la justicia) un lugar al que se llega y donde nos instalamos cómodamente al abrigo del riesgo de la no-democracia. La democracia siempre es incompleta, siempre es una tarea pendiente, siempre fue y será imperfecta y por eso mismo reclama su incesante mejoramiento.

4. ¿Que qué tiene que ver todo esto con la crisis en Paraguay? Mucho. Si hablamos de calidad de la democracia, ciertamente hay que admitir que la de Paraguay no merece estar entre las top ten. Y el episodio de la destitución de Lugo no es la primera ni la única mácula de esta democracia de brevísima historia. No voy a incurrir en la temeridad de hablar en demasía de un país que no conozco, pero aceptemos todo lo que se dice, esto es que los partidos políticos carecen de tradición y arraigo social, que son meros grupos de interés y de presión, capaces de darle la espalda al presidente que contribuyeron a llevar al poder con la misma rapidez con la que sus líderes se cambian de camisa, que el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas no se parecen en nada a esas instituciones independientes del poder político que deberían ser, que la corrupción campea por sus fueros, que no existe una prensa independiente del poder, en fin que las fidelidades políticas se compran y se venden.

Pero los que en estos días han descubierto que la democracia paraguaya es imperfecta (incluso más imperfecta que la mayoría de las que tenemos por tales), deberían saber que sus defectos no son obra de Federico Franco, sino muy anteriores y por lo visto nada fáciles de extirpar. Las reprimendas y sanciones internacionales (la exclusión de Paraguay de los organismos regionales de los que formaba parte es una sanción) siempre son bienvenidas cuando se trata de enviar un mensaje de advertencia a los gobiernos que se pasan de la raya, pero construir una democracia más sólida, lograr que la cultura democrática arraigue en la sociedad y erradicar los hábitos autoritarios es un asunto mucho más complejo, lento y problemático, un proceso que en la mayoría de los países insumió largos años, décadas y más. Tengo la impresión de que a veces se olvida que hace apenas veinte años que Paraguay puso fin a una brutal dictadura de cuatro décadas.

5. Que la democracia no se instaure por las bravas, como pretendía Bush, no quiere decir que la comunidad internacional deba cruzarse de brazos ante cualquier tropelía cometida por un tirano de tal o cual país so pretexto de que se está a la espera de que la democracia eche raíces en ese país. ¡Ni tan calvo ni con dos pelucas! La pregunta que queda en el aire es: ¿cuáles son esas circunstancias en las que la comunidad internacional de Estados puede, e incluso tiene la obligación, de intervenir? El asunto es delicado y admite unos cuantos matices sobre los que es legítimo discutir. Para la ONU y el derecho internacional los genocidios, los crímenes de lesa humanidad y otras violaciones masivas de los derechos humanos no son un “asunto interno” de cada país y constituyen motivo suficiente para intervenir con el fin de impedirlos. (Intervenir no necesariamente equivale a enviar tanques o tropas; puede consistir desde ese tipo de intervenciones hasta la imposición de sanciones económicas… pasando por la suspensión de un país del Mercosur, por ejemplo, como ha ocurrido en el caso que nos ocupa.)

6. ¿Se puede argüir que la violación de las reglas del debido proceso en un juicio político contra un presidente es un acontecimiento de la misma entidad que los recién mencionados y que no admite que se lo considere un “asunto interno” de ese país, como dan por supuesto los presidentes de Uruguay, Argentina, Brasil y la mayoría de Sudamérica? Admitamos por un momento que sí.

El “pequeño” problema de asumir tal criterio es que en América Latina tendríamos motivos a granel para excluir a más de un gobierno de los organismos regionales. Seré breve. Hablemos, por ejemplo, de Venezuela, cuya democracia es a ojos de los presidentes del Mercosur mucho más respetable que la de Paraguay. Pero la democracia venezolana también tiene sus zonas grises: se persigue a los opositores más molestos, que terminan en el exilio, no quedan rastros de la independencia de la justicia, se clausuran medios de prensa (todo legal, tan legal como el juicio político contra el presidente Lugo). Hablemos de Brasil, donde según Human Rights Watch (ahora dudo de si esta organización no será una quintacolumna del imperio), la Policía mata cada año a cerca de 1.000 personas en “supuestos enfrentamientos”. ¿Debemos excluir por eso a Brasil de la comunidad de países democráticos y suspenderlo del Mercosur? ¿Y qué me dicen de Cuba, cuya presencia en los organismos continentales es condición sine qua non para que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, concurra a las próximas cumbres iberoamericanas y de la OEA? Sí, el mismo Correa que exige que Paraguay sea excluido de la Unasur.

7. El ingreso de Venezuela al Mercosur parecer ser el penúltimo y grotesco capítulo de la destitución del presidente Lugo. Una ironía más de la historia: quien se opuso con mayor fervor al curso de los acontecimientos en Paraguay, quien denunció el supuesto golpe de Estado que se habría consumado en ese país, parece ser su mayor beneficiario, el presidente Hugo Chávez. Con la suspensión de Paraguay del Mercosur, se allana el camino al ingreso de Venezuela a ese pacto regional, un anhelo de larga data de los ocupantes del Palacio de Miraflores. Si me sedujeran las teorías conspirativas de la historia, que no me seducen en absoluto, aseguraría que el nuevo presidente paraguayo, Federico Franco, trabajó en las sombras para Chávez. Pero teniendo en cuenta que estamos hablando de política y de América Latina, no es necesario recurrir a ese extremo para comprender la crisis paraguaya y la reacción de los países de una región donde las desmesuras –retóricas y fácticas– siempre han estado a la orden del día.

La forma en que al parecer se va a consumar el ingreso de Venezuela al Mercosur es, por decir lo menos, chocante. Paraguay, el único país cuyo Parlamento seguía sin aprobar el ingreso de Venezuela, ha sido suspendido, no expulsado, del Mercosur (se le aplicó el inciso a del artículo 6 del Protocolo de Montevideo, no el c), pero sus socios consideraron que con eso bastaba para prescindir del parecer del Congreso paraguayo. A falta de puertas grandes por donde ingresar, el presidente Chávez se aviene a ingresar por la ventanilla trasera del Mercosur. En el lenguaje de los edictos policiales, el ingreso de Venezuela se producirá con nocturnidad y alevosía. La cosa luce tan mal que hasta el canciller Almagro (y con él una parte del gobierno uruguayo) tiene dudas de que, al menos “en estas circunstancias”, el ingreso de Venezuela sea legal. Me parecen dudas muy razonables.

La decisión del presidente Mujica de avenirse al ingreso de Venezuela (al parecer se lo impusieron, aunque no lo sabemos ni lo sabremos) se debió aparentemente a la necesidad de “cuidar el trabajo de los uruguayos”. No es difícil advertir detrás de esta compasiva fórmula del canciller Almagro la amenaza de perjuicios comerciales y económicos para Uruguay en caso de que vetara el ingreso de Venezuela. Ningún motivo para el escarnio o la indignación; tal vez apenas para el pasmo de quienes suponían que ese procedimiento sólo lo empleaban los villanos de siempre.

Anuncios

6 Responses to Conjeturas sobre la crisis en Paraguay

  1. Daniel dice:

    Muy claro y conciso, lo que no es menor.
    Y por supuesto que compartible
    Van algunos apuntes rapidos.
    “La Democracia es el peor de los sistemas de gobierno, si exceptuamos a todos los demás” cito a alguien, y no me tomo el trabajo de googlearlo.
    Sin duda que estamos en un terreno donde la ética es un valor de cambio, ni que hablar de la letra escrita, los acuerdos, los compromisos.
    De nuevo, de acuerdo con todo lo que escribís, y dicho eso, comparto que se ingrese a Venezuela al Mecosur por la ventana. El parlamento paraguayo tenía hace 5 años cerrada la puerta por razones que eran puramente “paraguayas”.
    Vale aclarar que me molesta, me incomoda, el teleteatro uruguayo, digno de la forma de manejar la politica en tiempos del Pepe

  2. Daniel, en política, el qué es tan importante como el cómo. No tengo reparos al ingreso de Venezuela al Mercosur, pero sí los tengo a la forma en que al parecer va a tener lugar. Si Venezuela ingresa finalmente al Mercosur, su Parlamento tendrá la misma potestad de aprobar o rechazar el ingreso de eventuales nuevos miembros que ahora el paraguayo y tengo la sospecha de que sería capaz de vetar el ingreso de aquellos candidatos que no le caigan en gracia.
    Salute

  3. Armando Sin dice:

    Hola a tod@s,

    Estoy de acuerdo en términos generales con el articulo. La situación generada en Paraguay es más que decepcionante para los que queremos encontrar argumentos que nos confirmen que estamos ante un golpe de Estado de nuevo tipo, del cual Honduras habría sido un precedente exitoso.

    Sí pienso que estamos ante una iniciativa de la oposición que debilita el camino hacia más justicia y democracia. Sería importante saber también si existe en ese país un Ejército popular paraguayo, y esto sobre todo para dar su lugar a la verdad, no sólo en el episodio, sino en la historia con una gran H.
    Pero nos quedamos a mitad de camino si no hacemos referencia a otra gran decepción: la falta o insuficiencia de la respuesta popular. Tal vez en este sentido en Paraguay no está dicha la última palabra. Ya se ha escrito y creo que con razón que no hay dictadura ni gobierno antipopular que dure si no es con el apoyo o por lo menos la indiferencia de una parte de los oprimidos.

    Y lo que muchos siguen sin entender (a pesar de los decenios que pasaron) es que la pobreza y la opresión no generan automáticamente ni revueltas y aun menos verdaderas revoluciones. Y esto mismo si se les pone una vanguardia delante, bajo la forma de partido y/o otra como movimiento, frentes, opciones militares, intelectuales alumbrados, etc. Se puede casi afirmar que es casi mucho mas complejo que eso.

    Tampoco creo que se pueda afirmar que en los países digamos centrales la existencia de un numeroso proletariado es la premisa del fin del capitalismo.
    Estos cambios como los de Paraguay y Honduras solo son posibles en parte porque una gran parte de los millones de latinoamericanos son conservadores y reacios a cambios, que es verdad que muchas veces aparecen como temerarios e inciertos. Esto tal vez en gran parte porque no hay ni hubo en el mundo un modelo realmente convincente.

    Por otro lado sin haber leído sobre los sistemas constitucionales en nuestros países, me da la impresión que oscilamos entre legislaciones presidencialistas, y presidentes demasiado fácilmente revocables. Se debería y podría dentro de los limites actuales impulsar las formas directas de consulta popular, la revocación por intervención ciudadana, un mayor equilibro entre ejecutivos y parlamento. Hay mucha cultura de delegar cada tantos años en un presidente y su equipo el poder de gobernarnos. Aparte que se atribuye a los que gobiernan poderes casi mágicos para cambiar el rumbo cuando la economía y la situación mundial son mas determinantes que la posible buena voluntad de los que nos gobiernan.

    Armando

  4. Pepa dice:

    Mujica sostiene que la decisión de aprobar el ingreso de Venezuela al Mercosur se debió a consideraciones políticas, no legales y que fue la conveniencia económica del país la que lo llevó por ese camino. Es preocupante. No entiende nada. A diferencia de lo que piensan los anarcopelotudos, el derecho no es una engañifa de los poderosos, es una garantía para los débiles. El gobierno uruguayo no sabe en los problemas que se mete cuando ignora el derecho internacional. Y Mujica dice lo más suelto de cuerpo que “bueno, qué quieren que hagamos si el Congreso paraguayo hacía como cinco años que tenía trabado el ingreso de Venezuela”. Con ese criterio, si mañana (un suponer) Chile pide el ingreso al Mercosur y el Parlamento venezolano veta, por órdenes de Chávez, ese ingreso, ¿qué hacemos? ¿Suspendemos a Venezuela?
    Como se dice aquí, las formas son importantes. Ahora hay una versión que repiten Mujica y su prosecretario Cánepa y que dice más o menos lo siguiente: pero si el Parlamento uruguayo aprobó el ingreso de Venezuela!!, cómo íbamos a vetarlo nosotros. Obvio, el Parlamento uruguayo autorizó el ingreso, PERO NO DE CUALQUIER MANERA, jopéandose a Paraguay. Es lamentable.
    Aparentemente el ministro Almagro tiene una postura diferente, pero como es olímpicamente ignorada, debería renunciar.

  5. Marcos dice:

    Jorge: te confieso que estaba esperando tu opinión sobre este tema tan confuso. El artículo me ha resultado super útil por su claridad y por la información que posee. No pretendo adularte, simplemente incentivarte a que sigas con tu trabajo el cual es excelente, sea que esté de acuerdo o no, siempre es valioso leer tu blog. quisiera agregar un comentario. En una de las respuestas que tu das decís “el qué es tan importante como el cómo”. Pepa a su vez dice algo relacionado “el derecho es una garantía para los débiles”. Dos afirmaciones muy ciertas pero que además han estado detrás de la política exterior de Uruguay desde siempre por la simple razón de que lo único que puede portegernos en un mundo internacional “anarquico” (dicho esto en sentido realista) es promover reglas de juego claras y hacer todo lo posible para que sean respetadas. No tenemos poder económico ni militar como para apostar a algo diferente. ¿Por qué el presidente actua de esta manera? Se me ocurren varias respuestas. Planteo dos. El presidente no tiene conocimiento sobre relaciones internacionales y actúa de la misma manera que actúa en la política local pensando que son instancias equivalentes. El presidente, tiene conocimiento de relaciones internacionales, pero piensa que en su caso no se aplicarán las consecuencias esperables de tomar una decisión de este tipo. Planteo estas dos hipótesis en función de dos grandes preguntas que me hago permanentemente sobre el presidente, ¿actua sobre la base de una profunda ignorancia sumada a una autoconfianza desmedida? ¿o actúa irresponsablemente pretendiendo que hay algo mágico en su persona que le permitirá eludir las consecuencias esperables que recaerían sobre otra persona que tomase sus mismas decisiones?

    Un abrazo!

  6. Marcelo Marchese dice:

    Estimado: marco una discrepancia. El derecho a decir lo que se piensa es una condición sine qua non de una democracia, pero eso no significa que sea una condición suficiente. En América no se vive bajo ningún régimen democrático, ni aquí, ni en Cuba, ni en Estados Unidos. La democracia actual es el nombre con que se designa un régimen por el cual el capitalismo hace lo que quiere, pero nos hace creer, o queremos creer, que somos nosotros los que hacemos lo que queremos. Los modelos llamados comunistas (un sinsentido absoluto, pues eran la negación del comunismo) fallaron, eran sólo otro modelo capitalista más con un Estado ominoso pletórico de declaraciones humanistas. Los modelos que nosotros vivimos aquí también fallaron. La democracia es más una cosa que debemos forjar, que una cosa que estemos disfrutando. Y nada tiene que ver en esto el títere que gobierne. El problema es el titiritero. André Bretón, terminada la segunda guerra, se dijo que ahora sí era el momento de crear algo nuevo, pues la democracia republicana había demostrado, al abrir su boca, sus negras caries. Sin embargo se demostró que la rutina era la peor de las tiranías.
    Cuánto tiempo más deberemos sufrir esta farsa, no lo sabemos, tampoco sabemos si será reemplazada por una farsa peor. Una democracia es un sistema por el cual se aprovecha todo el saber social, todo ese saber inutilizado por nuestra capitalismocracia, pues no le conviene. Despreciar ese saber social es cómo, a la hora de impulsar nuestro barco, llamar al capitán para que sople sobre las velas con todas las fuerzas de sus pulmones.
    Mando un saludo diciendo que a la hora de optar entre dos regímenes macabros, me parece el menos peor el que me permita escribir lo que yo quiera, pero tengo mis dudas sobre cual es el más eficaz régimen de dominación del hombre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: