La voluntad del pueblo

Después de recibir elogios de intelectuales y prensa de gran parte del mundo (y de cautivar a una parte de nuestra juventud) por su propuesta de legalizar la producción y el consumo de marihuana, el presidente Mujica ha emprendido una de sus proverbiales marchas atrás. Lo que esta vez resulta preocupante, muy preocupante, es el motivo invocado para emprender esa marcha atrás: la supuesta oposición del pueblo a la iniciativa.

Mujica nos viene a decir que cuando habla el pueblo (aunque sea a través de un simple sondeo de opinión), sus representantes, el sistema político entero, incluido él mismo, deben callar. La tesis repetida ahora por Mujica de que los políticos son servidores de la ciudadanía y que su deber consiste en respetar la voz del pueblo puede resultar encantadora (¿la democracia no es acaso el gobierno del pueblo?) pero equivale a un disparo de misil contra la línea de flotación de la política.

No me referiré, pues, al incierto proyecto de legalizar el uso de marihuana, asunto sobre el que he escrito aquí mismo, sino a las implicaciones de seguir a rajatabla el principio Vox populi, vox dei.

La objeción más extendida que se le ha formulado a este enésimo movimiento pendular del presidente es que una encuesta de opinión no es un mecanismo fiable para conocer la “voluntad del pueblo”. Y efectivamente no lo es. Si pudiéramos confiar en ellas, ya no haría falta organizar elecciones. En cualquier caso, me parece un reparo menor frente a otro que raramente se menciona y que en política debería ser decisivo: cuando se responde a una encuesta de opinión nadie está obligado a justificar sus preferencias, nadie debe fundar su opción por A o por B en razones de justicia o en cualesquiera otras; puedo preferir A o B por capricho, interés o prejuicios. Pero a diferencia de lo que ocurre en el mercado, donde uno sí puede elegir una prenda de ropa o un menú sin tener que darle explicaciones a nadie, en política se echa en falta esa exposición de argumentos. Las decisiones políticas son de una entidad diferente a las decisiones de consumo. A la hora de deliberar para tomar decisiones que afectarán a todos no se puede decir, y raramente se dice, ‘prefiero esto porque sí’, ‘porque me gusta’ o ‘porque nos conviene a mí y a los míos’. Una política que abreve en las tradiciones republicanas, que esté preocupada no sólo por tomar decisiones, sino por tomar decisiones justas, no debería limitarse a contar las preferencias, como hace Mujica, sino que debería sopesarlas, como recomendaba Séneca.

Según el razonamiento demoscópico de Mujica, cuentan lo mismo las preferencias fundadas en caprichos que en buenas razones. Y si el mismo no suscitó la indignación que a mí me suscitó se debe, creo yo, a lo asumida que tenemos la idea de la democracia como mero procedimiento para tomar decisiones (con la consiguiente y peligrosa posibilidad de que si encontramos un procedimiento más eficaz y ágil para ello, perfectamente podríamos prescindir de la democracia).

Para la democracia concebida como procedimiento para tomar decisiones, para la democracia cuenta-votos (o peor, cuenta-resultados-de-sondeos) no hay preferencias más valiosas que otras, todas cuentan por igual. La aspiración a que la sociedad garantice a cada ciudadano un televisor plasma, por poner un ejemplo, sería tan atendible como la de acceder al agua potable. Y si la mayoría se pronuncia (en un referéndum o en un sondeo) a favor de dedicar los recursos públicos a lo primero, esa decisión se convierte en sagrada. Esta versión de la democracia no parece estar preocupada porque se tomen las mejores decisiones (por ejemplo, las más justas o las que garanticen un mayor autogobierno de la vida de cada uno), sino por respetar a rajatabla el criterio de la mayoría que, no se olvide, entre otras cosas lleva implícita la posibilidad de la opresión de las minorías, cuyos votos, por definición, siempre cuentan menos.

La segunda objeción que se me ocurre formular al endiosamiento de las preferencias de la mayoría que hace el presidente es que ellas se formarían en el ámbito privado y serían inmodificables en el sentido de que los ciudadanos concurrirían a la arena pública únicamente a hacerlas valer. En esta versión (muy liberal por cierto) de la democracia, las preferencias se parecen demasiado a los gustos o a los intereses particulares. Las preferencias, en suma, serían prepolíticas, no serían susceptibles de argumentarse o defenderse públicamente según criterios de justicia. Mucho menos de modificarse a la luz de buenas razones. Sólo corresponde someterse respetuosamente a ellas.

No existe ninguna fórmula institucional mágica que garantice que una comunidad política tomará siempre las decisiones más sabias y justas. Pero para conservar la esperanza (o la ficción) de tal posibilidad, decididamente es necesario tener una concepción algo más exigente de la democracia que la que se limita a contar votos, o encargar encuestas de opinión, y a rendirle pleitesía a las preferencias de la mayoría. Es necesario deliberar. Y deliberar lleva implícita la convicción de que se puede modificar el punto de vista inicial, que se puede pasar del ‘yo prefiero esto’ o ‘me interesa aquello’ a un ‘queremos un mundo en que tal o cual cosa sea posible’. Por eso, cuando hay que tomar decisiones que afectan a todos, los partidarios de la democracia deliberativa ponen énfasis en las propuestas, el intercambio de argumentos y justificaciones para avalarlas, mientras que el defensor de la democracia como mero procedimiento se preocupa casi únicamente por la decisión final, que suele tomarse en una votación. Va de suyo que lo que hoy pasa por deliberación necesita unas cuantas correcciones, como ocurre en el Parlamento, donde apenas se consuma una pantomima deliberativa en la que los protagonistas no intentan persuadirse mutuamente de nada (y nadie está dispuesto a dejarse persuadir), sino una puesta en escena de un “diálogo” imposible con la vista puesta en hacerle daño al adversario y conquistar los favores de un tercero ausente, el electorado.

Un político que devuelve la papeleta a los ciudadanos es, para empezar, un político que cumple muy mal la tarea para la que fue elegido. Hablo de los políticos que ante la primera controversia seria no se les ocurre otra cosa que convocar a un plebiscito y ahora a contratar un sondeo. Puede entenderse que ante una situación de bloqueo prolongado se convoque un plebiscito o referéndum, pero no que ese recurso se convierta en una rutina. Entre otras cosas, porque a pesar de tener una mayor dignidad democrática que una encuesta, en los plebiscitos también se escamotea la deliberación y por lo general suelen reducirse a antinomias simplificadas, a un sí o un no, a un ‘a favor’ o ‘en contra’.

Un político que empieza y termina con un “yo me atengo a lo que prefiera la mayoría” es una desgracia. Es un político que no tiene ideas propias, que es incapaz de defender con argumentos y vigor una propuesta en la arena pública e intentar persuadir a sus interlocutores, que somos todos los ciudadanos (y por eso mismo aceptar argumentos que la refuten). ¿Al presidente le parece que la legalización de la marihuana es cosa justa y razonable? No lo sabemos. Se atiene a lo que diga el pueblo. Y si le parece algo, ¿por qué no lo defiende públicamente? Después de todo, sería su mayor contribución a una democracia deliberativa.

Hoy es el estatus legal del consumo de marihuana el que debe ser decidido por el humor de la mayoría, ayer fue la Ley de Caducidad y mañana quién sabe. Si esta penosa deriva de la política se consolidara, bien podríamos prescindir de los partidos políticos y sus programas, del Parlamento, de la exposición de argumentos, de la deliberación pública y de la política en sentido estricto. Bastará con encargar un buen sondeo de opinión. Nuestro sistema institucional, nuestra democracia en términos generales está lejos de encarnar los ideales republicanos de deliberación y participación. Es más, se ha anquilosado, está llena de rutinas y, lo que es peor, en no pocas ocasiones ha sido secuestrada por intereses particulares. Pero aun en su peor versión, ese sistema es preferible al gobierno demoscópico o a la toma de decisiones determinada por el humor de la mayoría siempre cambiante y antojadiza que reflejan los sondeos.

He dejado para el final el mayor reparo que se le puede formular a la simpática pretensión de ser un siervo de la voluntad del pueblo: me refiero a la tentación del populismo, en la que a ratos solemos caer todos a causa de la extendida aversión a “los políticos”. No digo que Mujica o el gobierno del Frente Amplio sean populistas. Digo que la decisión de ampararse en esa voluntad para dar marcha atrás con un proyecto de ley es típicamente populista.

Mi objeción está dirigida al corazón mismo de la idea de pueblo como sujeto político, a la pretensión de que existe un pueblo “en estado natural” cuya sabiduría y auténtica voluntad deberían rastraerse más allá de las engañosas mediaciones de la política. Un pueblo puro y desinteresado en oposición a una representación política que opaca y falsea, un pueblo depositario del bien y la justicia, en oposición a unos políticos interesados únicamente en sí mismos.

Pero ese pueblo deificado y sacralizado no existe. Ese pueblo al que Mujica nos invita a seguir al margen de lo que diga o haga, es inhallable. O lo es únicamente en el burdo remedo de un sondeo. El pueblo único, con una voz única, es una ficción. El pueblo es plural, tanto en intereses como en opiniones, a pesar de que los populistas pretendan que un líder carismático, que establece con las masas una relación directa, sin mediaciones, es capaz de interpretar el sentir y el latir de la multitud e identificar, por ende, esa voluntad popular única e indivisible.

No me parece que la mejor alternativa a las versiones más extremas del liberalismo político que sostienen que no somos más que una agregación de individuos (y que pretender lo contrario nos conduce al totalitarismo) sea el dogma populista con su pueblo “evidente”, inmediatamente disponible, al que le basta con tener un buen enemigo para reconocerse como tal. Lejos de unos y otros está la idea de una comunidad política de ciudadanos, que por supuesto puede tomar, y toma, decisiones que afectan a todos, que puede aspirar a definir algo parecido al bien común o ponerse de acuerdo respecto de la justicia de una propuesta o aspiración. Pero hay que tener en cuenta que ninguna de esas posibilidades está disponible en una plaza pública ocupada por la multitud ni en el resultado de un sondeo o plebiscito. Exigen reflexión, deliberación, mediación y arbitraje, quehaceres que son propios de la política democrática, que está a años luz de cualquier idea esencialista de la voluntad general, que es cambiante, que no está definitivamente encarnada en ningún partido, clase o causa.

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5 respuestas a La voluntad del pueblo

  1. pincho dice:

    Ciertamente que antes de debatirse uno u otro tema, como la legalización o no de la marihuana, debiera debatirse lo que muy bien expones aquí. ¿Cuál y cómo es el ejercicio de gobierno en democracia? ¿cuáles las responsabilidades y obligaciones de los gobernantes elegidos?. Es obvio que en la coalición de izquierda no está del todo claro este tema. Una prueba fue el manejo que se hizo con respecto a a la ley de caducidad. La convocatoria al soberano es un acto extremo. Quiere decir que la decisión debe laudarse por el voto directo, con todo lo imperfecto, con todo lo injusto que podría ser la decisión por mayoría. Este tipo de eventos en general son precedidos por debates, con exposición múltiple sobre dos posibilidades: A o B, por eso es extremo, quita la posibilidad del proceso necesario para que una ley y el vivir del pueblo estén en armonía, como ideal o utopía. Así como el Presidente tiene la potestad de decretar, el Parlamento debe “amasar” las leyes con debates y discusiones, aunque finalmente deberán los representantes levantar la mano por cual o tal opción.
    Legislar en la Camara o en Asamblea, aunque se requiera de las mayorías, está lejos del pueblo teniendo que elegir entre A o B, sometido a la manipulación mediática, teniendo que extremarse a uno de los polos cuando lo que casi siempre quiere es navegar por las calmas aguas del medio. ¿Llegaremos a una gobernación directa en un futuro? que desde nuestro celular votemos directamente sobre un continuo flujo de plebiscitos? Minería sí o no? ¿nos vamos del mercosur si o no? votaremos una ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado contra los fumadores de marihuana? Si hoy la gente dedica una parte de su tiempo a las redes sociales, donde se debate algún tema, a veces, ¿por que no pensar que en un futuro pueda dedicar unos minutos a decidir sobre las grandes cuestiones del País? Las grandes minorías, como somos quienes detestamos a Tinelli, podríamos proponer plebiscitos y que se decida también en forma automática.
    Los que quieran volver a la pena de muerte, podrían plebiscitarlo en forma automática. Los que batallan por los derechos de los charrúas, automático. Los gays, las madres y familiares de, etc, etc, se ahorrarían sus desvelos y esfuerzos por ser respetados en sus derechos… ¿habrá que hacer campaña por democracia directa desde ya?

  2. Frank dice:

    Lo más importante de este artículo, lo que supone una real contribución al debate no es la queja de que Mujica no es Séneca (entre otras cosas, en la época de Séneca no existian las encuestas, Barreiro), sino la diferencia que deja sentada entre deliberación y decisión (o una diferencia que es hija de la anterior, entre tomar decisions justas y tomar decisiones sin que si son justas o no. Estas líneas dejan claro que estamos más preocupados portomar decisiones sin que nos importe si son buenas o malas. Cuando lo único que importa es tomar una decision, entonces votemos.

  3. Frank dice:

    El populismo de la ida “al mazo” de Mujica (como él mismo dice) tras enterarse que las encuestas le daban un alto porcentaje de rechazo a la legalización de la marihuana) no es un hecho aislado como argumenta el autor. Cuando la discusión sobre el aborto también dijo que el plebiscito podía ser una solución. Así que tampoco tiene una idea propia sobre la legaliuzación del aborto. Y hace unos meses dijo lo mismo sobre el gran proyecto de minería de Aratirí. Un asunto bien complejo técnicamente, del que la mayoría de los uruguayos tiene una idea simplificada. O sea que si hay que autorizar Aratirí también lo debe decidir la tribuna. Fantástico.

  4. Leandro dice:

    Gobernar por encuestas, o en términos futboleros cobrar al grito. Hace tiempo que la izquierda gobernante se viene entregando a este ejercicio y en este segundo período se ha acentuado. Tu artículo deja una recurrente e imperiosa pregunta: ¿por qué hay tan poca reflexión en los asuntos públicos?
    ¿por qué nos planteamos estos vacíos? ¿son propios de nuestra época o propios de todas? Se dice con cierto énfasis que vivimos un tiempo donde la deidad es el consumismo, cuya añadidura sería un hombre preocupado únicamente por su éxito personal, pues el mundo es tan complejo y hostil que no vale la pena complicarse mucho por nada. Si esto es así, entonces sólo cabe entregarse a este hedonismo y hacer de cuenta que nuestros semejantes no son tales. Francamente no creo en este drama. No creo que el hombre de hoy sea más individualista que el de cualquier ayer. La realidad muesta más bien, que somo gregarios, colectivos, y encontrar la mejor forma de convivencia es inevitable. Traspolando esto a la arena política vernácula, parece que todo está cada vez más impregnado de pragmatismo. Soluciones rápidas, tribuneras, descartables. En otras palabras, soluciones en base a una visión analógica, casuística de la realidad, por oposición a la visión crítica, analítica. El instinto de conservación vs. el uso de la razón. La izquierda uruguaya supo reflexionar con peso y fertilidad. Pero llegó al poder y se complicó porque reflexionar lleva tiempo, es fatigoso y no entiende de los ritmos del clamor popular que pide seguridad de mañana, linchamiento de tarde y perdón de noche. Entonces anda caminando por un pretil y no sabe bien para que lado tirarse (entregarse a los sondeos de opinión o bajar la pelota y pensar en base al conocimiento de veras). La izquierda duda. La derecha no. Ella siempre supo qué hacer, porque desde su origen el orden del mundo es y será el mismo. Hay negro y hay blanco, ricos y pobres, decentes y delincuentes y así hasta el final de los días.
    Provisoriamente, la política parecer haber quedado reducida al arte de contar votos.

  5. Creo, Leandro, que la confusión y el pragmatismo de la izquierda tienen una estrecha relación con la inclinación a concebir la política como el “arte de contar votos”. Como esa izquierda no tiene demasiadas ideas acera de qué hacer, por ejemplo, con la educación, con la seguridad, con la minería a cielo abierto, con las drogas, con la relación entre desarrollo y protección ambiental (los vaivenes de Mujica al respecto son antológicos) y con frecuencia no hace otra cosa que poner parches a los problemas para salir del paso, es grande la tentación de ceñirse a “lo que quiere el pueblo” como única fuente de legitimidad. Si tuviera proyectos (algo) más sólidos (no digo de acero), tal vez podría apelar a argumentos y razones y no solo a resultados de encuestas.

    No quiero decir que tener una idea clara y coherente sobre todos los problemas sea una ganga. Por el contrario, resulta tan complejo que ya no basta con estar pertrechados de una sólida “ideología” que nos autoriza a tener “el punto de vista correcto” sobre todos los temas habidos y por haber, como creíamos antaño. Por el contrario, hay que conocer aquello que se pretende transformar.

    Vivimos en sociedades cada vez más complejas e interdependientes y en una era en la que configurar el futuro, en cualquier ámbito de la vida social, es un asunto complejo. Hay que tener en cuenta en particular que la incertidumbre (con la consecuente dificultad para anticipar el futuro y poder planificar) es uno de los rasgos más sobresalientes de nuestra contemporaneidad. De modo que no es nada sencillo saber qué hacer en tal o cual dominio de la vida colectiva y se entiende perfectamente que a veces se tenga que dar marcha atrás, rectificar y cambiar. Lo que es seguro es que esa empresa será aun más difícil, con el consiguiente riesgo de caer en el puro pragmatismo y los bandazos –como suele ocurrirle a menudo a este gobierno– si: 1) ni siquiera tenemos idea de a dónde queremos ir. Con ese ‘a dónde queremos ir’ me refiero a qué tipo de educación, de desarrollo, de seguridad o de sistema impositivo sería justo implementar, qué cosas queremos que sean posibles en un mundo del futuro, qué relaciones queremos establecer, por ejemplo, entre libertad e igualdad; 2) si despreciamos a quienes reflexionan y piensan, como también le ocurre, no digo a este gobierno, pero sí a este presidente, que a veces habla con desprecio de “los intelectuales”. La huida de los intelectuales de la política, a la que a veces se refieren como una calamidad de la que conviene estar lejos, no contribuye en nada a enmendar este problema.

    Lo que sería una calamidad sería que los impulsos críticos y transformadores de la izquierda se disolvieran en una única obsesión: cómo ganar las próximas elecciones.

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