La adoración del pasado

¿Es la nostalgia un rasgo singularmente uruguayo o propio de esta época? ¿Por qué estamos inclinados a creer, contra toda evidencia, que todo tiempo pasado fue mejor? La inminente amenaza de una nueva Noche de la Nostalgia me trajo éstas y otras preguntas análogas.

Alguien podría poner el reparo de que no existe tal adoración del pasado o que, si existe, convive con otras inclinaciones opuestas. Ciertamente vivimos en un tiempo en el que abunda la novelería y se idolatra la última versión de lo que sea (que no hay que confundir con lo nuevo). Sin embargo, existen unas cuantas señales de que el gusto por el pasado no es cosa de individualidades extravagantes. Se expresa en la proliferación de artículos y programas de televisión dedicados a la historia reciente y remota, la inclinación de la moda y el diseño a buscar inspiración en el pasado, los llamados a conservar la memoria, la masificación del uso de las cámaras digitales para inmortalizar incluso los episodios más triviales. Por no hablar de la perorata sobre la necesidad de volver a nuestras raíces y de recordar nuestro pasado, la permanente celebración de aniversarios de gestas gloriosas (o trágicas), las biografías de grandes personalidades, la historia ficcionada, los fascículos de grandes batallas o de antiguas fotografías urbanas, los diseños de bares y hogares y de cualquier artefacto de consumo masivo imitando la estética de tiempos pretéritos, asuntos todos que hablan de lo mismo.

Es cierto que los hombres siempre se ocuparon del pasado, pero la sustancia de este fenómeno que describo no es el genuino interés por la historia. Me parece que ahora se vuelve al pasado como se vuelve a un escaparate para ver si no apareció algo nuevo que nos interese, guste o aplaque la ansiedad.

Tampoco son ajenos a esta sensibilidad los discursos que hacen el elogio de sociedades premodernas en las que el hombre habría vivido en comunión con la naturaleza, entregado a una vida sin las tiranías de las normas sociales. Algunos de esos discursos suelen iniciarse con un “antes no pasaba…”, por lo general referido a un tiempo impreciso pero siempre más deseable que el actual. ¿Cuál era ese antes en el que estábamos mejor y la vida valía más la pena de ser vivida? Nunca lo sabremos. ¿Quiénes estaban mejor? Tampoco lo sabemos. No hay caso, la idea de que cualquier presente siempre resulta peor que las épocas que lo precedieron es complicada de sostenerse. Pero eso no parece disuadir a los nostálgicos. La extendida alarma por la pérdida de valores también refiere a su manera a un mundo que se habría esfumado y que, va de suyo, habría sido infinitamente mejor que el actual.

Esa idealización del pasado en una sociedad que rinde tanto culto a la novedad no es, por cierto, la única paradoja de este tiempo. Otra, acaso tan chocante como la anterior, es que la izquierda –otrora defensora del cambio, de las transformaciones sociales y económicas y portadora de un discurso abierto al futuro– parece haber quedado atrapada en el lugar de los que quieren conservar el mundo “amenazado” por la globalización, y la derecha, en el de quienes quieren “seguir adelante”, manteniendo, eso sí, el actual rumbo. Como ha sido dicho, no buscando estrictamente lo nuevo, sino la última versión de lo mismo, que es lo que ocurre cuando la modernización (económica) incesante es el único rasgo que interesa de la modernidad.

Esta es mi incierta hipótesis: la obsesión por recordar, la inclinación a buscar inspiración en el pasado y la idea –difusa, es cierto–, de que todo tiempo pasado siempre fue mejor guardan relación, por un lado con el hecho de que el presente casi siempre resulta decepcionante a un individuo como el actual, cuyas expectativas no cesan de aumentar y, por otro, con que para las generaciones actuales el futuro es más incierto que en cualquier otra época de la humanidad. A diferencia de otras épocas, hoy tenemos la percepción de que casi cualquier cosa puede ocurrir y que casi nada está bajo nuestro control, con el consiguiente aumento de tres sentimientos generalizados en las sociedades actuales: inseguridad, incertidumbre, miedo. Una percepción que no es ajena a la pérdida de centralidad de la política en la sociedad ni a la individualización de las estrategias para enfrentar los desafíos existenciales. A la hora de buscar certezas y seguridad, el pasado no tiene rivales, sobre todo cuando se lo momifica e idealiza.

El presente parece no pertenecernos. La izquierda de nuestros días nos avisa que los superpoderes locales y mundiales nos han sustraído la capacidad de decidir y la derecha de todo la vida nos advierte que si no mantenemos el actual rumbo sólo nos queda esperar lo peor. En cualquiera de los dos casos, ni el presente ni el futuro estarían ya en nuestras manos. Si esto fuera cierto, estaríamos destinados a convivir con el eterno retorno de lo mismo. Sin embargo, si estuviéramos obligados a emplear dos palabras para caracterizar al futuro que nos espera, la mayoría no dudaría en recurrir a la incertidumbre y el riesgo, que pueden tener tantas acepciones como se quiera, pero ninguna de ellas nos remite a la idea de final de juego, de petrificación de lo real.

Si es cierto que ni el presente ni el futuro están en nuestras manos, sino en las de “otros” (se llamen el “sistema”, ese arcano que al parecer no nos es dado comprender, o “la realidad”, en cuya construcción no intervendría la voluntad de los seres humanos), se comprende que caigamos en la tentación de reemplazar las preguntas, propias de la política, acerca de qué queremos o qué mundo sería deseable, que remiten al presente y el futuro, por otras acerca de quiénes somos o de dónde venimos, como pregonan las políticas de la identidad, y cuyas respuestas remiten o bien al pasado o a aquello que es inmodificable en nosotros (sexo, raza, etc.). La impotencia para configurar el futuro alimenta la exaltación del pasado. La nostalgia y la melancolía suelen ser bálsamos para la impotencia.

Sería demasiado fácil endilgarle la responsabilidad de nuestro descreimiento en las posibilidades de modificar lo real con nuestra intervención y de nuestra nostálgica búsqueda de respuestas en el pasado a eso que llamamos izquierda y derecha. Porque esa dificultad para vérnoslas con el futuro reside en el carácter de nuestras sociedades contemporáneas. Vivimos, por así decirlo, en medio de un fenómeno cultural al que no nos es fácil sustraernos: a diferencia de las generaciones que nos precedieron, para nosotros el futuro es, como se ha dicho, sinónimo de incertidumbre, de riesgo y, por ende, de angustia, regidos, como estamos, por el principio “arréglese cada uno como pueda”. Ya nada es seguro, las certezas que regían las vidas de nuestros padres y abuelos han desaparecido: ni el trabajo para toda la vida ni la familia feliz, por citar dos asuntos emblemáticos, constituyen ya un horizonte cierto; todo tiene un aire de provisionalidad y percibimos las señales que provienen del mundo más como amenazas que como posibilidades. Es como si nada (bueno) pudiéramos esperar del futuro.

Si la hipótesis de que la recurrente evocación del pasado se vincula en parte a que hemos perdido (o renunciado a) el control de nuestro presente no es disparatada, hay que decir que la misma puede aplicarse no sólo a la parte más conservadora de la sociedad.

Como a casi todos los hombre de este tiempo, a muchos revolucionarios de antaño también se les perdieron las certezas sobre lo que podemos esperar del futuro y lo único cierto que parecería quedarles es el pasado, al que en vano vuelven recurrentemente, como si allí estuvieran las respuestas a nuestras perplejidades o el terreno firme que le está faltando a nuestro presente. El extravío de la izquierda actual se expresa en la sacralización de una de las palabras más manoseadas y gastadas de los últimos años: memoria.

La izquierda parece perdida en un mundo que no ha confirmado muchos de sus anuncios y certezas y tengo la impresión de que el pasado es uno de esos ámbitos donde parece hacer pie, un lugar sólido, inconmovible, protegido de novedades inquietantes. Allí se siente como pez en el agua.

Al pasado hay que protegerlo de quienes pretenden ponerlo al servicio de sus estrategias políticas presentes, como ocurre con total descaro en este país; ciertamente hay que hacer justicia con quienes en el pasado han sido víctimas de agravios y persecuciones (lo que constituye, es bueno recordarlo, un imperativo eminentemente político del presente y no una tarea de historiadores). Pero del pasado también debemos protegernos, porque da de sí lo que da de sí y con demasiada facilidad se puede convertir en el obstáculo que nos impide ocuparnos de lo que más importa, el presente y el futuro. Y de ese peligro sabemos mucho en este país, con sus Maracanás, sus batllismos y demás mitos patrios, pero también con las apelaciones a la coherencia, a la fidelidad, a conservar la memoria, como si ésta fuera algo objetivo, una suerte de tanque en el que se acopian sucesos y acontecimientos y no algo cuyo sentido también es atribuido desde el presente. La palabra “memoria” se convierte en un mero fetiche no solamente cuando los conservadores hacen la apología de un pasado de mármol, sino también cuando se pretende convertir una experiencia determinada, como hacen muchos de los que han pasado la cincuentena, en rasero para medir el valor de todo lo que vino a continuación o en una justificación de sus decepciones.

La invocación del pasado incluye unos cuantos lugares comunes de dudosa verificación. Nada más falso que la pretensión de que la recuperación de la memoria (cualquiera que sea el significado de semejante empeño) es una seña de identidad del “progresismo”, porque la derecha sería amnésica. Pero los regímenes fascistas, por ejemplo, nunca se quedaron atrás cuando de reivindicar y ensalzar el pasado se trataba y siempre buscaron en la historia las justificaciones de sus designios y crímenes.

Tampoco son enteramente de recibo las pretensiones de que se vuelve al pasado para “extraer lecciones” y no repetir los errores cometidos, porque hay demasiadas evidencias de que solemos tropezar una, dos y hasta tres veces con la misma piedra, y no parece que “la historia” haya jugado el papel pedagógico que ahora se le atribuye.

Para ir entendiéndonos: nada tengo en contra de visitar el pasado, como parece estar ocurriendo (aunque la mejor figura para usar en este caso sería la del conocimiento y no la de la visita), siempre y cuando no sea la otra faz de la resignación, o de la incapacidad de imaginar que tal vez las cosas puedan ser de otra manera, porque parece que hemos llegado incluso a convencernos de que nada diferente es pensable siquiera, de que todo lo que es está condenado a seguir siendo, si es que no aguardamos a que algún nuevo ídolo o dios nos diga qué pasos seguir.

Es posible que la relación que establezco entre la adoración del pasado y la constatación de que los ciudadanos consideran que nada verdaderamente nuevo puede ocurrir –y que si ocurre no dependerá de ellos–, no sea la que pretendo. Pero al menos debería servir para llamar la atención sobre un contraste que rompe la vista: el gusto por la celebración del pasado, por un lado, y la decepción con el presente y el desasosiego respecto al futuro, por otro.

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6 respuestas a La adoración del pasado

  1. Javier Barreiro dice:

    Me gustó mucho tu texto.

    En respuesta te regalo un aforismo: “La verdadera nostalgia no es por el pasado, sino por las cosas que nunca sucedieron y que hubiésemos deseado ardientemente que sucedieran… y que sabemos que no sucederán.”

    Que todo tiempo pasado fue mejor lo demuestra el hecho de que cuando no existía la penicilina vivíamos mucho mejor y el 80% de las personas se moría antes de los 30 años.

    Hay un texto de Borges sobre Molière que empieza así: “Como a todos los hombres, le tocó vivir en tiempos difíciles.”

    Hay una cosa de tu texto con la que no estoy de acuerdo: Que lo que más importa sea el futuro. Yo creo que lo que más importa es el presente.

    Para terminar, me acordé de un antiguo proverbio ruso: “Detente demasiado en el pasado y perderás un ojo. Ignora el pasado y perderás los dos.”

  2. vic dice:

    me encantaron los 2; el artículo y la respuesta. Efectivamente coincido que cada vez las personas toleran/mos menos la incertidumbre y el riesgo y los presagios siempre son pesimistas. Como dice el autor, el miedo de que esto suceda nos paraliza y quizás nos haga ir demasiado para atrás, lo cual no es tan desfavorable en tanto nos sirva de empujón para ir hacia adelante. Está bueno el texto de Borges sobre Moliere, pappo.

  3. Javier Barreiro dice:

    Añado algo más… Durante el 99.9 % de la historia humana, la nota dominante fueron el caos, la incertidumbre, la inseguridad, la violencia, el miedo, las crisis, los desastres, la precariedad… Esa dimensión-ilusión de que nosotros “controlamos” el mundo y nuestras existencias tiene poco más de cien años y empieza con el positivismo del siglo XIX, cuando los humanos se auto-convencen de su omnipotencia cósmica y del progreso imparable de sus saberes y tecnologías. Esto significa, paradójicamente, el retorno a una visión teológica: los humanos somos los elegidos de la creación divina (o de la evolución, da igual) y nada ni nadie nos detendrá en nuestra conquista del planeta y del universo, como una promesa de felicidad mítica mal entendida. Resultado: esta patética desilusión ante ese proyecto fracasado y una soledad cósmica angustiante, ligada a nuestra separación de todo lo existente, porque nos sentimos TAN especiales, como unos nazis de la evolución, lo cual nos autorizaría a eliminar impunemente cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino. La nostalgia por un pasado edénico no es más que otro subterfugio barato ante nuestra incapacidad de aceptar el presente (que nosotros mismos construimos) y de proyectar un futuro que implicaría renunciar a esa omnipotencia redentora. Como una melancolía depresiva, fruto de un narcisismo incapaz de aceptar la realidad.

  4. La percepción que tienen los humanos de sus vidas es clave en estos temas. La comparación ‘objetiva’ hecha por los historiadores no les sirve de consuelo. A ello me refería cuando afirmé que para las generaciones actuales el futuro es más incierto que en cualquier otra época de la humanidad. Es cierto que la incertidumbre y la sensación de desprotección que padece el individuo contemporáneo resultarían incomprensibles para los hombres de otros tiempos, ya que vivimos en sociedades más protegidas que cualquier otra en el pasado. En lo que respecta a las fuentes de miedo tradicionales, la era moderna ha traído avances notables en al menos dos de ellas: las “iras” de la naturaleza y la fragilidad del cuerpo humano están más controladas que nunca antes. Y sin embargo parece que estuviéramos a merced de ellas.
    Lo que importa no es la inseguridad “objetiva”, sino la percepción que tenemos de ella. En ese sentido, creo que se ha perdido la fe inquebrantable en que el futuro siempre será mejor que el pasado. Lo que contrasta con la cultura de los últimos 200 años cuando los hombres empezaron a creer que lo controlaban todo, como dice Javier, y abrazados a la ideología del progreso se convencieron de que gracias al avance de la ciencia y la tecnología se realizarían todas las promesas de la modernidad. ¿Quiénes vivían más inseguros?, ¿los hombres de hace 200-250 años o los actuales? La respuesta no admite dudas. ¿Pero quiénes sienten (o sentían) más incertidumbre frente al futuro? No está claro que la respuesta sea la misma.
    También es cierto lo que dice Javier en el sentido de que “durante el 99.9% de la historia humana, la nota dominante fue la inseguridad, la violencia, el miedo, las crisis, los desastres, la precariedad” (no lo veo tan claro con el caos y la incertidumbre). Y sin embargo la percepción del futuro en tiempos remotos no era tan incierta: la vida de un campesino del medioevo –me refiero a su lugar en el mundo, a sus desafíos existenciales– no ofrecían las dudas e incertidumbres que se le presentan al individuo actual. Sus vidas (para bien y para mal) raramente se alteraban. El espacio para las sorpresas era mínimo. No se movían del pueblo en que habían nacido, no cambiaban de “trabajo”, su lugar en la jerarquía social era inmodificable, etc.
    La causa de las paradojas que describo reside, me parece, en el carácter de la sociedad posmoderna, capaz de suministrar las seguridades de las que hablamos y, al mismo tiempo, poner a los ciudadanos frente a un abismo en lo que concierne a su lugar en el mundo. Pero de esto ya he escrito aquí https://jorgebarreiro.wordpress.com/2009/04/28/miedo-e-inseguridad/ y no los voy a aburrir

  5. Luis dice:

    Muy interesante, Barreiro, como suelen ser sus textos. Vengo pensando en cosas como esta desde hace un tiempo en la Argentina, donde creo que es un tema más inquietante que en Uruguay. Hay una reescritura del pasado, una obsesión y una mirada acrítica e idealizada hacia él. Se habla permanentemente de identidad, de raíces y se está produciendo una especie de nostalgia de una época que no fue o que no se vivió. Extrañamente, los que ocupan el espacio del progresismo tienen una obsesión con lo nacional y el pasado como si se tratasen de valores absolutos e indiscutibles, de un modo que los acerca más al fascismo de los 30 (un fascismo “bajas calorías”, claro está) que de la izquierda y el progresismo como una mirada al futuro.
    Un placer leerlo.

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